El desencanto que viene
No es verdad que no haya nada nuevo bajo el sol (el sol mismo hubo un instante en que fue nuevo). Como tampoco lo es que seamos por completo inaugurales, cual Adán en el paraíso. En el primer caso no habría nada que hacer; en el segundo no sabríamos qué hacer. En realidad, incluso la más rabiosa novedad contiene siempre alguna proporción de mezcla entre lo inédito, lo absolutamente original, y lo conocido, lo déjà vu.Este principio general, presente a lo largo de toda la historia, se conjuga con una relativa facilidad en las diferentes situaciones particulares. Afirmar que actualmente en España estamos a punto de volver a vivir una segunda Transición, y reservarse los papeles que hace casi cuarenta años representaron los viejos actores sale gratis, en el fondo porque no es más que un deseo (aceptemos, con benevolencia, que tal vez incluso piadoso) cuya verosimilitud todavía no se ha puesto a prueba. Así, en la comunidad autónoma en la que vivo hay uno que se cree Suárez y, fascinado por la leyenda de maestro del regate corto que se le suele atribuir al primer presidente de la democracia española, se dedica a todo tipo de trapacerías, argucias y engaños (incluso a su propio electorado), en el convencimiento de que de esta forma pasará él también, al igual que el de Ávila, a la historia, como si la determinación de semejante destino le correspondiera al propio interesado.
A escala española parece estarse llevando a cabo un reparto que, en ocasiones, más parece de disfraces que de papeles. Hay quien se pide el de Felipe González, como los hay que desearían que hubiera quien se hiciera cargo del de Fraga, y así sucesivamente. El reparto incluso podría alcanzar a los actores secundarios, y no faltará el malvado que señale que a Íñigo Errejón le ha correspondido en (mala) suerte el papel de Pilar Miró, únicamente cambiando en el guion bolsos por becas, y a Juan Carlos Monedero, el de Alfonso Guerra (o el de su hermano, no sabría decirlo).
Por supuesto que a los obsesionados en fantasear repeticiones les convendría no olvidar el célebre destino que, según Marx, aguarda a los que se empeñan en que la historia regrese tal cual (como es sabido, terminar haciéndolo, en efecto, pero en forma de farsa). De poco sirve el recordatorio si no se señala a continuación su razón de ser. Porque lo que realmente impide que se materialice la fantasía de la repetición no es ninguna ley o fatalidad de signo opuesto (una presunta ley de la caricatura en este caso), sino precisamente la contingencia misma de la historia. Con otras palabras: el hecho de que, en general, no se puede olvidar lo que alguna vez se supo y, en particular, el de que cuando muchos ciudadanos experimentan la sensación de que toda una serie de actitudes, gestos, iniciativas y discursos ya no les vienen de nuevas (como sí ocurrió cuando se dieron por vez primera) no reaccionan de la misma forma que lo hicieron en el pasado.
A este carácter resabiado de la ciudadanía habría que añadir otro elemento, relacionado con las específicas características que viene adoptando de un tiempo a esta parte la política en nuestra sociedad. La creciente tendencia a plantear las relaciones sociales en términos psicológicos o, por enunciarlo con los términos del Richard Sennett de El declive del hombre público, la saturación completa de la vida pública con elementos procedentes de la vida privada, como sentimientos o motivaciones personales, ha terminado por exasperar algo que siempre estuvo en germen, aunque bajo un relativo control.
En efecto, la espectacularización de la vida pública ha consagrado el desplazamiento de la atención de la ciudadanía desde las políticas a los políticos. Se ha convertido en completamente habitual que los ciudadanos hayan dejado de justificar sus preferencias electorales en términos propiamente programáticos, esto es, manifestando su acuerdo con una determinada propuesta de medidas o con el modelo de sociedad que consideran deseable, para pasar a hacerlo en términos casi exclusivamente personales, tales como “X me inspira confianza”, “Y parece honrado”, “Z transmite ilusión” y similares.
Semejante desplazamiento, lejos de constituir un signo de nuestro tiempo irrelevante, banal o exento de conclusiones, merece ser considerado como una auténtica bomba de efectos retardados. Hacer descansar el peso de la propia opción política en una dimensión subjetiva, convirtiendo la participación en lo colectivo en mero consumo de los valores personales que expresan los políticos, implica consagrar una idea del compromiso de los ciudadanos con la cosa pública extremadamente frágil y vulnerable. Si comparamos este tipo de vínculo con el que era más habitual hasta hace no tanto, se comprenderá mejor lo que estoy intentando señalar.
Al elector que en el pasado confiaba su voto a un determinado partido por los ideales globales que postulaba y por las políticas concretas que proponía, la hipotética frustración ante el comportamiento de un determinado candidato al que había apoyado no le llevaba a alterar sus convencimientos de fondo. La consideraba una mera decepción por un incumplimiento programático que, como mucho, le movía a exigir la sustitución de quien hubiera faltado a sus promesas por alguien que sí estuviera dispuesto a cumplirlas.
Pero cuando las cosas se plantean en términos personales (subsumiendo, como dije, la política en los políticos) y, por añadidura, se descalifica a todos ellos en sumarios términos moralistas (por su condición de casta, por ejemplo), se corre el serio riesgo de que tales argumentos acaben volviéndose, como un bumerán,contra quienes tan a la ligera los lanzaron. El eco obtenido en las últimas semanas por el goteo de noticias que daban cuenta de determinadas contradicciones personales de algunos de estos políticos emergentes constituye, al margen de la evidente intencionalidad política de las presuntas denuncias, un serio aviso del tipo de efectos a que acaba dando lugar una determinada lógica discursiva.
Porque en el instante en el que esta otra decepción personalizada se produzca, de manera necesaria habrá de adoptar un carácter muy diferente al abiertamente politizado que acabamos de comentar, y se presentará en unos términos que a algunos habrán de resultarles lejanamente familiares, esto es, en términos de desencanto. Esta específica forma de desafección respecto a lo político siempre fue un recurso cómodo para ciudadanos poco dispuestos a un compromiso político fuerte y, por tanto, necesitados de una justificación de apariencia convincente que legitimara la rápida desvinculación de su apoyo anterior a un determinado proyecto (el término se puso de moda a partir del estreno ¡en 1976! de la película de Jaime Chávarri del mismo nombre, cuando tan poco había de lo que estar desencantado).
Por añadidura, la apelación al desencanto parece orlar a quien la plantea de una dimensión ética, de una expectativa ilusionada de honradez, de cuya frustración el político presuntamente nuevo sería por definición el absoluto responsable. La argumentación es, sin duda, falaz y constituye un obsceno ejercicio de ventajismo moral por parte de quienes se acogen a ella. Pero tal vez más importante que denunciar tales razonamientos sea dejar constancia de la responsabilidad de las fuerzas políticas que en el fondo los están alentando con sus actitudes y sus discursos.
El desencanto que viene no será, como el original (el de la Transición), respecto a la democracia misma, sino respecto a las promesas de regenerarla empezando desde cero y, sobre todo, respecto a quienes se presentan hoy como los únicos en condiciones de cumplir tan virginal promesa. Porque los mismos que han planteado su proyecto en términos fuertemente personalistas y vaporosamente políticos corren el peligro de acabar siendo víctimas del tipo de vínculo que, con tales actitudes, habrán establecido con los ciudadanos. Un vínculo débil y volátil en extremo, basado en la sintonía emocional y carente de contenidos teórico-políticos definidos (a fin de cuentas, afirmar, como gustan de hacer algunos en los últimos tiempos, que lo importante no son las etiquetas ideológicas —“recurso de trileros”, acabamos de saber— sino resolver los problemas de la gente, está asombrosamente cerca del tan denostado en su momento “gato negro, gato blanco, lo importante es que cace ratones”). Un vínculo incapaz de soportar la menor contrariedad de lo real. En suma, toda una invitación a sus propios votantes para que, a las primeras de cambio, abandonen el barco de la presunta ilusión por la escotilla de emergencia del desencanto.
Manuel Cruz es catedrático de Filosofía Contemporánea en la Universidad de Barcelona
LA GRECIA FASCISTA DE METAXÁS
El general griego Ioannis Metaxas (Ítaca, 1871 – Atenas, 1941) estableció en 1936 en Grecia un régimen de tipo fascista que en poco tiempo se convirtió en una versión griega del Tercer Reich. La época fascista en Grecia (1936-1941) recibiría el nombre de «Régimen del 4 de Agosto», por el día de la subida al poder de Metaxas.
Metaxas impuso su régimen en parte para combatir la turbulenta situación social de Grecia en los años 30, en los que se respiraba una atmósfera inestable propiciada por la lucha entre las diferentes facciones políticas, que llegaron a impulsar varias tentativas golpistas, mientras que el Parlamento se hundía en el descrédito.
En marzo de 1935, un levantamiento venizelista fracasó y los comicios de octubre del mismo año reforzaron la mayoría monarquista, lo que permitió el retorno del rey Jorge II al trono y reestablecer la monarquía en el país. Pero el Parlamento, muy dividido en facciones incompatibles, no era capaz de crear una mayoría clara de gobierno y la creciente actividad de los comunistas, que en las elecciones de 1936 obtuvieron 15 escaños, provocaron la alarma entre la burguesía y las clases medias griegas.
En mayo de ese mismo año se dieron grandes huelgas en el norte del país, lo que decidió al jefe del gobierno en funciones, el general Metaxas, a disolver el Parlamento el 4 de Agosto de 1936, a decretar la ley marcial y a implementar un régimen de carácter fascista para reestablecer el orden social y sofocar el crecimiento de los comunistas.
En una de sus primeras alocuciones, Metaxas anunció: «He asumido la totalidad del poder que necesito para salvar a Grecia de las catástrofes que la amenazan»(1).
Precisamente, uno de los logros más importantes de Metaxas fue la estabilización de la turbulenta situación social de Grecia de la época, sobretodo gracias a su formidablemente eficiente ministro de orden público Konstantinos Maniadakis.
El propio Metaxas había dicho que el sentimiento de orden y colectividad era un valor fundamental de una sociedad fascista: «Debemos subordinar nuestros apetitos, nuestras pasiones y nuestro egoísmo a la totalidad del interés nacional… De ese modo seremos un pueblo que es verdaderamente libre. De otro modo, la anarquía y la indisciplina gobernarán sobre nosotros bajo la falsa máscara de la libertad» (2).
El «Nuevo Estado» fascista se inspiraba claramente en la Alemania nazi de la que era contemporánea, como el general Alexander Kondylis dejó claro: «Todo conflicto y todo desacuerdo debe desaparecer en el futuro; nuestro programa de política interna no se diferenciará mucho del programa del gran creador de la nueva Alemania, Adolf Hitler» (3).
Metaxas recogía la tradición de Mussolini («la tercera Roma«) y de Hitler («el tercer Reich») e invocaba «la Tercera Civilización Helénica», después de la Antigüedad griega y del Imperio Bizantino de la Edad Media. Esta «Tercera Civilización Helénica», debía «sintetizar los valores paganos de la antigua Grecia, particularmente los de Esparta, con los valores cristianos del imperio medieval de Bizancio» (4).
También en el caso del régimen de Metaxas se puede hablar del característico «culto al líder» del Fascismo: Metaxas se presentó a sí mismo como «el Primer Campesino«, «el Primer Trabajador», «el Primer Atleta» y como el «Padre Nacional» (5). A imitación del nombre de «Duce» de Mussolini y «Führer» de Hitler, Metaxas adoptó el título de «Arhigos» («conductor»).
Al igual que sus contemporáneos regímenes fascistas italiano y alemán, el régimen del 4 de Agosto hacía uso del saludo romano o fascista (con el brazo derecho extendido) y tenía sus propios uniformes, saludos, y rituales. Como símbolo se escogió el pelekys, el hacha de doble filo originario de la civilización minoica y que para Metaxas era el símbolo más antiguo de todas las culturas griegas.
Para asegurar el orden público que Metaxas creó una policía secreta, llamada Asfalia, que vendría a ser el equivalente griego a la Gestapo alemana.
La policía política griega se convirtió en todopoderosa, y los comunistas y los izquierdistas sufrieron una represión brutal. Más de 30.000 personas fueron arrestadas y encarceladas, o exiliadas por motivos políticos, y las torturas se hicieron habituales para extraer confesiones o acusaciones contra aquellos que se oponían al régimen. Con tales políticas, Metaxas ahogó las actividades de los comunistas y suproyecto político. Pero no sólo desarmó a los izquierdistas; también consiguió desmantelar el viejo sistema de patronazgo basado en las lealtades de los partidos monárquico y venizelista.
Metaxas también creó a finales de 1936, poco después de haber llegado al poder, la Ethniki Organosi Neolaias (Organización Nacional de Juventudes, EON), que venía ser una versión griega de las Juventudes Hitlerianas Hitlerjugend, y que debía prorrogar los valores del régimen en el futuro. La juventud debía tener nuevos ideales, nuevas ambiciones y nuevas esperanzas, y liberarse «de las avariciosas manos de los plutócratas, los comunistas y de todos aquellos que querrían abusar de las capacidades de la juventud».
El objetivo de la EON era la unión de la juventud, una unión fundamentada en el amor a la patria, en el valor y en la creencia en la «continuidad de la sangre helénica». La EON unía a la juventud griega de todos los niveles económicos y sociales en un único cuerpo, y educaba a los chicos en la disciplina y el entrenamiento militar y a las chicas en las labores domésticas. La EON tenía como himno el Giovinezza («Juventud») de la Italia de Mussolini, y publicaba una revista quincenal llamada E Neolaia («La Juventud»), que tenía mucha resonancia tanto en las escuelas como en las universidades.
El régimen de Metaxas intentó fortalecer los valores de la patria, la lealtad, la familia, la religión, la estabilidad y el orden social y político. Por encima de todo, sin embargo, estaba el Helenismo, que debía sacar a Grecia de siglos de decadencia. Por ello, Metaxas reivindicaba la grandeza del pasado de Grecia y anunció que «por tanto, tenemos la obligación de regresar al pasado a fin de redescubrirnos» (6).
Metaxas veía en los griegos una «comunidad de sangre», un conjunto de individuos emparentados unos con otros a través del sagrado vínculo de la sangre y de unos antepasados comunes, y fundamentaba su creencia en la superioridad de la raza helénica en teorías tanto culturales como biológicas, pero sin caer en los desvaríos racistas de Hitler o Himmler. Aún así, el régimen de Metaxas insistió en las virtudes raciales del pueblo helénico, virtudes que residían en la sangre helénica y no dudaba en hablar de una «raza griega» que se había mantenido pura desde tiempos inmemoriales.
La raza griega era referida frecuentemente como «la raza elegida de los dioses», una raza «inmortal» que «vivirá para siempre» (7).
Es verdad que el régimen de Metaxas magnificó el peligro comunista para justificar sus excesos represivos, pero también es verdad que bajo su gobierno Metaxas se ganó el respaldo del pueblo griego con el desarrollo de una política que introdujo abundantes y avanzadas medidas de protección social por las que hoy aún es recordado: fundó el Insituto Nacional de la Seguridad Social (IKA), estableció las dos semanas mínimas de vacaciones al año, los seguros médicos y salariales para los trabajadores, la protección a la maternidad de la mujer trabajadora, etc…
Muchas de estas medidas, muy avanzadas a su tiempo y sobretodo a su entorno geográfico, siguen aún hoy vigentes de una u otra manera en Grecia.
Metaxas, además, mejoró mucho las condiciones de los trabajadores helenos: fijó un salario mínimo para los trabajadores y los seguros laborales, implantó la semana laboral de 5 días laborales y 40 horas semanales, subió los salarios, mejoró drásticamente las condiciones laborales en la industria aplicando severas medidas para hacer de los lugares de trabajo sitios seguros, absorbió las deudas de los granjeros e incrementó los precios de la agricultura para mejorar la vida en el campo.
Ya en 1938, sólo 2 años después de convertirse en el líder de la nación, la renta per cápita de los griegos había subido de una manera notable, a la vez que se conseguía rebajar el paro a un fuerte ritmo, aunque fuera mediante el desarrollo de una potente industria armamentística.
Metaxas también inició un gran plan de infraestructuras y de obras públicas, incluyendo proyectos de drenaje de tierras. Además, el régimen de Metaxas consiguió eficiencia administrativa y una sólida circulación monetaria.
El régimen de Metaxas, aunque autoritario, logró efectuar una gran mejora en muy pocos años en prácticamente todos los campos de la sociedad griega, aunque fuera a costa de negar muchos de los derechos individuales y colectivos obtenidos durante la democracia anterior.
Aún así, hay que decir que a diferencia del fascismo italiano y alemán, el fascismo griego no fue nunca un movimiento de masas. Sin embargo, sí se puede afirmar que gozó de la creciente simpatía del pueblo helénico, incluso entre los círculos izquierdistas, incapaces de negar los evidentes logros de la política del régimen del 4 de Agosto.
A pesar de ser un régimen fuertemente nacionalista, el fascismo griego no se lanzó a aventuras expansionistas, a pesar de que apoyaba el concepto de la Megali Idea, la idea de una Gran Grecia que incluyera, además del territorio griego, las comunidades étnicas griegas del Sur de Albania, de la Macedonia yugoslava, de la Tracia oriental y de la Anatolia occidental. Metaxas prefirió, sin embargo, concentrarse militarmente en la defensa del país frente a la guerra que se avecinaba. Metaxas, como presidente del consejo de la Entente Balcánica, también intentó reforzar los vínculos entre los países balcánicos y acordó un pacto de amistad y no agresión con la vecina Bulgaria en julio de 1938.
Una de las dedicaciones más importantes del régimen de Metaxas fue la mejora de las defensas del país, como por ejemplo la construcción de la llamada «Línea Metaxas», una línea defensiva en el Noroeste. El ejército también fue objeto de grandes inversiones, para aumentarlo en términos cuantitativos a la vez que mejorarlo tecnológicamente mediante la compra de nuevas armas para los tres ejércitos, e incluso con la adquisición de submarinos para la Marina. Asimismo, también se reservaron grandes cantidades de recursos alimenticios para afrontar una eventual situación de guerra.
Todos estos esfuerzos se revelaron proverbiales para que Grecia estuviera preparada para resistir con éxito el ataque italiano con un ejército mucho más pequeño que el italiano, y, como veremos después, acabar venciendo a Mussolini en su intento de invadir Grecia.
Uno de los grandes quebraderos de cabeza del régimen fue, desde luego, la política exterior. Si bien Metaxas veía en la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini sus correligionarios naturales, la seguridad de Grecia dependía en gran medida de Gran Bretaña, que dominaba con su el Mediterráneo oriental. Además, los planes de Mussolini de crear un nuevo Imperio Romano chocaban obviamente con las pretensiones griegas de controlar el Mar Egeo y las islas del Dodecaneso y de ejercer influencia en Albania. El expansionismo italiano enfrentó a Mussolini y Metaxas, y cuánto más fuerte sonaban los tambores de guerra en Europa, más cerca se sentía Metaxas de Gran Bretaña y de los Aliados. De nuevo, Metaxas acertaría, puesto que Grecia, como miembro de los Aliados, acabaría así en el bando de los ganadores, recibiendo, precisamente de Italia, las susodichas islas del Dodecaneso.
Todo ello se desencadenó después del estallido de la Segunda Guerra Mundial, de la cuál Metaxas procuró mantener a Grecia alejada. El 28 de octubre de 1940, no obstante, el ministro italiano en Atenas Gratzi le comunicó al Arhigos un inaceptable ultimátum de Mussolini, que había concentrado a sus tropas en Albania, a la espera de atacar Grecia.
Metaxas supo sintonizar con los sentimientos de su pueblo, y la historia cuenta que su única respuesta al ultimátum fue un tajante y enérgico «Okhi!» («No!», en griego), respuesta con la que ha pasado a la historia. Metaxas se dirigió poco después a la nación con estas palabras: «Ha llegado el momento de que Grecia luche por su independencia. Griegos, ahora debemos demostrar si somos dignos de nuestros antepasados y de la libertad que nuestros Padres nos dieron. Luchad por la Patria, por vuestras esposas, por vuestros hijos y por las sagradas tradiciones. Ahora, sobre todas las cosas, luchad!» (8).
Uno de los mayores éxitos de Metaxas en esas dificilísimas circunstancias fue el conseguir unir a toda la nación contra el enemigo, olvidando temporalmente las diferentes ideologías políticas. Así consiguió que militares de todo tipo político (realistas, venizelistas, nacionalistas, moderados e incluso comunistas) se unieran a la causa y, lo que es más, aceptaran someterse a su mando. Metaxas, que tenía una larga experiencia militar (había estudiado Ciencias Militares en Alemania, había combatido en la Guerra Greco-Turca de 1897 y se había convertido en héroe de guerra en las Guerras Balcánicas de 1912 y 1913), decidió así contestar las provocaciones de la Italia mussoliniana entrando en guerra.
En medio de un exacerbado sentimiento nacionalista que poseyó a todos los griegos, Grecia entraba así en el conflicto, de lado de los Aliados.
La resistencia griega fue formidable: «En pocos días, las fuerzas de ocupación italianas fueron devueltas a Albania en una cruzada por la liberación de lo que los griegos llaman Epiro del Norte, una área en el sur de Albania con una importante minoría griega. El espectáculo de David derrotando a Goliat levantó admiración en todo el mundo, y durante esta época Grecia e Inglaterra fueron los únicos países de Europa que resistían activamente a los poderes del Eje Fascista» (9).
Charles De Gaulle fue una voz más de las que por todo el mundo se deshicieron en elogios por la bravura del pueblo griego. En un comunicado coincidiendo con la fiesta nacional griega del Dia de la Independencia (25 de marzo), De Gaulle expresó su admiración por la heroica resistencia griega: «En nombre del atrapado aunque vivo pueblo francés, la Francia libre comunica sus saludos al pueblo griego, que lucha por la libertad. El 25 de marzo de 1941 encuentra a Grecia en la cúspide de sus heroicos esfuerzos y en la cima de su gloria. Desde la batalla de Salamina [la batalla de Salamina es la histórica batalla de la Antigüedad en que unos pocos miles de griegos derrotaron al inmensamente más numeroso ejército persa] Grecia no había conseguido la grandeza y la gloria que hoy tiene». El propio Hitler se desharía más tarde en elogios hacia el pueblo griego y su bravura, y llegaría a conceder a los militares griegos distinciones y privilegios que a ningún otro pueblo conquistado otorgó.
Aún hoy, el 28 de octubre, día de la invasión italiana, es una fiesta nacional en Grecia, y recibe el nombre de «Okhi Mera» (Dia del No), en referencia a la heroica y decidida respuesta de Metaxas al dictador fascista italiano.
Durante tres días, en las casas, las oficinas, las fábricas, las escuelas y los edificios públicos de toda Grecia cuelgan y ondean banderas griegas en recuerdo a esta gesta. Durante estos días, las emisoras de radio emiten patrióticas griegas, especialmente las de Sophia Vembo, que dieron fuerzas a los jóvenes griegos al luchar durante la guerra.
Fue precisamente durante la defensa del suelo griego contra el ejército de Mussolini que Metaxas murió. Su muerte fue un episodio muy misterioso, y ha levantado no pocas suspicacias y teorías entre los historiadores. Oficialmente, Metaxas murió de una manera natural. Pero lo cierto es que Gran Bretaña le presionaba para poder tomar tierra en Grecia y luchar contra Hitler, a lo que Metaxas se oponía una y otra vez, en su voluntad de mantener a Grecia como país estrictamente neutral. Su muerte supuso que heredara el poder Alexandros Koryzis, un hombre de personalidad débil al que los ingleses pronto doblegaron, consiguiendo que autorizara la entrada del ejército británico.
Evidentemente, las teorías que apuntan que Metaxas fue en realidad asesinado por el servicio de inteligencia británico para poder conseguir así entrar en Grecia no son pocas, y no mal fundamentadas. Más aún si tenemos en cuenta que, poco después de haber autorizado la entrada de los ingleses en Grecia, Koryzis se suicidó (oficialmente), también en extrañas circunstancias (10).
La etapa fascista en Grecia no acabó ni con la misteriosa muerte de Metaxas ni con el suicidio de Koryzis: el régimen siguió vivo combatiendo a los alemanes hasta Abril de 1941, cuando el general Tsolakoglou firmó la rendición de Grecia frente a la Wehrmacht. Hitler estableció un gobierno títere colaboracionista que obtuvo las riendas del poder hasta finales de 1944, cuando finaliza la ocupación alemana.
DIAS DEL 36 (ANÁLISIS)
Desde los mismos créditos iniciales, a través de una sucesión de fotos de época Angelopoulos nos traslada al clima de efervescencia social y política imperante en la Grecia de la primera mitad de 1936, señalando con particular hincapié la creciente movilización obrera y la omnipresencia del ejército en las calles. De hecho, el asesinato de un líder sindical en las primeras escenas durante lo que parece un paro fabril trata de poner en contexto al espectador, señalando los intentos del estado por desestabilizar y sabotear las organizaciones revolucionarias desde dentro. A lo largo de la película se nos muestran las formas de acción colectiva de los militantes obreros del Frente Popular griego, con un partido comunista muy consolidado, y la situación de clandestinidad en que se
encontraban ya antes de la dictadura dado el control que los militares ejercían sobre el espacio público (7). Por otro lado, el director señala a través de los planos centrados en la inauguración de las obras del nuevo estadio olímpico la progresiva fascistización del discurso, la puesta en escena del poder y el modus operandi del estado en el periodo inmediatamente anterior al 4 de agosto, que es en el que se enmarca el film. Cabe señalar que Metaxas actuaba como primer ministro interino designado por el rey y confirmado por el parlamento griego desde abril de 1936, cuando empiezan a imponerse ya algunas de las dinámicas que marcarán la futura dictadura: el culto palingenésico al pasado glorioso de Grecia, el anticomunismo, la estética clásica, el papel clave de la Iglesia ortodoxa en la legitimación del régimen o el culto a la acción y a la juventud como garantías de futuro y pureza. De hecho, Metaxas creía estar inaugurando la Tercera Civilización Helénica [Tritos Hellinikos Politismos], heredera palingenésica de la Grecia Clásica y el Imperio Bizantino, un nuevo orden orgánico basado en sus propias formas de representación popular, en la unidad y la superación del Cisma Nacional [Ethnikos Dikhasmos]
Paralelamente, Angelopoulos nos muestra la connivencia del establishment político tradicional –el partido liberal y el conservador–, con la deriva que están tomando los acontecimientos en la vida política y la realidad social del país, a lo cual se une el tibio “rechazo” paternalista de la diplomacia británica frente a los métodos expeditivos empleados por el estado en el control de la amenaza comunista. En este sentido, resulta particularmente significativa una conversación entre políticos griegos y diplomáticos británicos, que reflejaría la defensa de unos intereses bien concretos:
– Estoy preocupado, el momento actual parece crucial en toda Europa –señala uno de los británicos.
– ¿Qué dirías si estuvieras en España en pleno caos de la guerra civil? –le contesta uno de los políticos griegos.
La escena es muy interesante por cuanto pone de manifiesto el lugar central de la guerra civil española en las conversaciones y los cálculos políticos de la época. En este caso concreto, actuó como el factor disuasorio que empujaría a Metaxas a mantener el ejército en las calles y, finalmente, a declarar el estado de excepción –aunque de facto ya existiera antes– el 4 de agosto de 1936, anticipándose a la amenaza de huelga general por parte de los sindicatos tras varias semanas de inestabilidad en las fábricas. Claramente, todo apunta a que nos encontramos en los días finales de julio y la dictadura se plantea como la única salida posible para evitar un daño mayor, de forma que se está buscando el beneplácito de los británicos para poder actuar en ese sentido. Por tanto, en medio de esta escena pretendidamente frívola atravesada por los usos y costumbres de la cultura liberal-burguesa, se nos muestra el modo en que las clases dirigentes europeas buscan la forma de contemporizar y encontrar puntos de confluencia para sus diversos intereses, negociando y mercadeando con el futuro de todo el continente. Esto sirve a Angelopoulos para presentar su visión de las cosas: “El argumento es la detención y luego la ejecución final [del protagonista].” Sin embargo, esto no es más que la excusa para enseñar cómo “El camino muestra un poder burgués, un gobierno y una situación completamente inestable, sin voluntad, sin fuerza, que permitió el paso a la dictadura. Para mí era muy importante”(8). Se trata de un análisis eminentemente marxista sobre el modo en que se forjan las bases sociales, políticas y económicas que permiten la implantación de una dictadura, en este caso la del Régimen del 4 de Agosto en Grecia, que no se aleja para nada de lo señalado y aceptado por buena parte de la historiografía para los casos paradigmáticos de la época, como el italiano o el alemán (9). Esto nos lleva inevitablemente a señalar que las peculiaridades y, por extensión, la naturaleza de la dictadura de Metaxas no han estado exentas de debate, donde algunos historiadores señalan cada vez con mayor fuerza su carácter fascista que, sin embargo, no estaría respaldado por elementos comunes a los fascismos paradigmáticos, como la existencia de un partido de masas o el acercamiento al Eje en política exterior, sin ir más lejos Quizás, estos debates deberían invitarnos a revisar nuestra visión del fascismo genérico, sus orígenes y el proceso seguido en su llegada al poder, que no tuvo por qué ser
unidireccional, si bien en estos casos podría funcionar la tesis sobre los régimenes fascistizados, que es la que hoy en día se aplica de forma casi indiscutible para el caso de España
Así pues, las diferentes escenas de violencia política que se suceden a lo largo de la película, como la paliza propinada por dos hombres desconocidos al abogado del protagonista, un militante comunista y soplón de la policía encarcelado, ponen de relieve el estado de excepción reinante y el uso del terrorismo de estado como instrumento coactivo y, también, generador de consensos. Bajo la connivencia de Metaxas y su régimen, todavía en estado de gestación, tendrá lugar la detención y el asesinato del protagonista de la película, algo que queda simbolizado en las escenas donde el director de la prisión debate con diferentes expertos políticos, científicos y militares una posible salida al problema planteado por éste. El retrato del general Metaxas, con expresión muda, contempla desde lo alto de la estancia todo lo que ocurre, sancionando y legitimando la violencia practicada en nombre de los intereses del estado y la nación. Así pues, frente al clamor de libertad de una parte sustancial de la sociedad griega el estado respondería con la intimidación y el terror, lo cual concuerda con esas escenas donde el ejército griego lleva a cabo pruebas de tiro con fuego real, por si fuera necesario, se entiende, dirigirlo contra sus propios conciudadanos, como en el caso de España, donde una huelga general paró el golpe de estado del 18 de julio de 1936. En este sentido, la prisión donde transcurre buena parte de la película se convierte en la metáfora de todo un pueblo en manos de una minoría elitista y connivente entre sí.
Lejano
Una cierta tendencia al prejuicio
Desconcierta el comprobar como a veces películas pertenecientes a géneros cineastas y culturas del todo opuestas pueden despertar sentimientos paralelos. ¿Por qué desconcierta? Pues ni más ni menos que debido a nuestros clichés que inconscientemente usamos a la hora de decidir si vemos una película, si nos gusta o no, y esto es así, te guste o no. Porque realmente el cine es algo universal y que mas da de donde provengan los metros filmados o el tipo de cultura que se nos muestra. Una cámara es una cámara aquí y allí y una historia es una historia aquí y allí.
Por eso invito a dejar de lado los prejuicios, tales como los dos premios obtenidos en Cannes o los más de veinte galardones recogidos durante su trayectoria para centrarnos en la película como si fuera su primer pase tras salir del laboratorio, porque es indudable que la gente quizás no se atreva a catalogarla según como sabiendo que estaba entre lo mejor de Cannes por ejemplo, pero allí entraríamos en la dinámica y viabilidad de un festival y no estoy aquí para hablar sobre ello.
Lejano (su título castellano), se enmarca claramente en una cierta corriente de un cine asiático (y perdonen que insista en ello pero nada mejor que traicionar lo que he dicho para entenderlo) de contemplación. Con eso me refiero a un largometraje donde pocas veces ocurren cosas, rociadas con un ritmo lento y tedioso, adornado con imágenes bellas que más que películas parecen fotografías, pero señores, esto es cine. El estilo deliberadamente pausado y el tipo de personajes nos retrotraen a la memoria al Angelopoulos de La mirada de Ulises, aunque según su autor N.B. Ceylan, busca un estilo más cercano a Tarkovsky y a Ozu.
De hecho sí consigue aproximarse a Tarkovsky. Sus personajes torturados, sus silencios, sus miradas, su capacidad de aburrir. Eso no se le puede negar. En cuanto a Ozu, el favorito de su director, no está tan claro haber comprendido su esencia. Su planificación es un contínuo homenaje, pocos movimientos de cámara (y cuando lo hace, como en el zoom que cierra la película hubiera resultado mejor dejarla estática), unos encuadres muy cuidados aunque al final aguante demasiado los planos algo innecesario. Ozu los aguantaba para dejar fluir la humanidad de los personajes, nunca más de lo necesario, aquí a veces sí puesto que cuando ya has comprendido su valor se recrea en la búsqueda que el espectador se pregunte porque pasa lo que está sucediendo y es que tal como afirma Ceylan «Hasta el aburrimiento es interesante«. Bueno, sobre opiniones… aunque no consigue acercarse a su propósito. Ceylan derrocha pesimismo y amargura por los poros, Ozu optimismo y humanidad. Ceylan nos cuenta una historia de miserias fácilmente aplicable a cualquier sociedad y estamento, pero realmente ¿Es interesante lo que nos cuenta? De hecho del modo en que nos lo cuenta no. A pesar del esfuerzo de sus dos intérpretes protagonistas, en quien reposa todo el metraje, uno no consigue engancharse con sus personajes, quizás por ese pesimismo tan buscado y esa parsimonia y pasotismo con respecto a todo.
Para ser francos quizás Ceylan haya fracasado en ese intento, pero no por ello hay que restarle méritos. La película es de una belleza plástica fuera de lo común. Cada plano es una fotografía milimétrica y a veces preciosa en el sentido de lo que vale la palabra. Cada imagen es de una belleza estudiada para reforzar la fuerza del personaje principal que es fotógrafo y como en un momento de la película afirma que la fotografía está muerta. Incluso el mismo Ceylan además de escribirla, producirla dirigirla y montarla también la fotografía (como Robert Rodríguez, ¿Entienden ahora lo de los prejuicios? Tal como comentó mi compañero Carlos Rosal en su crítica de Carmen: «Un plano medio es un plano medio, para Vicente Aranda y para Tony Scott«) otorgando un empaque que en pantalla grande uno no puede dejar de embobarse en ciertos pasajes, aunque también es cierto que uno no puede evitar el bostezar un par de veces.
Por eso y alejándonos de los clichés que a más de uno le influenciarían a la hora de expresarse en torno a ella. Uzak es una bella película sí, pero también larga, lenta aburrida y lejana. Eso sí, es preciosa. Cada uno elige lo que prefiere y cuando estás frente a una pantalla concentrado en lo que ves, poco importa realmente si has ganado en Cannes o en Turquía, importa si siento lo que se pretendía.