10 AM | 17 May

Doce hombres sin piedad, jueves 21

12 hombres sin piedad sigue siendo una lección casi insolente de grandeza cinematográfica. Sidney Lumet demuestra, en su ópera prima, que basta una habitación cerrada, doce hombres sudando prejuicios y una duda razonable para construir una de las películas más intensas, humanas y moralmente poderosas de la historia del cine. Estrenada en 1957 y nacida del impulso de Henry Fonda y Reginald Rose, la película no solo plantea un juicio: examina la conciencia. Porque, detrás de ese jurado obligado a decidir sobre la vida de un muchacho, lo que verdaderamente se sienta en el banquillo es la comodidad del prejuicio, la cobardía de la masa y la difícil valentía de pensar en soledad

Esta ópera prima de un Sidney Lumet ya curtido en el mundo de la televisión nace como una apuesta del productor y protagonista, nuestro querido jurado nº 8, Henry Fonda, quien, a pesar de que la cinta no fue un grandísimo éxito de taquilla, afirmaba que era una de las mejores películas que había hecho. Hoy nadie puede decir lo contrario, pues estamos ante una maravillosa película, se mire por donde se mire. Un Sidney Lumet, por cierto, que llega a oídos de Fonda porque tenía fama de cumplir con el presupuesto y con los plazos de producción.

Nos enfrentamos a un filme cuyo primer y principal impacto en el espectador del siglo veintiuno es el poder descubrir lo que el cine una vez fue, y para el espectador algo más canónico, el devolverle la fe en el séptimo arte. Y lo hace simplificando lo complejo, tanto a nivel de guion como de puesta en escena e interpretación:

A nivel de guion, porque es capaz, en noventa y cinco minutos, de plantear una cuestión moral de inmensa profundidad, debatirla y resolverla; con ese espíritu americano que un día a todos nos inspiró ansias de libertad y esa inocencia propia de los hombres de bien.

Un hombre sólo frente a la unanimidad de prejuicios, frente al peso de un sistema judicial lleno de taras. Un hombre que se atreve a hacerse preguntas en una búsqueda de la verdad que desdeña y somete el protocolo. Y así, cada uno de los otros miembros del jurado se van viendo forzados a enfrentar la realidad de su vida e incluso la posibilidad de que, quizás, estaban condenando a muerte a un chico inocente.

Y aunque todos los personajes que forman parte de este jurado serían dignos de una página o más, destaca entre ellos el interpretado por Lee J. Cobb.

La construcción de este personaje a lo largo de la trama es sencillamente magistral, con un final maravilloso, todo ello sobre las alas de la excelencia interpretativa del actor.

La magia de Lumet se pone de manifiesto en una puesta en escena sencillamente deliciosa, que logra mantener un ritmo perfecto y una tensión digna de una sinfonía de Bach, a pesar de que prácticamente toda la película transcurre en una sala diminuta.

La técnica en el uso de la escala de planos, junto con una fantástica dirección de fotografía, atraen la atención del espectador y la mantienen sin agotarla, aunque no por ello sin hacernos pasar momentos de altísima tensión, recompensados, eso sí, con momentos de respiro perfectamente calculados.

La simbología de los picados y contra picados y la ley de la mirada destacan para el ojo avizor.

El realizador comenzó así su carrera en el cine con una auténtica obra maestra, y ha seguido deleitándonos desde entones. Muchas gracias señor Fonda, por habernos hecho conocer a Sidney Lumet en la gran pantalla.

 

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