06 PM | 19 Mar

TIMBUKTU

Al terminar ayer de ver la película TIMBUKTU, te quedas pegado a la silla y no te vas hasta que no terminan los títulos de crédito, a la espera de que te digan los lugares donde está rodada y la música que se canta. Las bellas imágenes no parecían contar la brutalidad del fanatismo en nombre de dios. La historia se desarrolla en Mali, país del director Adderrahman Sissako y cuna de culturas milenarias.

Ahora que se acerca la Semana Santa, no estaría mal recordar a nuestros jóvenes que aquí, sin turbantes ni desiertos, teníamos que oír obligatoriamente el sermón de las siete palabras, se cerraban todos los cines, se hacían visitas obligadas a las “estaciones”, en fin, el nacionalcatolicismo nada tiene que envidiar a las prohibiciones de fumar,  y escuchar música que imponían los fanáticos yihadistas en Tombuctú.

En las primeras imágenes se ve a una gacela huyendo de unos cazadores, pronto el jefe de los yihadistas que la persiguen montados en un vehículo grita “no la matéis, cansadla”. No será demasiado difícil, nos dicen en la hoja de sala, hacer símiles entre la gacela perseguida y una población a la que se le prohíbe todo: la música, el tabaco, los juegos, sentarse delante de sus casas, sus señas de identidad, su cultura. Los niños juegan al futbol sin balón…, cualquier método es válido para seguir viviendo.

No os la podéis perder, ir rápido a la cartelera, seguro que dura poco en cartel, las buenas películas que no están ligadas a lo anglosajón suelen tener un destino corto.

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12 PM | 18 Mar

POR QUÉ TENIA MARX RAZON

Una vez transcurridos ciento treinta años desde la muerte de Karl Marx (1818-1883) y más de veinte desde el histórico derrumbamiento del comunismo, la utopía que él alumbró y que constituyó el más poderoso movimiento político e intelectual del mundo contemporáneo, muchos son ahora los que se acercan a su monumental producción intelectual con el objeto de hallar claves para entender lo que está sucediendo. A diferencia de la escasa emoción que suscitó la celebración del primer centenario de la muerte del revolucionario filósofo alemán, parece que ahora se ha despertado un considerable interés por las ideas del barbudo de Tréveris y que ha llegado el momento de estudiarlas con nuevos ojos y de revisar objetivamente sus conquistas y fracasos. Las cosas han cambiado, ciertamente, y la crisis sistémica global, que desde 2007 causa estragos en la economía mundial y en la vida cotidiana de tanta gente (sobre todo, de los sectores más vulnerables de la sociedad, pero no sólo), ha transformado los términos del debate. En este contexto, el término «capitalismo», evitado por muchos hasta hace poco (que preferían emplear eufemismos como «economía de libre mercado» y otros similares), se ha vuelto moneda corriente. En estos tiempos en los que las contradicciones del sistema se agudizan y el capitalismo se muestra en toda su crudeza, quizás sea la ocasión propicia para leer o releer al más penetrante y sagaz crítico de dicho modo de producción. El pensamiento de Marx se nos ofrece como un pensamiento vivo capaz, si no de influir decisivamente en el curso de los acontecimientos, sí de interpretarlo y de orientar la acción política.


De esta opinión es, en todo caso, Terry Eagleton (Salford, 1943). Este afamado crítico literario inglés, además de respetado profesor de Teoría Cultural de la Universidad de Manchester, ha perseguido a lo largo de su dilatada carrera la configuración de una serie de versiones remozadas de la crítica materialista, propósito que, de momento, ha culminado en la redacción dePor qué Marx tenía razón. Este libro parte de una prometedora confesión, tan diáfana como su propio título: “Yo mismo tengo mis propias dudas acerca de algunas de las ideas marxianas y creo que este libro lo pondrá suficientemente de manifiesto. Pero la verdad es que Marx tuvo la suficiente razón a propósito del suficiente número de cuestiones importantes como para que llamarse marxista pueda ser una descripción razonable de uno mismo” (p. 11). A partir de esa confidencia, nuestro autor se lanza a una decidida defensa del pensamiento de Marx y de su vigencia en estos tiempos significado por el predominio del neoliberalismo, además de por la ya señalada devastadora experiencia de una de las mayores crisis padecidas por el capitalismo. Eagleton se cuida mucho ciertamente de presentar el marxismo como una suerte de panacea universal, pero aunque cree que precisa de análisis complementarios que lo adapten a las condiciones actuales, apenas deja espacio para la distancia crítica.

El libro de Eagleton no esquiva la controversia, sino que más bien la busca, como corresponde a un texto de combate. Una muestra suficientemente elocuente: “Quienes acusan [al marxismo] de obsoleto son los adalides de un capitalismo que está retrocediendo rápidamente hacia niveles victorianos de desigualdad” (p. 16). O esta otra: “En realidad, en un cierto sentido paradójico, el estalinismo, lejos de desacreditar la obra de Marx, es prueba de su validez” (p. 33). Para argumentar esto nos trae aquí a la memoria que la revolución rusa sucedió fuera de los planteamientos marxistas: Marx consideraba completamente imposible la revolución socialista a partir de sociedades precapitalistas o de escaso desarrollo capitalista. Por lo demás, Marx era también de la opinión de que no era factible que el socialismo triunfase en un solo país (en contra de lo que luego sería la tesis auspiciada por Lenin). Su consecución se lograría tan sólo mediante una marea internacionalmente acompasada. Más que un fracaso de las capacidades hermenéuticas y predictivas del marxismo, lo que explica su paulatino declive en las últimas décadas es la “sensación de impotencia política” que ha cundido entre muchos de sus antiguos seguidores ante la aparente fortaleza del capitalismo (p. 20).

Eagleton cifra la originalidad de Marx en la idea de la lucha de clases como motor fundamental de la historia humana (cap. 3). De ahí hace derivar la siguiente definición: “en esencia, el marxismo es una teoría y una práctica del cambio histórico a largo plazo” (p. 47). Una filosofía de la historia que, según una extendida opinión, no deja de ser harto problemática: “Uno de los fallos evidentes de ese modelo es su determinismo. Nada parece capaz de resistirse al avance inexorable de las fuerzas productivas. La historia se desarrolla con arreglo a una lógica interna inevitable” (p. 54). Y un problema no menor derivado de esta posición sería que “el determinismo histórico invita al quietismo político” (p. 56). Eagleton niega, sin embargo, la mayor: “No existe prueba alguna de que Marx sea en líneas generales un determinista, entendido como alguien que niega que las acciones humanas sean libres” (p. 61). Pero acepta matices: “Es posible, pues, que Marx no sea un determinista en general, pero son muchas las formulaciones presentes en su obra que transmiten una sensación de determinismo histórico. […] No está claro de qué modo encaja este austero determinismo con el papel central otorgado por el propio autor a la lucha de clases” (p. 63).


Por qué Marx tenía razón
finaliza con una pregunta retórica: “¿Ha habido alguna vez un pensador más caricaturizado?”. A lo largo de todo el libro el lector encuentra numerosas razones para poder pensar que al filósofo de Tréveris le corresponde tan dudoso honor. El autor inglés nos recuerda el contenido de las más notorias descalificaciones formuladas de las que ha sido destinatario el pensamiento de Marx, por más que muchas de ellas tergiversen profundamente sus ideas, caricaturizándolas hasta hacerlas irreconocibles. A sabiendas de que su pensamiento no estaba muerto, aunque el comunismo realmente existente casi lo mata, sus apresurados sepultureros se ocuparon de echar sobre su tumba varias toneladas de tópicos para intentar desacreditarle definitivamente. Eagleton se adentra en ese amasijo de objeciones -en donde caben no sólo las de carácter conservador o reaccionario, sino también las liberales e incluso las provenientes de la izquierda postmoderna- y selecciona diez núcleos críticos. Cada capítulo de su libro está dedicado precisamente a desmenuzar y rebatir una por una esas diez negativas apreciaciones. En concreto, éstas son las tesis contra el marxismo por las que Eagleton se interesa: 1. Está acabado. 2. Tal vez esté muy bien en teoría, pero siempre que se ha llevado a la práctica se ha traducido en terror, tiranía y asesinatos en masa. 3. Es una forma de determinismo. 4. Es un sueño utópico. 5. Lo reduce todo a la economía, es una suerte de reduccionismo económico. 6. Marx era un materialista. 7. Nada hay más obsoleto en el marxismo que su tediosa obsesión por la clase. 8. Los marxistas abogan por la acción política violenta. 9. El marxismo cree en un Estado todopoderoso. 10. Los movimientos radicales más interesantes de las últimas cuatro décadas han surgido fuera del marxismo. Las réplicas que el autor dispensa a estos argumentos antimarxistas son bastante dispares: algunas son muy elaboradas y concluyentes y otras menos rigurosas y exhaustivas. No obstante, Eagleton cumple el objetivo que se propone: proporcionar argumentos para corregir la imagen distorsionada del marxismo a causa de tantas décadas de furibunda propaganda en su contra.

Sin pretender dar cuenta aquí de todas las sesudas refutaciones formuladas por Eagleton, sí que cabe apuntar, a título de ejemplo, algunos de sus argumentos. A nuestro autor le preocupa, de una manera especial, desmontar el presunto carácter no democrático de las prácticas políticas inspiradas en el marxismo. Su estrategia pasa, en primer lugar, por desmentir el carácter realmente democrático de los Estados habitualmente reconocidos como tales. Y, en segundo lugar, por alegar las convicciones más arraigadas de Marx: “El propio Marx inició su carrera ideológica siendo un demócrata radical y acabó convertido en un revolucionario al darse cuenta de la inmensa transformación que haría falta llevar a cabo para implantar una democracia genuina. Es desde su vertiente de demócrata desde la que desafía esa autoridad suprema del Estado. Marx es un creyente demasiado entusiasta en la soberanía popular como para contentarse con ese pálido atisbo de la misma que conocemos por el nombre de democracia parlamentaria” (p. 192). Marx tenía, pues, una elevada noción de la democracia, que equiparaba al “autogobierno real, y no a un gobierno confiado a una élite política” (p. 193). Su afán no era sino completar las ideas revolucionarias de 1789 mediante una segunda ola democratizadora que se hiciera cargo de los conflictos de clase que fueron orillados entonces. Conviene aclarar, en este sentido, que la denostada «dictadura del proletariado» preconizada por él no tendría otro sentido, en principio, que “sencillamente el gobierno de la mayoría” (p. 196). Eagleton enfatiza además el carácter abierto de la teoría política de Marx, en cuyos escritos no se facilita ninguna guía concreta de uso práctico acerca de problemas tales como la naturaleza de la socialización de la economía o las disposiciones para planificarla. Esto, lejos de ser un déficit, ha de ser entendido como un factor de apertura que facilita la dinámica del juego democrático.


En sus pormenorizadas respuestas a las mencionadas objeciones, Eagleton presenta a Marx como alguien caracterizado por una apasionada fe en el individuo, una honda suspicacia hacia todo dogma abstracto y una gran desconfianza hacia la institución del Estado. Supo reconocer las conquistas clave de la sociedad burguesa como las libertades individuales o los derechos civiles o de ideas revolucionarias como las de libertad, autodeterminación o desarrollo personal, de las que fue un convencido adalid. Prestó especial atención a la economía, pero con un objetivo claro: analizar y disipar su impacto negativo en la suerte de los seres humanos.
Se empeñó así en la ingente empresa de dotar la acción revolucionaria de fundamentos científicos. Trataba no sólo de entender el mundo, sino también de desarrollar al mismo tiempo una estrategia para cambiarlo. En cualquier caso, su obra revolucionó en su momento la filosofía, la economía, la sociología, la historia y la política tanto teórica como práctica.

Tras la caída de la mayoría de los regímenes comunistas erigidos durante la pasada centuria, que lastraban su credibilidad, pese a la lejanía que su praxis mantenía con la teoría propuesta, nada impide que Marx pueda ser reivindicado como un pensador para el siglo XXI. En las décadas finales del siglo XX su legado intelectual entró en evidente recensión –tanto teórica como práctica– y algunos se apresuraron en declarar solemnemente la definitiva muerte de Marx. Aún reconociendo que ciertos elementos de su teoría han quedado obsoletos, Eagleton nos muestra, por ejemplo, que no ha perdido ningún ápice de relevancia su perspicaz análisis del modus operandi del capitalismo, con una dinámica global siempre en expansión y concentración, generando «contradicciones» internas que acaban provocando crisis cíclicas y autotransformaciones para intentar superarlas. Frente a cosificaciones interesadas, Marx contemplaba –y ello se muestra con claridad en el Manifiesto comunista– el modo de producción capitalista como no permanente ni estable, sino como una fase temporal en la historia de la economía, de modo que, por tanto, su propio futuro está en entredicho. ¿Quién se atreverá hoy a contradecirle?

Pese a las matizaciones que se ve obligado a introducir a lo largo de su exposición, Eagleton ha logrado elaborar un texto didáctico (visible tanto en la organización de los capítulos como en la breve introducción que antecede a cada uno de ellos, en donde se señalan las principales objeciones contra el marxismo), pero no por ello exento ni de profundidad ni de originalidad. Apasionado y satírico, además de pertrechado de paciencia, sale al paso de las múltiples ridiculizaciones de las que ha sido objeto la teoría marxista. El estilo narrativo es ágil, además de claro. En este sentido, es de agradecer que haya prescindido del lenguaje encriptado del que hacen gala tantos marxistas y que impide que muchas ideas puedan ser empleadas directamente como materia argumentativa en los debates públicos. No es éste el caso. El tono empleado por el autor no es nada pedante, sino ameno y con frecuencia aderezado con la fina ironía inglesa.

Marx ha pasado de ser un autor literalmente intempestivo hasta hace apenas unos años a ser un autor realmente imprescindible para entender el presente. Como bien proclamaba el historiador Eric Hobsbawm en la frase final de su postrero libro (Cómo cambiar el mundo: Marx y el marxismo 1840-2011, Crítica, Barcelona, 2011), “ha llegado la hora de tomarse en serio a Marx”. Eagleton logra pertrecharnos de suficientes argumentos para proceder a ello.
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08 PM | 17 Mar

VERTIGO IDÓNEO

CHEMA GOMEZ HONTORIA

 

 

POETA DE SAN LORENZO

 

 

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prólogo de Tony Cantero

En el bregar incesante sobre las cuerdas de las letras, muchas veces nos encontramos personajes que viven sus vidas conjugándose con estas. Buscando en ellas respuestas a sus dilemas y asfixias, contestando las cuestiones más intimidas de sus existencias, invocando, patinando, crujiendo y andando de una temporada a otra, de la misma manera en que cambiamos de la niñez a la adolescencia y vamos de esta a la adultez de la experiencia, que en nuestras memorias queda. Ya que por sobre todas las cosas, se la pasan desbordando tinta sobre hojas rotas y recomponiendo historias redentoras, que le anulan al pasado sus derrotas y dan a sus presentes, la piedra angular de sus montañas de historias. Y entre frases los leemos en zapatos por sus moradas, con sus perros, sus gatos y durante sus actos más osados. En estampas por las playas amando sirenas desnudas, por las ciudades con sus farolas que vislumbran aventuras de ultratumba. Y hasta con el castellano, camuflado de inglés por el flanco y de francés si es que hay que halarlo, lo encontramos tras capítulos y sin rebuscarlos, en retratos bien logrados y puestos al marco.

– Y de alguien como tal me dispongo a hablarles un rato, buscando a encontrarle el vértigo al Letrado.

Chema Gómez Hontoria, nos predice entre mareos, “La sombra”, la que nos mira y abraza, la que nos mima y nos salva, la que no respira y la que espera, si no mengua. Y se eterniza en unos segundo cual Homero, en ser digno, para despojar a humanos y a medios dioses de sus rezagos y apariencias, alegando que no es de locos decir que no a la guerra en un poema. Habla con ellos y a veces con nosotros, con sus lectores de sedimentos no agotados, por la esperanza que da el verso, por la energía que da al cerebro el pensamiento; y por la velocidad de crucero con la que podemos leerlo. Y va de un metro al otro, recorriendo centímetro a centímetro el conocimiento adquirido comprendiendo los secretos existenciales, por causa de los cuales,  muchas veces descendemos hacia el suelo cual objetos. Y nos adentra en el por qué, que suponemos, tirándonos un tal vez podamos ser buenos, si adentramos en nuestros problemas para solucionarlos. Solo suposiciones, nada de moralidades, nada blanco, nada negro y nada neutro. Solo lo que al fin y al cabo necesitamos los mortales, un libro de cuentos lleno de textos mundanos acertados.

‒ VÉRTIGO IDÓNEO, es un pequeño compendio de letras vivas con las cuales el autor, Chema, nos lleva de la mano por la incertidumbre sentimental del día a día. Que con su poco más de media centena de páginas, aclarará vuestras miradas y pensares con sonrisas, con deseos, con recuerdos de actos y de los efectos y defectos que estos nos causan al ser explorados, de manera corta; ¡pero no efímera! Amarán y odiarán a la vez las tramas de los cuentos que nos perfila, se encontrarán en ellos y se saldrán de la consulta sin codicia ni rencillas, huirán del qué dirán y de la rutina, regalarán y se darán sin perder prisa a sus reflexiones y a sus rimas. Es un libro repleto de sensaciones intrínsecas tan naturales como las de la propia vida, pero igualmente tan palpitantes cómo el latir de un corazón, que cual barco hace agua en las orillas de la estima.

Este libro nos atrae a una rara invasión de puntos, comas y comillas que entre palabras se hilvanan creando estrofas compactas y decididamente meditadas, ya que las ideas aparecen dichas de la misma manera en que ahora podría usted decirme, que allá afuera el sol brilla y que en el puerto zurean las golondrinas. Que una Dama de poesía es siempre linda, que las brujas con sus escobas nunca limpian; y que la virginidad es devota de las cintas que portan las almas desvestidas. Es incluso más fácil de entender que las metáforas liricas que utilizo para describir lo que leyéndolo me inspira, o el ritmo intenso en que de una página pasará a otra, sin darse cuentan que, los pasajes se terminan, mucho más rápido que si leyera la biblia. La transformación subjetiva del artista, lo llevará, de la calma prepositiva hasta la dicha, sin medias tintas.

– Y recordará, que no por vertiginosa, la inteligencia humana dej

 

a de ser impresionante. Y a la vez recobrará el equilibrio, al apoyar vuestros puntos de vista en la realidad que habrá entendido leyendo.

‒ VÉRTIGO IDÓNEO de Chema Gómez Hontoria, es sin duda una experiencia literaria conveniente y apta para ser ojeada cada vez que una duda le afluya al alma, un libro, para ser dejado sobre vuestra butaca.

Poeta/EscritorTony Cantero Suárez

[Desde el otoño parisino, nueve de noviembre del 2013]

 

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02 PM | 16 Mar

Copia certificada

Para esta forma de hacer y ver cine al que nos están acostumbrando, basada en un ritmo endiablado de imágenes, que apenas nos permiten prestar debida atención a lo que sucede en la pantalla, y diálogos cortantes y telegráficos, una cortesía del imperialismo americano agónico que tiene armas culturales de destrucción masiva, una película como Copia certificada puede resultar una rareza exótica, como lo podía ser, en una dimensión totalmente distinta, La cinta blanca de Michael Haneke, por poner un ejemplo cercano. ¡Vaya antigualla supone rodar cine para el intelecto en plena eclosión de los efectos visuales y el 3D!

Hay directores errantes que no tienen más patria que el celuloide, universales ? Polanski, el judío polaco casi apátrida, podría ser un perfecto paradigma ?, un club de artistas que ruedan en cualquier idioma y geografía porque sus imágenes son universales. El cineasta iraní Abbas Kiarostami parece que se ha convertido en uno de ellos, aunque no sabemos si por convicción o por obligación. Tras una carrera de enorme prestigio internacional, iniciada en su país de origen (A través de los olivosEl sabor de las cerezas), cuna de sensibles cineastas que tienen que hilar muy fino para no irritar a la censura, su brújula creativa le lleva a Italia, a la Toscana, para localizar su última y bellísima historia. ¿Exilio cultural huyendo de la insoportable y brutal dictadura teocrática que rige su país?

El argumento de Copia certificada no puede ser más simple: un distinguido escritor inglés presenta su último ensayo titulado Copia certificada, mirada irónica sobre el excesivo valor que se otorga a los originales en el arte, por su valor único, frente a la fidedignas copias que, a veces, lo son de forma obsesiva. Entre los asistentes a su erudita charla, una galerista francesa, en  compañía de su inquieto hijo, que invita al autor del libro a un recorrido turístico por algunos bellos paisajes de la Toscana antes de que tome el último tren de las 9 y desaparezca. A las discusiones entre ambos sobre el valor de las obras de arte originales y sus copias, que discurren dentro de una exquisita cordialidad,  se suceden las disquisiciones sobre el matrimonio cuando ella se hace pasar por su esposa en una cafetería para complacer a su dueña y no hacerla salir de su equívoco. Y como pareja impostada, o no ? y ahí está el mérito de la película, su prodigiosa ambigüedad, el que en un momento determinado el espectador crea esa ficción fabricada por ella y que él sigue, o piense que ambos dramatizan las experiencias de sus fracasados matrimonios? discuten de forma agria y apasionada sobre la viabilidad de la pareja y la duración e intensidad del amor que se desgasta con el tiempo.

Abbas Kiarostami construye un drama intenso con la única presencia de dos actores excepcionales, Juliette Binoche (premio a la mejor actriz en el Festival de Cannes) y el desconocido William Shimell, ambos espléndidos en su recital, y una puesta en escena minimalista. Copia certificada se aproxima más al ensayo  cinematográfico, no en la aceptación de experimento fílmico sino a lo que se entiende en literatura, que a la ficción narrativa. Es una película totalmente discursiva, que fluye con la misma suavidad que el paisaje toscano en la que está rodada y obliga al espectador a tomar parte en ese duelo sobre los sentimientos amorosos que centra las tres terceras partes de la película.

La sombra de Antonioni, puesto que Kiarostami puede muy bien considerarse un seguidor del realizador milanés, es alargada y el Festival de Cine de Valladolid demuestra ser uno de los más rigurosos al conceder a esta película extraordinaria, con todo merecimiento, La Espiga de Oro.

 

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