Por Manuel Ortega
Teoría en prácticas
Hace poco escribiendo sobre Camino me dio por enumerar las dificultades que a veces encuentras en tu interior a la hora de enfrentarte al (nunca con) cine español. Con la tercera película de Albert Serra me vuelve a pasar lo mismo pero por el lado contrario. Ahora lo que hay que superar son otras contingencias que aparentemente van más por arriba que por abajo. Ahora en lugar de superar los convencionalismos patentes (de corso) del cine español más anquilosado en su inane conformismo hay que vencer el profundo desprecio (casi de clase) a cierto papanatismo “intelestual” de cariz elitista y realidad personal de perfil bajo. Hay que vencer a lo mesiánico, a la tergiversación de datos (¿éxito en Cannes?), a las campañas orquestadas (en la opacidad discursiva y más), a la única opinión única del arte y lo demás (o le mandamos una carta a tu director) y al porque sí con fanfarrias y bravuconerías diletantes. Hay que superar también que su autor haya demostrado hasta ahora ser más un bocas que una voz y que haga del exhibicionismo cinematográfico, y del otro, su propia terapia (tan burguesita como roma y paticorta) pública de superación. Hay que superar (por qué no decirlo, si uno es pacifista y de buen trato) el miedo a que un “actor” bien adiestrado te pueda agredir en la encrucijada nocturna de cualquier festival. Superados todos esos impedimentos, puedo empezar a ver la película con los ojos tan limpios como mi miopía congénita y cómplice me pueda permitir. Así como lo hice. Así como lo escribo.

El cants dels ocells es en primer momento una películas extraña, a contracorriente a pesar de su conciencia de serlo a toda costa, despelucada y cándida al mismo tiempo, detallista y frugal, rauda en su premiosidad ahíta de premios y de confirmación en su independencia, libertad y posicionamiento. Es un ejercicio humilde (en el doble sentido del adjetivo) que se centra en la quietud como fórmula de atrapar el movimiento y las estrategias de este mismo para dibujar, más que escribir, la historia que ya hemos leído en casi todos los idiomas. Su persistencia es comparable a su pertinencia, su razón de ser es su razón de estar, desmontando (o intentando desmontar) años de creer en que lo real es lo conservado por veraz y permanente. Si en Honor de cavallería su propuesta se versaba en desafiar al mito de lo literario reformulando sin respeto ni sumisión (e incluso casi sin conocimiento) lo concebido por su creador, en esta ultima incursión en lo mítico, lo desafiado es el concepto académico de lo histórico como verdad indisoluble de su propia leyenda y, por lo tanto, de su propia “irrealidad” literaria/artística. Serra hace un remake profundo sobre/de lo establecido sin dejar de ser por ello claro y meridiano (¿previsible?, ¿adaptado?) en su propuesta final: romper fronteras entre lo real y lo ficticio, lo ridículo y lo sublime, lo simbólico y lo terrenal.
Lo hace pero con reservas, presentándose ante la parroquia cinéfila de este país como un teórico en prácticas que intenta hallar su discurso por medio de la caligrafía. Su intento no es baladí pero la pequeñez de su propuesta pone en entredicho los resultados de una manera fehaciente y asaz clarificadora. La película es poca cosa porque Serra deviene en un conformista sorprendente según van avanzando los medios hacia el fin. Todo lo que apunta en un principio, todo en lo que teoría se expone, se minimiza al no ser capaz de aguantar el tirón de su propia singularidad. La falla existente entre las imágenes donde aparecen los tres reyes magos y en las que lo hacen José y María es tan profunda como convencional el momento de la unión en la epifanía con Pau Casal al fondo, desvirtuando la búsqueda de un planeta (con tres hombres al fondo) por el encuentro de la historia con el arte (o su concepción) más fetén. Menos mal, que nos queda luego la escena del bosque que junto a la de la caminata hacia el horizonte con vuelta atrás es lo más honesto y, por lo tanto, radical de toda esta película radical. No tanto, todo hay que decirlo, como Tiro en la cabeza, obra, ésta sí, redonda e insobornable en su intento de hacer convivir fondo y forma con texto y contexto. Qué pena que el Goya no lo ganara El orfanato o Siete mesas de billar francés porque hemos perdido un autor para siempre.

Sin esa pátina de prestigio prefabricado, El cants dels ocells me parece una película atractiva e ilusionante aunque los resultados finales disten mucho de ser el becerro de oro que muchos quieren hacernos ver y adorar. A lo mejor, como bien aconsejaba Carlos F. Heredero en el número de diciembre de Cahiers du cinema España, los críticos deberían tomar cierta distancia en la vida para poder juzgar la obra. A lo mejor no basta sólo con decir (me) quiero para creer en el amor.

La proyección de la película Manhattan el pasado viernes tuvo para mí unas especiales condiciones, pues lo hacíamos en homenaje a Ángel Quejo fallecido unos días atrás, fundador del colectivo y con el que tuve ocasión de hablar con él de Mozart, de Mahler, de Bergman, de Borges,Jean Pierre Ranpal, también de Cezane, y en definitiva de todos los referentes que utiliza Woody Allen en su película, y que magníficamente nos describe una ciudad y una época.
Pero también hablamos de política. Procedente del PSP su incorporación al PSOE fue discreta aportando equidistancia en los debates identitarios tan apasionados de aquellos años. Como candidato a unas primarias recuerdo que invitó a comer a los que le habíamos ayudado en La Cueva, y que al perder por un solo voto se ofreció a colaborar con la candidatura ganadora. No pudo ser y fue concejal en las siguientes elecciones municipales. En una ocasión no encontrábamos su coche, aún no conocíamos la terrible enfermedad. Vimos juntos el documental Budapest realizado por el hijo de Jordi Solé Tura, y cuando éste le puso la Internacional y no sabía que música estaba oyendo, Ángel me hizo un comentario que ahora comprendo perfectamente. No me conoció la última vez que le vi. Descansa en Paz
Realizada por Woody Allen y escrita por él y Michael Brickman, se rodó en panavisión y en b/n, en exteriores de NYC (Manhattan, Sutton Square, etc.). Obtuvo 2 nominaciones a los Oscar (guión y actriz reparto, M. Hemingway). Producida por Charles E. Joffe, se estrenó el 14-III-1979 (EEUU).
La acción tiene lugar en NYC en 1978, entre mayo y noviembre. Narra la historia de Isaak Davis (Allen), de 42 años, divorciado, que mantiene un idilio con Tracy (Mariel Hemingway), de 17 años, estudiante de bachillerato, a la que deja para intimar con Mary Wilkie (Diane Keaton), antigua amante de su amigo Yale (Michael Murphy), casado, pero dado a aventuras esporádicas. Davis es autor de comedias, inmaduro, locuaz y romántico. Mary es inteligente, atractiva, sexy y se siente sola. Tracy es una adolescente precoz (Lolita), tierna, dulce y encantadora.
La película suma elementos de comedia, romance y drama. Explica y justifica la admiración y el apego de Allen por su ciudad. La ve grandiosa, sobrecogedora, trepidante, hermosa, moderna y acogedora y, también, ruidosa, agobiante y sobredimensionada. La recorre con el espectador: Guggenheim, Central Park, Planetarium, Sutton Square, etc. Al inicio y al final ofrece imágenes de la ciudad que glosan su espectacularidad y belleza. Uno de sus mayores alicientes es la amplia oferta cultural qeu contiene: conciertos, cine subtitulado, exposiciones, teatro. Entiende que es símbolo de un mundo de nuevo cuño, el de los 70, poblado por una sociedad superficial, estresada, apresurada, desbordada e insensibilizada por la droga, la televisión, las comidas rápidas, la música estridente, la práctica rutinaria del sexo, la falta de reflexión y de sentimientos. Más que de amores actuales, habla de amores pasados (Jill), desamores presentes (Mary), amores pasajeros, imposibles (Tracy) y traicionados. Explica sus neurosis, inseguridades, contrariedades (libro de Jill), su afecto por el hijo y su idea de que estar enamorado es motivo y causa de inmensa satisfacción. Contradice antiguos prejuicios, al establecer que la adecuada educación de un niño puede correr a cargo de una pareja de mujeres. Explica sus preferencias en música contemporánea (Louis Armstrong), clásica (Mozart, Vivaldi, Mahler), cine (Bergman), litertura (Borges, Tolstoi), teatro (Bretch), pintura (Czésanne), fotografía artística. El amor, la amistad y los placeres del arte y la cultura hacen que la vida (compleja y abrumadora) pueda ser una aventura gozosa.
La música se apoya en Gershwin («Rapsody In Blue»). Añade otros 17 temas, como » ‘S Wonderful», «Do, Do, Do» y «Strike Up The Band». La fotografía, de Gordon Willis, sitúa elementos relevantes en todo el espacio escénico, coloca el foco de atención en posiciones no centrales, crea ambientes íntimos (vela, lámpara solitaria, contraluces) y exalta la grandeza de la ciudad. El guión disecciona la sociedad de los 70. La dirección construye una obra templada, equilibrada, detallista y apasionada.
MIQUEL FILMAFFINYTY

Sobre Cataluña, el problema no es de moderación o radicalismo, sino de naturaleza de las cosas y claridad de ideas. Incluso cuando las ‘terceras vías’ son posibles, no hay razón para atribuirles superioridad alguna
Que yo recuerde, Juan de Mairena en sus clases de retórica no se ocupa de los artículos intercambiables. Me refiero a esos textos que avanzan sin otro sostén que un andamio de lugares comunes que, de tan repetidos, nos parecen indisputables. Nunca se llega a decir nada, aunque todo suena muy convincente. Permítanme recrear el género: “Hay que evitar cualquier extremismo. Lo que tienen que hacer los que están a favor y en contra de X es buscar consensos, dialogar, ceder en sus radicalismos. Los que no estamos ni con unos ni con otros nos vemos tironeados por quienes vuelven la espalda a soluciones democráticas y pactadas. La única propuesta realista y responsable pasa por establecer puentes y ceder cada uno un poco, hasta llegar a acuerdos en donde nos encontremos todos. La intransigencia no conduce más que al enfrentamiento y a extremar posturas. La moderación y la prudencia han de regir cambios que opten por soluciones imaginativas”.
Basta un examen superficial para reparar en que la naturalidad del chisporroteo anterior escamotea supuestos que están lejos de resultar obvios. Sin ir más lejos, el de que siempre hay soluciones intermedias. Algo discutible. Si sustituyen X por pena de muerte lo comprobarán. El problema no es de discrepancias o actitudes políticas, de moderación o radicalismo, sino de naturaleza de las cosas y claridad de ideas. Se puede estar más o menos cansado o gordo, pero no se puede estar un poco embarazada o muerto. La distinción entre la calidad de las cosas y la calidad de nuestras ideas sobre ellas no es una tontería. La próxima vez que alguien le diga “piensa y aclárate, ¿me quieres o no?” recuerde que, con toda la razón del mundo, le puede contestar: “tengo muy claro que mi sentimiento es confuso”. Tener claro que una realidad es confusa no es lo mismo que tener una idea confusa sobre la realidad.
La secesión es uno de esos asuntos que no toleran el equilibrismo. Una frontera se levanta o no. La ciudadanía, a diferencia de la estupidez, no admite grados. A partir de determinado momento dejamos de compartir derechos y libertades con millones de conciudadanos. Por voluntad de una parte, ya no integramos la misma comunidad de decisión y de justicia. La voluntad y el oficio de los nacionalistas nos ha situado en ese terreno y, a estas alturas, entregarse al consolador conjuro de los buenos deseos comienza a ser algo peor que deshonestidad intelectual. La disposición a ignorar las malas noticias, a creer que lo que se quiere llegará a ser y que podemos jugar con situaciones dramáticas sin instalarnos en el drama, es un ejercicio de adolescencia política que no nos podemos permitir. La falta de limpieza mental, a fuerza de hurtar o edulcorar los problemas, los ahonda.
Ejemplos de esa inmadurez no faltan. El más evidente está en la trastienda de la esperada pregunta, que han resultado ser dos y malas: ni claras ni distintas no descartan resultados inconsistentes. En el trasfondo del despropósito no hay más que el intento de satisfacer la imposible exigencia de ICV de “una pregunta que permita contestar afirmativamente tanto a los independentistas como a los federalistas”. En realidad, solo había una pregunta, condición de posibilidad de cualquier otra, que permitiera salir de ese atolladero y que yo hubiera ofrecido gratis si me hubieran consultado: “¿Debemos abolir el principio de contradicción?”. Solo bajo el supuesto de que cabe apuntarse a una cosa y la contraria, tenía sentido la reclamación de ICV.
Algunos podrían creer que estas ocurrencias son herencias de los tratos de ICV con la dialéctica hegeliana o —esto quizá sea mucho suponer— con las lógicas paraconsistentes. Pudiera ser, aunque hay razones para pensar que la causa última se encuentra en una atmósfera juvenilmente atolondrada común en la política catalana, tan gestera y ampulosa. Al cabo, no es menor el desatino de ciertos socialistas cuando defienden que en el PSC caben independentistas, nacionalistas, confederalistas y federalistas, esto es, unos que quieren discutir cómo vivir juntos y otros que quieren convertir en extranjeros a sus conciudadanos.
Nadie que piense limpio puede decir estas cosas. Un socialista, menos aún. El independentismo busca reducir el perímetro de la ciudadanía. Los derechos y las redistribuciones solo se contemplan para unos cuantos, los nuestros. Por decisión de unos, otros no cuentan. De hecho, de estar justificado el derecho de secesión (de la rica Cataluña respecto de España), la posibilidad de levantar unilateralmente una frontera, habría que contemplar un equivalente derecho de expulsión (de la pobre Extremadura de España).
Las cosas son exactamente al revés. El acuerdo importante se sitúa al otro lado de la pregunta de ICV o del fantasioso partido “oh, benvinguts, passeu passeu, ara ja no falta ningú”. Federalistas y jacobinos, socialistas y conservadores, no ponen en duda quiénes son sus conciudadanos. Quienes se toman en serio la democracia comparten un compromiso con una comunidad de ciudadanos iguales en derechos y libertades, donde la procedencia territorial es una simple circunstancia geográfica y parcialmente cultural que jamás puede ser fuente de privilegios ni fundamento de exigencias políticas. Sobre esa convicción compartida, los ciudadanos levantan sus discrepancias razonables, la posibilidad misma del debate democrático, de abordar los problemas —entre ellos, una financiación más justa y más eficaz— sin otros avales que la apelación a lo justo y debido.
Formar parte de la misma comunidad política implica que unos a otros nos otorgamos la elemental dignidad de debernos razones. Tenemos la obligación de explicar nuestras propuestas y el derecho a esperar explicaciones de los demás. Con los extranjeros eso no sucede. El que quiere levantar una frontera excluye a sus conciudadanos de su comunidad de justicia y de decisión, no los considera dignos de recibir razones. Por eso, la discrepancia política fundamental se establece entre quienes quieren la ruptura de la comunidad civil y quienes no, entre quienes defienden la secesión y quienes nos reconocemos conciudadanos. Una vez trazada esa línea, comienza la pasión de la democracia, entre gentes que aspiran a entenderse y a resolver sus discrepancias.
Pero hay otro problema en la retórica de las “soluciones intermedias”. Y es que, incluso cuando son posibles, no hay razón para atribuirles superioridad alguna. Algunos defensores de la tercera vía no tienen más argumentos que la vacua cháchara con la que comenzaba este artículo, ese “ni unos ni otros”. Tampoco ahora hay que confundir el sesgo cognitivo en favor del “camino de en medio”, la fascinación de la equidistancia, del que tanto provecho obtienen encuestadores y defensores de la superstición del “centro político”, con las buenas razones. El único atractivo de la tercera vía es su indeterminación. El alivio de la vaguedad ante los malos diagnósticos. Para confirmar la eficacia balsámica de los buenos deseos basta con ver la alegría con la que desde el PSOE se defienden dos propuestas incompatibles, el federalismo y el trato diferencial para “las comunidades históricas”. Todos están de acuerdo aunque no se sabe en qué y mejor no entrar en detalle, no sea qué. El problema de las soluciones intermedias es su inexorable imprecisión, su contenido mudadizo, subordinado a unos extremos que perfilan otros. Si mañana se interviniera la autonomía catalana, como hicieron Eisenhower, Kennedy o Johnson en diversos Estados de la Unión o Blair en el Ulster, el camino de en medio sería otro bien distinto.
La tercera vía no es nueva. Llevamos la vida entera en ella. La situación actual es la tercera vía respecto a otra previa que era la tercera vía de otra que también se presentaba como solución. En ese guion falaz ha instalado el nacionalismo su identidad y su estrategia: crear problemas para los que se presentan como solución y vuelta a empezar. Un somero paseo por Google confirma que, ya en los días en que se gestaba el Estatut, quienes ahora reescriben la historia y presentan los “recortes” del Constitucional como el origen de su independentismo, nos anticipaban que, fuera cual fuera el resultado, no bastaría para satisfacerlos, que el Estatut era solo estación de paso. La vida entera en la tercera vía y estamos peor que nunca. La política como promedio es, casi siempre, la política mediocre.
Félix Ovejero es profesor de la Universidad de Barcelona.