
España y poesía, viejita y regañada
con la complicidad de Eladio Orta
En mi país cocido de lejos buenamente con las tripas afuera
los poetas comen jeringuillas con leche
carne de avestruz
brotan de las cuevas con un poco de saliva
se derraman por el campo como niños sin dientes.
En mi país cuchillo en las trenzas de los buenos empresarios
no hay huelgas generales:
los poetas las evitan con un trapo en la boca
brotan de las cuevas con temblores de piel
y lamen los cercados de los hombres ricos.
En mi país castigo en periferia de los barrios más bellos
se prohíben cosas que no sean de madera:
con blancos mondadientes se arrancan los colmillos
los poetas honestos de todo el país
brotan de las cuevas con los párpados mudos
para luego calmarse con trescientos espejos
los poetas honestos de todo el país.
Mi
verdadero conflicto:
que me muerden mis versos,
que no tengo país.
(del libro: Codeína)

Anna es una joven novicia que está a punto de tomar sus votos perpetuos en la Polonia de 1960. Antes de hacerlo sale del convento para visitar a su tía, único pariente vivo y que le dirá quién es realmente y qué fue de su familia. Anna se enfrentará a un pasado para ella ignorado, pues fue dejada en el convento siendo niña… y no conoce otra realidad que la vivida dentro de sus muros. De esta manera, sabrá que su verdadero nombre es Ida y que su origen es judío, que sus padres fueron asesinados durante la ocupación nazi y que el pasado fue mucho más cruel de lo que puede imaginar. Vestida con su hábito, Ida hará un viaje con su tía para visitar la tumba de sus padres y, lo que es más importante, para reencontrarse con sus orígenes. La pureza e inocencia encarnada necesita enfrentarse al pasado, lo mismo que su tía Wanda, una mujer madura que ejerció de fiscal implacable en la posguerra y que ahora se ha entregado en su hastío y amargura al alcohol y al sexo. Esta es la historia de «Ida», película de Pawel Pawlikowski que entronca con el mejor cine de autor europeo.
Ida y Wanda son aparentemente como el ángel y el diablo, una pareja extraña con pasado común y presente dispar. Cada una debe encontrar su lugar en el mundo y la paz para seguir viviendo. Necesitan pasar página y vivir otra vida: Ida debe conocer la memoria que le fue robada, y Wanda descubrir si todavía hay futuro para ella en este mundo de represalias. De esta manera, el espectador asiste a una road movie existencial donde lo espiritual y lo mundano cohabitan, donde la identidad debe aflorar para construir una vida sobre terreno firme. La entrega por los votos o el suicidio por la desesperación, el perdón de los agravios o la venganza tras la injusticia, la esperanza de unos jóvenes en formar una familia o la retirada al convento… Son disyuntivas que la película de Pawlikowski plantea y que responden a profundas reflexiones en torno al hombre y a la sociedad actual… porque la historia puede entenderse también en clave socio-política.
Hay otra pregunta que se hace Ida de forma reiterativa, ya al final de la película, en su conversación con el joven saxofonista: «¿y después? ¿y después?». Conocido su pasado, necesita atisbar lo que puede ser su futuro para decidir en conciencia lo que hacer con su vida. Ahora es consciente de que pasado y futuro conforman la existencia humana de igual manera, y que ambas realidades tienen su lugar en la búsqueda de la felicidad. Por eso, Ida se pone los zapatos de Wanda y trata de verse en esa otra vida… antes de vivir la suya. Ha resuelto asumir en primera persona su libertad, estrenar sentimientos y sensaciones nuevas, decidir qué quiere hacer… y hacerlo. En esta tesitura existencial de dos almas que se buscan, nada hubiera sido posible sin la contenida interpretación de Agata Trzebuchowska como Ida o de Agata Kulesza como Wanda, dos papeles que discurren por caminos distantes pero que sienten el mismo peso del destino y de la libertad.
Si la hondura antropológica de la propuesta de Pawlikowski es incuestionable, no lo es menos su depurada y sobria puesta en escena, su atractiva y sugerente estética visual. Nada sobra y nada resulta superfluo en un trabajo lleno de poesía y arte: la fotografía brilla en un blanco y negro cargado de significado y que no se pierde en su esteticismo, la elegante planificación sabe sacar partido al formato 1:1,33 para unos primeros planos artísticamente compuestos y también acierta a conjugar los planos fijos de interiores con las panorámicas de paisajes, la contención expresiva va pareja a la precisión narrativa, y los silencios resultan tan ilustrativos como esa música de jazz o de Bach.
En resumidas cuentas, pocas veces asistimos a un ejercicio de estilo tan completo y que, a la vez, responde al espíritu de una época y al de unos personajes. Y es que el director polaco hace un retrato certero del alma humana, con sus anhelos y sus dudas, con sus deseos y sus remordimientos… y lo consigue hablando con la imagen y el sonido, transmitiendo al espectador sentimientos e ideas sin necesidad de subrayados ni de apoyaturas de artificio. Su cine es otro cine, como la vida de Ida es otra… antes y después de salir del convento.
LA MIRADA DE ULISES

Antes de tomar las gallinejas con Tomás, al que no veía hace muchos años, estuve disfrutando en el Valle Inclán con la Iliada dirigida por Livanthinos. Me preparé la función con una lectura precipitada de una edición reciente de Domingo Plácido, basada en una traducción del griego del poeta francés René Leconte de Lisle. No se me hizo largo el espectáculo y fui capaz (o al menos eso es lo que conté) de identificar las 24 rapsodias.
Fuimos a la búsqueda de la amanita cesárea (no se puede decir el sitio) y para reafirmarme en mi narcisismo (por supuesto rusoniano) encontré el boletus regio, que según los libros es una seta de difícil localización .Solo hay una en la inmensidad del bosque.
Paramos en Castañar de Ibor, donde nació mi abuela. Pregunté por ella y conté lo especial de su historia: anduvo descalza hasta los quince años, se mosqueó con su madrasta y tuvo el valor de marchar a Madrid, para lo que tuvo que ir andando a Navalmoral. En Madrid casó con Lorenzo al que despidieron de la fábrica Ibis. Se les ocurrió la idea de venir al Escorial a poner una gasolinera y un taller de coches, llenaron el depósito para el verano del 36, pero el 18 de julio ya sabéis lo que pasó (bueno, no todos) y los de la consigna UHP (mis amigos trotskistas) venían cada día con unos vales, que nunca fueron efectivos al cobro, hasta que vaciaron las existencias. En fin, Jacinta, que así se llamaba, era una señora con muchos bemoles que aprendió a leer y a escribir de mayor y que era capaz de recitarme de memoria poesías de Santa Teresa.
Al pensar en Ramiro Pinilla compruebo con agrado la coherencia del hombre y su obra. Hay quienes prefieren componer, cincelar, embellecer, ejercicios sin duda legítimos; que gustan de llevar a cabo cierto extrañamiento de sí mismos a fin de reencarnarse en otras vidas. Pinilla, no. Pinilla era como su escritura: claro y directo. Profesaba una desconfianza instintiva por los estilos ornamentales. ¿Su especialidad? Los hombres tozudos y esforzados que, a fuerza de perseverancia, alcanzan dimensión de héroes, aunque a ellos esta última circunstancia les traiga al pairo.
El que aguanta o la que aguanta, ya que no pocos de sus personajes femeninos son de aúpa. He ahí la virtud, la de la tenacidad ante las dificultades y los sinsabores, que merece atención primordial en sus novelas. En Las ciegas hormigas, por ejemplo, con la que ganó elPremio Nadal en 1960. Su protagonista, Sabas Jáuregui, trata a toda costa de ocultar a la Guardia Civil una carga de carbón que ha reunido con gran esfuerzo, en una noche desapacible, de un barco encallado, arrastrando en su obcecado designio a la catástrofe a toda su familia. De ahí el título, que alude a la condena de los seres humildes que viven por y para el trabajo, maldición de corte bíblico que Pinilla halló en el escritor que mayor influjo ejerció en él,William Faulkner.
Acaso la Guerra Civil no le dejó una huella tan profunda como los años de represión que vinieron después. Al menos es lo que se desprendía de su conversación, cuajada de recuerdos precisos, y de algún que otro pasaje de sus libros. El comienzo de la guerra lo pilló de adolescente, y en su pueblo, Getxo, duró poco. Más vivos estaban en su memoria los registros domiciliarios de los falangistas que iban por los pueblos y caseríos de la zona buscando gente a quien fusilar. Habla de ello en La higuera, uno de sus textos más estremecedores.
De sus años de militancia comunista le quedó una firme convicción en el compromiso histórico del escritor. Con dicho estímulo escribió algunos de sus libros. Pienso en el crudo Antonio B. el Ruso, que él consideraba menor y yo lo contrario. Era como un tributo que pagaba por la Literatura con mayúscula. A los amigos nos confesaba que disfrutaba más escribiendo novelas policiacas. Y a ellas se dedicó hasta el final de su larga vida no bien hubo despachado la descomunal empresa de escribir Verdes valles, colinas rojas, una cima de la literatura española, dicho sea ahora que el autor no me oye, ya que era por demás reacio a los halagos.
Veinte años dedicó a escribir con bolígrafo esta voluminosa parábola de la historia del País Vasco, comprimida en el escenario habitual de sus novelas, Getxo. Un esfuerzo titánico, rebosante de humor y de imaginación, con una base paródica de nula utilidad para el nacionalismo. En el libro se suceden las generaciones. Asistimos al nacimiento del primer vasco, a la fundación de la primera taberna, a amores y desamores, a batallas y crímenes, todo ello y mucho más interpretado por un elenco de personajes al alcance de pocas inventivas.
Pinilla postulaba el llamado estilo transparente. Gustaba de la prosa que no se nota. Fue, por así decir, un escritor que ya tenía su forma, su manera, desde el principio. Estuvo activo hasta el final. Me contaba recientemente su editor, Juan Cerezo, que fue a visitarlo al hospital y Pinilla le dijo que, estando en la UVI, había diseñado mentalmente una novela. Estaba deseando volver a casa para escribirla. La muerte tenía por desgracia otros planes.
FERNANDO ARAMBURU.