Críticas

08 AM | 05 Abr

VAN GOGH

11 de 11 usuarios han encontrado esta crítica úti su cine esquivo, no explicativde transiciones y no de introducciones, de variados jirones de vida, de pinceladas en pequeños toques, pinceladas tan imprecisas y libres de normativas como las de Vincent Van Gogh.
“Van Gogh” no presenta al pintor como el consabido chalado excéntrico que se corta una oreja y se pega un tiro. Lo que vemos es un hombre agotado, molido y hastiado (Jacques Dutronc resulta que ni pintado), fracasado en lo amoroso y en lo económico, víctima del sentimiento de culpa que le produce depender de su hermano menor (Bernard Le Coq), y ser un lastre para él ahora que se ha casado y es padre. La relación con su cuñada (Corinne Bourdon) es muy interesante por su ambivalencia.
El abanico de relaciones personales se enriquece con el Doctor Gachet (Gérard Séty, clavado al del cuadro), homeópata que trató los trastornos de Van Gogh, y la joven hija de éste (Alexandra London), con la que el artista entabla una relación sin futuro que lo enemista con su médico. Este personaje denota la situación de la mujer de la época, insatisfecha tanto si sigue las convenciones como si las quebranta.
Destaca también una joven Elsa Zylberstein (“Hace mucho que te quiero”) como la vivaz prostituta Cathy.
Los secundarios son abundantes y ayudan a dibujar un paisaje decimonónico muy creíble, donde se empieza a evidenciar la permeabilidad entre clases.

Esa fauna humana se nos presenta en los ambientes más representativos del arte impresionista: por un lado el campo, que ha dejado de ser sólo un lugar de trabajo para convertirse en lugar de ocio y esparcimiento (paseos, excursiones, festejos… el mundo de Renoir); y por otro lado la ciudad, ese París que alumbra nuevos centros socio-culturales en forma de locales nocturnos donde se mezcla el cabaret, el arte y el can-can (el mundo de Toulouse-Lautrec).
El campo, ese “Auvers-sur-Oise” donde el pintor terminó sus días, cautiva con esos trigales amarillos tan de Van Gogh, y con ese apacible río Oise que él se resiste a pintar “porque el agua es muy fluida y el reflejo es equívoco” (curiosamente a mí muchas de sus pinturas me parecen precisamente acuosas, líquidas, como si de un reflejo en el agua se tratase).

La película se centra en los últimos meses del artista, y la gama cromática que nos ofrece se corresponde con esa etapa final clara y luminosa, lejos de su negritud primera (curioso que su paleta se fuese aclarando conforme se precipitaba al abismo más oscuro). En interiores es llamativo el predominio del azul pastel.
Los movimientos de cámara son suaves, y el montaje casi imperceptible. A esa austeridad formal colabora la ausencia de música. Ello dota de una fuerza especial a los momentos en que dentro de la narración se toca algún instrumento, en especial los acordeones del cabaret (que transmiten a la perfección la melancolía crepuscular del protagonista).

sahar
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09 PM | 03 Mar

LA CAZA

Este es cine sobrio en la forma (el Dogma 95 sigue teniendo su influencia) pero de fondo terriblemente complejo, denso, polémico, incómodo, enervante. Como en “Celebración”, Vinterberg sigue teniendo un don especial para meter el dedo en una llaga infectada y supurante y retorcerlo con saña hasta que por dentro tienes ganas de gritar de pura rabia, casi como si te estuviera pasando a ti, o peor, podría pasarte a ti. Podrías ser un infeliz perseguido por una bola de nieve gigantesca que empezó con un copo de nieve imaginario, o ser uno de los que han añadido un montón más a la bola que amenaza con aplastar al infeliz. En el primer caso, te sentirás completamente superado, acosado, señalado, destrozado. En el segundo, podrías ser uno más del montón que grita “¡culpable!” junto con la masa y podrías estar convirtiéndote en verdugo de un inocente. Todos podríamos ser Lucas, todos podríamos ser los demás. ¿Cuántas veces no hemos gritado y gritaremos “culpable”?
Vinterberg te cabrea de lo lindo porque te pone delante tu propia jeta, representada por una sociedad bastante hipócrita que comete mil fechorías y perrerías bajo tapadillo en sus propias casas pero que se vuelve muy decente y moralista en público. Muchos niños son maltratados o invadidos en algún momento por sus padres, hermanos u otros miembros de su entorno familiar (basta con que los padres se lleven mal y se pasen el día discutiendo, que el padre acostumbre a llegar borracho a casa, que la madre cierre los ojos y mire para otro lado, o que el estúpido y malcriado hermano mayor adolescente les enseñe cosas que no son para niños de cinco años), pero después ellos se tienen por unos padres intachables, cuando lo que tenían que haber hecho era todo lo posible por darles un entorno estable y protegido a sus niños, para que éstos no buscaran fuera la estabilidad y la felicidad que no encuentran en casa, para que no alimentaran unos traumas que se enquistan, ni proyectaran en otras personas externas sus ilusiones y sus miedos y las cosas que no comprenden. Tal vez si cada uno lavara sus propios trapos en lugar de buscar manchas en los de los demás, si se preocuparan más por la educación que están dando a sus hijos o por ver en qué negligencias incurren, la pequeña e inocente Klara no habría empezado la bola de nieve porque no habría visto cosas que no debía ver ni habría oído cosas que no debía oír, ni se habría formado una confusa película en su cabeza que tenía que estallar por algún lado. Y en quién iba a proyectar todo eso, si no era en su querido maestro, la figura por la que ella siente ese “enamoramiento” infantil e idealizado que muchos pequeños sienten (lo sé porque yo también me “enamoré” a los cinco años de alguien que era mayor que yo, y uno se siente como flotar en completa felicidad y como aún no se tienen esas barreras que nos detienen a los adultos, eres capaz de seguir literalmente a tu ídolo hasta el fin del mundo sólo escuchando su voz, pero claro, ese ídolo tiene que ponerte los pies en la tierra porque conoce las barreras que separan a las personas).
Y de esa manera, de una infantil desilusión momentánea surgirá la calumnia que no es más que un pequeño desahogo, una secreta venganza porque el ídolo no ha actuado como la niña quería, pero en oídos adultos esa pataleta tomará unas proporciones desorbitadas, surgirá el monstruo de la duda, de la acusación, y la reacción enfurruñada de una niña (aún demasiado pequeña para medir todas las consecuencias de un enfado que se le habrá pasado a los cinco minutos) puede destrozar a otro ser humano.
Y hay mucho más. La paranoia colectiva. La psicosis comunitaria, inventando cosas que el espectador sabe que no existen pero este espectador no puede gritarles que todo eso es falso, en la vida real no hay un espectador omnisciente que sepa sin la menor duda lo que ha ocurrido realmente y que conozca la hondura total de las heridas de las víctimas.
O incluso, como he llegado a sospechar, porque Vinterberg te hace pensar en todo lo malo que pueda pasar, puede que haya en la misma comunidad un verdadero culpable que se está encubriendo y pasando impunemente tras el cabeza de turco al que está lapidando todo el mundo. Tal vez la cosa no llegue a tal extremo, pero nunca se sabe. Vinterberg te hace dudar hasta de tu sombra.
Un hombre bueno que ve truncada toda su vida en un instante. 
Un pueblo entero soliviantado por un rumor.
Personas «decentes» convertidas en monstruos.
Y aún así, podría haber sido muchísimo peor. Porque la acusación de pederastia en cualquier parte es suficiente para hacer caer a alguien a lo más bajo para siempre, sea fundada o no. Porque la verdad es que no creo yo que exista nadie o casi nadie que, ante una sospecha de tal calibre que nunca se irá, rompa una lanza en favor del sospechoso. Podría pasar, pero es poco probable. Los espectadores mudos que conocemos la verdad lo vemos como algo que provoca sentimientos muy encontrados, poniéndonos en el lugar tanto de la gente como del acusado. Sea el sospechoso culpable o inocente (y la gente nunca lo podrá saber, no puede afirmar ni negar con absoluta certeza, cada uno creerá lo que considere necesario creer)… ¿No estará suelto en la sociedad un engendro infrahumano que puede cometer más atrocidades? ¿No se estará condenando a un inocente? ¿No es absolutamente comprensible que la gente tenga ganas de matar al que sea capaz de poner una mano encima a sus niños o a los niños de sus vecinos?
Vinterberg te hace reflexionar sobre miles de cosas, y ninguna te hará sentir mejor.
¿Dónde termina la verdad? ¿Dónde empieza la mentira? ¿Dónde comienza la amistad, el cariño, la confianza? ¿Dónde se destruyen?
El problema está en que la verdad es lo que cada uno quiere ver. Y la mentira, lo que cada uno quiere esconder.
Y un mensaje escalofriante: “Te estaremos vigilando”.
VIVOLEYENDO
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11 AM | 27 Feb

EL FESTIN DE BABETT

Un pequeño prodigio presentado con una sencillez abrumadora y hermosa. Una lección de humildad bajo la batuta tierna y acogedora del danés Gabriel Axel, que ha sabido tocar el registro más suave y la campanada más gozosa para el corazón de una espectadora como yo.
Joyas como la presente, ofrecidas bajo un aspecto modesto, sin grandilocuencias, saben desgranar una filosofía de vida que es alimento para el espíritu y alas para el sentimiento.
Con su mirada amable, optimista y sorprendentemente sensible, Axel retrata el alma colectiva de una comunidad luterana y puritana asentada en una aldea costera de Dinamarca. Gentes dedicadas a su sincero culto a Dios y a promulgar la austeridad exterior para el enriquecimiento interior y la convivencia pacífica en la que las tentaciones terrenales son vencidas por medio de una intensa fe.
Axel podría haberse decantado por derroteros de insatisfacción personal de las tres protagonistas, basándose en la extrema austeridad de sus vidas, pero no lo hace. Las abnegadas y encantadoras hermanas Filippa y Martina derraman tanta bondad y encuentran tanto consuelo en su fe y en su afecto espontáneo hacia el prójimo, que es inconcebible que puedan sentir insatisfacciones profundas. Renunciaron al amor y cambiaron el curso del destino de dos hombres que hallaron en ellas una fuente de paz y armonía en un momento crucial de su pasado, para llevar en adelante existencias mucho más ricas y satisfactorias espiritualmente. Axel no intenta disimular el hecho de que ellas llegaron a plantearse en aquel momento de su juventud el concederse una oportunidad para el amor, y que tal vez sienten nostalgia por lo que dejaron marchar. Pero si hubo en ellas alguna añoranza de aquello a lo que renunciaron, sin duda la compensaron con su vida dedicada a la alabanza de Dios y al servicio a sus semejantes.
La llegada de Babette, una mujer francesa maltratada por los acontecimientos de su país, supone un soplo de aire renovado en la comunidad. Sola en el mundo, aferra con adoración la caritativa y desinteresada mano que las dos hermanas le tienden, y se integra con agradecimiento en la minúscula aldea. Y un día tendrá la oportunidad de devolverles a todos las atenciones recibidas… Y lo hará a su manera especial y única, enseñando a esas gentes sobrias a valorar un poco más los pequeños placeres.
Sobresaliente drama filosófico y espiritual que, equiparando las delicias gastronómicas a la satisfacción del alma, invita a disfrutar de lo que la vida nos regala. A aprender el don de saber dar y saber recibir. A sentirse en paz con uno mismo.
No es necesario ser especialmente creyente para que nos llegue el mensaje de esta bonita historia que trasciende más allá de lo religioso y alcanza la misma esencia de la búsqueda del equilibrio personal.

VIVOLEYENDO

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05 PM | 11 Feb

OBSESIONES NACIONALISTAS

Por fin me decido a aportar mi interpretación crítica de la película que dio a conocer internacionalmente el tan aclamado nuevo cine rumano del que, por otra parte, nos ha llegado tan solo una pequeña proporción de lo que se ha venido haciendo. Es significativo el auge que está experimentando en la actualidad la cultura rumana a todos los niveles: artes dramáticas, ensayo, literatura y, por supuesto, cine. Si la a menudo caprichosa Academia Sueca acaba haciendo justicia a lo que ya es una realidad pronto tendremos el primer Premio Nobel de Literatura en lengua rumana, Mircea Cartarescu, a quien ya se puede leer en castellano gracias al trabajo de magníficas editoriales de segundo línea pero primera calidad. 

Parece que últimamente se oyen rumores cada vez más insistentes de que se van a recortar las ayudas de la UE al cine europeo; de cualquier modo espero que los Puiu, Mungiu, Muntean, Porumboiu o Nemescu, por citar sólo a los más significativos directores de cine rumanos, puedan seguir contando de algún modo con los medios necesarios para seguir brindándonos su excelente contribución al cine social y que éste pueda seguir llevándose a cabo en Rumanía. Todos ellos han mostrado sobradamente su compromiso con la actualidad y el pasado de su país, convirtiéndose en la vanguardia de una élite intelectual destinada a pasar a la historia y a tener una voz decisiva en el futuro de Rumanía.

Tras este alegato en favor de la cultura rumana que se me imponía como algo necesario desde el punto de vista intelectual y sentimental puedo pasar a aportar mi personal visión del film en cuestión. No es una casualidad que fuera la obra de Mungiu la que diera a conocer el nuevo cine rumano, básicamente porque trata un tema de rabiosa actualidad e interés para la mayor parte del público occidental, el aborto. Pero además lo hace desde una perspectiva brillante con unos actores en estado de gracia – a destacar Vlad Ivanov, quien siempre raya a un gran nivel en sus actuaciones («Historias de la edad de oro» o «Policía, adjetivo») – y una dirección excelente que, en conjunto, reflejan la gris cotidianeidad de una sociedad sin la opción de decidir cómo disfrutar y encaminar su propia existencia. Precisamente es esto lo que más desapercibido puede pasar al espectador no familiarizado con la historia rumana y el régimen de Ceaucescu y, en mi opinión, es aquí donde el film de Mungiu alcanza el valor histórico que lo convierte en un clásico del cine por derecho propio.

Al igual que en el caso de España Rumanía es un país altamente despoblado, baste la comparación con el vecino septentrional polaco, de similar extensión. Con la mayor parte de la población concentrada en el centro del país, en la zona noreste y en torno a la ciudad costera de Constanza la cuestión demográfica pronto se convirtió en una cuestión de preocupación nacional para las élites políticas que han ocupado el poder a lo largo del siglo XX. Por si fuera poco dichas élites siempre han estado dominadas por la contradicción entre su ambiciosa – y a menudo desnortada – idea de lo que Rumanía debería ser y las posibilidades reales del país. Aquí entraría – entre otras muchas – la cuestión demográfica.
Estas preocupaciones alcanzarían el grado de obsesión llegando a poseer a enteras generaciones de políticos e intelectuales de un creciente complejo que, por extensión, ha acabado azotando a la propia sociedad rumana. Dicha obsesión alcanzaría el paroxismo a lo largo del régimen de Ceaucescu, cuando éste instituyó una legislación especial para la protección de la maternidad y la incentivación de la natalidad ante unas «preocupantes» tasas de natalidad en constante descenso. Precisamente por ello, en el año 1977 fue abolida la Ley del Aborto aprobada en años precedentes, haciéndolo legal sólo tras el cuarto embarazo. Esto empujó a miles de mujeres rumanas a recurrir al aborto clandestino, muchas veces en las condiciones más precarias que podamos imaginar, como ocurre en este caso con la protagonista de la película. Es evidente que una situación como ésta generó todo tipo de irregularidades y desgracias, como la muerte de las afectadas por las penosas condiciones sanitarias y de higiene; el lucro de aquellos que lo practicaban, quienes pedían cifras abusivas para llevarlo a cabo; etc. Todo ello ocurría en una sociedad donde era prácticamente imposible acceder a los anticonceptivos tradicionales como el preservativo y donde, además, la no maternidad estaba penada económicamente con un impuesto especial para aquellas mujeres que llevaran muchos años sin concebir.

El bueno de Ceaucescu no tuvo problemas en afirmar recién subido al poder que «El feto es propiedad de toda la sociedad. Cualquiera que evite tener hijos es un desertor que renuncia a las leyes de la continuidad nacional». Y el caso es que sus políticas tuvieron éxito, porque la población de Rumanía llegó a alcanzar los 23 millones de habitantes en los últimos años del régimen, pero muchos de los niños nacidos como producto de esta política milenarista estuvieron condenados a unas condiciones económico-sociales de absoluta miseria: mayores dificultades para acceder a un puesto de trabajo, peor alimentación y peor educación, entre otras cosas. Aún hoy en día Rumanía sigue pagando las consecuencias del nefasto legado totalitario dejado por Ceaucescu del cual «4 meses, 3 semanas y 2 días» es un buen ejemplo.

DAVILOCHI

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03 PM | 03 Feb

EL ÚLTIMO CRISASTEMO

Hay un poderoso incentivo que puede obrar maravillas: la fe en alguien. Cuando una persona cree fervientemente en otra, en sus cualidades, en sus capacidades, y le ofrece un hombro en el que apoyarse, una palabra sincera que sepa estimular y criticar constructivamente sin caer en la adulación fácil, y el íntimo gozo de contemplar admiración donde uno no se veía digno de ella… Todo eso puede edificar una base sólida en la que aumenta la autoestima personal, la autoconfianza, el trazado de metas optimistas y viables, y la satisfacción de sentirse más realizado.
Y en el fondo todo se debe, cómo no, al sentimiento más bonito que hay: el amor.
Sé por experiencia que unas cuantas personas se crecen y sacan lo mejor que tienen cuando necesitan ver los ojos de esa/s persona/s tan respetada/s rebosantes de orgullo. Incluso aunque no se les haya pedido nada, aunque no se les haya exigido, o tal vez por ese motivo. El hijo o la hija que respeta profundamente a su madre se pirrará por enseñarle ese diez en el examen de Lengua, aunque ella se habría puesto igualmente contenta con un ocho. Estará deseando llegar a casa para observar la alegría en su mirada, esa devoción que ninguna frase puede expresar con tanta riqueza como las pupilas.
Ese afán de superación personal, espoleado por la fe, movería montañas.
En cambio, si nos hemos criado bajo el yugo arrogante de unos mayores que no han creído en nosotros, que han fallado donde deberían habernos animado y aconsejado correctamente, y que han estado demasiado embebidos en sus propias glorias para fijarse en lo que no esté más allá de sus narices, casi con plena seguridad nos volveremos adultos muy inseguros, apocados y débiles a la hora de perseguir retos.
Pues eso mismo le ha ocurrido a Kukinosuke. Hijo adoptivo de un afamado actor de teatro kabuki, el venerado nombre de éste lo ha elevado a una posición de casi semidiós, a la que el hijo no puede seguirle. Es un gran lastre ser hijo de alguien tan famoso, porque para Kukinosuke supone una presión frustrante. Sintiéndose una nulidad allá donde su progenitor triunfa, no se esfuerza en desarrollar sus dotes de interpretación. Y el padre no hace más que criticarlo duramente, en lugar de resaltar sus virtudes y empujarlo suavemente a cultivarlas. El público, buscando agradar a la gran figura del drama, adula superficialmente al vástago, lo cual no le hace ningún bien.
Kukinosuke malgasta su talento dormido y se sostiene únicamente en el prestigio paterno, convencido de que no sirve para nada. Hasta que Toku, una empleada doméstica, le comenta francamente lo que ella ha observado: que alberga dotes prometedoras, pero debe esforzarse mucho y tomárselo muy en serio para llegar a ser una importante figura del teatro. El joven, al oír por primera vez una crítica honrada y bienintencionada, y no un falso halago o un ataque, nota cómo su corazón comienza a inclinarse por esa muchacha sencilla que es precisamente lo que él andaba buscando sin saber que lo buscaba
Ambos se enamoran, pero en el Japón del siglo diecinueve las divisiones de clases eran tan estrictas que un artista de familia prestigiosa y respetada no tenía permitido casarse con una criada. 
La chica, pese a todos los inconvenientes, estará dispuesta a lo que sea para conducir a su amado a las mieles de la realización personal y profesional.
Es cierto que, para aprender a valorar las cosas, hay que sufrirlas, hay que probar el sabor de los desencantos y de las trabas, hay que morder el polvo para resurgir tras ese rito iniciático de dolor y regresar purificado, más maduro o simplemente más humilde.
Y también es cierto que la forma más absoluta del amor es la que entrega hasta el último soplo, hasta el último jirón de carne y de espíritu, para que otro ser pueda ser libre y ascender los peldaños de la felicidad.
VIVOLEYENDO

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