POPULISMO: ¿ESPEJO DE LA DEMOCRACIA?

Recientemente, en el programa de TV, SALVADOS, el periodista JordiÉvole entrevistaba al dirigente boliviano Evo Morales, inaugurando un Polideportivo en una zona pobre de Bolivia. En la imagen siguiente 2 niños bebían agua contaminada cercana al lugar. El periodista le preguntaba cómo era posible, en Europa o EEUU no se entendería, que se diera prioridad a un Polideportivo frente a la red de saneamiento o la de asfaltado del pueblo. El Presidente Evo le respondió que así lo habían querido los lugareños. Como el periodista, incrédulo, volvía a insistir, el Presidente repetía:” lo han querido así…..”. Es de suponer que alguna forma de consulta a los ciudadanos ha tenido lugar.
El asunto viene a colación de un artículo publicado en El Pais, en la Cuarta Página, el 9 de Abril, titulado “Populismo contra democracia”, del profesor de Derecho Constitucional Francesc de Carreras, en el que contrapone la democracia liberal y pluralista, vigente en España y Europa, aunque reconoce de pasada que no funciona bien, al populismo,que identifica como “degeneración progresiva de la democracia misma y,si llega a ganar unas elecciones, siempre intenta hacerse con todo el poder del Estado y cambiar las reglas del juego político para instaurar un sistema distinto que, probablemente, ya no pueda ser denominado democrático”. Por cierto, la candidata a la Alcaldía de Madrid, Esperanza Aguirre, dijo algo similar a esto último, con mayor dramatismo verbal, en versión reelectoral, referido a si ganara PODEMOS.
Dejo al margen las apelaciones al populismo entendido de forma negativa, constantes en los medios, resumidas en que todos los populismos «dicen lo que la gente quiere oir», o, sea, diagnóstico de los problemas de pobreza creciente de las clases medias endeudadas, de paro y precariado en los trabajadores, injusticia fiscal, desigualdad social, explotación diversa, emigración obligada, prevalencia de los mercados financieros sobre la política…., y que practicarían todas las fuerzas políticas en algún momento, aunque solo se diga de los populismos.
Es como si los ciudadanos fueran menores de edad o de inteligencia, y no quisieran oir lo que les pasa, sus causas, oyeran la descripción de su vida real por los políticos, y fuera suficiente para votarles, sin propuestas para comprometerles a que las acometan, y a que puedan ellos participar, con alguna asiduidad, para decir cómo resolverlo, con debates y portacionesas a los mismos, antes y después de las elecciones legislativas, regionales o municipales.
El populismo, en el artículo referido se presume, sin profundizar, en un sentido distinto, no negativo, es decir, como una identidad política, un constructo político y social, antagónico con la democracia liberal, que parte de su seno, eso sí, con el objetivo de destruirla
Pero, entonces ¿qué caracteriza al populismo distinto de la democracia liberal y que, para el profesor, es antagónico con ella?. No se sabe. Solo se supone que es distinto y se afirma, sin mas argumentos, que su sentido es totalitario. La vieja dialéctica, democracia, entendida como liberal, frente al totalitarismo. Solo existe, para esa forma de pensar, una democracia que se llama liberal. Todo lo demás es totalitarismo, fascista o comunista.
Los teóricos del populismo, Ernest Laclau y Chandal Mouffe a la cabeza, definen el populismo como una construcción o una identidad política, en la que se muestran las demandas insatisfechas, siempre presentes en cualquier sistema institucional que se construya como hegemónico, y se estabilice, incluido el propio populista, si llegara a hacerlo, y los antagonismos sociales, presentes y necesarios para hacer contrahegemonía. O sea, siempre hay demandas insatisfechas y siempre hay antagonismo que, como significantes vacíos o flotantes, tratan de llenarse, sin conseguirlo, de manera performativa, a través del discurso, del lenguaje, con los nombres del pueblo. Esa es la garantía democrática del populismo, que implica las libertades. Y es fundamental entender esto: sin aceptar antagonismo no hay democracia, sin expresión de demandas insatisfechas, tampoco. Por tanto, tampoco hay populismo.
No hay hegemonía totalitaria, como sí que ocurrió con el comunismo real, de las repúblicas del Este, en el siglo pasado, es decir, que totalice el sistema social y sus relaciones de fuerzas, quedando estas apagadas o reprimidas, subsumidas en una, el partido y su burocracia corrupta, en el Estado totalitario.
Por cierto, en el comunismo y en las democracias liberales de hoy, la economía determina la política, y los grupos económico-financieros determinan, con el capitalismo, el poder real. En algo se parecen. En el populismo no, al menos desde la teoría, es imperativo el dominio de la política sobre los otros sectores, incluido el económico, que se ve subordinado. No hay «determinaciones en última instancia de la economía», ni » democracia de los mercados «.
Ese sistema, o construcción social, que siempre tiende a la hegemonía de unas fuerzas sobre otras, ¿es obligadamente totalitario, absorbente de todos los antagonismos y negador de las demandas que no pueden sino estar satisfechas, una vez estabilizada dicha relación de fuerzas hegemónica?.
Para los teóricos del populismo, no es así, de forma clara. Al contrario, lleva inherente la democracia, es decir, que el nombre del pueblo sea plural, en distintas fuerzas sociales que lo expresan, en diferentes demandas que buscan, sin conseguirlo definitivamente, una que haga el discurso quivalencial, donde todas se vean reflejadas discursivamente, a pesar de las otras diferencias, que permanecen, y que arrive a la hegemonía, frente a otras, minoritarias.
Ahora bien, como señalaba Anton Costas en las páginas rosas de El Pais, existen populismos buenos y malos, el de Roosewelt, y el del canciller alemán Brunning, por citar 2 ejemplos respectivos, que él citaba.El primero, que identificó los problemas del pueblo americano en la crisis de la Gran Depresión, y con el New Deal se dió una solución, alejada de las politicas deflacionistas, y el de Brunning, que con sus políticas de austeridad, fue la antesala del nazismo. Ahora, también, parece que le damos soluciones políticas diferentes a la crisis del capitalismo, y sus recurrentes burbujas financieras especulativas, en América y en Europa.
¿Qué es lo que hace que los defensores de la llamada democracia liberal, tal como la conocemos, piensen que cualquier construcción teórica y práctica, en su seno, y con sus medios, que busque profundizar esa democracia, hacerla real, más igualitaria, mas participativa con los ciudadanos, se considere antagónica y se la adjudique el cliché totalitario? Pues, en mi opinión, que la igualdad formal en la que se basa, esconde los antagonismos, los conflictos, bajo la apariencia de que todos los ciudadanos somos iguales ante la ley y con los mismos derechos. No hay antagonismos, y si los hay, son menores, analizados, amortiguados y silentes, en las instituciones liberales, sobredeterminándolos.La uniformidad ideológica y de propuestas políticas de los partidos, en la democracia liberal, se ve hoy de manera clara, y es su inevitable consecuencia. Los mas importantes, tienden a garantizar y reproducir el poder económico-financiero, en las fases de crecimiento, y, en las crisis, como una catarsis para su dominación sobre los sectores populares.
No se acepta, que se pueda descubrir, bajo la igualdad de derechos que proclama, en sus Constituciones y en sus leyes, unas relaciones de dominación y explotación, entre grupos y personas, tan graves, que todo el sistema queda en evidencia, por las relaciones reales que el sistema económico capitalista, hoy y ayer, de distinta manera, ha impuesto bajo su manto, y que se manifiestan cristalinamente a los ciudadanos, en los momentos de crisis, cuando unas fuerzas, mayoritarias, son afectadas negativamente en sus vidas diarias, por otras, minoritarias, manteniendo su dominación sobre el conjunto.
La democracia liberal, tal como la conocemos, con los grupos de poder oligárquicos enquistados en los aparatos del Estado, en los partidos, y en la economía financiarizada, gestionan su dominación con la igualdad de derechos como emblema, constituyen su discurso performativo. Esos grupos minoritarios performan la realidad de manera que se pueda evitar su identificación dominadora bajo la apariencia de la igualdad y la libertad, en las que todos los ciudadanos creen hoy. Es una manera como otras en la historia de las dominaciones, es su ensamblaje jurídico y político.
En la economía dominan los mercados financieros y de deuda, concentrados en pocos que deciden las políticas para los ciudadanos y los colectivos, biopolíticamente, y con graves consecuencias para ellos, y para las soberanias nacionales, supuestamente democráticas, (¡atentos al ITTP que nos quieren imponer, sin debate, en el comercio y la inversión, poderes no democráticos, americanos y europeos), pero somos iguales ante la ley, por lo menos hay que hacerlo parecer.¡Si al menos, como especulaba Baudrillard, lo virtual estuviera separado de lo real, sin ninguna relación, sería un puro juego, y no afectaría a nuestras vidas!. Pura ilusión
Todo ello, contra lo que se viene luchando, en el 15-M, las diversas mareas verde, blanca.., marchas por la dignidad, contra los recortes, ERES…., ahora con Podemos y otras fuerzas, ¿quiere decir que el buen populismo tenga que suprimir las libertades de los ciudadanos, las elecciones al Parlamento, a la Jefatura del Estado, si las hubiera, a los municipios, a las regiones…a las instituciones, cada 4 0 5 años?. Para nada. Al contrario, debe ser su caldo de cultivo, sin ellas jamás conseguiría revertir la dominación que ejercen unos pocos sobre los sectores populares, ni mantendría las resistencias y las posibilidades de estos, en caso de desviación minoritaria, no democrática. Es más, deben llevarla en su práctica diaria como emblema y prueba de que su construcción hegemónica es legítima y legitimadora de las instituciones, que deben estar al servicio de los ciudadanos, y no utilizadas por unos pocos (la denominada casta u oligarquía), para sus intereses personales y minoritarios.
Muchas veces es lo contrario, cuando los sectores y capas populares consiguen afianzar su poder y construir una relación de fuerzas social y política que sea un problema para los sectores minoritarios que la ejercen sobre ellas, son estos los que se quitan la careta de la igualdad ante la ley, y de la libertad, y subvierten el orden liberal para perpetuar su dominación de otra manera menos formal y mas real. Lo performativo deja de jugar su papel. Los ejércitos y las fuerzas represivas, mediante la violencia física, son llamados a jugar un papel distinto, a su servicio. Hay casos en la historia de la modernidad liberal que así lo atestiguan. Los de mas edad recordarán el Chile de Allende, y otros antes, la República española. Pero no son únicas.
¿Cómo explican los defensores del liberalismo, tal como lo conocemos, insisto, que algunos partidos populistas desde su nacimiento, hagan elecciones primarias abiertas a todos los ciudadanos, para todos los puestos internos y de representación institucional, con votaciones por listas plancha, o por sistemas de voto ponderado, con correcciones de género en listas cremallera, como si llevaran haciéndolo una eternidad, utilizando los medios técnicos a nuestra disposición, hoy, y los partidos liberales del sistema, que tenían que practicarlas desde su nacimiento, porque se llaman liberales y demócratas, ni siquiera lo hagan ahora, que ven peligrar su hegemonía política parlamentaria, incluso, uno mayoritario, hoy, practique el dedo cooptador, desde la cúspide, sin ningún escrúpulo democrático?
¿Como explican los defensores del liberalismo político, que quieran ser independientes de poderes no democráticos, los financieros, calificados como sistémicos, como coartada para que la política atienda sus requerimientos económicos, sobre todo en momentos de crisis financiera, que previamente han creado, y, convertida en crisis de la Deuda, es decir, a pagar por todos, y financiarse con campañas de microcréditos, o de Crowfunding, entre los ciudadanos simpatizantes con sus ideas.?
El populismo bueno, afirmativo, sin complejos, retorno al título de este escrito, ¿espejo democrático en el que tendremos que mirarnos a partir de ahora, para cambiar la forma de hacer política desde la ciudadanía, y construir una hegemonía popular que mantenga y amplíe las libertades y los derechos individuales y sociales? Y ello, ¿a pesar del desprestigio del nombre que las oligarquías y sus medios estan consiguiendo demonizar para que no cale en la población?
La antinomia, hoy, querido profesor, ya no es democracia contra totalitarismo, sino democracia frente a oligarquía, dentro de la democracia liberal, casi única y general, al menos en Europa, y que nadie pretende subvertir. Salvando todas las distancias, que son impresionantes para nosotros, se entiende mejor la perplejidad de Jordi Évole cuando los ciudadanos de una localidad de Bolivia decidieron el Polideportivo frente al saneamiento de las aguas y el asfaltado de las calles. Decidieron ellos, no las élites dominantes, aunque no fuera la mejor decisión desde nuestra perspectiva.
Eugenio
TRES HORAS GENIALES
El día de Sant Jordi, además de regalar el libro de rigor a los allegados (a Rodri le tocó el Libro de las Fantasías) estuve en la sala verde de los teatros del Canal viendo un Hamlet. En esta ocasión uno muy especial, ya que lo representaba la compañía el Globe, del mítico teatro londinense, cuyo complejo constituye hoy un atractivo turístico al ser una reproducción exacta del original de 1.559, construido para representar las obras de Shakespeare.
La producción fue una puesta en escena fresca, sin ninguna atención escenográfica, muy jovial, con una exuberancia del lenguaje y los gestos, demostrando que no hace falta la imitación de la niebla, que nos llevó al castillo de Elsinor, centro de la clásica tragedia, simplemente con trapos y andrajos los gestos y la voz.
El 23 de abril de 2014 –el aniversario de los 450 años del nacimiento de William Shakespeare– Shakespeare Globe se embarcó en una gira mundial que durará dos años y los llevará a visitar todos y cada uno de los países del mundo con esta producción. Globe to Globe Hamlet, dirigida por el director artístico de Shakespeare’s Globe, Dominic Dromgoole, en una aventura teatral sin precedentes .Fue un privilegio ver a la pequeña compañía de actores y técnicos de todos los países.
La tradición en Inglaterra dice que nadie ha interpretado aún el papel de Hamlet perfectamente, y Wyspianski en un estudio se hace las siguiente preguntas: ¿debería ser un estudiante universitario? ¿Un príncipe que aspira a una corona? ¿Un filósofo? ¿Un talento artístico? ¿Un muchacho de primera juventud? …, El Hamlet que vimos estaba interpretado por un actor negro que al cabo de unos minutos yo le percibía por la forma de hablar, de declamar y de moverse por el escenario como unos de los mejores que he visto ( el José Luis Gómez me sigue pareciendo insuperable) La compañía estuvo genial en el asesinato de Gonzago.
EL FANTASMA DE LA LIBERTAD
El malentendido sobre HANNAH ARENDT
Cuando en 1961 se celebró en Jerusalén el juicio del líder nazi Adolf Eichmann, la revista The New Yorker escogió como enviada especial a Hannah Arendt, una filósofa judía de origen alemán exiliada en Estados Unidos. Arendt, que se había dado a conocer con su libro Los orígenes del totalitarismo,era una de las personas más adecuadas para escribir un reportaje sobre el juicio al miembro de las SS responsable de la solución final. Los artículos que la filósofa redactó acerca del juicio despertaron admiración en algunos (tanto el poeta estadounidense Robert Lowell como el filósofo alemán Karl Jaspers afirmaron que eran una obra maestra), mientras que en muchos más provocaron animadversión e ira. Cuando Arendt publicó esos reportajes en forma de libro con el título Eichmann en Jerusalén y lo subtituló Sobre la banalidad del mal, el resentimiento no tardó en desatar una caza de brujas, organizada por varias asociaciones judías estadounidenses e israelíes.
Tres fueron los temas de su ensayo que indignaron a los lectores. El primero, el concepto de la “banalidad del mal”. Mientras que el fiscal en Jerusalén, de acuerdo con la opinión pública, retrató a Eichmann como a un monstruo al servicio de un régimen criminal, como a un hombre que odiaba a los judíos de forma patológica y que fríamente organizó su aniquilación, para Arendt Eichmann no era un demonio, sino un hombre normal con un desarrollado sentido del orden que había hecho suya la ideología nazi, que no se entendía sin el antisemitismo, y, orgulloso, la puso en práctica. Arendt insinuó que Eichmann era un hombre como tantos, un disciplinado, aplicado y ambicioso burócrata: no un Satanás, sino una persona “terriblemente y temiblemente normal”; un producto de su tiempo y del régimen que le tocó vivir.
Lo que dio aun más motivos de indignación fue la crítica que Arendt dispensó a los líderes de algunas asociaciones judías. Según las investigaciones de la filósofa, habrían muerto considerablemente menos judíos en la guerra si no fuera por la pusilanimidad de los encargados de dichas asociaciones que, para salvar su propia piel, entregaron a los nazis inventarios de sus congregaciones y colaboraron de esta forma en la deportación masiva. El tercer motivo de reproches fueron las dudas que la filósofa planteó acerca de la legalidad jurídica de Israel a la hora de juzgar a Eichmann.
De modo que lo que esencialmente provocó las críticas fue la insumisión: en vez de defender como buena judía la causa de su pueblo de manera incondicional, Arendt se puso a reflexionar, investigar y debatir. Sus lectores habían esperado de ella un apoyo surgido del sentimiento de la identidad nacional judía y de la adhesión a una causa común, y lo que recibieron fue una respuesta racional de alguien que no da nada por sentado. En palabras de Aristóteles, en vez de limitarse a ser una “historiadora”, Arendt se convirtió en “poeta”.
Sus adversarios llegaron a ser muchos; el filósofo Isaiah Berlin no quería ni oír hablar de ella, y el novelista judío Saul Bellow afirmó que Arendt era “una mujer vanidosa, rígida y dura, cuya comprensión de lo humano resulta limitadísima”, aunque otra conocida escritora, Mary McCarthy, publicó en Partisan Review un largo ensayo en apoyo de Eichmann en Jerusalén. Así, el libro de Arendt generó en los sesenta toda una guerra civil entre la intelectualidad neoyorkina y europea.
En vez de defender incondicionalmente, como buena judía, la causa de su pueblo, debatió, investigó, reflexionó
Ahora, medio siglo después de la primera polémica, la realizadora alemana Margarethe von Trotta ha ofrecido al público su películaHannah Arendt, que ha despertado una nueva ola de reacciones contra el tratado de la filósofa. Lejos de ser un documental sobre Arendt, esta “película de ideas”, que se estrenó en mayo en Estados Unidos y en junio en España, enfoca el caso Eichmann sirviéndose de escenas de su juicio en Jerusalén, extraídas de los archivos. Otra vez en Estados Unidos y en Europa se ha despertado una polémica, aunque más respetuosa con la filósofa, la cual, a lo largo de las décadas, ha ido cobrando peso.
La mayoría de los participantes en el debate actual sostienen que, en la “banalidad del mal”, Arendt descubrió un concepto importante: muchos malhechores son personas normales. En cambio, según ellos, Arendt no supo aplicar adecuadamente ese concepto. Según lo expresó Christopher Browning en New York Review of Books: “Arendt encontró un concepto importante pero no un ejemplo válido”. Elke Schmitter argumenta en el semanario alemán Der Spiegel que “la actuación en Jerusalén fue un exitoso engaño”, y que Arendt no llegó a entender al verdadero Eichmann, un fanático antisemita. Alfred Kaplan ha escrito en The New York Times que “Arendt malinterpretó a Eichmann, aunque sí descubrió un gran tema: cómo las personas comunes se convierten en brutales asesinos”. Todos los críticos —y hay muchos más que los citados— invocan los documentos hallados sobre Eichmann tras la publicación de Eichmann en Jerusalén y las investigaciones posteriores, y afirman que Arendt en su época los ignoraba y debido a ello malinterpretó a Eichmann.
El problema es que —y aquí subyace el primer malentendido— Arendt sí conocía, al menos parcialmente, esos materiales, y su tratado los tuvo muy en cuenta. Dichos documentos provienen de la estancia del jerarca nazi en Argentina, antes de que allí le capturaran los servicios secretos israelíes: se trata de sus memorias y apuntes, además de una entrevista. A partir de esos materiales, diversos estudiosos han publicado en los últimos años nuevos ensayos sobre Eichmann y, por lo general, le dan la razón a Arendt en el hecho de que Eichmann no era un maniático que odiaba a los judíos, sino un hombre común. En cambio, esos historiadores le echan en cara a Arendt su idea de que Eichmann meramente obedecía órdenes.
Logró poner de manifiesto que el mal puede ser obra de gente corriente, de las personas que renuncian a pensar
Y aquí está el segundo malentendido: la filósofa nunca sostuvo que Eichmann se limitara a obedecer órdenes. En su libro, Arendt resaltó la rebelión de Eichmann contra las órdenes de Himmler quien, al aproximarse la derrota, recomendó un mejor trato a los judíos, mientras que Eichmann “se esforzó por hacer que la solución final lo fuera realmente”, escribió Arendt. La filósofa dibujó un minucioso retrato de Eichmann como un burgués solitario cuya vida estaba desprovista del sentido de la trascendencia, y cuya tendencia a refugiarse en las ideologías le llevó a preferir la ideología nacionalsocialista y a aplicarla hasta el final. “Lo que quedó en las mentes de personas como Eichmann”, dice Arendt, “no era una ideología racional o coherente, sino simplemente la noción de participar en algo histórico, grandioso, único”. El Eichmann de Arendt es un hombre que, engañándose y convenciéndose a sí mismo, está persuadido de que sus sangrientas acciones manifiestan su virtud.
Muchos ensayistas y comentaristas no han entendido y siguen sin entender las ideas de Arendt porque no han leído su libro, o lo han leído bajo la influencia de los comentarios anteriores. Por eso el malentendido sobre Eichmann en Jerusalén no acaba de disiparse y Hannah Arendt se ha convertido en una autora de la que se habla mucho, pero a quien leen pocos.
Sus ideas siguen molestando hoy como lo hicieron hace cincuenta años. Nada en la historia es blanco y negro, y los análisis de Arendt despiertan la animadversión de los que prefieren explicárselo todo con esquemas simples que no permitan la duda ni obliguen a reflexionar sin fin. Por ello es más preciso que nunca ir a la fuente y leer a Hannah Arendt, porque ella puso de manifiesto que el mal puede ser obra de la gente común, de aquellas personas que renuncian a pensar para abandonarse a la corriente de su tiempo. Y eso es válido también para los tiempos que vivimos.
Monika Zgustova es escritora. Su última novela es La noche de Valia (Destino).
