Artículos de Opinión

08 PM | 20 Oct

Don camilo

En 1948 Giovanni Guareschi escribía un libro maravilloso, grande en calidad aunque su estilo tuviera una sencillez acorde con su temática, y que hoy en día no es debidamente valorado. DON CAMILO, que de él hablamos, ilustraba con gran humor y humanidad la vida en los pueblitos campesinos de las orillas del Po, donde ni siquiera las querellas entre vecinos eran para tomarse muy a la tremenda. Cuatro años más tarde, el director Julien Duvivier llevaría al celuloide las historias incluidas en dicho libro, al que seguirían otros, igualmente trasladados a la pantalla grande.

En el rol protagónico tenemos al genial comediante Fernandel en el que se convertiría sin duda en su papel más recordado, el Don Camilo del título, un cura de enorme fe y espíritu cristiano, pero de métodos poco ortodoxos e involucrado en política pueblerina. La misma lo enfrenta a un alcalde comunista, Pepón (Gino Cervi), buen hombre a su manera, pero rudo y obstinado (entre otros defectillos). Y mediando entre otros está el Cristo crucificado del altar mayor de la iglesia (voz en off de Ruggero Ruggeri), quien no deja pasar la menor falta a Don Camilo, quien después de todo es su siervo y debe hacerlo quedar bien, aunque el partido rojo, por ateo, parezca oler un tanto a azufre. En torno a ellos giran las vicisitudes de los demás habitantes del pueblo, enrolados en el bando del cura o en el del alcalde y por lo tanto tan ferozmente enfrentados como ellos, pero aliados cuando la situación lo requiere.

La película no respeta el orden de los episodios tal como aparecen en el libro, pero a nadie le importa y quizás muy pocos lo hayamos advertido, porque lo que realmente importa es que se ha captado el espíritu de la obra, cosa que no puede decirse del filme que sobre el mismo personaje se hizo en 1983 con Terence Hill como Don Camilo. Quien por momentos se sature del efectismo aturdidor de Hollywood y busque algo diferente, encontrará en DON CAMILO un retrato de tiempos mucho más tranquilos que éstos que corren y, por consiguiente, será como un remanso de paz.

Durante la posguerra (año 1946), en un pueblecito italiano llamado Brescello, las elecciones de alcalde las gana, Giuseppe Bottazzi, mejor conocido como Peppone, un comunista tosco y casi iletrado, al que la gente quiere porque tiene un corazón tan grande como un planeta. Como es de esperarse, y aunque es su amigo de vieja data y de muchas aventuras, el cura del pueblo, Don Camilo -un hombre que habla con Cristo crucificado como cualquier Marcelino ¡y es capaz de tomarla a puños con el más pintado como cualquier Bambino-, no verá con buenos ojos esta situación, pues, cura y reaccionario son casi siempre lo mismo, pero, éste tiene también un corazón blandito… y las relaciones que van a darse entre ellos son para hacer historia.

¡Se pasa de maravilla, con risas aseguradas, diálogos deliciosos y con un par de personajes que, por más que los resistas, se te meterán en las entrañas y anhelarás volver a verlos! De paso, quedará sembrada otra linda semilla que promueve el respeto por la diferencia y que demuestra que, a cada ser humano hay que juzgarlo ¡exclusivamente por sus acciones! y no por su sotana o su bandera.

Este delicioso cuento, comenzó con un sacerdote de la vida real llamado, Don Camillo Valota, el cual se unió a los partisanos de Italia durante la II Guerra Mundial, tras presenciar las atrocidades que cometían los fascistas con la gente del pueblo y estimulado al ver como la gente del sur comenzaba a desertar para unirse a Los Aliados. Este valeroso sacerdote, inspiraría a Giovannino (Giovanni) Guareschi, para escribir su novela, “Don Camilo” (Don Camillo, 1948), la cual tendría dos atractivas secuelas: El Retorno de Don Camilo (1953) y El camarada Don Camilo (1963).

Adaptada al cine, con las debidas licencias argumentales, por Julien Duvivier y René Barjavel, el resultado es una de esas comedias con aroma a pueblo que, en ciertas ocasiones, han resultado maravillosas. Las actuaciones de Fernandel (Don Camilo) y Gino Cervi (Peppone) son para la eternidad y, Duvivier, quien también hizo de director, demuestra un acierto total al recrear situaciones que exaltan muy gratamente la amistad y el compromiso social… hasta la presencia de Jesús en la cruz y su socarrona voz en off, lo convierten en todo un personaje.

Preciosa la manera como las pequeñas frases claman lo que esconden los corazones. La religiosidad de Peppone salta en: “No le pegué como ministro de Dios sino como rival político”, “No me he apartado por usted sino por Él (señalando el crucifijo)”. Y de seguro, ustedes descubrirán cuando se evidencia el alto aprecio del cura por Peppone y de Cristo por ambos.

EKELEDUDU  y Luis Guillermo  de filmaffinity 
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01 PM | 20 Oct

TOMEMOS SALACINA

20 de octubre de 2018
Nos reunimos para ver cine una vez a la semana un grupo de amigos, esta semana nos tocaba El Elemento del Crimen, después que la semana pasado viéramos El extraño amor de Martha Ivers.
Normalmente buscamos el fundamento del crimen sin preguntarnos siquiera si no estará en la naturaleza misma del hombre. Esto es justamente lo que nos propone Osborne, autor del libro que da título a la película.
Advertíamos en la convocatoria que se abstuvieran de verla los enamorados de los productos NEFLIX. La vi por primera vez en el Alphaville en el año 85, y luego en proyecciones con Diego en casa de mi hijo Alex. Diego, que ya estaba estudiando para director de cine, me sugirió que viera dos cuadros: “El sol naciente” de Giuseppe Peliza, y “Tras el silencio” de George Frederick, y que luego analizara los encuadres pictóricos de Tom Elling. No me he arrepentido de esa experiencia, como tampoco ellos se habrán arrepentido que les pusiera “la genoux de claire»
No se puede dudar de la creatividad visual de la peli, pero es cierto que la historia no se da masticada, y está contada con una sordidez de ambientes por laberintos sombríos. Sería para nota identificar a Von Trier como el recepcionista del hotel, pero el agua, el fuego, el aire y la tierra, nos tiene que llevar necesariamente a Tarkovski.
El aire estancado de la película es el aire estancado de Europa. Siempre está oscuro.Siempre es de noche. Parece que aquí ya no hay estaciones. Queda abolido el paisaje y queda abolido el tiempo.
Aquí viene la vela/ y en la cama te iluminará/ Aquí viene el hacha/ y la cabeza te cortará. / Chip Chop/ Chip Chop. / La última muerta estará/
spoiler:
Indiqué a un amigo psiquiatra a que nos explicara lo que era el «folie à deux», la repuesta no se hizo esperar: «el folie a deux es muy poco frecuente en la actualidad, desgraciadamente es la «folie a millón» la que existe sobradamente en nuestra alienada sociedad.
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09 PM | 30 Sep

LOS PASOS DOBLES

“Los pasos dobles”: Cuando la imagen se vacía de sentido

[Ganó la Concha de Oro en San Sebastián con su dosis de polémica, e inmediatamente ha llegado a la cartelera española. “Los pasos dobles” es una película difícil y experimental, laberíntica y radical, críptica e incluso se podría decir que vacía y errática, a medio camino entre el documental y la ficción. Como consecuencia, esta propuesta de Isaki Lacuesta termina siendo mucho más minoritario e inaccesible que la estupenda y fresca “La leyenda del tiempo” o que la oscura y reivindicativa “Los condenados”, sus dos mejores trabajos sin duda. Ahora, Lacuesta nos da una de esas películas en las que el espectador no deja de preguntarse por lo que nos quiere decir con tanta metáfora y paralelismo conceptual, con tanto ir y venir en los tiempos e historias, con tanta reencarnación e impostor de identidad.

Se nos recuerda cómo François Augiéras, un enigmático pintor del siglo XX, sepultó sus murales en un búnker militar en el desierto africano, para preservarlo de una humanidad que entonces aún no sabía valorar el arte. Ahora, un grupo expedicionario trata de localizar esa cueva mientras otro de bandidos se emplea en el robo y el engaño, y un pintor –Miquel Barceló– trabaja en unas pinturas y nos ofrece en voz alta sus reflexiones sobre el arte. ¿Qué tienen en común estas múltiples historias? Nunca sabremos quién es o quién fue Augiéras, si su espíritu artístico o de libertad ha permanecido en sus replicantes o si estos se apropiaron simplemente de su nombre. Misterio y secreto, búsqueda e insatisfacción, lo efímero y el carácter de pervivencia de lo creado (de la obra de arte), y de fondo la necesidad de encontrar algo que llene y dé una identidad… aparte de la voluntad del director por reconstruir el Mito y recrear la realidad.

No sabemos bien si Lacuesta y Barceló quieren simplemente lanzar sobre la pantalla imágenes e ideas sugerentes sobre la esencia del arte, o si su pretensión va más allá y desean hablar de la libertad de ese espíritu que reclamaría avanzar sin caminos marcados ni leyes restrictivas. Por momentos, parece que abogan por la ruptura total de límites para la expresividad, y en otros más bien tratan sobre la impostura y la falsedad de la que muchos hacen gala. Confusión narrativa para un guión más que dudoso, o al menos poca claridad para hacerse entender por el espectador, al que exigen demasiado… y al que dan tan poco. Porque no hay emociones ni personajes dotados de humanidad en la cinta, como tampoco historias o imágenes que inviten a la contemplación. El espectador de “Los pasos dobles” sólo encontrará reflexiones y conceptos, más bien oscuros que claros, y una voluntad de vincular lo primitivo-indigenista -junto a la superstición, el acertijo infantil o lo primario y salvaje- con lo artístico… según Lacuesta/Barceló por ser reflejo de un alma más libre y menos convencional.

Queda claro que no es una película para todos los públicos sino únicamente para los muy cinéfilos, para aquellos que busquen la metáfora y que contemplen la imagen como expresión del concepto más abstracto. Ciertamente, la fotografía captura el misterio del desierto y de los pueblos indígenas, mientras que la planificación responde al oficio ya demostrado antes por el director. Pero la cinta nos llega como una amalgama de episodios erráticos y parsimoniosos… y quizá pretenciosos, donde cabe todo tipo de música (desde el spaghetti-western al pasodoble) y de exégesis interpretativa. Una originalidad que al director le valió la Concha de Oro pero que al espectador le deja un poco aburrido y cansado, frío y perplejo, y casi tan vacío como esa fosa encontrada por los exploradores, con la ausencia de certezas que parece desprenderse de unas imágenes y personajes faltos de sentido y humanidad.

Calificación: 5/10

Imagen de previsualización de YouTube

del blog La mirada de Ulises, JULIO R.CHICO

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03 PM | 30 Ago

Con el viento solano

En los años ochenta del siglo pasado Mario Camus se convierte en el rey del guión adaptado del cine español; esos años escribe y dirige versiones, para televisión o para cine, de genios como Galdós, Cela, Delibes, Lorca, Barea y, horror, Cebrián. Veinte años antes, durante su aprendizaje, dirige algunas películas de Raphael, colabora con Saura, hace espaguetis con Terence Hill y escribe y dirige dos adaptaciones de Ignacio Aldecoa (la tercera la haría ya avanzados los setenta). Con los cuentos de Aldecoa aprende su trabajo, y lo hace cuando las obras del cuentista vitoriano todavía están frescas (Young Sánchez, la primera, la dirige Camus a los cinco años de editarse el cuento, y el propio Aldecoa colabora en el guión). Al contrario que los autores de las adaptaciones de los años ochenta, Aldecoa todavía no era un clásico. Ahora ya lo es.

Partiendo de que todas las películas de boxeo, como las de submarinos, son buenas, Young Sánchezbrilla de un modo especial en la historia del cine español por las magníficas escenas en los gimnasios (que tanto gustarían al capitán Oveur) y por los alucinantes escenarios barceloneses que muestra y que en su mayoría, madrileño yo, lamentablemente no reconozco —mi Barcelona son algunas canciones de Loquillo y unos cuantos libros de Marsé—. Aunque el cuento se desarrolla en Madrid, Camus lo pasa a Barcelona, imagino que por imposición de la productora, y la película gana gracias a la estética portuaria (esa pelea al borde del mar que seguro que hace llorar a Sabino) que luego solamente se vería en alguna peli de Bruno Lomas y antes en el cine negro de A tiro limpio y otras extrañas joyas negras que hace poco emitió 8madrid TV (¡larga vida a Enrique Cerezo!). Las escenas lo-fi a la salida de la fábrica de Olivetti, rodadas desde lejos de forma documental, el aperitivo con el capitalista con la Monumental como telón de fondo o la pelea final dentro del bellísimo edificio Gran Price ya no las voy a olvidar.

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12 PM | 19 Ago

La culpa ahogada de una pinta de guinness

La culpa ahogada en una pinta de Guinness

La accidentada lectura del ‘Ulises’, de Joyce, me llevó a recorrer algunos lugares del circuito del protagonista

Retrato fotográfico del escritor James Joyce.
Retrato fotográfico del escritor James Joyce.GETTY IMAGES

Cuando en 1967 realicé mi primer viaje a Dublín, acababa de leer Retrato del artista adolescente, de James Joyce, e imaginaba a aquel alumno del colegio Belvedere en la penumbra de la capilla durante los ejercicios espirituales, oyendo la voz cavernosa del padre jesuita que describía minuciosamente los estertores de la agonía, la putrefacción del cuerpo pasto de los gusanos y el merecido castigo del fuego eterno. Esas pláticas habían dejado el terror consolidado en su alma, solo atemperado por el sabor dulzón del confesonario, donde el adolescente era acariciado por un confesor meloso con suaves pescozones en las mejillas con los que le ayudaba a liberar sus pecados de la carne.

Ese légamo cenagoso del que el escritor extrajo las mejores páginas de su literatura se lo aplicó al alma de Leopold Bloom, el protagonista del Ulises, una novela contra la que yo libraba una batalla siempre perdida en una infame edición argentina de tapas amarillas. Algún día conseguiré terminar este maldito libro –me decía– como quien logra superar una grave enfermedad, hasta el punto que yo entonces no lograba distinguir a Leopold Bloom del propio Joyce porque los sentía unidos bebiendo la misma pinta de cerveza Guinness en el pub Davy Byrnes, en Duke Street, cuya espuma les tostaba a ambos el bigote. Desde entonces llevo asociada la culpa y el remordimiento a la cerveza negra. Cuando entré por primera vez en el pub Davy Byrnes, también pedí, como Leopold Bloom, un sándwich de queso gorgonzola y una pinta de Guinness y la bebí junto a unos parroquianos que abrevaban con furia católica acodados en una barra rematada con una curva femenina de art déco.

Para llegar a esta primera parada tuve que atravesar el bullicio de Grafton Street, llena de mujeres pelirrojas como las que había visto en las películas del Oeste disparando desde las carretas contra los indios o haciendo tartas de calabaza y de hombres semejantes a aquellos granjeros con calzones de felpa y tirantes, a quienes los cuatreros sorprendían siempre arreglando el tejado de casa. Estos tipos en los pubs de Dublín cantaban y empuñaban con el mismo ardor una pinta de cerveza Guinness que al día siguiente en la iglesia de santa Teresa de Ávila abrían el misal de cantos dorados con las manos rudas llenas de pecas.

En los salones del hotel Shelbourne, frente al parque de Saint Stephen’s Green, donde a la hora del té se extasiaba lo más elegante de Dublín, una camarera me dijo que había estado en España.

—Fui siguiendo al padre Peyton, que promovía el rosario en familia. Encontré que en Madrid había una gran libertad de costumbres. Me pareció que era Babilonia comparado con Dublín. Aquí los sábados, todavía los hombres siguen emborrachándose solos y las mujeres se quedan en casa limpiándoles los zapatos para ir el domingo a misa.

La accidentada lectura del Ulises me llevó a recorrer algunos lugares del circuito del protagonista, la torre Martelo, la tienda Brown Thomas, la farmacia Sweny’s, donde Leopold Bloom compraba jabones en forma de limón para ir a unos baños públicos, la Biblioteca Nacional, que era Scylla y Charybdis. En el restaurante The Bailey, frente al pub Davy Byrnes, se conservaba la puerta original de Ecles Street 7, la casa de donde el 16 de junio de 1904 Leopold Bloom inició su periplo de 24 horas, durante el cual este hombre vulgar, que se había desayunado con un riñón de cerdo asado y que llevaba una patata en el bolsillo de la chaqueta, iba liberando un fluido de la conciencia como un excipiente de sus sueños inconfesables, ese fondo cenagoso que sustenta la vida de cualquier ciudadano corriente, mientras su mujer, Molly Bloom, le esperaba en la cama hasta altas horas de la madrugada con el deseo palpitando como una babosa.

Molly podía ser Nora Barnacle, la mujer de Joyce, una chica de Galway que trabajaba en el hotel Finn’s junto al Trinity College, a la que encontró mirando un escaparate de la calle Nassau. Sin duda, el Dublín actual ya es otro, pero de aquel primer viaje guardo una sensación de tedio provinciano, ahogado cada sábado en un río de cerveza Guinness que desembocaba en la misa del domingo con la admonición del cura desde el púlpito. Uno podía fácilmente convertirse en un alegre explorador de iglesias y de pubs, McDaids, O’Donoghue’s, Mulligan’s, The Long Hall, Keogh’s y, de nuevo Davy Byrnes. En la discoteca Rumours, tal vez estaría la camarera del hotel Shelbourne besándose en la oscuridad con su novio, sudorosa y reprimida, bajo la voz aterciopelada de Neil Diamond. Dadle duro, muchachos, que mañana domingo os espera el padre Purdon en el confesonario.

MANUEL VICENT

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