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07 PM | 05 Oct

La película del viernes en Centro Cultural Villa de El Escorial

Rams (el Valle de los Carneros)

Hrútar. Grímur Hákonarson. Islandia, 2015.

Cartel de la película RamsEl film islandés Rams (El Valle de los Carneros) consiguió alzarse con la Espiga de Oro en el Festival de Valladolid de este año, (2015) habiendo también obtenido con anterioridad, el premio a la Mejor Película en el último Festival de Cannes, en la sección Un Certain Regard, además de estar seleccionada para representar a su país en los próximos Oscar, en la categoría de Mejor Película de habla no inglesa. Con su segundo largometraje de ficción, tras Summerland (2010), Grímur Hákonarson indaga en una historia intimista, que refleja la Islandia rural, a través de la vida de dos hermanos, Gummi y Kiddi, que viven en un aislado valle y se ocupan de la crianza de una raza de ovinos, de pedigrí muy antiguo, que es considerada una de las mejores del país. Los carneros, en Islandia, se distinguen por sus cuernos y por la calidad de su lana, y parece que superan con creces en cuantía a la población humana (unos 800.000 frente a 320.000).

Con unos paisajes sobrecogedores, en el valle apartado de Bardardalur, en donde la naturaleza llega a dominar al hombre, el realizador escandinavo, rodando en las estaciones de verano y en invierno, consigue acercarnos a un mundo cerrado, una sociedad añeja enclaustrada en sus tradiciones, incomunicada y sin interés por abrirse a la modernidad. Impacta esa naturaleza imponente, ese verde primaveral y esos entornos invernales oscuros que arrastran a sus habitantes a la depresión, al alcoholismo y a la soledad. En medio de este estremecedor panorama, se nos van mostrando rencillas familiares que vienen de lejos, que se fomentan casi sin intervención ni responsabilidad de los afectados, pero que terminan repercutiéndoles hasta el final de sus días. Estamos ante enfrentamientos no buscados especialmente, impuestos por generaciones anteriores, que no llegan siquiera a imaginar o ser conscientes de las consecuencias de sus decisiones. La puesta en escena es sencilla, casi documental, y está basada en la propia experiencia personal del realizador, haciéndonos llegar, en imágenes, los intentos de supervivencia de una forma de vida que se niega a enfrentarse con los nuevos tiempos. El director de fotografía es Sturla Brandth Grøvlen, noruego, también camarógrafo en la película Victoria (2015), del director alemán Sebastian Schipper, acaparadora de los premios de la Academia en ese país, y que ha sorprendido con su único y largo plano secuencia.

Fotogramarams(elvalledeloscarneros)1Los personajes poseen personalidades sobrias y, acorde con ello, se muestra la austeridad de las casas en las que viven. Pasan sus días en soledad, y destaca enormemente la ausencia de presencia femenina, en algunos casos porque nunca existió y, en otros, porque desapareció. No hay más entretenimiento que cuidar de los adorados ovinos, esas preciosas criaturas amenazadas por un cataclismo, desgracia que “curiosamente” tiene origen británico. Seguro que nadie se ha olvidado del crack islandés del año 2008, con el colapso de su sistema bancario y las intensas presiones del Reino Unido, uno de sus principales acreedores, para que el país cumpliera con sus compromisos económicos.

El dilema sobre el acatamiento o no de la legalidad, cuando sus reglas se enfrentan a tus intereses más íntimos, a lo que resulta ser el centro de tu existencia y de tus mayores desvelos y afectos, genera una reflexión profunda, con actitudes individuales dispares en sus medios, pero no en los fines. El humor negro está presente a lo largo de toda la obra, y sobresalen golpes de guion muy irónicos y efectivos. Citemos al efecto ese tractor, dirigiéndose a un hospital con una sorprendente carga, o la comunicación, a través de mensajes transportados por un perro. También, a falta de pan, buenas son tortas, y si nadie nos regala nada en Navidad, no tenemos empacho alguno en hacernos nuestro propio obsequio.

Fotogramarams(elvalledeloscarneros)2El filme se centra básicamente en dos personajes, los hermanos Gummi y Kiddi, Sigurốur Sigurjónsson y Theodór Júlíusson, dos actores de gran reputación en Islandia, y ambos están impecables en su interpretación de granjeros de ovejas enfrentados por envidias y discriminaciones ancestrales, son trabajadores, reservados, uno más reflexivo y el otro más impulsivo, los dos tenaces en sus objetivos. No debemos olvidar citar en las interpretaciones a los carneros que intervienen en la película. Se llegó incluso a hacer un casting para las reses, que hasta aparecen en los títulos de crédito. Los dos hermanos consiguen una conexión muy intensa con sus ovejas, cada una tiene un nombre y una identidad propia. En cuanto al resto del reparto, los actores desprenden veracidad y naturalidad, encontrándose entre los papeles secundarios el actor Gunnar Jónsson, a quien precisamente se le acaba de entregar el premio al Mejor Actor en el Festival de Valladolid, por su intervención como protagonista en el film Fúsi , del director Dagur Kári, también de nacionalidad islandesa, con una caracterización del lento despertar de un hombre inadaptado socialmente. Da la impresión que el cine islandés esté despuntando últimamente, más allá del prestigio del realizador Baltasar Kormákur. Recordemos que la reciente vencedora de la Concha de Oro en el último Festival de San Sebastián, fue una película de esa nacionalidad, Sparrows, de Rúnar Rúnarsson.

Calmosamente, con ritmo pausado, se van sucediendo las escenas de ese mundo agrario recluido, sus rutinas, el arduo faenar diario, también los absurdos momentos que otorga tanta soledad, todo ello envuelto en una especie de atmósfera que hace pensar, como ha sugerido el realizador Grímur Hákonarson, en una suerte de western escandinavo, acompañado todo ello por la banda sonora de Atli Örvarsson, que enfatiza momentos, sin apartarnos del drama humano de unos pastores, humildes en medios de vida, pero soberbios en caracteres, tragedia que es en definitiva lo que nos están mostrando, en una meditación sentida sobre la posible pérdida de identidad, forzada por las circunstancias.

Hacía tiempo que no nos encontrábamos con un final tan hermoso e impactante en el cine: once supervivientes enfrentándose a la gélida nieve, buscando su rincón en el mundo y luchando con calidez y ternura frente a las inclemencias meteorológicas y normativas. Es un epílogo emocionante, helador y caluroso al mismo tiempo, incluso se podría tachar de obsceno, tan obsceno como impúdico resulta el no hablarte con tu vecino y hermano durante más de cuarenta años.

 

 

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06 PM | 01 Oct

El ingeniero de ferrocarriles Marlowe, el profesor de secundaria Miller y el joven y alocado pacifista Alvin York

Alfonso Peláez

 

John Ford, a través de la piel de John Wayne, convirtió a un ingeniero de ferrocarriles en el coronel de caballería Marlowe en Misión de audaces. Howard Hawks hizo lo propio con el joven borrachín y pacifista Alvin York, galones de suboficial, interpretado por Gary Cooper, en el film El sargento York. Por último, Steven Spielberg, transformó a Tom Hanks, un honesto profesor de Pennsylvania, en el capitán Miller; hablamos, en este caso, de Salvar al soldado Ryan.

Cada una de estas películas está ambientada en una guerra diferente: de Secesión, la Gran Guerra, la Segunda Guerra Mundial; se trata de tres rangos muy distintos y de personajes con perfiles muy alejados; pero en esencia, en los tres casos, se habla de la misma guerra y del mismo personaje. Porque las tres nos presentan a tres ciudadanos satisfechos con sus vidas de civiles, a priori nada inclinados a las armas, que se ven confrontados por la amenaza que se cierne sobre su modo de vida, un modo de organizarse políticamente presidido por la libertad y la democracia. El Norte del coronel Marlowe peleando contra los Confederados que se oponen a la abolición de la esclavitud; los Estados Unidos del sargento York ayudando a las democracias occidentales agredidas por los imperios centrales y, finamente, otra vez los americanos del capitán Miller desembarcando en Normandía para acabar con el nazismo alemán. Los tres personajes, sin renunciar a su identidad previa, renegando de la guerra (“Cuanto más mato, más lejos me siento de casa” dice el capitán Miller), asumen una nueva personalidad, la militar, hasta las últimas consecuencias, poniendo su nueva condición y el deber que le corresponde por encima de cualquiera otra circunstancia.

Hay que reconocer que, como piezas de propaganda, las tres películas son de una categoría suprema. Porque, con una factura magistral propia de quien las firma, nos ponen ante una cuestión decisiva: ¿quién no estaría dispuesto a defender a como dé lugar nuestro modo de vida? No se refieren a la defensa de la nación, esa palabra altisonante y viciada, se refieren a si estamos o no estamos dispuestos a defender el modo de vida decente y legítimo, con el que nos sentimos políticamente conformes.

Esta semana han puesto dos veces Salvar al soldado Ryan, en dos cadenas de televisión distintas. Espero que alguien, que sabe lo que se cuece mucho más que usted y que yo, no haya decidido que ha llegado el momento de preparar a los Marlowe, York y Miller del mundo para su transformación en soldados imbuidos de arrojo y deber.

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12 AM | 30 Sep

LA ÚLTIMA PELÍCULA

Pasan los años, y THE LAST PICTURE SHOW (La última película, 1971), sigue siendo una obra que aparece en una doble frontera. Una frontera interior, al describir con tanto afecto como desencanto, un tiempo de cambio, de ruptura con el ayer, en una colectividad en la que apenas hay lugar para la felicidad. Pero al mismo tiempo, esta conmovedora y al mismo tiempo intimista obra de Peter Bogdanovich, se inserta y describe esa frontera que estaba viviendo el propio cine norteamericano. Ambas vertientes se perciben, se sienten casi, en la adaptación de la novela de Larry McMurtry, experto conocedor de los claroscuros del sur norteamericano. En esta ocasión además, su novela partiría de matices casi biográficos, describiendo con ello un relato de tintes dolorosos, provisto de numerosas capas y matices, que habla de la llegada a la madurez, de la frustración, del fin de un tiempo y, sobre todo, y ese es su grado de universalidad, que trasciende al aparente localismo de su base argumental, del desencanto de la propia existencia humana.

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04 PM | 23 Sep

LLUEVE SOBRE MI CORAZÓN (1969) de Francis Ford Coppola

LLUEVE SOBRE MI CORAZÓN (1969) de Francis Ford Coppola

Filed under: Cine norteamericano | Tags:  |

Llueve sobre mi corazón (The Rain People) es la última y la mejor de las pequeñas películas que realizó Francis Ford Coppola antes de pasar a la historia del cine con mayúsculas con El padrino (The Godfather, 1972), y en ella aún quedan patentes su gusto y admiración, compartidos por la mayoría de sus compañeros de generación, por un cine europeo en el que los directores contaban historias sencillas de manera muy personal y con total libertad, en el que director era el autor de la película. Trasladando esto a las ciudades y carreteras de Estados Unidos, Coppola escribe y dirige un film protagonizado por personajes abandonados que navegan a la deriva y que bebe claramente de la multitud de maravillosos relatos que pueblan la literatura norteamericana del siglo XX.

Aquí los personajes son Nat (Shirley Knight), una mujer embarazada que abandona a su marido durante una temporada para sentirse libre y encontrarse a sí misma; Jimmy (James Caan), un autoestopista al que Nat recoge, exjugador de fútbol americano que, por culpa de un golpe en la cabeza sufrido durante un partido, ha perdido parte de sus facultades mentales, y Gordon (Robert Duvall), un policía de tráfico viudo que aún busca a su esposa en otras mujeres y con el que Nat tendrá una fugaz y dramática aventura. Los tres son «gente de lluvia», the rain people -título y póster, entre mis preferidos del cine-, personas frágiles, desorientadas, que intentan huir de algo o buscan sin saber qué.

Llueve sobre mi corazón no es una obra maestra, pero sí una pequeña joya imperfecta que transpira autenticidad por todos sus poros, una Road Movie triste y desoladora que derrocha cariño por sus personajes y que en su última secuencia, la que transcurre en la caravana de Gordon, guarda fragmentos del cine más hermoso y personal que haya filmado Coppola.

 

 

 

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