EL ROJO Y EL NEGRO, la obra favorita de Nietzsche de sus últimos años de vida.
La Francia moderna en la que vive Stendhal, tanto en la provincia como en las metrópolis, se caracteriza por estar anegada de vanidad. Y esto se refleja muy bien en El Rojo y el Negro: todos los personajes, inclusive el protagonista Julian Sorel, se ven afectados por esta modalidad deseante: la vanidad es un deseo mediatizado por un otro que se supone superior (normalmente, porque aglutina el valor social). Es decir, el vanidoso desea algo (un cargo social, un objeto o una persona) en la medida en que dicho algo es deseado por un tercero que considera modélico y al que quiere imitar. Por lo tanto la vanidad es un deseo esclavizado por un modelo que lo trasciende. Los ejemplos son múltiples: Monsieur Renal quiere contratar a Julian Sorel como preceptor de sus hijos justamente porque cree que su rival Monsieur Valenod también lo pretende. Mathilde desea conquistar definitivamente a Sorel cuando cree que otra gran dama de París también lo desea, etc… Y la gravedad del asunto es que, a juicio de Stendhal, la vanidad, al apoderarse del individuo bloquea el surgimiento espontáneo de las pasiones, estrangula el libre juego imaginativo, la alegría, y por ende todo lo concerniente al talante artístico en un sentido espiritual.
A la vanidad, Stendhal contrapone la pasión; al vanidoso, cuyo deseo está esclavizado por un tercero, contrapone el “noble verdadero”, el ser apasionado que extrae sus deseos de sí mismo, y que en la medida en que no están mediatizados por un tercero tienen un carácter asocial, incomprensible para el resto de mortales. Es decir, el noble, este ser apasionado, actúa, valora, interpreta siempre desde sus deseos sin preocuparse por el otro, sin tratar de calcular qué efecto tendrán públicamente dichos deseos, si serán reconocidos o bien denostados, si tendrán el beneplácito general o su recriminación.
Esta noción de nobleza no dista mucho que la que hallamos en La Gaya Ciencia. En el aforismo 3, titulado “Noble y vulgar”, dice Nietzsche: “El gusto del carácter superior [del noble] se dirige a las excepciones, a cosas que habitualmente dejan frío a cualquiera… el carácter superior se define por tener una singular escala de valor”. Un poco antes dice: “el hombre aristocrático y magnánimo se distingue por poseer unos sentimientos de placer y de dolor tan poderosos que su intelecto queda reducido al silencio o puesto a su servicio: en este punto su corazón desplaza a la cabeza y cabe hablar de pasión”.
O sea, que tanto para Stendhal como para Nietzsche, la nobleza, concebida en su pureza, designa un ser cuyas pasiones son tan intensas que tratan de afirmarse sean cuales sean las resistencias que se entrometan, acallando la voz de la conciencia que para ambos siempre es una voz gobernada por el contexto social. El noble no actúa movido por las finalidades propias del sistema cultural y moral en el que vive, sino movido por pasiones extrañas absolutamente incomprensibles para la medianía; la cual queda asombrada en la medida en que parece no orientarse o movilizarse por unos fines convencionales.
Pues bien, estos preámbulos me permiten tratar de formular la problemática que nos plantea El Rojo y el Negro: la de si es factible en la modernidad la pasión. Yo creo que en el fondo, con esta novela Stendhal hace un experimento: ¿Qué sucede cuando un individuo, en este caso Julian Sorel, poseedor de pulsiones señoriales (como son el orgullo, la sed de venganza, la ambición)
debe abrirse paso en una sociedad en la que ya no hay cabida para las grandes gestas por medio de las cuales se “realizan”, se desfogan las grandes pasiones? ¿Qué destino le espera a un alma grande en el seno de la mediocridad?
Que Sorel es una “naturaleza superior” nos lo viene diciendo Stendhal durante todo el relato. Además de tener una inteligencia privilegiada y una memoria de elefante, Stendhal nos da algunos rasgos de la personalidad de Julian Sorel al margen de lo que éste piense o diga de sí mismo. Estos rasgos son propios de ese ideal de nobleza: me refiero al fuego, a la imprevisibilidad y a la belleza. Y considero que sólo teniendo en cuenta este trasfondo aristocrático, se puede evaluar el sentido de la “hipocresía”, del uso de las máscaras en sociedad que Sorel lleva a cabo.
Para referirse a Sorel, Stendhal siempre usa el símbolo del fuego: imaginación fogosa, alma ardiente, ardor de corazón: epítetos con los que se quiere indicar la fuerza, la energía de Sorel. El abate Pinard dice de él: “posee el fuego sagrado, puede llegar muy lejos”. Y este fuego está íntimamente asociado con el otro rasgo aristocrático que es la indeterminación; como bien es sabido el fuego es un elemento incontrolable: Sorel es un enigma para todos los personajes de la novela, como para sí mismo; y sin duda es uno de los elementos que generan tanto fascinación como terror. La amiga de Madame Renal le dice a ésta: “Su Julien es sumamente violento, me asusta”. La misma Madame Renal, en una escena íntima, le dice a Sorel: “Hay momentos en que pienso que nunca he visto en las profundidades de tu alma. Me asusta tu manera de mirarme. Me asustas”. Más adelante, el Marqués de la Mole le dice a su hija Mathilde: “Hay algo indefinible en su carácter… en el fondo de este carácter encuentro algo aterrador”, e inmediatamente la enamorada Mathilde piensa dentro de sí: “No conozco a Julian”.
La verdad es que Sorel es distinto. En el seminario de Besançon, a pesar de que trata de ajustarse por todos los medios, ser distinto le cuesta el odio de sus compañeros.
El orgullo y la ambición son de tal calibre, arden con tal ímpetu en Sorel durante la novela siempre está al límite
de la transgresión (cuando Mathilde le ofende tratándolo de “poca cosa”, Sorel, furibundo, agarra una vieja espada de la pared…); (cuando se plantea el “deber” de conseguir la mano de M. Renal, se dice en sus adentros: si no la consigo me pego un tiro), etc. Sorel desde el principio, parece estar destinado, justamente por su carácter fogoso, por un orgullo apoteósico a no acomodarse a las convenciones sociales, al buen tono, y en último término, al crimen.
Y otra cosa de la que la conciencia de Sorel no tienen ninguna culpa, es que es bello, y recuerden la frase stendhaliana con la que Nietzsche quiso hundir la teoría del arte kantiana y schopenhaueriana: “la belleza es promesa de felicidad”.
Pues bien. Cuando se da este carácter excepcional, esta “naturaleza superior”, estos rasgos de nobleza, a qué está destinado en una sociedad tan vanidosa, impotente y mediocre como la Francia que nos pinta Stendhal en El Rojo: considero que hay tres posibilidades que se plantean en la novela.
La primera posibilidad: que dicha alma fogosa, tendente a los extremos, sea sofocada por los extintores civilizatorios es decir, por la moral que trata de castrar las pasiones por medio de mecanismos de debilitamiento como pueda ser el sentimiento de culpabilidad y la fealdad. El momento en que esto mejor se ilustra, es cuando Julian Sorel entra en el Seminario de Besançon. Stendhal nos describe con gracia los efectos debilitadores que ese clima moral, jesuítico, genera sobre nuestro héroe. Considero que es uno de los ejemplos novelados más propicios para ilustra lo que nos dice Nietzsche en el 3er libro de la Genealogía, donde nos analiza los verdaderos resortes de la moral ascético-sacerdotal, que es deprimir la vida, extinguir cualquier manifestación o expresión de vitalidad. Es muy gracioso ver los fracasos de Sorel por enmascararse: si hasta ahora la palabra le había bastado para ocultar sus pasiones y pensamientos a fin de moverse en sociedad, ahora se percata de que la expresión de su mirada, incluso la blancura y delicadeza de sus manos, generan odio, rechazo entre los seminaristas.
En un fragmento nos dice: “Al cabo de varios meses de constante atención, Julián tenía aún un aire de pensar.
Su modo de mover los ojos y el gesto de su boca no expresaban todavía la fe implícita y dispuesta a creerlo todo y a sostenerlo todo hasta con el martirio. Julián veía con rabia que hasta en esto le superaban los seminaristas más vulgares… Julian hacía grandes esfuerzos por llegar a esa fisionomía de la fe ardiente y ciega…” Pero obviamente no lo consigue.
Hasta entonces Sorel, si en algo había destacado honestamente, era en los estudios, sin embargo en Besançon, ser el primero de la clase, el que piensa y discurre con mayor claridad sobre los temas teológicos que allí se estudian, es un despropósito. Dice Stendhal: “los seminaristas le apodaron Martín Lutero; especialmente, decían, por esa lógica infernal de la que tan orgulloso está”.
En otro momento, Julian se encuentra con el superior del seminario, el Abate Pinard. Ante la mirada terrible de este hombre Julian se desmaya, y dice Stendhal: “Es la violenta impresión de lo feo en un alma hecha para amar lo bello”. Recuerden lo que dice Nietzsche con respecto a lo feo: lo feo, en la medida en que lleva la huella de la descomposición, de la degeneración, genera un efecto depresivo en la voluntad de poder.
Pasado un tiempo en este clima de fealdad, la melancolía comenzó a debilitarle. En esta atmósfera moral Sorel comienza a plantearse todas las inconveniencias de la máscara, de su maquiavelismo: “cayó en momentos de repugnancia y hasta de completo desaliento” y comienza a arrepentirse del alto precio que supone llegar al poder. Entonces aparece nuevamente el leitmotiv recurrente: en otros tiempos el poder se alcanzaba superando toda clase de peligros, pero ahora supone soportar la tremenda fealdad y mediocridad de lo que me rodea. “Oh, Napoleón, qué dulce era en tu época adquirir fortuna por medio de los peligros de una batalla”.
Pero, fíjense ustedes, que, a pesar del clima venenoso, ascético-moral, que oprime el alma de Sorel, éste no se nivela: lo normal sería adaptarse integralmente a la situación, pero Sorel nunca, aunque represente o intente representar un papel, nunca acaba creyéndose su máscara, no la “naturaliza”; mantiene la suficiente distancia como para que no se resienta esa naturaleza
fogosa que antes comentaba. Digamos que los extintores civilizatorios no terminan de domesticarlo, de castrarlo. Sorel nunca se cree la moral, no se amolda al “justo medio”, sino que se mantiene firme en sus propósitos a costa de mantenerlos ocultos.
La segunda opción posible, para un ser superior, con sentimientos nobles que pretende llegar al poder en una sociedad mediocre en la que no hay pruebas reales (en la que las pruebas a vida o muerte son ilegales o inmorales), es realmente la que intenta Sorel por medio de la “hipocresía”. Existe un fragmento póstumo (11 [14] 1888) de Nietzsche que a mi parecer guarda una estrecha relación con todo esto. Se titula Cómo se ayuda a la virtud para que consiga el señorío.
Este fragmento es un alegato en favor del maquiavelismo, y dice: “el maquiavelismo puro, sin mezcla, crudo, verde, en toda su fuerza, en toda su aspereza, es sobrehumano, divino, trascendente, los humanos jamás lo alcanzan, como máximo lo rozan” (acaba la cita).
Y ¿en qué consiste este maquiavelismo? Prácticamente, dice en este texto, en mantener separados de una manera divina su ser de su obrar, lo cual implica ser un gran actor: se debe tener el ademán (la apariencia) de la virtud y también el de la verdad; el error comienza, sigue diciendo, allí donde ceden a la virtud, donde pierden el señorío sobre la virtud, donde ellos mismos se hacen morales, se hacen verdaderos; su peligro radica en que su simulación [hipocresía] se convierta de manera desapercibida en naturaleza. Sólo así dice Nietzsche se consigue estar libre con respecto a la moral.
Una de las funciones que parece tener este maquiavelismo para Nietzsche, es la de tratar de evitar que estos hombres superiores sean presa de una moral que invierta su orgullosa seguridad convirtiéndola en desasosiego y en un caso de conciencia; es decir, que los instintos aristocráticos perezcan a causa del auto-maltratamiento.
En Vida de Henry Brulard, que es una autobiografía escrita posteriormente al Rojo, en 1835, Stendhal nos cuenta cómo su naturaleza tuvo que ser enmascarada
con el fin de gozar de cierta alegría. Confiesa sin tapujo, con el descaro y la jovialidad de la inocencia espiritual, que a los diez años él era un “monstruo”, con deseos y pensamientos terribles, de una índole “inhumana” llega a decir. Además de sentir un furibundo amor por las ideas republicanas, jacobinas, cosa que contravenía la ideología de su padre que era de una burguesía acomodada con ínfulas de nobleza, Stendhal no se corta al decir que cuando hubo los primeros estallidos de la Revolución deseó con fervor ver a su padre guillotinado. También nos cuenta sobre el profundo amor que sentía por su madre, y tampoco se corta al describir ciertas escenas en que su “madre saltaba como un cervatillo por su cama” y cómo él la besaba con ardiente pasión en los pechos hasta el punto de que ella se veía obligada a salir corriendo. Era un chico tremendamente “animal” y, a fin de conseguir cierta libertad, nos cuenta que se acostumbró a mentir. Pero lo curioso de todo esto es que nunca sintió culpabilidad alguna por su verdadera naturaleza, nunca la reprimió.
Con Sorel sucede lo mismo. En una cena con clérigos, a la que es invitado por el Padre Chelán, sacerdote quién le enseña latín, se entusiasma hablando de Bonaparte con locuacidad. Inmediatamente se percata que Bonaparte es tabú, no sólo por aquellos comensales, sino contrario a la ideología dominante, y que si quiere medrar, alcanzar sus fines, salir de la provincia y del despotismo paternal y hacerse valer en el mundo por su propio talento, debe reprimir su entusiasmo y convertirse en un tartufo, en un hipócrita; pero cuidado, siempre manteniendo secretamente su adoración. Comienza el cálculo, la mendacidad, el desgarro; Julian tratar de erradicar toda explosión espontánea e inocente de su naturaleza ardiente, apasionada, “italiana”, bajo todos los medios. Su vida consistirá a partir de ahora en mantener a raya sus impulsos espontáneos y disimular. El rojo se disfraza de negro.
La tercera y última posibilidad que tiene un “hombre superior” en un universo decadente, consiste básicamente en manifestar esos instintos con el riesgo que ello conlleva: caer en el malditismo, en la criminalidad, o, en el mejor de los casos, en el absoluto aislamiento, en el desprecio.
Ya al final de la novela, Sorel, que había hecho un esfuerzo inhumano durante toda la novela para mantener separados su ser de su obrar, que había soportado el asco de haber tenido que abrirse camino en un mundo que siempre consideró deleznable, justo cuando tal doloroso camino le había colocado en una situación social ventajosa, una carta fatal de Madame de Renal (la primera amante), una carta que hiere su orgullo –pues sin duda lo que en esa carta se dice es falso– desencadena el acontecimiento criminal: Sorel se dirige a Verrières, y dispara sobre Madame de Renal. El odio y la sed de venganza (recuerden que son dos tendencias aristocráticas) de Sorel “suspenden su juicio”: la ofensa es tan flagrante que le es imposible refrenar esos instintos violentos que desde el principio de la novela ya se habían insinuado. La interpretación habitual es que Sorel dispara contra Madame Renal porque su carta le arruina sus expectativas de ascenso social, lo cual no tiene mucho sentido porque hubiera podido perfectamente continuar su ascensión por otras vías, como la que le ofrecía la carrera eclesiástica.
Caso Berthet y caso Prado. Ya para terminar… No os he dicho que El Rojo y el Negro se basa en un caso criminal real de 1827, el caso Berthet, muy sonado en la prensa.
Si tuviera que resumiros muy brevemente el argumento de El Rojo, en muy poco se distinguiría de la vida de este personaje llamado Berthet tal como es relatado en la prensa. En lo que difiere considerablemente la novela es en el sentido: para la prensa ultra Berthet era un simple arribista, un advenedizo de lo más vulgar que disparó a una mujer porque ésta le había impedido ascender en el escalafón social. Sin embargo, desde la perspectiva stendhaliana, para la “naturaleza superior” de Julian, la carta de Madame Renal es absolutamente ofensiva, no porque con esa carta se impida el casamiento y todos los beneficios sociales que implica, sino porque es falsa, vejatoria, y ante una vejación de tal calibre, Sorel ya no puede contener esos impulsos señoriales entre los cuales se cuenta la venganza.
Nietzsche, bien seguro que influido por la lectura de El Rojo, se interesó en los casos criminales de su época, y respecto a un delincuente llamado Prado, en una carta que escribe a Strindberg, dice: “Prado es un individuo demasiado fuerte para un determinado nivel social… Prado se ha mostrado superior ante sus jueces y abogados por su autodominio, su esprit, su altanería…”. En “incursiones de un intempestivo”, aforismo 45, dice: “El tipo de criminal es el tipo de hombre fuerte situado en unas condiciones desfavorables, un hombre fuerte puesto enfermo. Lo que le falta es la selva virgen, una naturaleza y una forma de existir más libres y peligrosas, en las que sea legal todo lo que en el instinto del hombre fuerte es arma de ataque y de defensa. Sus virtudes han sido proscritas por la sociedad: sus instintos más enérgicos, que le son innatos, mézclanse pronto con los efectos depresivos, con la sospecha, el miedo, el deshonor. Pero ésta es casi la receta de la degeneración fisiológica. Quién tiene que hacer a escondidas, con una tensión, una previsión, una astucia prolongadas, aquello que él mejor puede hacer, ése se vuelve anémico… Es en nuestra sociedad, en nuestra domesticada, mediocre, castrada sociedad donde un hombre venido de la naturaleza, llegado de las montañas o de las aventuras del mar, degenera necesariamente en criminal”
Conviene que nos vayamos haciendo a la idea: la política es fundamentalmente un aprendizaje de la decepción. La democracia es un sistema político que genera decepción… especialmente cuando se hace bien. Cuando la democracia funciona bien se convierte en un régimen de desocultación, en el que se vigila, descubre, critica, desconfía, protesta e impugna.
Pensemos en dos de las más comunes fuentes de desafecto ciudadano hacia nuestros representantes: la corrupción y el desacuerdo. El menos avisado puede tener una impresión demasiado negativa y caer en el típico error de percepción que genera la corrupción descubierta o el desacuerdo institucionalizado propio del antagonismo democrático. La corrupción es siempre intolerable, por supuesto, y la incapacidad para generar grandes acuerdos está en el origen de muchas de nuestras torpezas colectivas, pero deberíamos ser sinceros y reconocer que buena parte de nuestro malestar con la política corresponde a una nostalgia inadvertida por la comodidad en que se vive donde lo malo no es sabido y se reprimen los desacuerdos. La antropología política nos enseña que hay un sentimiento atávico, nunca plenamente superado, de añoranza hacia formas de organización social en las que reine una plácida ignorancia y los políticos, como reza la queja habitual, no estén todo el día discutiendo.
Hay otra fuente de decepción democrática que tiene que ver con nuestra incompetencia práctica a la hora de resolver los problemas y tomar las mejores decisiones. La política es una actividad que gira en torno a la negociación, el compromiso y la aceptación de lo que los economistas suelen llamar “decisiones suboptimales”, que no es sino el precio que hay que pagar por el poder compartido y la soberanía limitada. Está incapacitado para la política quien no haya aprendido a gestionar el fracaso o el éxito parcial, porque el éxito absoluto no existe. Hace falta al menos saber arreglárselas con el fracaso habitual de no poder sacar adelante completamente lo que se proponía. La política es inseparable de la disposición al compromiso, que es la capacidad de dar por bueno lo que no satisface completamente las propias aspiraciones. Similarmente los pactos y las alianzas no acreditan el propio poder sino que ponen de manifiesto que necesitamos de otros, que el poder es siempre una realidad compartida. El aprendizaje de la política fortalece la capacidad de convivir con ese tipo de frustraciones e invita a respetar los propios límites.
En el mundo real no hay iniciativa sin resistencia, acción sin réplica
Todas las decisiones políticas, salvo que uno viva en el delirio de la omnipotencia, sin constricciones ni contrapesos, implican, aunque sea en una pequeña medida, una cierta forma de claudicación. En el mundo real no hay iniciativa sin resistencia, acción sin réplica. Las aspiraciones máximas o los ideales absolutos se rinden o ceden ante la dificultad del asunto y las pretensiones de los otros, con quienes hay que jugar la partida. No tiene nada de extraño, por ello, que nuestros más fervorosos seguidores aseguren que no era eso a lo que aspiraban. Si además tenemos en cuenta que la competición política crea incentivos para que los políticos inflen las expectativas públicas, un alto grado de decepción resulta inevitable.
Todo esto provoca un carrusel de promesas, expectativas y frustraciones, de engaños y desengaños, que gira a una velocidad a la que no estábamos acostumbrados. Los tiempos de la decepción —lo que tarda el nuevo Gobierno en defraudar nuestras expectativas o los carismas en desilusionar, los proyectos en desgastarse, la competencia en debilitarse— parecen haberse acortado dramáticamente.
Incluso quien se presenta generando las mayores expectativas de renovación —porque no forma parte de lo ya conocido y esa carencia de pasado político le permite gozar de la virginidad política como su principal valor—, no tarda mucho en decepcionarnos. Pronto recurren esos mismos a las jugadas políticas que nos habían escandalizado y se organizan como un aparato clásico. Comienzan “pudiendo”, siguen con un quién sabe y terminan posponiendo indefinidamente las promesas más audaces. Hemos pasado, por ejemplo, de no pagar la deuda a pagarla sólo en parte para finalizar con una inocua auditoría ética (apelando, por cierto, al juicio de los expertos). Es curioso lo poco que tarda el radicalismo en “socialdemocratizarse”. La estrategia para ganar elecciones es muy diferente de la tarea de gobernar, y por eso suele ocurrir que lo primero palidece a medida que se acerca la hora de la responsabilidad. Con el paso del tiempo, lo que era exhibido como radicalidad democrática —que los temas cruciales sean decididos por todos— se revela como indefinición táctica o simple ignorancia acerca de qué debe hacerse. No creo que Podemos tarde mucho en decepcionar, como ocurre con todos los actores políticos, no sólo porque comparten nuestra condición humana sino sobre todo porque en algún momento tendrán que tomar decisiones que suponen aceptar algo como menos malo. La prueba de fuego estará en el momento en que sus votos en una institución impliquen una preferencia por unos o por otros, cuando su abstención abra el paso del gobierno a alguien en concreto, todavía más, cuando tengan que preferir a alguien de “la casta” para gobernar.
Es curioso lo poco que tarda el radicalismo en “socialdemocratizarse”
¿Qué racionalidad podemos introducir en medio de esta decepción? Creo que lo mejor es partir de una constatación muy liberadora: la política es una actividad limitada, mediocre y frustrante porque así es la vida, limitada, mediocre y frustrante, lo que no nos impide, en ambos casos, tratar de hacerlas mejores. Y en segundo lugar, nuestras mejores aspiraciones no deberían ser incompatibles con la conciencia de la dificultad y los límites de gobernar en el siglo XXI. Lo que hacen los políticos es demasiado conocido y demasiado poco entendido. La sociedad comprende poco los condicionamientos en medio de los cuales han de moverse y las complejidades de la vida pública. Esto no ha de entenderse como una disculpa sino todo lo contrario: es el elemento de objetividad que nos permite agudizar nuestras críticas, impidiendo que campen desaforadas en el espacio de la imposibilidad.
Recordar tales cosas en medio de esa desbandada que llamamos desafección política, cuando están saliendo a la luz múltiples casos de corrupción y la política se muestra incompetente para resolver nuestros principales problemas, puede parecer una provocación. Si lo recuerdo es para defender estas tres tesis: que la política no está a la altura de lo que podemos esperar de ella, que no es inevitablemente desastrosa y que tampoco deberíamos hacernos demasiadas ilusiones a este respecto. Y es que las quejas por lo primero (por su incompetencia) se debilitan cuando uno da a entender que acepta lo segundo (que la política no tiene remedio) y cuando traslucen una expectativa desmesurada acerca de la política. De este modo no pretendo disculpar a nadie, sino permitir una crítica más certera, porque nada deja más ilesa a la política realmente existente que unas expectativas desmesuradas por parte de quien no ha entendido su lógica, sus limitaciones y lo que razonablemente podemos exigirle.
Ahora que todo está lleno de propuestas de regeneración democrática no viene nada mal que analicemos con menos histeria el contexto en el que se produce nuestra decepción política, para que estemos en condiciones de valorarla en su justa medida y no cometamos el error de sacar consecuencias equivocadas de ella. Deberíamos ser capaces de apuntar hacia un horizonte normativo que nos permita ser críticos sin abandonarnos cómodamente a lo ilusorio, que amplíe lo posible frente a los administradores del realismo, pero que tampoco olvide las limitaciones de nuestra condición política.
Daniel Innerarity es catedrático de Filosofía Política y Social e investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco.
No es verdad que no haya nada nuevo bajo el sol (el sol mismo hubo un instante en que fue nuevo). Como tampoco lo es que seamos por completo inaugurales, cual Adán en el paraíso. En el primer caso no habría nada que hacer; en el segundo no sabríamos qué hacer. En realidad, incluso la más rabiosa novedad contiene siempre alguna proporción de mezcla entre lo inédito, lo absolutamente original, y lo conocido, lo déjàvu.Este principio general, presente a lo largo de toda la historia, se conjuga con una relativa facilidad en las diferentes situaciones particulares. Afirmar que actualmente en España estamos a punto de volver a vivir una segunda Transición, y reservarse los papeles que hace casi cuarenta años representaron los viejos actores sale gratis, en el fondo porque no es más que un deseo (aceptemos, con benevolencia, que tal vez incluso piadoso) cuya verosimilitud todavía no se ha puesto a prueba. Así, en la comunidad autónoma en la que vivo hay uno que se cree Suárez y, fascinado por la leyenda de maestro del regate corto que se le suele atribuir al primer presidente de la democracia española, se dedica a todo tipo de trapacerías, argucias y engaños (incluso a su propio electorado), en el convencimiento de que de esta forma pasará él también, al igual que el de Ávila, a la historia, como si la determinación de semejante destino le correspondiera al propio interesado.
A escala española parece estarse llevando a cabo un reparto que, en ocasiones, más parece de disfraces que de papeles. Hay quien se pide el de Felipe González, como los hay que desearían que hubiera quien se hiciera cargo del de Fraga, y así sucesivamente. El reparto incluso podría alcanzar a los actores secundarios, y no faltará el malvado que señale que a Íñigo Errejón le ha correspondido en (mala) suerte el papel de Pilar Miró, únicamente cambiando en el guion bolsos por becas, y a Juan Carlos Monedero, el de Alfonso Guerra (o el de su hermano, no sabría decirlo).
Por supuesto que a los obsesionados en fantasear repeticiones les convendría no olvidar el célebre destino que, según Marx, aguarda a los que se empeñan en que la historia regrese tal cual (como es sabido, terminar haciéndolo, en efecto, pero en forma de farsa). De poco sirve el recordatorio si no se señala a continuación su razón de ser. Porque lo que realmente impide que se materialice la fantasía de la repetición no es ninguna ley o fatalidad de signo opuesto (una presunta ley de la caricatura en este caso), sino precisamente la contingencia misma de la historia. Con otras palabras: el hecho de que, en general, no se puede olvidar lo que alguna vez se supo y, en particular, el de que cuando muchos ciudadanos experimentan la sensación de que toda una serie de actitudes, gestos, iniciativas y discursos ya no les vienen de nuevas (como sí ocurrió cuando se dieron por vez primera) no reaccionan de la misma forma que lo hicieron en el pasado.
A este carácter resabiado de la ciudadanía habría que añadir otro elemento, relacionado con las específicas características que viene adoptando de un tiempo a esta parte la política en nuestra sociedad. La creciente tendencia a plantear las relaciones sociales en términos psicológicos o, por enunciarlo con los términos del Richard Sennett de El declive del hombrepúblico, la saturación completa de la vida pública con elementos procedentes de la vida privada, como sentimientos o motivaciones personales, ha terminado por exasperar algo que siempre estuvo en germen, aunque bajo un relativo control.
La decepción no afectará esta vez a la democracia, sino a la confianza en regenerarla
En efecto, la espectacularización de la vida pública ha consagrado el desplazamiento de la atención de la ciudadanía desde las políticas a los políticos. Se ha convertido en completamente habitual que los ciudadanos hayan dejado de justificar sus preferencias electorales en términos propiamente programáticos, esto es, manifestando su acuerdo con una determinada propuesta de medidas o con el modelo de sociedad que consideran deseable, para pasar a hacerlo en términos casi exclusivamente personales, tales como “X me inspira confianza”, “Y parece honrado”, “Z transmite ilusión” y similares.
Semejante desplazamiento, lejos de constituir un signo de nuestro tiempo irrelevante, banal o exento de conclusiones, merece ser considerado como una auténtica bomba de efectos retardados. Hacer descansar el peso de la propia opción política en una dimensión subjetiva, convirtiendo la participación en lo colectivo en mero consumo de los valores personales que expresan los políticos, implica consagrar una idea del compromiso de los ciudadanos con la cosa pública extremadamente frágil y vulnerable. Si comparamos este tipo de vínculo con el que era más habitual hasta hace no tanto, se comprenderá mejor lo que estoy intentando señalar.
Al elector que en el pasado confiaba su voto a un determinado partido por los ideales globales que postulaba y por las políticas concretas que proponía, la hipotética frustración ante el comportamiento de un determinado candidato al que había apoyado no le llevaba a alterar sus convencimientos de fondo. La consideraba una mera decepción por un incumplimiento programático que, como mucho, le movía a exigir la sustitución de quien hubiera faltado a sus promesas por alguien que sí estuviera dispuesto a cumplirlas.
Pero cuando las cosas se plantean en términos personales (subsumiendo, como dije, la política en los políticos) y, por añadidura, se descalifica a todos ellos en sumarios términos moralistas (por su condición de casta, por ejemplo), se corre el serio riesgo de que tales argumentos acaben volviéndose, como un bumerán,contra quienes tan a la ligera los lanzaron. El eco obtenido en las últimas semanas por el goteo de noticias que daban cuenta de determinadas contradicciones personales de algunos de estos políticos emergentes constituye, al margen de la evidente intencionalidad política de las presuntas denuncias, un serio aviso del tipo de efectos a que acaba dando lugar una determinada lógica discursiva.
Quienes se apoyan en el personalismo corren el peligro de ser sus primeras víctimas
Porque en el instante en el que esta otra decepción personalizada se produzca, de manera necesaria habrá de adoptar un carácter muy diferente al abiertamente politizado que acabamos de comentar, y se presentará en unos términos que a algunos habrán de resultarles lejanamente familiares, esto es, en términos de desencanto. Esta específica forma de desafección respecto a lo político siempre fue un recurso cómodo para ciudadanos poco dispuestos a un compromiso político fuerte y, por tanto, necesitados de una justificación de apariencia convincente que legitimara la rápida desvinculación de su apoyo anterior a un determinado proyecto (el término se puso de moda a partir del estreno ¡en 1976! de la película de Jaime Chávarri del mismo nombre, cuando tan poco había de lo que estar desencantado).
Por añadidura, la apelación al desencanto parece orlar a quien la plantea de una dimensión ética, de una expectativa ilusionada de honradez, de cuya frustración el político presuntamente nuevo sería por definición el absoluto responsable. La argumentación es, sin duda, falaz y constituye un obsceno ejercicio de ventajismo moral por parte de quienes se acogen a ella. Pero tal vez más importante que denunciar tales razonamientos sea dejar constancia de la responsabilidad de las fuerzas políticas que en el fondo los están alentando con sus actitudes y sus discursos.
El desencanto que viene no será, como el original (el de la Transición), respecto a la democracia misma, sino respecto a las promesas de regenerarla empezando desde cero y, sobre todo, respecto a quienes se presentan hoy como los únicos en condiciones de cumplir tan virginal promesa. Porque los mismos que han planteado su proyecto en términos fuertemente personalistas y vaporosamente políticos corren el peligro de acabar siendo víctimas del tipo de vínculo que, con tales actitudes, habrán establecido con los ciudadanos. Un vínculo débil y volátil en extremo, basado en la sintonía emocional y carente de contenidos teórico-políticos definidos (a fin de cuentas, afirmar, como gustan de hacer algunos en los últimos tiempos, que lo importante no son las etiquetas ideológicas —“recurso de trileros”, acabamos de saber— sino resolver los problemas de la gente, está asombrosamente cerca del tan denostado en su momento “gato negro, gato blanco, lo importante es que cace ratones”). Un vínculo incapaz de soportar la menor contrariedad de lo real. En suma, toda una invitación a sus propios votantes para que, a las primeras de cambio, abandonen el barco de la presunta ilusión por la escotilla de emergencia del desencanto.
Manuel Cruz es catedrático de Filosofía Contemporánea en la Universidad de Barcelona
El general griego Ioannis Metaxas (Ítaca, 1871 – Atenas, 1941) estableció en 1936 en Grecia un régimen de tipo fascista que en poco tiempo se convirtió en una versión griega del Tercer Reich. La época fascista en Grecia (1936-1941) recibiría el nombre de «Régimen del 4 de Agosto», por el día de la subida al poder de Metaxas.
Metaxas impuso su régimen en parte para combatir la turbulenta situación social de Grecia en los años 30, en los que se respiraba una atmósfera inestable propiciada por la lucha entre las diferentes facciones políticas, que llegaron a impulsar varias tentativas golpistas, mientras que el Parlamento se hundía en el descrédito.
En marzo de 1935, un levantamiento venizelista fracasó y los comicios de octubre del mismo año reforzaron la mayoría monarquista, lo que permitió el retorno del rey Jorge II al trono y reestablecer la monarquía en el país. Pero el Parlamento, muy dividido en facciones incompatibles, no era capaz de crear una mayoría clara de gobierno y la creciente actividad de los comunistas, que en las elecciones de 1936 obtuvieron 15 escaños, provocaron la alarma entre la burguesía y las clases medias griegas.
En mayo de ese mismo año se dieron grandes huelgas en el norte del país, lo que decidió al jefe del gobierno en funciones, el general Metaxas, a disolver el Parlamento el 4 de Agosto de 1936, a decretar la ley marcial y a implementar un régimen de carácter fascista para reestablecer el orden social y sofocar el crecimiento de los comunistas.
En una de sus primeras alocuciones, Metaxas anunció: «He asumido la totalidad del poder que necesito para salvar a Grecia de las catástrofes que la amenazan»(1).
Precisamente, uno de los logros más importantes de Metaxas fue la estabilización de la turbulenta situación social de Grecia de la época, sobretodo gracias a su formidablemente eficiente ministro de orden público Konstantinos Maniadakis.
El propio Metaxas había dicho que el sentimiento de orden y colectividad era un valor fundamental de una sociedad fascista: «Debemos subordinar nuestros apetitos, nuestras pasiones y nuestro egoísmo a la totalidad del interés nacional… De ese modo seremos un pueblo que es verdaderamente libre. De otro modo, la anarquía y la indisciplina gobernarán sobre nosotros bajo la falsa máscara de la libertad» (2).
El «Nuevo Estado» fascista se inspiraba claramente en la Alemania nazi de la que era contemporánea, como el general Alexander Kondylis dejó claro: «Todo conflicto y todo desacuerdo debe desaparecer en el futuro; nuestro programa de política interna no se diferenciará mucho del programa del gran creador de la nueva Alemania, Adolf Hitler» (3).
Metaxas recogía la tradición de Mussolini («la tercera Roma«) y de Hitler («el tercer Reich») e invocaba «la Tercera Civilización Helénica», después de la Antigüedad griega y del Imperio Bizantino de la Edad Media. Esta «Tercera Civilización Helénica», debía «sintetizar los valores paganos de la antigua Grecia, particularmente los de Esparta, con los valores cristianos del imperio medieval de Bizancio» (4).
También en el caso del régimen de Metaxas se puede hablar del característico «culto al líder» del Fascismo: Metaxas se presentó a sí mismo como «el Primer Campesino«, «el Primer Trabajador», «el Primer Atleta» y como el «Padre Nacional» (5). A imitación del nombre de «Duce» de Mussolini y «Führer» de Hitler, Metaxas adoptó el título de «Arhigos» («conductor»).
Al igual que sus contemporáneos regímenes fascistas italiano y alemán, el régimen del 4 de Agosto hacía uso del saludo romano o fascista (con el brazo derecho extendido) y tenía sus propios uniformes, saludos, y rituales. Como símbolo se escogió el pelekys, el hacha de doble filo originario de la civilización minoica y que para Metaxas era el símbolo más antiguo de todas las culturas griegas.
Para asegurar el orden público que Metaxas creó una policía secreta, llamada Asfalia, que vendría a ser el equivalente griego a la Gestapo alemana.
La policía política griega se convirtió en todopoderosa, y los comunistas y los izquierdistas sufrieron una represión brutal. Más de 30.000 personas fueron arrestadas y encarceladas, o exiliadas por motivos políticos, y las torturas se hicieron habituales para extraer confesiones o acusaciones contra aquellos que se oponían al régimen. Con tales políticas, Metaxas ahogó las actividades de los comunistas y suproyecto político. Pero no sólo desarmó a los izquierdistas; también consiguió desmantelar el viejo sistema de patronazgo basado en las lealtades de los partidos monárquico y venizelista.
Metaxas también creó a finales de 1936, poco después de haber llegado al poder, la Ethniki Organosi Neolaias (Organización Nacional de Juventudes, EON), que venía ser una versión griega de las Juventudes Hitlerianas Hitlerjugend, y que debía prorrogar los valores del régimen en el futuro. La juventud debía tener nuevos ideales, nuevas ambiciones y nuevas esperanzas, y liberarse «de las avariciosas manos de los plutócratas, los comunistas y de todos aquellos que querrían abusar de las capacidades de la juventud».
El objetivo de la EON era la unión de la juventud, una unión fundamentada en el amor a la patria, en el valor y en la creencia en la «continuidad de la sangre helénica». La EON unía a la juventud griega de todos los niveles económicos y sociales en un único cuerpo, y educaba a los chicos en la disciplina y el entrenamiento militar y a las chicas en las labores domésticas. La EON tenía como himno el Giovinezza («Juventud») de la Italia de Mussolini, y publicaba una revista quincenal llamada E Neolaia («La Juventud»), que tenía mucha resonancia tanto en las escuelas como en las universidades.
El régimen de Metaxas intentó fortalecer los valores de la patria, la lealtad, la familia, la religión, la estabilidad y el orden social y político. Por encima de todo, sin embargo, estaba el Helenismo, que debía sacar a Grecia de siglos de decadencia. Por ello, Metaxas reivindicaba la grandeza del pasado de Grecia y anunció que «por tanto, tenemos la obligación de regresar al pasado a fin de redescubrirnos» (6).
Metaxas veía en los griegos una «comunidad de sangre», un conjunto de individuos emparentados unos con otros a través del sagrado vínculo de la sangre y de unos antepasados comunes, y fundamentaba su creencia en la superioridad de la raza helénica en teorías tanto culturales como biológicas, pero sin caer en los desvaríos racistas de Hitler o Himmler. Aún así, el régimen de Metaxas insistió en las virtudes raciales del pueblo helénico, virtudes que residían en la sangre helénica y no dudaba en hablar de una «raza griega» que se había mantenido pura desde tiempos inmemoriales.
La raza griega era referida frecuentemente como «la raza elegida de los dioses», una raza «inmortal» que «vivirá para siempre» (7).
Es verdad que el régimen de Metaxas magnificó el peligro comunista para justificar sus excesos represivos, pero también es verdad que bajo su gobierno Metaxas se ganó el respaldo del pueblo griego con el desarrollo de una política que introdujo abundantes y avanzadas medidas de protección social por las que hoy aún es recordado: fundó el Insituto Nacional de la Seguridad Social (IKA), estableció las dos semanas mínimas de vacaciones al año, los seguros médicos y salariales para los trabajadores, la protección a la maternidad de la mujer trabajadora, etc…
Muchas de estas medidas, muy avanzadas a su tiempo y sobretodo a su entorno geográfico, siguen aún hoy vigentes de una u otra manera en Grecia.
Metaxas, además, mejoró mucho las condiciones de los trabajadores helenos: fijó un salario mínimo para los trabajadores y los seguros laborales, implantó la semana laboral de 5 días laborales y 40 horas semanales, subió los salarios, mejoró drásticamente las condiciones laborales en la industria aplicando severas medidas para hacer de los lugares de trabajo sitios seguros, absorbió las deudas de los granjeros e incrementó los precios de la agricultura para mejorar la vida en el campo.
Ya en 1938, sólo 2 años después de convertirse en el líder de la nación, la renta per cápita de los griegos había subido de una manera notable, a la vez que se conseguía rebajar el paro a un fuerte ritmo, aunque fuera mediante el desarrollo de una potente industria armamentística.
Metaxas también inició un gran plan de infraestructuras y de obras públicas, incluyendo proyectos de drenaje de tierras. Además, el régimen de Metaxas consiguió eficiencia administrativa y una sólida circulación monetaria.
El régimen de Metaxas, aunque autoritario, logró efectuar una gran mejora en muy pocos años en prácticamente todos los campos de la sociedad griega, aunque fuera a costa de negar muchos de los derechos individuales y colectivos obtenidos durante la democracia anterior.
Aún así, hay que decir que a diferencia del fascismo italiano y alemán, el fascismo griego no fue nunca un movimiento de masas. Sin embargo, sí se puede afirmar que gozó de la creciente simpatía del pueblo helénico, incluso entre los círculos izquierdistas, incapaces de negar los evidentes logros de la política del régimen del 4 de Agosto.
A pesar de ser un régimen fuertemente nacionalista, el fascismo griego no se lanzó a aventuras expansionistas, a pesar de que apoyaba el concepto de la Megali Idea, la idea de una Gran Grecia que incluyera, además del territorio griego, las comunidades étnicas griegas del Sur de Albania, de la Macedonia yugoslava, de la Tracia oriental y de la Anatolia occidental. Metaxas prefirió, sin embargo, concentrarse militarmente en la defensa del país frente a la guerra que se avecinaba. Metaxas, como presidente del consejo de la Entente Balcánica, también intentó reforzar los vínculos entre los países balcánicos y acordó un pacto de amistad y no agresión con la vecina Bulgaria en julio de 1938.
Una de las dedicaciones más importantes del régimen de Metaxas fue la mejora de las defensas del país, como por ejemplo la construcción de la llamada «Línea Metaxas», una línea defensiva en el Noroeste. El ejército también fue objeto de grandes inversiones, para aumentarlo en términos cuantitativos a la vez que mejorarlo tecnológicamente mediante la compra de nuevas armas para los tres ejércitos, e incluso con la adquisición de submarinos para la Marina. Asimismo, también se reservaron grandes cantidades de recursos alimenticios para afrontar una eventual situación de guerra.
Todos estos esfuerzos se revelaron proverbiales para que Grecia estuviera preparada para resistir con éxito el ataque italiano con un ejército mucho más pequeño que el italiano, y, como veremos después, acabar venciendo a Mussolini en su intento de invadir Grecia.
Uno de los grandes quebraderos de cabeza del régimen fue, desde luego, la política exterior. Si bien Metaxas veía en la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini sus correligionarios naturales, la seguridad de Grecia dependía en gran medida de Gran Bretaña, que dominaba con su el Mediterráneo oriental. Además, los planes de Mussolini de crear un nuevo Imperio Romano chocaban obviamente con las pretensiones griegas de controlar el Mar Egeo y las islas del Dodecaneso y de ejercer influencia en Albania. El expansionismo italiano enfrentó a Mussolini y Metaxas, y cuánto más fuerte sonaban los tambores de guerra en Europa, más cerca se sentía Metaxas de Gran Bretaña y de los Aliados. De nuevo, Metaxas acertaría, puesto que Grecia, como miembro de los Aliados, acabaría así en el bando de los ganadores, recibiendo, precisamente de Italia, las susodichas islas del Dodecaneso.
Todo ello se desencadenó después del estallido de la Segunda Guerra Mundial, de la cuál Metaxas procuró mantener a Grecia alejada. El 28 de octubre de 1940, no obstante, el ministro italiano en Atenas Gratzi le comunicó al Arhigos un inaceptable ultimátum de Mussolini, que había concentrado a sus tropas en Albania, a la espera de atacar Grecia.
Metaxas supo sintonizar con los sentimientos de su pueblo, y la historia cuenta que su única respuesta al ultimátum fue un tajante y enérgico «Okhi!» («No!», en griego), respuesta con la que ha pasado a la historia. Metaxas se dirigió poco después a la nación con estas palabras: «Ha llegado el momento de que Grecia luche por su independencia. Griegos, ahora debemos demostrar si somos dignos de nuestros antepasados y de la libertad que nuestros Padres nos dieron. Luchad por la Patria, por vuestras esposas, por vuestros hijos y por las sagradas tradiciones. Ahora, sobre todas las cosas, luchad!» (8).
Uno de los mayores éxitos de Metaxas en esas dificilísimas circunstancias fue el conseguir unir a toda la nación contra el enemigo, olvidando temporalmente las diferentes ideologías políticas. Así consiguió que militares de todo tipo político (realistas, venizelistas, nacionalistas, moderados e incluso comunistas) se unieran a la causa y, lo que es más, aceptaran someterse a su mando. Metaxas, que tenía una larga experiencia militar (había estudiado Ciencias Militares en Alemania, había combatido en la Guerra Greco-Turca de 1897 y se había convertido en héroe de guerra en las Guerras Balcánicas de 1912 y 1913), decidió así contestar las provocaciones de la Italia mussoliniana entrando en guerra.
En medio de un exacerbado sentimiento nacionalista que poseyó a todos los griegos, Grecia entraba así en el conflicto, de lado de los Aliados.
La resistencia griega fue formidable: «En pocos días, las fuerzas de ocupación italianas fueron devueltas a Albania en una cruzada por la liberación de lo que los griegos llaman Epiro del Norte, una área en el sur de Albania con una importante minoría griega. El espectáculo de David derrotando a Goliat levantó admiración en todo el mundo, y durante esta época Grecia e Inglaterra fueron los únicos países de Europa que resistían activamente a los poderes del Eje Fascista» (9).
Charles De Gaulle fue una voz más de las que por todo el mundo se deshicieron en elogios por la bravura del pueblo griego. En un comunicado coincidiendo con la fiesta nacional griega del Dia de la Independencia (25 de marzo), De Gaulle expresó su admiración por la heroica resistencia griega: «En nombre del atrapado aunque vivo pueblo francés, la Francia libre comunica sus saludos al pueblo griego, que lucha por la libertad. El 25 de marzo de 1941 encuentra a Grecia en la cúspide de sus heroicos esfuerzos y en la cima de su gloria. Desde la batalla de Salamina [la batalla de Salamina es la histórica batalla de la Antigüedad en que unos pocos miles de griegos derrotaron al inmensamente más numeroso ejército persa] Grecia no había conseguido la grandeza y la gloria que hoy tiene». El propio Hitler se desharía más tarde en elogios hacia el pueblo griego y su bravura, y llegaría a conceder a los militares griegos distinciones y privilegios que a ningún otro pueblo conquistado otorgó.
Aún hoy, el 28 de octubre, día de la invasión italiana, es una fiesta nacional en Grecia, y recibe el nombre de «Okhi Mera» (Dia del No), en referencia a la heroica y decidida respuesta de Metaxas al dictador fascista italiano.
Durante tres días, en las casas, las oficinas, las fábricas, las escuelas y los edificios públicos de toda Grecia cuelgan y ondean banderas griegas en recuerdo a esta gesta. Durante estos días, las emisoras de radio emiten patrióticas griegas, especialmente las de Sophia Vembo, que dieron fuerzas a los jóvenes griegos al luchar durante la guerra.
Fue precisamente durante la defensa del suelo griego contra el ejército de Mussolini que Metaxas murió. Su muerte fue un episodio muy misterioso, y ha levantado no pocas suspicacias y teorías entre los historiadores. Oficialmente, Metaxas murió de una manera natural. Pero lo cierto es que Gran Bretaña le presionaba para poder tomar tierra en Grecia y luchar contra Hitler, a lo que Metaxas se oponía una y otra vez, en su voluntad de mantener a Grecia como país estrictamente neutral. Su muerte supuso que heredara el poder Alexandros Koryzis, un hombre de personalidad débil al que los ingleses pronto doblegaron, consiguiendo que autorizara la entrada del ejército británico.
Evidentemente, las teorías que apuntan que Metaxas fue en realidad asesinado por el servicio de inteligencia británico para poder conseguir así entrar en Grecia no son pocas, y no mal fundamentadas. Más aún si tenemos en cuenta que, poco después de haber autorizado la entrada de los ingleses en Grecia, Koryzis se suicidó (oficialmente), también en extrañas circunstancias (10).
La etapa fascista en Grecia no acabó ni con la misteriosa muerte de Metaxas ni con el suicidio de Koryzis: el régimen siguió vivo combatiendo a los alemanes hasta Abril de 1941, cuando el general Tsolakoglou firmó la rendición de Grecia frente a la Wehrmacht. Hitler estableció un gobierno títere colaboracionista que obtuvo las riendas del poder hasta finales de 1944, cuando finaliza la ocupación alemana.