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Ayer terminamos la propuesta de dos pelis de Nolan y su relación con Borges, y lo hicimos con una conferencia de Rafael Pontes el viernes y la lectura de un artículo que nos ofreció, para analizar Incepción, que subimos a nuestra página, además de meter en descargas los cuentos que interesaba leer. Sufrimos el reproche de no haber realizado coloquio a pesar que explicamos que los horarios nos son impuestos por la casa de cultura en función del cumplimiento laboral de sus trabajadores. Podemos (podéis) interactuar en esta web de varias maneras: aplicando nuestra opción «enviar artículo», poner una NOTA en «añadir comentario» o incluso usar el apartado «sugerencias». En nigñun caso vamos a hurtar a nadie el debate. Sobre la película que ponemos el próximo jueves hacemos el siguiente comentario:
Hay cineastas que, como Denis Villeneuve en su adaptación de la novela de Frank Herbert, emplean el silencio y el ritmo pausado para intentar dotar a sus películas no de contenido, sino del espejismo de que en ella sucede algo transcendental. Lo dicho lo compruebo de Dune (2021-2024), que es un vacío presumido, tapado por un fondo musical que no abandona sus imágenes, tal vez para amenizar un silencio y un estatismo impostados que poco tienen que decir y menos que desvelar. Sus silencios y su pausa están, por ejemplo, lejos de los que dominan La isla desnuda (Hadaka no shima, 1960), que desvelan distancias, quehaceres diarios, cotidianidad y esfuerzo, vida, humanidad. Esta pelicula de Kaneto Shindô sería un caso opuesto extremo ya que se trata de un film mudo, en el que los personajes no hablan, aunque se comuniquen y nos comuniquen cuáles son sus relaciones y las que establecen con su entorno aislado por el mar que baña la ínsula. Pero un caso opuesto, que permite hablar a sus personajes, sería el del griego Theo Angelopulos, un cineasta complicado, claramente de izquierda,de esos que se dicen duro de ver. (eso dicen, pero no se lo crean) El peso suspendido de la cigüeña (Meteoro Vima tou Pelargou, 1991) es un ejemplo de un modo de entender el cine como medio de viajar en el tiempo y en el espacio, es decir, en la propia vida, en la interioridad de los personajes y del cineasta; de ahí que sea un film en el que los silencios funcionan como duda y dolor, como búsqueda, pero no como pose.
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Dedicado a quienes asistieron a la charla
del 18 de septiembre en la Casa de Cultura
de San Lorenzo de El Escorial
Quizá no sea posible encontrar una verdad, y menos aún argumentarla. En cambio, podemos descubrir ideas que nos resulten interesantes y comunicar a otras personas por qué podrían serlo también para ellas. Antes de ver Inception (2010) de Christopher Nolan, y tal vez con más sentido después de su visionado, creemos que es provechoso recordar la literatura de Jorge Luis Borges. El propio Nolan confesó que se había inspirado en los borgianos «Las ruinas circulares» y «El milagro secreto» a la hora de confeccionar su película, por lo que parece prudente empezar por estos relatos. En el primero, se narra la llegada de un mago a un templo circular en cuya cúspide sobresale la estatua de un tigre o un caballo. Capaz de dormir “no por flaqueza de la carne, sino por determinación de la voluntad” (Borges, 1944: 57), el hechicero se consagra a la meta de “soñar un hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad”. En el segundo, se nos cuenta que el condenado a muerte Jaromir Hladík plantea este pasaje para la obra teatral que desea escribir: Roemerstadt no conoce a las personas que lo importunan, pero tiene la incómoda impresión de haberlos visto ya, tal vez en un sueño. Todos exageradamente lo halagan, pero es notorio –primero para los espectadores del drama, luego para el mismo barón– que son enemigos secretos, conjurados para perderlo. (Borges, 1944: 178)
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El objetivo de proyectar dos pelis de Nolan sería mas o menos lo siguiente: si Nolan con su Odisea ha conseguido que Homero se sitúe en los primeros puestos de ventas , con Memento e Incepción, Borges también lo sea.
Descubrí, de forma tardía, la relación de Nolan-Borges por un artículo en la Nación de Pablo Planovski a propósito del estreno de Oppenheimer. En ese artículo se hacía referencia a una famosa entrevista que le hicieron a Nolan con la conocida pregunta de ¿qué libros te llevarías a una isla desierta? él contestó: “la obra completa de Jorge Luis Borges un escritor al que admiro profundamente”.
Todos recordaréis en Oppenheimer, basada en la historia del científico que jugó un rol importante en el desarrollo de la bomba atómica, que una bala, que se despegaba de la pared, en la que estaba incrustada, viajaba por el aire de nuevo al cañón del arma que había sido disparada. Esa idea la vimos ayer en Memento, en una muestra de maestría técnica, donde la memoria y el olvido serían los elementos principales de la película.
Hoy, en este acto, pretendemos descifrar algunas claves de la película, y no es porque Nolan siga un guion de un cuento de Borges, es sencillamente porque se sumerge en el mundo borgeano.
Me reconozco lector de Borges, y como anécdota, que también podría ser un cuento, debo decir que sustituyo cada año-nuevo las uvas por la lectura de uno de sus cuentos.
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Te mientes a ti mismo para ser feliz. Eso no es malo, todos lo hacemos.(Teddy)
Una mano sostiene una fotografía. La agita, y la imagen comienza a desaparecer, a quedarse en blanco. Como un vivo recuerdo que muere, que se desvanece por completo. Así comienza ‘Memento’ (2000), la primera película con la que Christopher Nolan impactó al mundo, y empezó a convertirse en uno de los cineastas más conocidos, aplaudidos y admirables que existen. Aunque (de manera inevitable) los hay que se están empeñando tozudamente en restar valor a su trabajo, y por otro lado, quienes se han entusiasmado más de la cuenta con sus últimas películas, es innegable que el cine de Nolan es un soplo de aire fresco. Es capaz de entretener hasta dejar al público clavado en la butaca, al mismo tiempo que obliga a reflexionar sobre lo que se está viendo. Pocos consiguen enmudecer de esta forma, y que, una vez fuera de la sala, uno esté deseando discutir sobre la película. Eso, sencillamente, es la marca de un gran creador.
Christopher Nolan nació en Londres en 1970 y al parecer empezó a grabar sus propias historias a partir de los siete años, con una cámara Súper 8 que tenía su padre. Estudió Literatura pero no perdió su pasión por el cine, rodando cortos como el interesante ‘Doodlebug’ (1997). En 1998 logró terminar su primer largometraje, ‘Following’, un thriller (en blanco y negro) sobre un tipo que se mete en líos cuando empieza a seguir a la gente por la calle; el presupuesto salió de su bolsillo y el rodaje le llevó un año, pues los miembros del equipo tenían otros empleos y sólo libraban los fines de semana. En ese momento ya se estaba gestando el siguiente proyecto de Nolan, una oscura historia de venganza y amnesia basada en un relato de su hermano menor, Jonathan.
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Cuenta Joaquín Sabina que su amigo Javier Krahe, cuando hablaba de sus aspiraciones como cantautor, solía decir en broma: “Yo quiero ser o Borges o bailable”. He estado recordando la frase durante mi lectura de las Conferencias reunidas que se han publicado por estos días: más de 400 páginas de la inteligencia insólita, la erudición sin pedantería y la ironía sin frivolidad que los lectores de Borges nos hemos acostumbrado a buscar en su palabra hablada. Me ha parecido caprichosamente que estas conferencias son lo más cerca que se podría estar de un Borges bailable, y esto lo escribo pidiendo que nadie se lo tome completamente en serio; pero es que en ellas hay una suerte de ejercicio muy distinto del que se produce con la lectura de un cuento o de un poema (donde se encuentran las dos soledades compartidas del autor y del lector). No: aquí Borges habla frente a un público muy real y muy presente, y, como dice en algún momento, no habla ante todos los asistentes, sino con cada uno de ellos.
Lo imagino así, ciego y pequeño, de pie vulnerablemente frente a un micrófono o sentado detrás de un escritorio con su corbata bien puesta, siguiendo un vago mapa mental que sólo existía en su cabeza, hilando ideas de Schopenhauer o referencias a las sagas escandinavas o citando de memoria tres décimas del Martín Fierro para iluminar, siempre con algo que sólo puedo llamar cortesía, el tema central que le han pedido. Algunas veces no le han pedido el tema, sino que se lo han impuesto, y además a última hora. Una de las conferencias, pronunciada en 1980, comienza con estas palabras vertiginosas: “Acaban de informarme que voy a hablar sobre mis cuentos”. Y luego pasa a esa humildad borgiana que a mí siempre me ha parecido impostada y a la vez curiosamente genuina, es decir, que responde a una alergia verdadera al elogio o al autobombo pero viene en boca de alguien que está muy consciente de sus méritos: pues sólo desde la seguridad se pueden emitir estas modestias exageradas.
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