Mercedes Arancibia
Fausto, la última vuelta de tuerca al clásico de Goethe que la crítica internacional ha calificado de película “vertiginosa”, ensayo filosófico más que narración puramente cinematográfica de la tragedia más conocida de la literatura alemana, dirigida por el ruso Alexandre Sokurov y ganadora del León de Oro en el último Festival de Venecia -« Hay películas que hacen llorar, reír, pensar, películas que conmueven, que cambian la vida de todos. Fausto es de éstas »-, llega a las pantallas españolas el 2 de marzo de 2012. Para el autor, “hacer cine de autor en nuestros días es muy difícil”. Para el espectador medio va a ser, sin duda, muy difícil digerir una obra maestra que transcurre en los ambientes irrespirables y angustiosos de lo más sórdido del siglo XIX, que en el fondo es una reflexión acerca de la corrupción del poder y que dura más de dos horas y media. El mensaje está clarísimo: el poder es una aberración. “El hombre que se coloca por encima de sus similares para imponer una ley que es y será siempre solo una obscena parodia de la divina. –escribió en su crítica en La Repubblica Giona A. Nazzaro, con motivo de la presentación en Venecia- En este sentido, Sokurov, en su pesimismo de antes de la revolución es realmente el cineasta contemporáneo que mejor entronca con sus compatriotas novelistas Dostoievski y Tolstoi”.
Última entrega de la tetralogía de Sokurov sobre los dictadores, la borrachera del poder y la locura humana – que inició en 1999 con Moloch (Hitler), y siguió con Taurus (sobre los últimos días de Lenin) y El Sol (que evoca la derrota nipona en la Segunda Guerra en la figura de su emperador Hirohito)-, el guión sigue la trayectoria del Doctor Fausto (el actor teatral alemán Johannes Zeiler) en pos de sus instintos más primarios y en busca de poder y sexo. Una reinterpretación muy radical del mito de Fausto: pensador, rebelde, pionero y también un ser humano, de carne y hueso, guiado por la avaricia y el deseo. Rodada en Alemania, España e Islandia, donde se construyeron réplicas de ciudades alemanas de hace dos siglos, transcurre en una atmósfera gris y amarillenta sofocante, poblada de cadáveres, vísceras y de cuerpos ulcerados, incluidos el del propio Mefistófeles (el actor y bailarín ruso Anton Adassinski). Una película profundamente negra, de bestias y hombres perdidos en el final de la historia.
Sokurov, 60 años, de padres emigrantes rusos en Francia, con más de 40 títulos en su filmografía entre documentales y largometrajes, cuyas primeras películas fueron prohibidas por las autoridades soviéticas y que en esta última ha recibido el apoyo de Putin, afirma que su obsesión por los dictadores, como el propio Fausto, se re monta a más de treinta años atrás, desde los comienzos de su carrera. “Me parece increíble –dice- que se conceda tan poca atención a Fausto. Si cualquier político leyera la obra de Goethe creería que está escrita en el siglo XX”. Los temas de Sokurov son la muerte, el tiempo, los seres solitarios destrozados por la pérdida de un familiar, de un amor…la fuerza de los recuerdos, del dolor, del caos, de los destinos desgraciados…el hombre enfrentado a la historia, al horror, al crimen, a la guerra…
Atendiendo a su labor como guionista al servicio de otros realizadores a lo largo de un decenio y a sus primeros films como máximo responsable tras la cámara, la obra de Claude Sautet podría encuadrarse dentro del cometido profesional de directores abonados a los polars («policíacos franceses») como Jacques Deray, Alain Corneau, Henri Verneuil o José Giovanni. No en vano, este último oficiaría de coguionista de Sautet en su segundo largometraje, A todo riesgo. Se trata de una crónica policíaca interpretada por Lino Ventura, quien asimismo participaría en otras propuestas argumentales en las que figuraría en los créditos el poco valorado José Giovanni —Hasta el último aliento (1966) de Jean-Pierre Melville y El clan de los sicilianos (1969) de Henri Verneuil–. Pero precisamente durante la época de mayor significación y repercusión internacional del polar, Claude Sautet ofrecería un cambio de registro genérico. Una vez finalizada la producción de Armas para el Caribe –traslación a la gran pantalla de la novela de Charles Williams Aground, autor a quien ya había adaptado dos años antes su obra Nothing in Her Way en La estafadora (1963)–, Sautet se consagró al retrato en clave dramática de la sociedad francesa de clase media-burguesa a partir de la exposición de elementos cotidianos (la infidelidad conyugal, la crisis de pareja, etc.). Apoyado en un reparto más o menos estable –Michel Piccoli, Romy Schneider– que admitía pocas variaciones, Claude Sautet –con la colaboración de los novelistas a los que adaptó, como Paul Guimard y sobre todo Claude Néron– articula una serie de historias que hablan sobre la fragilidad de las relaciones sentimentales, ya sea desde una relación a tres bandas (Las cosas de la vida), a cuatro bandas (Ella, yo y… el otro, una narración deudora de la obra de Thomas Hardy Lejos de un mundanal ruido pero provista de un sustrato menos naturalista) o de concepción coral (Tres amigos, sus mujeres y… los otros). Pero tras la desaparición de Romy Schneider, Claude Sautet pasó su particular «travesía por el desierto» en aras a encontrar un rostro femenino que pudiera comprometerse con unas historias que nacen desde los sentimientos, en las que priman los gestos y las miradas que tratan de expresar la necesidad de perpetuar una relación amorosa o la pérdida del valor afectivo. Valores que ha sabido encontrar en los últimos años en Emmanuel Béart a través de sus composiciones en Un corazón en invierno y Nelly y el señor Arnaud, films que certifican el conocimiento de Claude Sautet y de su guionista Jacques Fiesqui –inseparable desde Quelques jours avec moir— sobre la condición humana, descrita cada vez con mayor precisión y sensibilidad.
La primera película en color de Antonioni capaz de colorear la realidad y la psicología de los personajes, nos transporta de forma inmediata a dos recuerdos, por un lado a los Cuartetos de Elliot: «la nube negra envuelve el sol», y por otro a la película de Angelopoulos: «Paisaje en la niebla”. Nube negra que Giuliana quiere compensar con una visita a la isla Budelli en el archipiélago la Madalena de Cerdeña, cuando le cuenta un cuento a su hijo engañosamente enfermo.
¿Es Giuliana presa de una forma de neurosis extrema? «…no sabe para donde mirar» «…no consigue engranarse», seguramente porque rechaza conscientemente ser una rueda del engranaje, se siente separada de la realidad. Conrado intenta llevarla a la realidad, pero ella contesta:»…sólo he conseguido convertirme en una mujer infiel».
Película con incipiente sentido ecológico, el amarillo de las chimeneas es un gas venenoso que los pájaros detectan, no pasarán por allí porque son listos. Tal vez los humanos tengamos menos habilidades que ellos.
A Alejandro Brocato
Expresidente del CIS en el primer mandato de Zapatero, Catedrático de ciencia política de la Universidad Autónoma de Madrid y actual Director académico de la Fundación Ortega-Marañón, Fernando Vallespín es uno de los grandes nombres de la ciencia política española. En La mentira os hará libres, (Ed. Galaxia Gutenberg) su último libro, analiza cómo los políticos ya no necesitan mentir: simplemente construyen la realidad a través de marcos y narrativas para ocultarnos la verdad de sus acciones. Se han convertido en irrelevantes, en meros gestores de las decisiones que toman otros y tienen que aparentar que en esa tarea delegada cuentan con una voz propia.
Una de las cosas más llamativas de las que cuenta en el libro es cómo un contexto en el que es casi imposible entrever la verdad, acaba legitimando la aparición de toda clase de opiniones, incluso las más peregrinas, que exigen ser consideradas en términos de igualdad.
Uno de los asuntos que más me interesaban era analizar cómo se construye la opinión pública en un instante en que la realidad es manipulada sistemáticamente, construida y reconstruida, para que se ajuste a los intereses de cada cual. La idea de verdad se desvanece en ese contexto, convirtiéndose en algo que no puedes contrastar. Por otro lado, en esta sociedad individualista la idea de libertad la relacionamos con demasiada frecuencia con la posibilidad de opinar lo que nos dé la gana, sin tomarnos la molestia de argumentarlo. Así, en nuestro país (también en otros, pero en el nuestro especialmente) existe la sensación de que hay que opinar de todo y la gente opina por opinar, algo de lo que los políticos se benefician, ya que fortalecen aquellas opiniones que les vienen bien. Pero, por otra parte, la política real se escapa a las opiniones y se nos impone la tecnocracia.
Describe dos esferas que no se comunican. Una, en la que se decide y donde no hay discusión posible; otra, la de opinión pública, donde la gente se interrumpe, da voces, y se quita el turno de palabra, pero que carece de influencia real.
La lógica de la política está interfiriendo en la aplicación de los criterios tecnocráticos
Eso es lo que tenemos. El mundo de la democracia es una gran noria, donde unos hacen girar a otros, unos aplauden a otros, etc., mientras que quienes toman las decisiones lo hacen únicamente a partir de criterios tecnocráticos. Son dos dimensiones que chocan en su lógica íntima. No se trata de que vivamos en la mentira, sino de que lo hacemos en un mundo donde la realidad se construye y todas aspiran a tener la misma legitimidad, porque cualquiera puede pronunciarse, todo parece tener igual valor y no podemos decir qué es lo verdadero. Por eso lo que trato de trasladar en el libro es el anhelo de que nos tomemos los hechos en serio y los diferenciemos de las opiniones.
El hecho de que la verdad se haya convertido en una opinión es algo muy perverso. Y muy difícil de revertir…
Sí, pero luego te encuentras, por una parte, con que hay determinados hechos que no puedes cuestionar, como la reducción del gasto público, porque están fuera de toda deliberación y, de otra, con gente que lo único que hace es quejarse porque la bajan el sueldo. Lo cual está muy bien, pero ¿qué alternativa ofrecen? Lo que echo en falta, en realidad, es un mayor diálogo entre la percepción tecnocrática de la realidad y la percepción de la gente común. Porque hay que contar quién toma la decisión y quiénes se ven afectados. Hay que tener en cuenta que la democracia es incompatible con la verdad. Tú no sometes a votación cómo hay que aterrizar un avión; el experto lo aterriza y ya está.
Sí, pero el problema es que estamos en un instante en que tampoco la tecnocracia parece funcionar del todo. Si alguien dice tener la fórmula técnica para salir de la crisis, la aplica, y no hay buenos resultados, empieza a manifestarse un desencanto bastante peligroso.
La democracia es incompatible con la verdad: no sometes a votación cómo se aterriza un avión

Porque tampoco se han aplicado de verdad los criterios tecnocráticos, ya que la lógica de la democracia ha interferido en ellos. No hay nunca una decisión democrática pura, sino que está modulada por elementos partidistas, y eso genera frustración en la gente. Tienes el ejemplo de Rajoy, que desde el primer día tenía que haber hecho el recorte a lo bestia y luego explicarlo, pero lo paralizó hasta que llegaran las elecciones andaluzas. Y ahora no sabemos si no pide el rescate porque no hace falta o porque está esperando que pasen las elecciones.
En ese sentido, ¿sería mejor que nos dirigiera un tecnócrata?
Es curioso, porque Monti que era un tecnócrata y su gestión ha sido muy buena, pero no porque sus decisiones hayan sido tecnocráticas, sino porque ha logrado convencer a Europa de que estaba haciendo lo correcto. La tecnocracia se está transmutando en política y diplomacia y al revés…De hecho, está siendo mucho más tecnócrata Rajoy, porque Monti ha ejercido de cardenal vaticano de toda la vida, moviéndose bien entre los pasillos, mientras Rajoy ha tratado de implantar lo que le decían.
¿Qué hacemos entonces?
Cuando los expertos se dedican a opinar, todo se rompe
Lo único que queda es sacar a la luz el funcionamiento del sistema democrático y ver cuál es el estatus de la realidad en él. Ya que la democracia es incompatible con la verdad, y la verdad hoy viene dada por la complejidad y por la gestión de la misma en clave económica, lo que hay que hacer es poner sobre la mesa las alternativas. Por ejemplo, el técnico tiene que decir si la energía nuclear es o no segura, y cuáles serían las consecuencias de implantarla, así cómo cuáles son los beneficios de contar con ella. Y con eso, nosotros tendríamos que decidir: las cuestiones técnicas serían suyas y las políticas, nuestras.
El problema es que, al final, una mayoría de conclusiones científicas terminan por tener opciones políticas detrás. Es muy fácil que en el tema que quieras, desde la solución a la crisis económica hasta el aborto o el cambio climático, nos encontremos con científicos que ofrecen dictámenes totalmente opuestos que, casualmente, coinciden con sus creencias políticas.
Cuando los técnicos opinan, todo se rompe. Cuando un ingeniero nuclear te dice que no hay ningún tipo de riesgo y otro te dice que la posibilidad de un accidente catastrófico en muy grande, se hace muy difícil construir una opinión sólida. Porque si ellos no se ponen de acuerdo, es difícil tomar una decisión. En el fondo, el problema es que la mayoría de las veces no debatimos los asuntos, sino que tenemos ideas preformadas, formas de ver la realidad que son ideológicas y que acaban afectando a nuestro juicio.