Estuve en la librería Central en la presentación del libro de Alberto Manguel: “Una historia natural de la curiosidad” de Manguel he leído casi todo, desde historia de la lectura, hasta el sueño del rey rojo .En esta ocasión el libro trata de resolver las principales preguntas que nos hacemos y su resolución a través de la Divina Comedia, libro maravilloso que descubrió a los sesenta años y del que no ha dejado de leer un canto cada día por la mañana, recomendación que yo humildemente también recomiendo.
Se cumplían veinte años de la muerte del poeta Ángel Crespo, traductor importante de la Comedia al castellano, le pregunté que le parecía la traducción de Crespo y la respuesta que me dio fue contundente: “No hay poeta en castellano que haya traducido bien a Dante”. La Comedia posee una generosidad majestuosa, que no veda la entrada a nadie que intente cruzar sus umbrales .Lo que cada lector encuentre allí es otro asunto.
Hoy comenzamos con el diseño de una nueva página, esperamos que después de unos días de prueba sea un instrumento útil para la participación y el debate.
Si hay algo verdaderamente llamativo en este libro de poemas, en su poesía, es su sinceridad. Cómo nos va calando para hacernos cómplices, para que nos rindamos a una evidencia: ese mostrase abiertamente, sin tapujos. El recorrido emocional apoyado primero en una experiencia personal que cuando se poetiza, lejos de adquirir un distanciamiento, se nos hace cercano, asimilable, tranquilizador.
Desde la calma y el sosiego se ha escrito este libro, ordenado con paciencia poética. Todo un cúmulo de preguntas, de dudas, de verdades sin constatar, de ansiedades, de respuestas ambiguas, de tristezas que acaban siendo alegrías y viceversa.
De contradicciones que se manifiestan de un poema a otro, de un verso a otro, de réplicas, de sarcasmos. Desde la opinión más ancestral y soberbia del ser humano hasta el deseo más mezquino, desde la convicción de la insignificancia y desde la conformidad para aceptarse como un ser incompleto.
Y como no podía ser de otra forma en este recorrido poético, el tiempo es el protagonista, el paso del tiempo, al cual el poeta intenta anular con el único ingenio que le ha sido dado: la palabra. Pero también con la certeza de su sentir más común: la improbabilidad de conseguirlo.
POEMA
VII
A fin de cuentas serás tú quien tenga que hacer
la próxima pregunta. Nadie lo hará por ti. Nadie.
También se plantea la opción de enmudecer
hasta que llegue la hora de la gran masturbación.
Qué bello eufemismo. Tu reloj biológico atrasa.
Las heridas más profundas que te hicieron
son las que cicatrizaron antes. Quedaba
por saber si la intuición serviría para guiarse
en la niebla, y no, el resultado fue el previsto.
Pero el trayecto, me dijiste, fue hermoso,
arriesgado, tanto que no lo cambiarías por nada.
Poema del libro El botín de los años inútiles
El libro lo podéis comprar en Librería «Lauviah» en la calle peatonal de San Lorenzo del Escorial. Editorial Círculo Rojo
Aydin, su esposa Nihal y su hermana Necla viven atrapados en su hotel, en plena estepa de Anatolia. Es un lugar hermoso por su singularidad y por una nieve que todo lo cubre pero que también parece impedirles cualquier relación sincera y afectuosa. Entre ellos y con el vecindario hay cortesía y buenas maneras, pero la procesión va por dentro y no tardan en salir a flote reproches y rencores ocultos. En su interior, viven una especie de duelo silencioso entre la conciencia y el orgullo, entre la moral de grandes intenciones y las realidades más mezquinas. Los dobles sentidos en los comentarios alternan con las humillaciones recíprocas, y el cinismo no deja lugar al perdón. Todo es hermoso en la superficie, pero todo está podrido… y sin embargo, no pueden escapar a esa soledad y parecen condenados a permanecer en ese entorno de ocio y ensimismamiento. Ese es el panorama que Nuri Bilge Ceylan retrata en «Winter sleep (Sueño de invierno)» adaptando tres obras de Chéjov, y esa es la pesadilla de una noche de invierno que produce monstruos de infelicidad.
Los primeros planos nos advierten que estamos ante una película de estética cuidada, con fotografía y planos que recogen imágenes cargadas de valor simbólico. Nada sobra en una cinta que se atreve con Chéjov para trazar una radiografía inmisericorde de la condición humana. Todo tiene su sentido y clara intención, y cada vuelta de tuerca reafirma la energía de un orgullo que impide manifestar los sentimientos, la inoperancia de una moral de altos vuelos y brillantes peroratas pero que no es capaz de enfrentarse con uno mismo. La cultura y perspicacia de Aydin no son suficientes para abrir el corazón de los suyos, y en cada intervención se adivinan intereses ocultos cuando no actitudes acusadoras. Todo es complicación y justificación en un hombre acostumbrado a imponer su opinión, y nada escapa a su mirada calculadora y desconfiada. A su alrededor, la frialdad del paisaje no es más que el reflejo de unos corazones secos y amargados. Y es que el cinismo y la soledad han ganado la batalla al deseo de ampliar horizontes y dejar entrar aire fresco. Todo se convierte en una pesadilla para estos presos de la Anatolia, refugiados en su compasión y fracaso, perdidos en la monotonía y aburrimientos cotidianos.
El trabajo que Nuri Bilge Ceylan se presenta como una pieza de relojería que avanza con lentitud pero con precisión. No tiene prisa por construir caracteres ni relaciones, ni por levantar barreras entre clases sociales o dejar que las verdades afloren por la boca de indignados o borrachos. Todo se acaba sabiendo, aunque el director exige al espectador paciencia y esfuerzo porque la cinta es muy densa y discursiva, pesimista y nada complaciente. Sus matizados y profundos diálogos llegan cargados de sabiduría, y el uso de la palabra se convierte en dardo envenenado o en juego de dialéctica con el que vencer al adversario. Al espectador se le pide atención y reflexión, voluntad para comprender a unos personajes complejos y capacidad para abstraer y elevarse hasta vislumbrar una naturaleza humana dañada. Pero esa hondura antropológica y el oficio con la cámara que demuestra Ceylan hacen que merezcan la pena las tres horas largas de duración, porque estamos ante una obra maestra que se llevó la Palma de Oro en Cannes.
Todo lo dicho se completa con unas interpretaciones a la altura del lugar y del tema. Tanto Haluk Bilginer, Melisa Sözen, Demet Akbag o cualquiera de los secundarios hacen trabajos contenidos y austeros, con diálogos ajustados a su condición y prolongados silencios en los que es la mirada quien habla. Ellos son como el paisaje que habitan y como la propia realidad que viven: duros y agrestes, poco dados a abrir su intimidad o a entregar su libertad. Viven un sueño de invierno que parece no tener término y que amenaza con terminar por congelarles el corazón, entre tanta palabrería, buenas intenciones y nulas realidades. Están paralizados en una guerra soporífera entre la conciencia, el orgullo y la compasión, en la que quieren irse y quedarse a la vez, en la que desean comprar la dignidad con unos billetes, en la que quieren ayudar o predicar la verdad pero subidos al pedestal del engreimiento.