10 PM | 15 Sep

LAURENT BACAL

 

Tras estudiar Arte Dramático en la American Academy of Dramatic Arts in New York y trabajar como reputada modelo para las revistas más importantes de la época, además de debutar como actriz teatral en producciones off-Broadway, Lauren Bacall se inició en el mundo del cine gracias a la esposa del director y productor Howard Hawks, quien la recomendó a su marido para su nueva película después de contemplar su belleza en la portada de una de esas revistas, Harper’s Bazaar.

Hawks aceptó la sugerencia y Bacall, con diecinueve años, logró el papel de protagonista femenina (Marie «Slim» Browning) en la obra maestra del cine negro «Tener y No Tener» (1944), película basada en unanovela de Ernest Hemingway. Su compañero de reparto era Humphrey Bogart, veinticinco años mayor que Lauren. Entre ambos surgió el flechazo, contrayendo matrimonio el mes de mayo de 1945.

Su radiante y elegante aspecto, su voz profunda y su incisiva mirada (se le conoció como «The Look») provocó un fuerte impacto entre la audiencia de la época refrendado en títulos posteriores como «Confidential Agent» (1945) y sobre todo, «El Sueño Eterno» (1946), film en el que volvió a coincidir con Howard Hawks y Humphrey Bogart interpretando a Vivian Rutledge. La película adaptaba una novela de Raymond Chandler con William Faulkner colaborando en el guión.

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Con Bogart volvió a coincidir en sus dos siguientes films, «La Senda Tenebrosa» (1947), cine negro basado en una novela de David Goodis con dirección de Delmer Daves y Humphrey modificando su rostro gracias a la cirugía estética, y «Cayo Largo» (1948), película de John Huston con la colaboración en el guión de Richard Brooks y con Lauren encarnando a Nora Temple.

Junto a Kirk Douglas y con dirección de Michael Curtiz intervino adoptando su pose más malévola en «El Trompetista» (1950), un estupendo título en el que se llevaba a la gran pantalla la vida del trompetista Bix Beiderbecke.

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Habitual en papeles dramáticos y de cine negro, también se adaptó bien a la comedia, ejemplos válidos son «Cómo Casarse Con Un Millonario» (1953), película en la que compartió reparto con Marilyn Monroe yBetty Grable, o «Mi Desconfiada Esposa» (1957) de Vincente Minnelli, comedia co-protagonizada porGregory Peck.

Los años cincuenta fueron muy productivos para su carrera. «El Mundo Es De Las Mujeres» (1954) de Jean Negulesco, «La Tela De Araña» (1955) de Vincente Minnelli o «Escrito En El Viento» (1956) del maestro del melodrama Douglas Sirk, son títulos muy meritorios. En este mismo período compartió créditos y barco conJohn Wayne en «Callejón Sangriento» (1955).

El feliz enlace matrimonial entre Bogart y Bacall continuó hasta la muerte del llorado intérprete en el año 1957. La pareja tuvo dos hijos, un niño llamado Stephen Humphrey (nacido en 1949) y una niña de nombre Leslie (1952).

El fallecimiento del intérprete de «Casablanca» destrozó a la actriz, manteniéndose alejada de las pantallas durante varios años y dedicándose principalmente a interpretar obras en Broadway.

Su regreso al cine se produjo en el año 1964 en una divertida película titulada «La Pícara Soltera». Dirigida por Richard Quine, Lauren componía con Henry Fonda un matrimonio verdaderamente simpático.

Otro film importante de la época en el que intervino fue «Harper, Investigador Privado» (1966) con Paul Newman como protagonista. Junto con «Shock Treatment» (1964) fueron los únicos títulos en los que apareció en el cine de la década de los 60.

En 1961 se casó con el actor Jason Robards, de quien se separó en 1969. Con Robards tuvo a su hijo Sam.

A partir de los años 70 compartió los escenarios teatrales con los platós de cine y televisión concediendo siempre más importancia al mundo de las bambalinas y estableciéndose definitivamente en su ciudad natal, Nueva York.

En la Gran Manzana tuvo como vecino a John Lennon, el miembro de los Beatles.

Películas conocidas en las que su figura ha aportado un toque de distinción a partir de la década de los 70 han sido «Asesinato En El Orient Express» (1974), la adaptación de la novela de Agatha Christie rodada por Sidney Lumet, «El Último Pistolero» (1976) de Don Siegel, con la última actuación de John Wayne, «The Fan» (1981) o «Misery» (1993), film de Rob Reiner que adaptaba un libro de Stephen King.

En 1997 recibió su única nominación al Oscar. Fue en la categoría de mejor actriz secundaria y por su trabajo en la película «El Amos Tiene Dos caras». La Academia no recompensó a este mito del Hollywood dorado y la ganadora de la estatuilla fue la intérprete francesa Juliette Binoche por «El Paciente Inglés».

Poco después intervino en «El Celo» (1999), adaptación de «Otra Vuelta De Tuerca» de Henry James.

Lauren Bacall murió a la edad de 89 años el 12 de agosto del año 2014 tras sufrir un derrame cerebral.

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10 AM | 01 Sep

Economia del bien común

La economía del bien común

El modelo económico del futuro

Resumen de Cristian Felber, abril de 2011

La economía del bien común es un libro de 150 páginas que se publicó el 16        de agosto de 2010 en la editorial vienesa Deuticke. Los fundamentos        teóricos habían sido elaborados en

un libro precedente „Nuevos valores para la economía”, del mismo autor (Deuticke, 2008).

Desde entonces, una veintena de empresarios ha participado en la tarea de desarrollar y

detallar el modelo. Uno de los objetivos de la publicación del libro es escapar de la estéril

dicotomía “lo que no es capitalismo tiene que ser comunismo” y ofrecer una alternativa

sistémica humana. En el apéndice del libro, 70 empresas apoyan el modelo con su firma – lo

cual es una señal de que el modelo no sólo es una hermosa idea utópica, sino que ha

emergido desde la práctica empresarial. Hoy, unas 250 empresas apoyan el modelo y 70 se

han decidido a implementarlo.

1. La economía del bien común reposa sobre los mismos valores que hacen florecer nuestras

relaciones interhumanas: confianza, cooperación, aprecio, co-determinación, solidaridad, y

acción de compartir. (Según recientes investigaciones científicas, las buenas relaciones

interhumanas son uno de los factores que más contribuyen tanto a motivar a los seres humanos

como a hacerlos felices.)

2. En la economía del bien común el marco legal experimenta un giro radical al pasar de estar

orientado según los principios de competencia y avidez de lucro a los de cooperación y

solidaridad. El significado del éxito empresarial cambia de beneficio financiero a contribución

al bien común.

3. El bien común será predefinido en un proceso participativo desde abajo y luego pasado a una

asamblea democráticamente elegidy y anclada en la constitución a través de referéndum.

4. Un nuevo balance principal mide el bien común: el balance del bien común. Este balance

mide rendimientos sociales, ecológicos, democrátios y de justicia distributiva, cuyo conjunto

constituye el nuevo sentido de “éxito empresarial”. Este ya no se mide en términos monetarios,

sino en puntos neutrales. El máximo que se puede alcanzar son 1000 puntos del bien común.

5. Las empresas con los mejores balances disfrutan de incentivos y ventajas legales que les

permiten cubrir sus costes mayores y ofrecer los productos éticos a precios inferiores que los no

éticos: tasas de impuestos reducidas, créditos con interés reducido, prioridad en la compra púbica

y programas de investigación, …

6. El balance financiero será el balance secundario. El beneficio financiero, antes el fin de la

actividad empresarial, se convierte ahora en un medio del neuvo fin: el bien común. Eso significa

que sólo serán permitidas aquellas aplicaciones del beneficio financiero que aumenten el bien

común: inversiones (con plusvalía social y ecológica), repago de créditos, reservas (limitadas),

distribución a los que crean la plusvalía (máximo: 20 veces el salario mínimo) y créditos sin

interés a co-empresas; mientras que las aplicaciones que reduzcan el bien común ya no serán

legales: inversiones en los mercados financieros, adquisiciones hostiles, distribución a personas

que no trabajan en la empresa, donaciones a partidos políticos.

7. Como el beneficio financiero ya no es un fin en sí mismo, las empresas recuperan la libertad de

aspirar a su tamaño óptimo. Ya no tienen que temer que otras empresas se las “traguen” y ya no

les estará permitido tragarse a otras empresas; no necesitarán tener que crecer para ser más

lucrativas, poderosas o fuertes que l@s competidor@s. Todas las empresas serán redimidas de

la coerción estructural de tener que crecer y devorarse mutuamente.8. Las desigualdades en las rentas y en la propiedad serán limitadas: la renta máxima no puede

ser más de 20 veces la renta mínima; la propiedad privada no puede exceder 10 millones de euros;

el derecho heredetario se limita a medio millón de euros por persona, en el caso de empresas

familiares a diez millones de euros por persona. Herencias que excedan estos límites serán

distribuidas como “dote democrática” a miembros de la generación siguiente. El objetivo de la

“herencia máxima” y “herencia mínima”: Cuanto más justamente distribuido esté el capital inicial

tanto mayor será la igualdad de oportunidades.

9. Empresas grandes con más de 250 empleados pasan parcialmente a la propiedad de l@s

emplead@s y l@s ciudadan@s; empresas con más de 5.000 emplead@s al cien por cien. L@s

ciudadan@s serán representad@s por delegad@s directamente elegid@s en „parlamentos

económicos regionales”. El gobierno no puede intervenir ni tiene propiedad en esas empresas.

10. El gobierno tampoco puede tocar los „bienes democráticos“, la tercera categoría de

propiedad aparte de la gran mayoría de pymes privadas y unas cuantas grandes empresas de

propiedad mixta. Bienes democráticos pueden ser: escuelas, universidades, hospitales, empresas

de abastecimiento de agua y energía, telecomunicación, transporte público o bancas: la

infraestructura básica.

11. Un bien democrático clave es „el banco democrático“. Este banco sirve – como todas las

empresas – al bien común y está controlado como todos los bienes democráticos por la ciudadanía

soberana y no por el Gobierno. Su servicio consiste en depósitos garantizados, créditos de interés

reducido y cuentas corrientes gratuitas. Los mercados financieros tal y como se presentan hoy ya

no existirán.

12. La democracia representativa será complementada por la democracia directa y la

participativa. El pueblo soberano tiene el derecho a a) corregir a sus representantes (el

parlamento), b) iniciar y adoptar leyes, c) iniciar y adoptar un cambio de la Constitución, y d)

controlar áreas claves de la economía como los bienes democráticos.

13. Aparte de la asamblea económica [del bien común] habrá otras convenciones para

profundizar la democracia: convención para la educación, una convención para la

democratización de los medios de comunicación, y una convención para la creación de bienes

democráticos.

14. Para anclar los valores de la economía del bien común en las generaciones futuras tan

profundamente como hoy está arraigada en la generación actual la visión del ser humano

socialdarwinista y capitalista, propongo cinco nuevas asignaturas obligatorias: emocionología,

ética, comunicación, educación democrática y experiencia de la naturaleza.

15. Como la noción de „éxito empresarial“ será diferente en la economía del bien común, otras

competencias de gestión serán las más solicitadas. Las personas más responsables, sociables,

empáticas y capaces de atender al bien de tod@s y de la comunidad ecológica, serán l@s modelos

apreciad@s por la sociedad y las más buscadas por las empresas.

Las empresas que quieran apoyar el modelo de la economía del bien común pueden ponerse en

contacto directamente con el autor (que domina bien el espanol): www.christian-felber.at

O subscribirse directamente en la página web

versión en español: www.gemeinwohl-oekonomie.org

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07 PM | 14 Ago

¿POR QUE HAN MATADO A JEAN JAURÈS?

La tarde en que lo mataron, Jean Jaurès pensaba que la guerra podía evitarse. Lo discutía con sus colegas, mientras cenaba en el Café de Croissant, cuando un cañón de revolver separó los visillos de la ventana y descerrajó dos balas en su cabeza. De eso hoy se cumplen 100 años. Había transcurrido un mes desde el crimen de Sarajevo y Europa entera rodaba hacia el precipicio. Con la oportuna dosis de cinismo que se precisa en ocasiones para absolverse ante la propia conciencia, sus clases rectoras pensaban que la guerra, inevitable ya, necesaria incluso, sería culpa de otros. Pero Jaurès, dispuesto hasta el último minuto a prevenir la debacle, tenía dos bazas que jugar todavía: la unidad del movimiento obrero europeo y el prestigio de su propia figura.

El gran pacifista, el orador insuperable, el unificador del socialismo francés, había denunciado durante años, sin encubrir la rapiña francesa en África, la glotonería imperialista de las potencias europeas. Se había opuesto —sin éxito— a la ampliación del servicio militar a tres años, adoptada por el Gobierno francés para emular al alemán. (Para la encabritada prensa nacionalista ya siempre sería Herr Jaurès). Tampoco había logrado de los demás líderes del movimiento socialista el compromiso explícito de convocar la huelga general de los obreros europeos en caso de guerra. Contaba con poder acordar una estrategia conjunta el 9 de agosto, fecha prevista para una gran reunión de la II Internacional en París. Podía ser tarde. El Zar había firmado el decreto de movilización general. Se precisaba un golpe de efecto y Jaurès tenía a su disposición la tribuna de L’Humanité, el diario que él mismo había fundado en 1904 para divulgar el socialismo democrático.

Aquella noche iba a escribir un largo artículo que sacudiera la opinión pública europea. No pudo. La portada del día siguiente no trajo su firma al pie de un nuevo y martilleante J’accuse, sino la noticia de su muerte a manos de un tal Raoul Villain, seguidor de Acción Francesa, el partido nacionalista de Charles Maurràs. Dijo el verdugo: “Si he cometido este acto es porque el señor Jaurès ha traicionado a su país con su campaña contra la ley de los tres años [de servicio militar]. Juzgo que hay que castigar a los traidores y que es posible entregar la propia vida por esa causa”.

Cualquier atentado contra la dignidad humana debe ser una causa del proletariado, creía Jaurès

No es preciso ser socialista para llorar hoy la muerte de Jaurès, el tipo de líder político que la historia acaba honrando con la gala de la universalidad. Republicano radical, se convirtió al socialismo al calor de la huelga de los mineros de Carmeaux. De Marx y de Blanc asumió la crítica al capitalismo y el compromiso con la apropiación en común de los grandes medios de producción, pero era demasiado librepensador para comulgar con el autoritarismo que permeaba ya la ortodoxia socialista. No debía ser la vanguardia esclarecida augurada por el archirrevolucionario Lenin —en tantos aspectos, contrafigura de Jaurès— la que trajera el triunfo socialista, sino un mandato democrático claro y una transición tranquila.

Antisectario, poco amigo de la pureza doctrinal, su socialismo, del que gustaba teorizar en grandes y abarcadoras síntesis, era la consecuencia última de su humanismo; una pasión que privilegiaba a la gran mayoría que vivía por sus manos en viles condiciones en la Europa tardodecimonónica; pero que no excluía la empatía por el burgués, cuando era éste quien padecía injusticia. De ahí su implicación en el caso Dreyfus, que el grueso del socialismo no secundó, al tratarse, decían, de una guerra civil entre burgueses. Creía Jaurès, en cambio, que el socialismo no debía desatender el drama de este oficial del ejército, burgués y judío, condenado con pruebas amañadas: una causa en que la dignidad humana estuviera amenazada debía ser también causa del proletariado. Su dreyfusismo fue, por cierto, algo más que un gesto humanitario; como explica Antoni Domènech en El eclipse de la fraternidad, era asimismo un audaz envite táctico para involucrar a la socialdemocracia, recluida en su mundo obrero, en la defensa de una débil III República en la que seguramente los republicanos no eran mayoría y que contaba con la hostilidad manifiesta de clericales, reaccionarios y monárquicos.

 

Tampoco la lealtad republicana de Jaurès fue universalmente compartida por la izquierda socialista, para cuya ortodoxia el régimen republicano se confundía con el ordenamiento burgués a abatir. (Recuérdese la santa intransigencia que pregonaba Pablo Iglesias en España). Jaurès, que no desconocía los mecanismos corruptores de la vida parlamentaria, se sintió siempre heredero y custodio de la tradición republicana francesa inaugurada en 1792, de la cual el socialismo no era sino ensanchamiento: la constitucionalización definitiva de la vida social en el campo, la fábrica y la mina. En el debate ideológico más importante que se dio en la II Internacional, entre los téoricos de la revolución y de la coriácea negativa a pactar con partidos burgueses, y el sector pragmático y reformista, avisado de la existencia de clases medias y del margen de mejora que permitía el parlamentarismo, se posicionó por la vía de los hechos en este último. De esa labor solidaria con el arco republicano fueron frutos la ley de separación entre Iglesia y Estado, el derecho de reunión y mejoras en el medio laboral. Frente a la tentación, hoy presente, de caer en una izquierda sectaria, maximalista y devota del antagonismo, Jaurès enseñó la vía de una izquierda ilustrada, reformadora, ecuánime y responsable.

Tampoco nos es ajeno el segundo gran debate que incumbió al socialismo de preguerra: el que oponía el internacionalismo, garante de la paz, al socialpatriotismo, de adhesión nacionalista. Como se recordará, Marx había dicho que el obrero no tenía patria. Jaurès podía detestar el chovinismo, pero sabía que las cosas no eran tan sencillas. De nuevo aquí intentó una síntesis: “Un poco de internacionalismo te aleja de la patria, pero un poco más te acerca” (sentencia no por famosa menos oscura). Ni entonces ni ahora la izquierda ha sabido solventar la dicotomía entre clase y nación. En la práctica casi siempre ha optado por el cálido abrigo de la bandera nacional. Así aquel verano, cuando de forma casi unánime la socialdemocracia, que se había llenado la boca de proclamas cosmopolitas la década previa, tomó las aguas bautismales del nacionalismo. ¡Y con qué diligencia! Socialistas de todas las naciones se sumaron obedientes a sus Gobiernos (las excepciones, como Rosa Luxemburg en Alemania, fueron directas a la cárcel).

Intentó la difícil síntesis entre clase y nación, entre el internacionalismo y el socialpatriotismo

El asentimiento socialista, que en Francia adoptó el pomposo nombre de Union sacrée, fue el último leño con que se alzó la pira para Europa: sin fábricas funcionando a pleno rendimiento guerrear a gran escala habría sido imposible. ¿Se habría avenido Jaurès a la guerra de no haberla podido evitar? Sus biógrafos no lo descartan. Pero lo más probable es que hubiera buscado un armisticio rápido y rechazado los términos de la paz cartaginesa de 1919. Tampoco sabemos cómo habría encarado Jaurès el nacimiento de la Unión Soviética y sus tempranos desarrollos totalitarios. Es la paradoja de ciertos magnicidios: lanzan al héroe a la inmortalidad, dejándolo inmóvil en el momento decisivo: aquel en que uno ha salvarse o destruirse.

Y no carece de interés entre nosotros rescatar un dato jauresiano poco conocido. De estricta observancia jacobina, Jaurès abogó por el estudio de las lenguas regionales en la escuela francesa. Ahora bien, su propuesta, y esto es lo interesante, no estaba animada por la pulsión particularista o romántica. A la inversa: quería que los escolares del mediodía estudiasen lemosín, occitano y catalán para saberse más unidos a españoles, portugueses e italianos. No para aislarse en la cultura propia, sino para abrirse a una identidad cultural superior: la latinidad.

Al conocer la noticia de la muerte de quien había sido tantos años su mejor abogado, el pueblo de París salió a la calle. ¿Por qué han matado a Jaurès?, repetían afligidos. Eran los rostros cubiertos de ceniza que cantó Jacques Brel en una estremecedora balada que recuerda la muerte del tribuno; los cuerpos macilentos de quienes se habían deslomado desde los 15 años 15 horas en la fábrica y que estaban a punto de mezclar su sangre con el fango en la guerra más estúpida y monstruosa. Pour quoi ont-ils tué Jaurès? Pour quoi ont-ils tué Jaurès?

Juan Claudio de Ramón Jacob-Ernst es diplomático

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07 PM | 08 Jul

RECUPERAR LA INSPIRACION

Convencidos de que los males del siglo XX provenían del triunfo de los extremismos, los socialdemócratas se comportaron a partir de la posguerra europea como reformistas consecuentes. Si no, su destino hubiera sido la irrelevancia. Un riesgo similar corren hoy.

Mantuvieron la voluntad de cambiar el statu quo en el sentido de su tradición moral; pero sin veleidades antisistema. El Estado de derecho se convirtió en marco institucional irrebasable para sus aspiraciones de justicia social. La democracia representativa no era ya estación de tránsito hacia otra parte; ni la ley, un recurso legítimo solo cuando apuntara a los fines propios. Al conciliar voluntad redistributiva y lealtad institucional, el reformismo socialdemócrata hizo de los principios y procedimientos de la democracia constitucional un ingrediente de su concepción de la justicia; también, un criterio de legitimidad para cualquier pretensión de autoridad política. La oferta socialdemócrata se adecuaba a una demanda que requería de la política reglas ciertas y moralmente valiosas; y de las políticas, un remedio a desigualdades injustificables. En eso consisten la moderación socialdemócrata y la diferencia con otras izquierdas. Su contribución para asentar el Estado de bienestar y sus logros sociales fue determinante.

Lo dicho parece un pasado remoto por el impacto de la crisis actual, una de cuyas consecuencias ha sido evidenciar el agotamiento del Estado de bienestar o, al menos, de su aplicación al uso. Lamentablemente ahora no se dan ni las condiciones ni las actitudes para reproducir rendimientos redistributivos de antaño. Además, países como el nuestro solo podrán recomponer su Estado social en el marco de una Europa política reforzada, un proyecto en construcción y de futuro incierto. Depende de una voluntad de compromiso que sobrepasa la capacidad de un movimiento político y una nación.

1. Cuando los resultados no acompañan. Los socialdemócratas se han sentido, con razón, albaceas del Estado de bienestar. A su izquierda se ha despreciado un producto que se consideraba prueba de la rendición reformista. A su derecha, a partir de los años ochenta, no se ha perdido ocasión para achicarlo o desmantelarlo. El error socialdemócrata fue asociar su crédito, y en la práctica la identidad, exclusivamente a los resultados del Estado de bienestar. Se tomaron sus rendimientos como indicador concluyente no solo de sus triunfos, sino de la valía de sus acciones; y se descuidaron otras señas socialdemócratas. Con el pretexto de la eficacia, se aflojaron los controles jurídicos y los democráticos, se consintieron trampas a la legalidad; la democracia en los partidos se sacrificó en el altar de la democracia entre partidos. Desactivada la deferencia institucional, bajó el coste (moral, político y penal) de los incumplimientos y aumentaron las actitudes irresponsables, así como los riesgos de corrupción. Todo ello dio lugar a una democracia de baja calidad. Como si se hubiera impuesto la máxima de Maquiavelo: “Los actos acusan, pero los resultados excusan”.

El fraude a las normas o el fracaso de la democracia representativa son letales

2. Recuperar la decencia institucional. Esa es la respuesta a la pregunta sobre lo que deberíamos esperar hoy de los socialdemócratas, la condición indispensable para ser fiables a ojos de los ciudadanos. Más que de “otra forma de hacer política”, se trata de rescatar la manera no adulterada de practicarla. Consiste, primero, en que los ciudadanos los perciban como gente veraz, que acreditan sus opiniones e iniciativas. Así podrán salir del ensimismamiento y no irán a rastras de los acontecimientos. Y se revelarán distintos de otros que a derecha e izquierda chapotean en discursos de argumentario o alientan quimeras que llevan, ¿otra vez?, por caminos intransitables o directamente al precipicio.

La lealtad institucional no se sustenta a medias. Requiere el acompañamiento de la congruencia moral. En este sentido, los socialdemócratas deberían dejar ya ese trato inadmisible con los otros partidos en un afán compartido por colonizar las instituciones. El sistema de cuotas, por el que los partidos se reparten los puestos del Tribunal Constitucional, Consejo del Poder Judicial, Tribunal de Cuentas y demás agencias públicas, ha enturbiado el desempeño imparcial de dichas instituciones, razón de su legitimidad. ¿Hay mayor prueba de sinceridad reformista que acabar con este chalaneo? El mal acoplamiento de Estado de derecho y Estado de partidos ha minado dos de los pilares de la justicia social: el imperio de la ley y el ejercicio cabal de la democracia representativa, dimensiones éticas indisociables y no intercambiables por otras.

Para revertir la situación, los partidos deberían recuperar el sentido institucional en el ejercicio de sus funciones. La simbiosis entre democracia y partidos es tal que los ciudadanos consideran decente el funcionamiento de aquella si lo es el de estos. Lamentablemente, el de la mayoría de los partidos no lo es; porque practican una socialización política que envilece la democracia, degrada el Estado de derecho e invierte las prioridades que justifica su prevalencia. Perpetuarse en el poder o vivir de la política o de las rentas que esta produce se convierte en el objetivo más buscado y menos reconocido de los que mandan en los partidos y de la clientela que les sostienen. Ello requiere una lógica de funcionamiento en la que se intercambia lealtad por puesto y exige una demanda insaciable de financiación y recursos. Con estos estímulos disponibles, el perfil del potencial participante se parece más al de un cazarrecompensas que al de un militante vocacional. En fin, con el pretexto de favorecer la competición entre partidos, estos operan en su interior como en “zona franca” exenta de controles jurídicos y democráticos, y por ello vulnerable a la corrupción.

Los dirigentes del PSOE se han mantenido insensibles a las señales de alarma recibidas

Dado que no se ha querido renunciar a esa capacidad de control y dominio, tras 36 años de democracia carecemos de una ley de partidos que ponga fin a ese estado de excepción que representa el régimen interno de los partidos. Los que prefieren el statu quo, en momentos de zozobra seguirán apoyando a sus padrinos políticos a pesar de algunos incumplimientos. Para otros, este fracaso de “la democracia burguesa” refuerza su desconfianza congénita en el reformismo institucional, así como su fe en un recurrente modelo alternativo de sociedad. Para quienes, como los socialdemócratas, vinculan su identidad y el logro de sus objetivos al potencial de justicia del Estado de derecho, el fraude a sus normas o el fracaso de la democracia representativa resultan letales.

3. Indigencia socialista. La tragedia radica en que los sucesivos dirigentes del PSOE no se percatan de lo perentorio de la situación; ni podrán hacerlo inmersos en un medio de socialización política que solo filtra lo que gusta oír. “Todo lo que escuchábamos era el sonido de nuestra propia voz”, escribe Ignatieff en el recordatorio de su paso por la política. Durante años, esos dirigentes se han mantenido insensibles a cuantas señales de alarma se les ha enviado. Tras el declive del liderazgo de González a principio de los noventa, los socialdemócratas españoles vienen dando palos de ciego, indigencia estratégica que se agravó en el momento Zapatero. El anuncio de un tiempo nuevo o una refundación suena a canturreo retórico.

De momento andan dándole vueltas a la toma de decisiones en el partido que, como casi todos, funciona de modo oligárquico. De golpe vira a plebiscitaria en una puja entre pretendientes, a ver quién ofrece más participación. Al carecer de un marco normativo cierto, no se sabe a quién corresponde decidir qué. Lamentable es la ausencia de democracia; pero no menos, una democracia sin reglas. Perdido el norte y sin disponer de muchas soluciones viables, el relevo generacional en el PSOE amaga con escorarse hacia los extremos. Si actúa así, se volverá redundante y por tanto innecesario; como si no le hubieran servido de mucho los resultados de la deferencia socialista con un nacionalismo periférico cada vez más desafiante. Y es que cuando no se tiene nada propio que decir, se acaba en la irrelevancia. Lo triste es que los socialdemócratas sí tienen algo que decir, aunque parezca que lo han olvidado. Más nos vale que recuperen la estimable inspiración socialdemócrata: intención reparadora de las injusticias, decencia institucional y sentido de la moderación. Ellos evitarán el suicidio de su partido, y España, la ruina.

Ramón Vargas-Machuca Ortega es catedrático de Filosofía Política. Fue miembro del Comité Federal del PSOE de 1976 a 1993.

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