01 AM | 15 Abr

El Intendente Sansho (1954)

el intendente sansho posterDirección: Kenji Mizoguchi.
Intérpretes: Kinuyo Tanaka, Yoshiaki Hanayagi, Kioko Kagawa, Eitaro Shindo.


Zushio (Yoshiaki Hanayagi) y su hermana, Anju (Kyôko Kagewa), son separados de su madre (Kinuyo Tanaka) y recluidos en un campo de trabajo regido por el intendente Sanshô Dayû (Eitarô Shindô).
Las durísimas condiciones impuestas por el intendente harán que los hermanos tomen una drástica decisión para cambiar el rumbo de sus vidas.

Es muy difícil, por no decir imposible, pronunciarse acerca de cuál pudiera ser la mejor película que rodó Kenji Mizoguchi, sobre todo, teniendo en cuenta la cantidad de títulos suyos que se han perdido y que nunca podrán recuperarse, para desgracia del séptimo arte.

intendente sanshoLo que sí se puede afirmar es que “El Intendente Sansho” es una de las obras maestras que dirigió Mizoguchi en los últimos años de su vida.Con un guión firmado, entre otros, por Yoshikata Yoda, habitual en las cintas de Mizoguchi, la acción se centra en el descenso a los infiernos de una noble familia por causa de la honradez e ideales preconizados por el cabeza de familia.

La historia, ya de por sí atractiva, se ve realzada por la magnífica puesta en escena, rubricada con la estudiada y perfecta colocación de la cámara y la preciosista fotografía en blanco y negro de Kazuo Miyagawa, responsable también de las imágenes de “Cuentos De La Luna Pálida” (1953).

“El Intendente Sansho” cuenta, entre sus numerosos intérpretes, con una de las actrices niponas más afamadas de todos los tiempos y predilecta de Mizoguchi, Kinuyo Tanaka, quien ya trabajara a las órdenes del director japonés en “Vida de Oharu, Mujer Galante” (1952) y en “La Mujer Crucificada” (1954).Una vez más, como ya hiciera a lo largo de su cinematografía, Mizoguchi refleja la sensibilidad de su elevado arte fijando su mirada en la mujer, en esta ocasión representada en la abnegación y sacrificio hasta la extenuación de una madre y una hermana.

Alberto Alcázar       La ponemos el jueves día 18 a las 18 horas Casa de Cultura San Lorenzo.

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02 PM | 04 Abr

Claves para ver a Mizoguchi

Por MaxiMiliano CurCio

El cine europeo y el norteamericano dominaron la primera parte del siglo XX en su esplendor
cinematográfico. Desde Oriente, una generación de cineastas comienza a destacar situando a Japón en el mapa
cinematográfico. Los maestros del celuloide Yasijiro Ozu, Akira Kurosawa y Kenji Mizoguchi realizan,
coincidentemente, sus primeros films hacia la década del cuarenta.

Nacido en Tokio, en 1898, Kenji Mizoguchi creció en una familia
desestructurada e inició su vida laboral como ilustrador de un diario.
Debuta como director en 1922, retratando los barrios populares de su
ciudad natal con una clara influencia expresionista. Después de su
notable éxito en 1936 (obtiene reconocimiento local por Elegía de
Naniwa y Las Hermanas), enfoca su carrera en melodramas de
reivindicación feminista. La formación pictórica se traslada a su puesta
en escena, heredera de las láminas del pintor de estampas Utamaro y
del artista imperial Tessai. Adapta conceptos naturalistas de autores
franceses, de la literatura Meiji y de las tragedias griegas, para
continuar con sus melodramas de la estirpe de La Historia del Último
Crisantemo (1939). También, admira el carácter observacional y
humanista de Robert Flaherty, el dramatismo humano del
expresionismo alemán, la mirada costumbrista del cine neorrealista
italiano, el carácter legendario de los dramas sociales de John Ford y la
elegante puesta en escena de Max Ophuls.
Argumentalmente, su cine se divide en dos bloques: los temas épicos
y de carácter romántico ambientado en la época Meiji (1898-1916),
basados en la literatura de Izumi Kyoka; y, por otro lado, los dramas costumbristas de
tratamiento contemporáneo y gran dosis de sentimentalismo. Trata ambos géneros desde un prisma feminista que
denuncia la tradición histórica de humillación, visibilizando la situación
de maltrato atávico. Las protagonistas son heroínas ordinarias (geishas,
prostitutas) que intentan sobrellevar y superar con sacrificio un destino,
a priori, insalvable que las empuja a la marginación, encontrándose en
conflicto entre sus obligaciones familiares y los preceptos morales, de
acuerdo a las convenciones sociales.
Mizoguchi evita esquemas maniqueístas, rehúsa finales felices y
rechaza los típicos conceptos moralizantes del drama más elemental.
Emplea la belleza estética como símbolo de esperanza en medio de
historias sórdidas y trágicas, narradas con un romanticismo lírico formal.
Apuesta al placer estético de una composición delicada de la imagen,
mediante recursos como el plano secuencia, al que recurre de modo
habitual. El travelling lateral emula más de un sentido ideológico: rechaza
la frontalidad y apuesta por un segundo plano que transmita una idea enonjunto.

El cineasta oriental distancia la cámara del escenario para transmitir mayor comprensión emocional, aspecto
que podemos certificar en obras magnas como La Vida de Oharu (1953), Cuentos de la Luna Pálida (1954) y Calle de
la Vergüenza (1956). Con frecuencia, innova en perspectivas visuales
que simulen espiar la acción, al tiempo que desafía la centralidad
del intérprete respecto a la cámara sin importar que rompa el
esquema preestablecido ante el ojo del espectador. Es destacable
el valor documental etnográfico intrínseco a las películas de esta
generación y en referencia a la cual, dentro de la obra del nipón,
pueden destacarse El Intendente Sansho, La Mujer Crucificada y Los
Amantes Crucificados (todas estrenadas en 1954).
En tiempos de su preminencia autoral, y en busca de una verdad
más realista, en el cine de Japón resurgen las vertientes de la
tradición literaria teatral. Prolifera una tipología de drama
protagonizado por samuráis durante el período Jidaigeki —que
abarca desde 1603 a 1863—, cuya puesta en escena es austera y
menos artificiosa para transmitir la mayor verosimilitud posible,
con encuadramientos más delicados que acentúan los colores
elegidos. Posteriormente, encontramos films como La Emperatriz
Yang Kwei Fei y El Héroe Sacrílego (ambas de 1955). Destaca, de
igual manera, la apenas más tardía La Calle de la Vergüenza (1956).
Mizoguchi, a lo largo de su obra, practica un importante juego
de picados y contrapicados que generan una poderosa plástica interior del plano; repletos de color, adquieren
un componente dramático extra. Junto con Yasijiro Ozu y Akira Kurosawa, este maestro narrador de historias
conforma el selecto triunvirato del cine oriental clásico.

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05 PM | 18 Mar

Interludio de amor

Leyendo las declaraciones de Douglas Sirk en el libro que elaboró Jon Halliday a partir de sus declaraciones, este parecía no tener en demasiado afecto a INTERLUDE (Interludio de amor, 1957). Poco más o menos la define como un compromiso, señala que los exteriores fueron localizados previamente por su director de fotografía William Daniels y, aunque fuera en el ámbito de una producción de Ross Hunter, ni se contó con la aportación de Russell Metty como operador de fotografía –aunque la aportación de Daniels nada tiene que envidiarle-, ni el reparto contaría con intérpretes tan reconocibles del universo sirkiano en la Universal como Rock Hudson, Robert Stack, John Gavin, Jane Wyman, Lana Turner o Barbara Stanwyck. En su lugar, la pareja protagonista se limitaba a la siempre infravalorada June Allyson –espléndida en su rol protagonista- y el generalmente despreciado Rozanno Brazzi –que cierto es desentonaba cuando intentaba imitar los movimientos de un director de orquesta, pero resultaba convincente como galán más o menos otoñal-. Añadamos algo más; INTERLUDE no tiene esa mirada crítica sobre el puritanismo de la sociedad norteamericana que caracterizó algunos de los más célebres films de su realizador, e incluso la presencia argumental del relato de James Cain parece pesar como una losa. Sin embargo, me parece que todas estas miradas provistas de prejuicio, en modo alguno hacen justicia a esta espléndida película, que aunque es posible no podamos situar entre la cima de la obra de Sirk, sí personalmente ubicaría por encima de otros títulos más prestigiosos –y, si se me permite la expresión, efectistas, como WRITTEN ON THE WIND (Escrito sobre el viento, 1956)-. En realidad, considero INTERLUDE como la muestra más pura de melodrama que jamás firmara el director austriaco, su equivalente –a una pequeña menor escala- al AN AFFAIR TO REMEMBER (Tu y yo, 1957. Leo McCarey), o al en absoluto reconocido y previo SEPTEMBER AFFAIR (1950) de William Dieterle. Y cito esos dos ejemplos, en absoluto al azar, ya que se trata de referencias que guardan no pocas semejanzas con la esencia de esta elegante y delicada muestra del género, a la que incluso el prestigio de su realizador no ha conseguido todavía elevar a la notable consideración que merece.

Helen Banning (June Allison), es una norteamericana que decide viajar hasta territorio alemán, quizá con la secreta intención de encontrarse con ella misma. Con este deseo llega hasta Munich, donde se emplea en una biblioteca. Allí pronto será cortejada por el doctor Morely Dwyer (Keith Andes), sin gran interés por parte de nuestra protagonista. No obstante, un encuentro casual en un ensayo, le acercará de manera irresistible hacia un temperamental y prestigioso director de orquesta. Se trata de Tonio Fischer (Rozanno Brazzi), con el que incluso tendrá un encuentro desastroso. Sin embargo, algo ha prendido entre ellos. Envueltos ambos en constantes sones musicales, poco a poco ese inicial rechazo se irá convirtiendo en un amor sincero. Un amor en el que quizá influya en ella el encontrarse en otro ámbito vital, y para él la posibilidad de escapar de la gran tragedia de su vida; el estado creciente de enajenación sufrido por su joven esposa –Reni (Marianne Koch)-, aspecto este que Helen desconocerá hasta que su romance con Tonio sea un hecho consumado. El descubrimiento de ese matrimonio oculto, asustará a la norteamericana –que nunca ha dejado de ser cortejada de forma discreta por Dwyer-, aunque en un momento determinado, e incluso alentada por la aristócrata tía de Reni –la condesa Reinhart (maravillosa Françoise Rosay)-, acceda a prolongar su relación con el famoso concertista, admitiendo la posibilidad de que su amor contribuya a aliviar la tragedia que este sufre. Será no obstante una vana ilusión, que una dramática circunstancia mostrará en toda su crudeza, admitiendo Helen que su estancia en Alemania no ha sido más que un hermoso, pero irreal, cuento de hadas.

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