En un libro de conversaciones de 2003 entre Peter Sloterdijk y Alain Finkielkraut (Los latidos del mundo), aún marcado por los ecos del espejismo del “fin de la historia”, estos dos peculiares conservadores ilustraban su desorientación acudiendo a las imágenes de “lo ligero” y “lo pesado”. En el pasado la Izquierda representaba la voluntad de aligerar la vida y las cargas sobre la dignidad humana, mientras que la Derecha buscaba reaccionar ante esta movilización tempestuosa subrayando el peso trágico del mundo y las dulces inercias de la continuidad histórica (el velo respetuoso del entramado social frente al desgarro jacobino, que diría el contrarrevolucionario Edmund Burke).
Cuando Agamenón desafió a Artemisa
En las tragedias de Eurípides un solo hombre osa enojar a la Diosa Artemisa, el guerrero Agamenón. Ella, arraigada en los bosques, protege las criaturas que los pueblan; él, héroe de la Ilíada y líder del ataque a Troya, sacrifica por error a un ciervo sagrado destinado a la diosa. Artemisa, en su ira, paraliza las tropas de Agamenón en mitad del mar y ordena la crucifixión de su hija, Ifigenia, como ofrenda. Agamenón envía resignado a su sucesora, Artemisa se conmueve y, para salvarla, intercambia su corazón por el de un ciervo sagrado. Ifigenia se convierte en sacerdotisa de la Diosa, le consagra su vida.
Greta Thunberg se ve cercada por las firmas e industrias que causaron los problemas medioambientales que ella denuncia
Por Rafael Fraguas*.- /Diciembre 2019
Millones de personas se han mostrado conmovidas al ver a una preadolescente con trenzas, Greta Thunberg, agitar las conciencias sobre la degradación incesante de las condiciones medioambientales en las que se desenvuelve la vida en el Planeta. Misión admirable, desde luego, sobre la que no cabría objeción alguna. Su actitud de denuncia está presidida por una intencionalidad que llama al compromiso. ¿De quién? De todas y todos. ¿Para qué? Para mitigar el deterioro inducido por los seres humanos contra la Naturaleza, que se manifiesta en la degradación medioambiental y en una mutación climática descontrolada.
“KRABAT. El Aprendiz de Brujo”, es el décimo largometraje de Karel Zeman, de 1977, y quizá la mejor muestra de su retorno de los 70 a una animación más clásica, de lápiz y pincel. Escribe el guión siguiendo la obra, “Krabat y el molino del diablo”, publicada en 1971 por el checo-germano, Otfried Preussler, que nació en la actual Bohemia checa (Liberec), en 1923, y falleció en Alemania en 2013, hace ahora seis años.
No me gustaba gran cosa. La arreglé como pude… Yo procuraba que en cada película hubiera siempre un escape, que siempre tuviera un senderillo por donde me iba a hacer lo que yo quería, pero quedaba ahogado por el conjunto[1].
Es una historia…muy moral, porque al final castigaban a la seductora. Siento no haber resaltado más la ironía, la broma… Tal vez la película puede funcionar de distintas maneras, según el público sea inocente o tenga malicia. Algunos dirán que es una película inocente, otros dirán que es moralmente tremenda. Yo encuentro el erotismo de la película un poco simple, un poco tonto… Me pareció que debía hacer el argumento menos simple e introduje ideas visuales como ésa de la araña o como la de la sustitución del objeto erótico por otro. En una escena, Fernando Soler, que acaba de ser excitado por Susana, ve llegar a su esposa… y es a ésta a quien besa apasionadamente, pero pensando en Susana…