09 PM | 22 May

Carne, cuidado y resistencia: Por qué el feminismo será antiespecista o no será

Por Teresa Fuentes Toledo

En las estanterías de los supermercados, el sistema capitalista oculta con esmero lo que la
teoría feminista lleva décadas denunciando en los cuerpos de las mujeres: la fragmentación y la
cosificación.

Lo que para el consumidor medio es un «filete de primera» o un «cartón de leche
desnatada», para la teórica ecofeminista Carol J. Adams es, en realidad, “proteína
feminizada”. Este concepto, que hoy resuena con fuerza en los debates colectivos del
ecofeminismo en el Estado español, nos recuerda que la ganadería industrial no es un
entramado neutral, sino una maquinaria biopolítica que explota de forma sistemática los ciclos
reproductivos, la leche y los óvulos de las hembras no humanas. Vacas lecheras y gallinas
ponedoras sufren una dominación patriarcal extrema: son sometidas a inseminaciones
artificiales forzadas obligatorias, preñeces consecutivas y a la separación traumática e
inmediata de sus crías para que la producción láctea no se detenga. Es la reducción absoluta
del cuerpo vivo a una mera fábrica biológica orientada al consumo.

Esta violencia material se sostiene sobre un engranaje lingüístico que Adams denominó el
«referente ausente». Para que la sociedad consuma carne sin experimentar disonancia moral,
el lenguaje debe hacer desaparecer al animal real, al individuo sintiente que ha sido sacrificado.
El cerdo se convierte en «lomo» y la vaca en «ternera». Este proceso de deshumanización y
descuartizamiento simbólico guarda un paralelismo directo con la violencia machista y la
pornografía comercial, donde las mujeres son despojadas de su condición de sujetos para ser
consumidas visual o físicamente a través de la fragmentación de sus cuerpos en partes
aisladas.

Mientras en España el debate legislativo reciente se ha centrado con fuerza en la
mercantilización de los cuerpos, la prohibición efectiva de la explotación reproductiva humana
-como las tramas de gestación subrogada- y el impulso de una vanguardista Ley de Familias
centrada en la economía de los cuidados, una nueva ola de pensadoras invita a ampliar el
círculo de la justicia. Para filósofas como Angélica Velasco, la «ética de los cuidados» no puede
detenerse en la frontera arbitraria de la especie. Si el feminismo transformador busca poner la
vida en el centro de las políticas públicas, la pregunta es inevitable: ¿qué vidas estamos
dejando deliberadamente fuera de ese centro? La vulnerabilidad y la interdependencia,
conceptos clave para humanizar nuestra sociedad frente al individualismo neoliberal, son
realidades compartidas por todos los seres capaces de sentir y de sufrir.

No estamos ante un debate sentimentalista de simple «amor por los animales», sino ante una
rigurosa estructura política. Como señala la filósofa Catia Faria, en el único elemento que es
moralmente relevante -la capacidad de experimentar sufrimiento, bienestar y disfrute-, los
humanos y los animales no humanos somos iguales. Por lo tanto, la exclusión de los animales
del círculo de consideración jurídica y moral no responde a un error de cálculo científico, sino a
una premisa ideológica necesaria para mantener el rompecabezas global de la dominación.
Esa dominación no solo es física y económica, sino profundamente simbólica. La poetisa y
activista Chloe María Valdivieso utiliza la crudeza poética para denunciar los «centros de
exterminio lácteo», rompiendo el relato bucólico de la industria para visibilizar las historias de
despojo y los lutos maternos que arrastra cada producto cotidiano. Esta «objetualización» de la
que habla Valdivieso es el mismo proceso conceptual que el feminismo de base combate
cuando las mujeres son reducidas a funciones biológicas, reclamos visuales o mano de obra
reproductiva gratuita.

Desde otros frentes del activismo contemporáneo, voces esenciales como las de Aph y Syl Ko
introducen una interseccionalidad radical y decolonial. Las hermanas Ko advierten de que
es imposible diseccionar cómo se trata a los animales sin hablar de la supremacía blanca y del
racismo estructural. Históricamente, la categoría de «lo animal» no ha sido solo una frontera
zoológica, sino una etiqueta política creada por el colonialismo para inferiorizar, deshumanizar y
explotar sin culpa a ciertos cuerpos humanos (personas racializadas, indígenas, mujeres).
Entender el antiespecismo desde esta perspectiva desmantela la narrativa eurocéntrica de que
la defensa animal es una preocupación burguesa o un privilegio elitista; al contrario, se revela
como un paso imprescindible para derribar la pirámide de la supremacía occidental.

Caminar hacia una auténtica política de la compasión y de la justicia social implica asumir que
el antiespecismo no es una simple opción de consumo o una dieta restrictiva. En palabras de
activistas como Aída Gascón, representa una postura ética e inherentemente política: el
rechazo frontal a participar en un sistema económico que decide quién es un «alguien» con
derechos intrínsecos y quién es un «algo» descartable.

En un momento histórico en el que el movimiento feminista en España lidera las vanguardias
internacionales en la conquista de derechos sociales, la gran contradicción queda suspendida
en el aire: ¿podemos construir una sociedad verdaderamente emancipada mientras nuestra
alimentación y modelo de consumo sigan dependiendo de la opresión y la esclavitud sexual de
otras hembras? Interrumpir el ciclo de consumo agroindustrial es, quizás, el acto más
subversivo y coherente de cuidado político. Porque, como recordaba la ecofeminista Marti
Kheel, no podemos empezar a edificar una ética global si no admitimos primero el compromiso
político de que nos importa el sufrimiento ajeno, sin importar en absoluto la especie de quien lo
padece.

Compártelo:

Escribenos un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *