Texto: CÉSAR USTARROZ.
Fronteras geopolíticas como el Bósforo, nos separan de una hermana continental de la que parten cinematografías de inagotable riqueza, con destino a occidente, en auxilio de la renovación de un lenguaje universal, que como toda forma de expresión, prefiere abrirse a la mixtura cultural como una semilla de marihuana en el mes de marzo.
El tránsito a la Unión Europea no va a ser fácil, más bien sinuoso, más bien imposible. Más bien no lo recomendamos desde nuestra torcida e inestable posición. Anatolia todavía es un crisol de contradicciones, a camino entre esto y lo otro, que es como decir de todo y no querer concretar nada. Separado por fronteras naturales más insalvables que el Bósforo, “Cojín de monja” poco gustoso para las nacaradas posaderas de Merkel.
Un sucio cristal nos enturbia la visión, nos dificulta la aprehensión de la realidad hasta que llega el cinematógrafo, y de su mano ficciona ese mundo que no vemos o que no recordamos; o que no queremos reconocer. Ahora podemos apresarlo, pues con un movimiento de cámara se nos vaticina un cambio preferible al de una “fumata blanca”, y con su travelling nos asomamos al realismo más fascinante que podríamos heredar de un sincretismo maquinado por Fellini y Antonioni. Así comienza “Érase una vez en Anatolia”, tomando un decisivo impulso desde la ortodoxia para ponerse en eterna órbita junto a las grandes obras del séptimo arte. El canon se resiente cuando lo sacude una película de tan inabarcable carga, henchida de metáforas y alegorías lo suficientemente osadas para peinarle el cabello a Clark Gable con la raya al otro lado.
La Turquía de Nuri Bilge Ceylan se desarrolla en un espacio indeterminado, en el corazón de la península asiática. En ninguna coordenada reside esta historia sobre un homicidio. “Érase una vez en Anatolia” nos marca solo un itinerario, impreciso para resolver lo insustancial, pero idóneo para mostrarnos la profundidad de todo lo demás, que es lo realmente importante, la transcripción a la pantalla del comportamiento y la cultura humana.
Un interminable plano general. El horizonte nos devuelve tres automóviles atravesando la estepa por una serpenteante carretera. Un nutrido y multidisciplinar equipo de investigadores son “guiados” por los sospechosos de un crimen que no tiene ni principio ni fin. Kenan (Firat Tanis) trata de recordar el paradero del cuerpo enterrado. En el transcurso de este peregrinaje apuntaremos el foco a la privacidad de otros personajes, escondidos tras una fachada burocrática en pleno conflicto con su persona, en total discordia con la vida del “otro”, ambivalencias llenas de luces y de sombras, tan difíciles de descodificar como de reeducar.
Entre el razonamiento lógico del doctor Cemal (Muhammet Uzuner) y el anquilosado método del fiscal Nusret (Taner Birsel), discurren individuos que se sirven del tiempo muerto entre acontecimientos para mostrarse tal y como son, descubriendo el orden social al que pertenecen, sus miedos y su ambición vital. Entre medias se dilucida otro padecimiento. Entre medias la hija del alcalde les obsequia con la gratitud de quien vive marginado o sometido. Y entre tanto una secuencia para no olvidar.
“Érase una vez en Anatolia” disecciona el pueblo turco a la luz de una poética realista, desgarrando las enfermedades de una sociedad por medio del humor negro y la confesante introspección de un cine atemporal.

El recién estrenado año 2015 será un año marcadamente electoral. Las elecciones griegas del próximo 25 de enero, así como las municipales del 24 de mayo y las elecciones generales de finales de año en nuestro país serán los hechos más relevantes de un año que va a ser determinante en el plano político, económico y social de aquí a finales de la presente década.
Las próximas elecciones griegas van a ser una referencia obligada para comprobar la respuesta de la Unión Europea a un previsible programa rupturista de gobierno del partido de izquierda Siryza (claramente favorito en los sondeos) que, una vez más, se manifiesta contrario a las políticas de austeridad y de ajuste establecidas por la Troika y, además, defiende con audacia revisar (quita y espera) los términos del pago de la abultada deuda pública de Grecia (177% del PIB) que, en un 90%, se encuentra en manos del FMI y de sus socios europeos (la gran mayoría de los analistas coinciden en que Grecia no tiene capacidad para pagar su deuda, sobre todo si no crece su economía).
Unas políticas que han generado y siguen generando en Grecia un intolerable crecimiento del desempleo (a la cabeza de la Unión Europea, con más de un 25% de paro y del 50% en los menores de 25 años), el desplome de la protección social, una fuerte caída de los salarios, además de un aumento de la precariedad, la desigualdad y la pobreza, que está incrementando en grado superlativo la desesperación de las personas más afectadas por la crisis.
En nuestro país, parece claro que la derecha en el gobierno no repetirá la mayoría absoluta de que goza actualmente el Partido Popular (PP) en el conjunto del Estado y en la mayoría de las Comunidades Autónomas y Ayuntamientos, ante el hundimiento de la figura y de las políticas de Mariano Rajoy que, por añadidura, acabará con el bipartidismo hegemónico en España desde la transición democrática y reducirá de manera notable las posibilidades de que el PP (aunque gane las elecciones generales) gobierne en minoría parlamentaria, una vez descartado por el PSOE un gobierno de coalición con el PP que, todo lo indica, de llevarse a cabo, traería consigo el gran fracaso del PSOE y el abandono masivo de sus militantes más comprometidos con las ideas socialistas. Las últimas medidas de Rajoy (ya en plena campaña preelectoral) relacionadas con la Ley Mordaza, los nombramientos del nuevo director de RTVE y de su portavoz en el Parlamento, la dimisión forzada del Fiscal General del Estado (Torres Dulce), así como el aumento ridículo de las pensiones (0,25%) y del SMI (3 euros mensuales), no cambiarán las cosas y contribuirán a que el PP quede más aislado que nunca ante futuros e hipotéticos acuerdos de gobierno posteriores a las elecciones generales.
En coherencia con ello, las últimas encuestas conocidas confirman una mayoría de izquierdas en los próximos procesos electorales. Sin embargo, también nos anuncian una fuerte división de la izquierda que añade una mayor complejidad a los resultados y da alas a la derecha, a pesar del hundimiento de Rajoy y de sus incumplimientos programáticos, las desmedidas políticas de ajuste (austeridad) y los casos de corrupción generalizados que han causado una auténtica alarma social en la ciudadanía y fuertes destrozos en la credibilidad del PP.
Según estas mismas encuestas, el PSOE puede perder por primera vez su posición hegemónica en la izquierda desde el comienzo de la democracia, ante el avance del fenómeno Podemos. Eso dependerá de la audacia de su práctica política (y del liderazgo y la ejemplaridad de sus dirigentes), de la cohesión del partido y de sus ideas progresistas y claramente diferenciadas de las políticas neoliberales.
De entrada, el PSOE debe recuperar paulatinamente su credibilidad a partir del reconocimiento de los errores del pasado (de hecho, Pedro Sánchez ya han reconocido algunos), contar con candidatos idóneos elegidos democráticamente y capaces de generar confianza e ilusión en las próximas elecciones del 24 de mayo en ayuntamientos y CCAA, removiendo para ello los obstáculos que sean necesarios para que esto ocurra (por ejemplo en Madrid) y dejar suficientemente claro que cumplirá las promesas electorales y evitará que se repita el sacrificio inútil de Zapatero y también los incumplimientos programáticos de los gobiernos de Hollande (Francia) y de Renzi (Italia), fuertemente contestados por los trabajadores y por los sindicatos.
En segundo lugar, el PSOE debe aparecer ante el electorado como un partido fuerte y cohesionado, lo que exige que no se ponga en entredicho la figura de su secretario general que, no lo olvidemos, fue elegido en primarias (Susana Díaz -secretaria general del PSOE de Andalucía- puede y debe poner freno a las últimas críticas internas, impropias de un partido responsable con aspiraciones de gobierno), sobre todo cuando, además, Pedro Sánchez ha prometido -para después del verano- celebrar unas nuevas elecciones primarias para elegir al candidato del PSOE a la Moncloa.
En tercer lugar debe ser capaz de ofrecer alternativas a los problemas más graves que afectan a la ciudadanía y, por lo tanto, combatir las políticas que ponen en grave riesgo el Estado de Bienestar Social: desempleo, precariedad, estancamiento salarial, pensiones y dependencia, servicios públicos, desarme fiscal, desahucios, preferentes, desigualdad, pobreza…
Por otra parte, el PSOE debe estar inmerso en la realidad social asumiendo que, desde la izquierda, hay vida y actividad posible fuera del parlamento y de las instituciones: participación en las movilizaciones sociales, redes sociales, asociaciones de todo tipo…
En coherencia con ello, las Casas del Pueblo deben volver a ser operativas y recuperar su papel central en relación con las actividades culturales y educativas (incluidas las audiovisuales y el cine social y comprometido), así como con las que tienen que ver con la ecología, el medio ambiente y la lucha contra la contaminación. Además, las Casas del Pueblo se deben convertir en foros municipales abiertos y encabezar con decisión el debate sobre asuntos de rabiosa actualidad: refuerzo de la democracia, reparto del trabajo existente, renta básica, teoría del decrecimiento, pago de la deuda, cambio de modelo productivo, dualidad del mercado de trabajo, intervención pública en la economía (también en la banca), participación de los trabajadores en la empresa (democracia industrial), brecha digital entre generaciones…
Para comenzar, el PSOE debe sortear con buenos resultados (evitando la imagen de partido perdedor) las elecciones municipales y las de algunas CCAA -incluyendo a Cataluña ante un posible adelanto electoral-, si quiere seguir aspirando a ganar las elecciones generales y a gobernar en España. No será nada fácil ante el auge espectacular de Podemos (previsiblemente fagocitará a IU, UPYD y a otros partidos minoritarios) y la fuerte aceptación que tiene este nuevo partido en Cataluña y el País Vasco donde, incluso, es capaz de disputar el triunfo electoral a los partidos nacionalistas defendiendo una pretendida política socialdemócrata sin anclaje, por el momento, en la socialdemocracia tradicional europea, donde se ubica precisamente el PSOE. A ello hay que añadir su fuerte capacidad para estar presente en las redes sociales y en los medios de comunicación de masas, capaz de neutralizar, por el momento, sus propias limitaciones: falta de cotizantes, de estructuras organizativas, locales, formación política de sus militantes…
Por eso, la disputa por este espacio será durísima y en esta pelea el PSOE no puede perder la cabeza y el sentido común ni renunciar a sus postulados de siempre que han cumplido más de 130 años. A Podemos no se le ganará con insultos, miedos, falsedades y menciones a experiencias políticas del otro lado del Atlántico o recordando a dictadores y décadas periclitadas y de difícil repetición en la actualidad en el seno de la Unión Europea. No debemos olvidar que el avance de Podemos se produce fundamentalmente por las carencias, limitaciones y errores del PSOE y, mucho menos conviene olvidar, que el PSOE y Podemos se dirigen al mismo espacio electoral y que, por lo tanto, hay que pensar seriamente en futuros acuerdos progresistas con el propósito de garantizar la gobernabilidad en nuestro país.
Ante un hipotético triunfo de la izquierda las posibilidades de que el PSOE encabece el gobierno se mantienen intactas si gana las elecciones o queda en segundo lugar por delante de Podemos, por el previsible apoyo que recibiría de esta formación y de IU para desplazar a la derecha (PP) del poder. Las ventajas que aportaría el PSOE son notables: fuerte presencia (con infraestructuras) en todo el territorio nacional, cambio progresista y tranquilo para salir de la crisis, relación fluida con la Unión Europea a través de la familia socialdemócrata, apuesta por un Estado Federal como marco de convivencia ante el problema catalán, reforma y actualización consensuada de la Constitución y, finalmente, una política decidida hacia la regeneración democrática: consolidación de las libertades, lucha contra la corrupción y un redoblado esfuerzo para la educación en valores de la ciudadanía.
Para que esto ocurra, el PSOE debe avanzar considerablemente en Madrid y en el País Valenciano y mejorar sustancialmente los resultados de Cataluña y el País Vasco donde las encuestas le sitúan muy retrasado (en cuarto lugar), por detrás de Podemos y de los partidos nacionalistas: CIU y ER por una parte y el PNV y Bildu por otra. Si eso no se logra las posibilidades de gobernar son pocas y, lo que es peor, en este supuesto, el PSOE corre el riesgo de convertirse en un partido irrelevante como ocurrió con el partido socialista italiano y está ocurriendo con el PASOK en Grecia, dando por hecho que ningún partido político tiene su vida asegurada para siempre.
En todo caso, el presente año está llamado a ser muy importante en el necesario cambio económico y social que España necesita y la ciudadanía reclama. De la solución que se dé a las diferencias de la izquierda y de su capacidad resolutiva para ofrecer alternativas a la actual situación de crisis dependerá, en buena medida, nuestro incierto futuro político en democracia… Estaremos atentos.
Antón Saracíbar
Nuri Bilge Ceylan antes de empezar a contar historias en el cine, capturaba instantáneas fotográficas, congelaba efímeras fracciones del tiempo. Y lo hacía, al parecer, por una razón fundamental: dar una oportunidad y, paradójicamente, más tiempo a la mirada para que, de esta forma, pudiera comprender, aprehender y ordenar lo que tenía ante sus ojos. Y es que este Nuri Bilge Ceylan ha sido forjado con la materia ingrávida que alimenta a unos pocos cineastas, aquellos que practican un cine íntimo, cine de silencios estridentes, cine de gritos mudos. No hay muchos ni tampoco se les permite sobrevivir en esta época. Son gentes como Dreyer, como Ozu, como Sokurov, como Angelopoulos o como ese Tarkovski al que en algún modo homenajea este filme, si por tal se entiende nombrar, es decir señalar, distinguir, invocar a quien supo arañar un camino propio.
En cuanto a UZAK (Lejano) pasó por Cannes y brilló en una edición extraña en la que naufragaron algunos viejos maestros. Premiaron a sus actores, pero igualmente pudieron haber premiado su fotografía, su dirección o todo su contenido. Nada hubiera cambiado. Ni para la película lógicamente ni, especialmente, para el cineasta salvo que, sin premios, es seguro que muchos espectadores jamás la hubieran visto.
Cuando era fotógrafo, Nuri Bilge Ceylan dirigía sus cámaras hacia objetivos hechos de mar y nubes, hacia personajes anónimos y paisajes sin historia. Tras convertirse en cineasta Bilge Ceylan filma películas a las que titula, y no por casualidad, KASABA (El pequeño pueblo, 1997), MAYIS SIKINTISI (Nubes de Mayo, 1999) o este UZAK (Lejano)que habla más de una actitud que de un espacio. No se ha dicho todavía pero tanto como fotógrafo o como cineasta Nuri Bilge Ceylan se mueve en un territorio cotidiano, evita el tremendismo y cultiva esos sutiles detalles apenas relevantes pero sin duda realmente decisivos. Su cine emite vibraciones de baja frecuencia, de esas que casi no son perceptibles pero que, si se detectan, conmocionan y perturban de un modo hondo.
Aunque en Cannes se premió a sus dos principales actores -sin duda merecidamente- y aunque a veces se explica la sinopsis argumental del filme como la historia de dos personajes, un encuentro entre dos hombres de caracteres opuestos, entiendo que UZAK (Lejano) responde mucho más al deseo de radiografiar a un cadáver. UZAK (Lejano) corresponde a la autopsia de un náufrago que corta con desesperación las últimas amarras que le podrían haber mantenido con esperanza. Mas allá de las semejanzas anecdóticas de sabor autobiográfico Nuri Bilge Ceylan proyecta en su personaje principal, un fotógrafo como lo fue él, heridas y cicatrices de sí mismo para mostrar el hundimiento de un individuo corroído por la angustia de la existencia, podrido por la frustración y el egoísmo.
En un momento del filme, el único en el que se asiste a una desenfadada reunión de amigos, Mahmut afirma que la fotografía ha muerto. En realidad lo que está gritando es que quien ha muerto ha sido él que ha renunciado a sus sueños y ha vendido su técnica para trabajar para una empresa de cerámicas a las que fotografía sin emoción alguna, recluído en un triste cuarto de su espaciosa e inhabitada vivienda.
No deja de ser significativa que la primera voz que oímos en el filme, provenga de la llamada telefónica de su madre a la que Mahmut no responde. Luego comprenderemos que salvo su madre, es decir su origen, ya no le queda nada a Mahmut pero es que su madre empieza a descender por el camino de la enfermedad y la muerte. Por eso mismo es desde su origen, su pequeño pueblo, desde donde arranca el filme. Allí, con el plano sostenido de un amanecer, con el canto de un gallo, se pone en marcha su última oportunidad. Es entonces cuando vemos avanzar, a través de un paisaje nevado, a Yusuf -probablemente un reflejo de Mahmut que, con el tiempo, será como él-. Aunque Mahmut no lo acepte, Yusuf representa la última oportunidad, el último tren para escapar de esa ratonera en la que vive obsesionado por un ridículo ruido que por las noches provoca un insignificante ratoncillo. Pero para quien se ha anclado en el silencio de la soledad ese roer quedo alcanza el valor del estruendo y tras él ya no se escucha, ya no se puede oir otra cosa que eso. Paradójicamente el filme se cierra con un acercamiento en primer plano a Mahmut, un Mahmut liberado de su obsesión que mira y espera, probablemente en vano, a que vuelva a cantar un gallo y todo comience de nuevo.
Por todo ello y detrás de ese aparente hieratismo, Bilge Ceylan construye un filme de poderosa escritura, de reposada digestión. Todo en él rebosa intencionalidad, todo en él está alumbrado por el significante consciente de quien ha reflexionado sobre lo que está narrando. Esos planos a veces casi inmóviles desbordan tanta tensión como las obras de Hitchcock. Esa aparente sobriedad monocromática de grises fríos ofrece tantos matices como el más colorista filme de Minnelli. Pocas veces con tan pocos planos se ha dicho tanto. Porque si bien es cierto que todo el filme gira en torno a Mahmut, no lo es menos que los escasos personajes que le circundan quedan perfectamente retratados.
La cuestión de fondo es percibir que UZAK (Lejano) duele en esos personajes sin esperanza. En ese Estambul blanqueado por la nieve. En ese barco encallado de medio lado arruinando la esperanza del turco que sueña con recorrer el mundo. En esa mujer furtiva que comparte lecho pero no derecho. En la multitud de pequeñas mezquindades de ese patético fotógrafo prepotente y maniático incapaz de ser generoso con quien se muestra desesperado. En ese gesto de piedad consistente en golpear hasta matar a un pequeño ratón para evitarle el horror de ser comido vivo… Por todo eso y por mucho más escuece este UZAK (Lejano) que parece hablar desde los recovecos más profundos del propio cineasta al mismo tiempo que verbaliza la angustia de un mundo en retirada hacia ningún lado.
Juan Zapate
FELAS
“Algunas estrellas brillaban aún en el cielo pálido, color ceniza. La brisa matinal soplaba empujando las nubes La Bruma se cernía sobre el Don, arrastrándose a lo largo de la margen cretosa, para descender en las torrenteras semejante a una serpiente sin cabeza…” Así nos describe Cholojov la región de Vechenskaia, una stanitsa donde se iban a producir los espectaculares combates entre la caballería roja y los guardias blancos, y donde viven, mueren y trabajan Grigori, Axinia, y toda la épica cosaca. La película de Gerasimov abarca desde 1.912 hasta l.922, y se evoca con unas imágenes llenas de vida y dolor, la Gran Guerra, la revolución de febrero del 17, la abortada intentona golpista de Kornilov contra el gobierno de Kerenski, el triunfo de los bolcheviques en octubre, la subsiguiente rebelión de los cosacos que querían la independencia, pero sin los soviets, la guerra civil con sus violencias y sus variaciones, unas veces aliados del Ejército Blanco y otras no, aunque siempre defensores de su libertad, y finalmente la descomposición del Ejército del Don, su intento de huída por mar hacía Turquía, la muerte de su amada , y en un final magistral, la sumisión de Grigori a los vencedores, llegando a su pueblo por el rio helado de color azul de marzo, entregando sus armas al agua por una grieta junto a la orilla. El acompañamiento de la música, mientras se limpia las manos en el capote, y se dirige a besar a su hijo es un digno colofón a una épica de casi cinco horas de cine.
Los cosacos de la película, muy bien caracterizados con sus rizos al lado de sus gorras, se instalaron en el Don seguramente procedentes de Ucrania, cuando fueron expulsados por Catalina II. Allí instalaron una sociedad democrática que elegía a su Atamán cada cuatro años con independencia de sus riquezas. El servicio militar era un estímulo para vivir, sabían unirse en grupo y elegir al jefe más capaz, fueron muy codiciados como guerreros para defender los intereses de Rusia, pero querían sobre todo su libertad. Jacob Sverdalov, les mandó a Siberia en el 19 provocando la desintegración del movimiento cosaco, y quizás como una premonición Grigorí dijo: “la libertad mala es siempre mejor que la prisión buena. El pueblo suele decir: la cárcel está bien construida; pero sólo al diablo puede proporcionarle alegría”