Análisis de Películas
Dedicado a quienes asistieron a la charla
del 18 de septiembre en la Casa de Cultura
de San Lorenzo de El Escorial
Quizá no sea posible encontrar una verdad, y menos aún argumentarla. En cambio, podemos descubrir ideas que nos resulten interesantes y comunicar a otras personas por qué podrían serlo también para ellas. Antes de ver Inception (2010) de Christopher Nolan, y tal vez con más sentido después de su visionado, creemos que es provechoso recordar la literatura de Jorge Luis Borges. El propio Nolan confesó que se había inspirado en los borgianos «Las ruinas circulares» y «El milagro secreto» a la hora de confeccionar su película, por lo que parece prudente empezar por estos relatos. En el primero, se narra la llegada de un mago a un templo circular en cuya cúspide sobresale la estatua de un tigre o un caballo. Capaz de dormir “no por flaqueza de la carne, sino por determinación de la voluntad” (Borges, 1944: 57), el hechicero se consagra a la meta de “soñar un hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad”. En el segundo, se nos cuenta que el condenado a muerte Jaromir Hladík plantea este pasaje para la obra teatral que desea escribir: Roemerstadt no conoce a las personas que lo importunan, pero tiene la incómoda impresión de haberlos visto ya, tal vez en un sueño. Todos exageradamente lo halagan, pero es notorio –primero para los espectadores del drama, luego para el mismo barón– que son enemigos secretos, conjurados para perderlo. (Borges, 1944: 178)
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Te mientes a ti mismo para ser feliz. Eso no es malo, todos lo hacemos.(Teddy)
Una mano sostiene una fotografía. La agita, y la imagen comienza a desaparecer, a quedarse en blanco. Como un vivo recuerdo que muere, que se desvanece por completo. Así comienza ‘Memento’ (2000), la primera película con la que Christopher Nolan impactó al mundo, y empezó a convertirse en uno de los cineastas más conocidos, aplaudidos y admirables que existen. Aunque (de manera inevitable) los hay que se están empeñando tozudamente en restar valor a su trabajo, y por otro lado, quienes se han entusiasmado más de la cuenta con sus últimas películas, es innegable que el cine de Nolan es un soplo de aire fresco. Es capaz de entretener hasta dejar al público clavado en la butaca, al mismo tiempo que obliga a reflexionar sobre lo que se está viendo. Pocos consiguen enmudecer de esta forma, y que, una vez fuera de la sala, uno esté deseando discutir sobre la película. Eso, sencillamente, es la marca de un gran creador.
Christopher Nolan nació en Londres en 1970 y al parecer empezó a grabar sus propias historias a partir de los siete años, con una cámara Súper 8 que tenía su padre. Estudió Literatura pero no perdió su pasión por el cine, rodando cortos como el interesante ‘Doodlebug’ (1997). En 1998 logró terminar su primer largometraje, ‘Following’, un thriller (en blanco y negro) sobre un tipo que se mete en líos cuando empieza a seguir a la gente por la calle; el presupuesto salió de su bolsillo y el rodaje le llevó un año, pues los miembros del equipo tenían otros empleos y sólo libraban los fines de semana. En ese momento ya se estaba gestando el siguiente proyecto de Nolan, una oscura historia de venganza y amnesia basada en un relato de su hermano menor, Jonathan.
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Un par de agentes de una compañía de gas natural llega a un pueblo de la América profunda para convencer a sus vecinos de la necesidad de esa fuente de energía. Por supuesto, ello supondría la construcción de instalaciones que desvirtuarán la identidad personal, geográfica y económica de esa pequeña ciudad. Como es tradicional en este tipo de películas, nuestros protagonistas (Matt Damon y Frances McDormand, excelentes ambos) encontrarán todo tipo de obstáculos, desde el vecino que se opone adoptando el papel del viejo luchador (Hal Holbrook) hasta el ecologista que intenta detener la catástrofe (John Krasinski). Pero para uno de esos ejecutivos (Damon) habrá también otra historia: paradójicamente, cuanto más se implique en la vida cotidiana del lugar, más llegará a conocerse a sí mismo y lo que ha hecho con su vida. Parece que nada nuevo, pues, en este cuento moral sobre el dinero y la dignidad, el progreso y las esencias. Es más, todo apunta a que esta película, coescrita por Matt Damon (con Krasinski) y dirigida por su amigo Gus Van Sant, no quiere complicarse la vida más allá de ese esquema. Y que Damon apelará al espíritu de su otro amigo, San George Clooney, para lanzar un track progresista sobre la maldad de las grandes empresas. Y que Van Sant se pondrá en modo piloto automático para evitar exquisiteces al estilo ‘Elephant‘ o ‘Gerry’ y mostrar su lado mercenario-para-causas-ajenas-siempre-que-sean-justas-y-elegantes, más bien al estilo ‘El indomable Will Hunting’ o ‘Mi nombre es Harvey Milk‘.
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La década de los años 70 comenzó de manera traumática para el director japonés Akira Kurosawa. Tras varias décadas rodando todas sus películas únicamente en glorioso blanco y negro, Kurosawa decidió que era el momento de acercarse al cine a color, algo que le permitiría jugar con los pigmentos y las texturas tal y como lo hacía su idolatrado Vincent Van Gogh en sus pinturas. No hay que olvidar que durante su juventud, Kurosawa fue un destacado alumno de Bellas Artes, y que él mismo se ocupó durante toda su filmografía de elaborar personalmente los guiones gráficos de sus películas. Para poder llevar a cabo su colorida película, el director se acercó por primera vez en su carrera a la industria hollywoodiense cuando se le ofreció codirigir junto a David Lean la película ‘Tora! Tora! Tora!’ (1970), basada en los bombardeos de Pearl Harbor, y para la que se había tenido una idea rompedora: Lean se ocuparía de filmar la parte referente al punto de vista americano, mientras Kurosawa rodaría la parte en la que se mostraría el punto de vista japonés. Sin embargo, antes de que la película echase a andar, Lean se descolgó del proyecto, dejando solo a un desilusionado Kurosawa que poco después fue despedido por los estudios debido a una metodología de trabajo que resultaba incomprensible dentro de los cánones de Hollywood, y fue sustituido por los directores Richard Fleischer, Kinji Fukasaku y Toshio Masuda, quienes finalmente se encargaron de la dirección del proyecto.
Kurosawa regresó abatido a Japón para filmar su primera película a color: ‘Dodeskaden’ (1970), un drama social centrado en una comunidad de vecinos que viven en un barrio pobre de Tokio. Pero tras su estreno, la película no fue entendida en su país natal y su desempeño en taquilla fue un fracaso, lo que hizo que los estudios japoneses le retirasen la financiación para sus siguientes proyectos. El director nipón comenzaba a vislumbrar el ocaso de su carrera, algo que le sumió en una profunda crisis personal. Su estado depresivo le llevó a tomar una decisión drástica: el 22 de noviembre de 1971, Kurosawa intentó suicidarse realizándose profundos cortes en la garganta y en las muñecas, emulando a su hermano mayor y referente, Heigo, un narrador de películas mudas que se había suicidado en 1930, a la edad de 23 años. Al ser descubierto, fue trasladado de inmediato al hospital, donde a pesar de la gravedad de las lesiones se recuperó tras unos cuantos días de reposo. Sin embargo, su ánimo continuaba preocupantemente mermado, pues Kurosawa no imaginaba una vida sin rod
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Lo que logra el director Yvan Attal en El acusado, aparte de la mejor película de su carrera, hasta la fecha, es un verdadero triunfo del equilibrio y la objetividad sobre un tema muy peliagudo que, sin duda, continúa despertando debates a diario: el de las agresiones sexuales. Todos recordamos las ampollas que levantó en su día una cinta como Acusados (Jonathan Kaplan, 1988) que, basándose en hechos reales, mostraba el calvario de una joven que sufría una violación múltiple en el interior de un bar, mientras decenas de testigos jaleaban y animaban sin mover un dedo por defender a la víctima. A aquella traumática experiencia se uniría la vivida durante un juicio en el que la acusación no dudaba en poner el foco de atención en una supuesta conducta indecorosa y provocativa de la mujer, acusándola poco menos que de incitar a aquellos hombres a tener relaciones sexuales con ella a la vista de todos. Más de treinta años después, el movimiento #MeToo ha conseguido concienciar a la sociedad de la situación de desamparo a la que estaban sometidas tantas mujeres, animándolas a denunciar y señalar con el dedo a los depredadores sexuales que han tratado de silenciarlas, casi siempre ejerciendo abusos de poder. En España, por ejemplo, el último paso para tratar de acabar con esta plaga, recrudeciendo las penas contra los verdugos y protegiendo con más contundencia a las víctimas, ha sido la aprobación de una ley denominada como «solo sí es sí», que habla de la importancia del consentimiento bilateral antes de consumar una interacción sexual, como manera de acabar con cualquier ambigüedad que pudiera surgir en una situación denunciada, ya sea ejercida bajo el uso de la fuerza o no, acabando así con aquella fina línea que separaba el abuso de la agresión sexual. De esto habla la película, de vacíos legales, peligrosas zonas grises a las que se pueden agarrar los violadores cuando no se puede demostrar si hubo o no consentimiento por parte de las víctimas y de cómo una única verdad universal puede ser contada y distorsionada, interesadamente por una parte u otra, llegando a convertirse en relativa, sin que se llegue a saber a ciencia cierta qué sucedió en realidad.
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