Lo que logra el director Yvan Attal en El acusado, aparte de la mejor película de su carrera, hasta la fecha, es un verdadero triunfo del equilibrio y la objetividad sobre un tema muy peliagudo que, sin duda, continúa despertando debates a diario: el de las agresiones sexuales. Todos recordamos las ampollas que levantó en su día una cinta como Acusados (Jonathan Kaplan, 1988) que, basándose en hechos reales, mostraba el calvario de una joven que sufría una violación múltiple en el interior de un bar, mientras decenas de testigos jaleaban y animaban sin mover un dedo por defender a la víctima. A aquella traumática experiencia se uniría la vivida durante un juicio en el que la acusación no dudaba en poner el foco de atención en una supuesta conducta indecorosa y provocativa de la mujer, acusándola poco menos que de incitar a aquellos hombres a tener relaciones sexuales con ella a la vista de todos. Más de treinta años después, el movimiento #MeToo ha conseguido concienciar a la sociedad de la situación de desamparo a la que estaban sometidas tantas mujeres, animándolas a denunciar y señalar con el dedo a los depredadores sexuales que han tratado de silenciarlas, casi siempre ejerciendo abusos de poder. En España, por ejemplo, el último paso para tratar de acabar con esta plaga, recrudeciendo las penas contra los verdugos y protegiendo con más contundencia a las víctimas, ha sido la aprobación de una ley denominada como «solo sí es sí», que habla de la importancia del consentimiento bilateral antes de consumar una interacción sexual, como manera de acabar con cualquier ambigüedad que pudiera surgir en una situación denunciada, ya sea ejercida bajo el uso de la fuerza o no, acabando así con aquella fina línea que separaba el abuso de la agresión sexual. De esto habla la película, de vacíos legales, peligrosas zonas grises a las que se pueden agarrar los violadores cuando no se puede demostrar si hubo o no consentimiento por parte de las víctimas y de cómo una única verdad universal puede ser contada y distorsionada, interesadamente por una parte u otra, llegando a convertirse en relativa, sin que se llegue a saber a ciencia cierta qué sucedió en realidad.
Leer más…
Existen películas que, más que como productos de su época, se sienten como experiencias atemporales o sueños lúcidos. El clásico de Carl Theodor Dreyer (1889-1968), La pasión de Juana de Arco (La Passion de Jeanne d’Arc), es una de ellas. Considerada como una de las mejores películas del cine mudo, es una historia que, lejos de sentirse valiosa únicamente por ser un documento histórico fidedigno (aunque en cierto modo lo es), demuestra lo mucho que se podía hacer antes del cine sonoro, especialmente en lo que se refiere a la experimentación visual, con una gran variedad de planos, movimientos de cámara, y hasta propuestas de dirección de arte.
Aparte de lo que el filme propone a nivel formal, lo más impactante, lo más sorprendente de La pasión de Juana de Arco, en particular para quienes la ven por primera vez, está en lo inesperadamente moderna que se siente. Esto se puede deber a lo mucho que favorece los primeros planos; a su estilo de montaje, el uso de entrelazados de diferentes momentos y planos de rostros inconexos; o incluso a cómo luce, con una protagonista de pelo corto que no se vería fuera de lugar en el siglo veintiuno. Lógicamente, La pasión de Juana de Arco es de visionado obligatorio para cualquier cinéfilo o cineasta, pero para quienes nunca hayan visto un filme de hace casi cien años, también se puede tratar de una experiencia interesante y hasta reveladora.
Pero regresando a su valor histórico La pasión de Juana de Arco está basada en el registro real de los juicios religiosos que le hicieron a la joven de Orleans en el siglo quince antes de que la quemen en la hoguera. Evidentemente, fueron varias sesiones —intercaladas con tortura— por las que tuvo que pasar, pero Dreyer las combina para entregarnos solo una. Es así que vemos a Juana (Renee Maria Falconetti) siendo juzgada por un grupo de curas y monjes aliados de los británicos, luego de ser capturada por franceses también aliados con el enemigo. Sus jueces están frente a ella no para darle la oportunidad de defenderse o para ser justos, sino más bien para asegurarse de que podrán deshacerse de ella. Inicialmente, solo quieren encerrarla de por vida, pero como bien sabemos, su destino eventual es mucho más terrible.
Leer más…
El Rey Lear (Korol Lir), escrita por Kozintsev a partir de la espléndida traducción al ruso que realizó el Premio Nobel Boris Pasternak (cuyo espíritu, por cierto, profetizó a Tarkovsky que solo haría siete películas, «pero todas buenas»), narra la historia del Rey Lear de Inglaterra (Jüri Järvet), un monarca oprimido por la vejez que decide dividir su Reino entre sus tres hijas. Sin embargo, primero deben decirle cuánto le aman. Las dos hijas mayores, Goneril (Elza Radzina) y Regan (Galina Volchek), arpías duchas en el arte de la adulación hipócrita, conmueven el corazón del padre, mientras que la más joven, la dulce Cordelia (Valentina Shendrikova), declara con sencillez, sin falsos halagos, un amor sincero («mi amor es más rico que mi lengua»). Colérico ante tal falta de énfasis, Lear repudia a Cordelia y, pese a las advertencias de ésta, reparte las tierras entre Goneril y Regan y sus respectivos maridos, el Duque de Albania (Donatas Banionis) y el de Cornualles (Aleksandr Vokach).
Desgraciada decisión, la de un Rey arrogante y megalómano, que será el detonante de un remolino de pasiones marcadas por la ambición, el egoísmo, la lujuria, la traición y el odio. Humillado y desterrado por sus hijas mayores, el Rey Lear es obligado a vagar como un mendigo por áridos páramos en compañía de su inseparable Bufón (magnífico Oleg Dal), único capaz de hacerle ver la estupidez de sus actos, y un puñado de leales seguidores harapientos. Pronto cae víctima de la locura (como Hamlet y Otelo), la cual da paso a una tardía iluminación espiritual, y es testimonio impotente de la aniquilación de su Reino –sumido en la disensión y el caos– y su familia.
Fiel al texto original, Korol Lir es una reflexión pesimista sobre el poder y su efecto engañoso, sobre el absolutismo y la ingratitud (que afecta no solo a Lear y a sus hijas sino a las contrafiguras del vasallo Gloucester y sus dos hijos, el noble Edgar y el bastardo Edmund). Si el texto bebe de la tradición inglesa de la literatura, la física de la película lo hace de la tradición soviética, deparando imágenes poderosas para transmitir en términos visuales la sensación de tragedia, no dejando que esta dependa únicamente de la palabra. La mayor virtud de Kozintsev reside en el papel preponderante que concede al espacio, actuando el paisaje y el desorden atmosférico (viento, polvo, niebla, lluvia) como perfecto correlato de los conflictos internos y externos de los personajes, todo lo cual queda realzado por la fotografía en blanco y negro de Jonas Gritsius, que juega con las luces y las sombras y abrillanta la belleza y fervor de los cielos.
Leer más…
Kaji es un joven japonés humanista e idealista. Es el año 1943 y Japón esta inmerso en la II Guerra Mundial. Un momento, en el que para muchos jóvenes en edad de formar una familia y transmitir lo aprendido a la siguiente generación, nada de eso llegaría nunca y en su lugar solo habría muerte.
Pero Kaji recibe un golpe de suerte, no le mandan al frente, en su lugar, lo mandan a las colonias de Manchuria para que aplique sus ideas y aumente la producción de los trabajadores que se encuentran allí.
Kaji cree firmemente que el hombre debe ser tratado humanamente y que los trabajadores pierden las ganas de trabajar cuando las condiciones de trabajo son nefastas.
Es recto e inflexible, para él, si una teoría es correcta, sin duda puede aplicarse a la realidad, sino, significa que la teoría es falsa o su aplicación incorrecta.
Sin embargo, solo ve el mundo desde su perspectiva, y aún le falta mucho por aprender de la condición humana.
La llegada de prisioneros de guerra complica las cosas, estos llegan aplastados y deshidratados en vagones de tren, para ser usados como fuerza de trabajo. A partir de ahí, Kaji debe enfrentarse a un descenso sin elecciones correctas. Cada vez se abre más la brecha entre el y sus mandos, personas sin moral que buscan medrar e intereses personales a costa de cualquiera y lo que sea. Y por supuesto, esta la guerra, que justifica cualquier acto por amoral o impensable que sea.
La tensión va en escalada con los prisioneros, que ansían su libertad. Y mientras los mandos solo ven al hombre como un animal básico, un ser ávido y depravado a su semejanza, que puede ser apaciguado con prostitutas, Kaji entabla amistad con uno de los líderes de los prisioneros, quien poco a poco, lo va llevando a su terreno, recordandole que el hombre no es solo una criatura débil, sino que es capaz de ser tan fuerte como sea necesario, que solo necesita encontrar la causa de su infelicidad, y lo importante que es distinguir entre asesinos disfrazados de humanistas y aquellos que merecen ser lLamados seres humanos.
Kaji se verá inmerso en sus propias contradicciones y las del mundo, hasta el punto de estar en la tesitura de perder a su amada Michiko, quien siempre espera por el, y a sí mismo. Y cuando trasciende el miedo y abraza la muerte, este resulta ser solo el comienzo de su historia.
Esta es la primera parte de la trilogía de Masaki Kobayashi, uno de los mejores directores japoneses, que cuenta una compleja historia sobre la condición humana a través de Kaji, magníficamente interpretado por Tatsuya Nakadai, que a continuación deberá enfrentarse al reclutamiento, la instrucción y la guerra, y que continúa su camino humanista con esperanza.
En “la Condición Humana”, Kobayashi nos muestra otra vez la historia de una persona contra el mundo, contra un sistema, “la condición humana” es la historia de Kaji, un pacifista en medio de una guerra, de un semi-comunista en una sociedad fascista, es la historia, la dura historia de un hombre que ha de soportar su propio drama y el drama que le rodea.
La recreación de la colonia Japonesa de Manchuria es para quitarse el sombrero.Donde otros buscan mostrar, Kobayshi busca concienciar, donde otros giran en torno a una película en clave anti-militarista, Kobayashi te la pega en la cara en forma de primera persona, ni que decir que Tatsuya Nakadai como siempre está colosal, no por su gran actuación (que también) sino porque una obra colosal, hace colosal a un actor colosal.La evolución a lo largo de la trilogía, que iremos viendo cuando podamos, tanto del protagonista como el resto del reparto es lógica e incluso esperada, los diálogos siempre durísimos, no tanto por el tema en si, sino por la manera de ser llevados a cabo, por un soldado aferrado a sus ideas y por la manera de defenderlas, es una cosa que a mi siempre me ha parecido digno de admiración. Es una pena que la obra literaria no esté traducida al castellano. La proyección de la película podría podría servir a algún editor, con ganas de hacerse rico, su edición en nuestro idioma, y más en los tiempor que corren. En japón se vendieron mas de dos millones de ejemplares, por si vale de algo.