05 PM | 22 Dic

AÑOS LENTOS

Fernando Aramburu ganó el Tusquets 2011 con este libro, no obstante, el verdadero premio es el que recibe el lector al disfrutar de su lectura. Pocos libros cada año tienen el calado que el autor vasco despliega en su obra quien, sin alardes, con personajes sencillos, de barrio, es capaz de retratar la sociedad vasca del tardofranquismo y los comienzos de ETA con una pasmosa cotidianidad, tan sincera que parece ser la nota de un suicidio y, en gran parte lo es.

Esta obra breve, escrita en la madurez del autor, apenas sobrepasa las doscientas páginas y mantiene el formato cerrado del género teatral. La vivienda obrera de los tíos del protagonista en el barrio donostiarra de Ibaeta es el escenario sobre el que el elenco ejecuta la acción. A finales de los sesenta Txiki, el sobrino, cuyo verdadero nombre incluso ignoramos, en un niño navarro que por problemas familiares viaja a San Sebastián para aliviar la carga que su madre tiene con sus tres hijos. Allá la familia de su tío Vicente le acoje buscándole hueco en la habitación de Julen, el hijo mayor quien aleccionado por el cura, don Victoriano, se irá adentrando en los círculos germinales de ETA. Mientras la hermana de Julen, Mari Nieves, gorda y fea chica, no cejará en su empeño de ganar popularidad ‘dándoselo’ a todo chaval que se le cruza. El segundo acto está dictado previamente y podemos colegir que una tripa importante y un coche de los grises aparecen pronto en escena.

Aramburu ha compuesto su obra desde un formato dual, por un lado las supuestas memorias de Txiki, quien con pocas luces desde niño recopila sin mucho conocimiento lo acontecido y, por el otro lado los supuestos -o reales- apuntes del propio escritor sobre la creación de su futura novela. A fuer de querer evitar la veracidad de la misma no paramos de creérnosla más, y aunque muchas de las cosas contadas no sucedieron realmente, seguro que son arquetipos de lo realmente acontecido.

Años lentos es el efecto en el tiempo que el franquismo dejó en la sociedad española, especialmente en la vasca, donde “un minuto, duraba minuto y medio o más” según el punto de vista de sus protagonistas. Aramburu demuestra un exquisito equilibrio en la obra donde los buenos y los malos no aparecen separados sino que cada personaje se comporta así según van las cosas, más bien obligados a ejercer un papel que es la sociedad o el barrio quien lo impone. Fiel retrato de lo que cualquier hijo de vecino nacido en los cincuenta o sesenta haya vivido en cualquier ciudad pero que ubicado en Donosti y en la época que lo hace cobra una dimensión especial gracias al impresionante trabajo de su autor.

¡Lectores, el premio es vuestro! Leedlo

Pepe Rodríguez

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10 PM | 19 Dic

VAL DEL OMAR

Era una mezcla de san Juan de la Cruz y Philip K. Dick, tamizado por Teilhard de Chardin. Tenía seis años más que Lorca y uno menos que Altolaguirre, el más joven de la generación del 27, y sólo ahora la labor que empezó su hija María José y siguieron gente como Eugenio Bonet, Bufill, Huerga, Gubern, Portabella o Erice ha hecho olvidar su olvido. El CCCB abrió el ciclo de cine experimental con su Trilogía elemental de España, el centro José Guerrero de Granada le acaba de dedicar una gran exposición y el Reina Sofía celebró una gran exposición el otoño pasado.

En España los creadores o son realistas o son místicos. Val del Omar (1904-1982) cruzó los dos extremos mediante su fe en la ciencia. Amaba las máquinas –vendía en Madrid autos Buick– y tras un viaje a París se compró una cámara con la que rodó una película fallida. El fracaso –150.000 pesetas de la época– le llevó a retirarse a las Alpujarras para meditar. A los amigos que le visitaban les ofrecía un dilema. Les daba a elegir entre una lupa o un imán. Si escogían la lupa, les incluía entre los occidentales; si el imán, entre los orientales; es decir, la razón analítica de Occidente o el arrebato de Oriente. Él, habitante de la Alhambra que había arabizado la caligrafía de su nombre, era el puente. Nacido en la casa de Ángel Ganivet –ahora Museo Falla–, le gustaba citar una de sus frases: “El misticismo español fue la santificación de la sensualidad musulmana”.

Cuando llegó la República, alentado por Manuel Bartolomé Cossío, se alistó, con Lorca, Miguel Hernández o María Zambrano, en las Misiones Pedagógicas, las caravanas culturales que, en una furgoneta o a lomos de mulas y burros, iban de aldea en aldea para desasnar la España educada por curas analfabetos. Hay una foto en la que se ve a Val del Omar explicando Los fusilamientos del 3 de mayo de Goya a un puñado de campesinos arremolinados en la plaza con las manos en los bolsillos. El cineasta les proyectaba películas de Charlot y del Gato Félix y en ocasiones filmaba sus rostros, que al año siguiente proyectaba en el mismo lugar para que se adentraran en la magia del cine.

Acabada la guerra, aceptó el encargo de emitir eslóganes propagandísticos en una especie de pre hilo musical. “Necesitábamos simplemente comer”, se confesó después. “Quien en 1930 había soñado una cinta del ‘sentido místico de la energía’, su instinto de conservación propia, el hambre de los suyos y (por qué no confesarlo también) la vanagloria de sobresalir, sin tener conciencia de la trascendencia del daño, puso en marcha una polución sonora infernal que, cuanto más tiempo pasa más lo llena de pesadumbre, al sentirme uno de los fundadores de la cretinización colectiva”.

Entre 1953 y 1962 emprendió su trilogía. Una diagonal de Occidente a Oriente que glosara las correspondencias simbólicas del agua/aire (Aguaespejo, sobre Granada), el fuego (Fuego en Castilla, que da vida a las esculturas imagineras de Valladolid como si fuera un thriller metafísico) y la tierra (Ocariño galaico). Inacabada, aún planearía en 1968 una cuarta película, Ojala, sin acento en la a, a lo árabe, que debía ser “el vértice y el vórtice” de su tríptico. Y que hace referencia a su poema. “Quiero verte en los lugares todos/ buscar el agua del abismo, hermana,/morir de Dios por la descarga eléctrica/desquiciarme de amor,/soñar lo que se ama./¡Tonto! Dios está en ti/búscalo en tu cubo de basura./Fisión y fusión, la misma cosa/mira a tu alrededor/y descubre la apetencia eterna./Ojalá que te ayude a saltar/fuera de nuestro yo, de nuestro día, de nuestro orden./Ojalá que te ayude a respirar y arder/sin dejar rastro./Ojalá tires/tu reloj al agua”. Porque Val del Omar creía que “las circunstancias que nos rodean en el espacio de los relojes nos impiden sentir el Tiempo”. Tira tu reloj al agua fue el título que eligió Eugenio Bonet para la reunión del material póstumo del cineasta, una maravilla del cine lírico.

Val del Omar desconfiaba de la palabra y de la cultura encerrada en los libros. Fascinado por el cine, debió leer mucho a Nietzsche para escribir: “Por instinto. Yo quería fugarme del negro de los libros. Quería irme hacia la imagen luminosa. Como las mariposas son atraídas por la luz”. O sentenciar: “Lo intelectual ha provocado un cierto divorcio entre el cerebro y el corazón, entre el instinto y la conciencia. Ha separado el mundo de las cosas y el de las ideas, ha alejado los sentimientos de la gravedad y la lógica, ha incomunicado el arte y la ciencia”. El vértigo del cine, en cambio, ponía remedio a la palabra prostituida por mercaderes y reclamistas, pero –clamaba– no el cine que entontece. “La verdad –decía– es que muchos de nosotros vivimos entre máquinas de ensuciar cerebros, donde conquistar, sugestionar, seducir, alucinar, son actividades encomiables, admitidas como excelentes”. Él no buscaba hipnotizar al espectador, sino despertarlo e integrarlo en esa nueva arquitectura audiovisual.

El cineasta ansiaba un cine o una cinegrafía, como el la llamaba, que materializara su sueño táctil, un cine total. Por eso inventó un objetivo de ángulo variable para que la lente de la cámara imitara la versatilidad fisiológica del ojo humano, es decir, inventó el zoom antes de que los alemanes de Zoomar lo popularizaran. Se anticipó al súper 16 (que utilizaron los hermanos Taviani en Padre padrone doce años después), investigó la diafonía (previa al estéreo), las pantallas grandes y cóncavas (antecedente de sistemas como el IMAX), la visión táctil, los efectos especiales y el desbordamiento panorámico. Ansiaba integrar en el cine incluso olores y sabores y en este sentido es un pionero de la realidad virtual. Y a pesar de todo, murió ignorado en Madrid. Bonet supo que existía gracias al elogio del influyente teórico neoyorquino Amos Vogel. “Val del Omar –escribió su hija, sin disimular la rabia– ha muerto: estaba muriendo en Madrid hace cuarenta años entre el polvo y el caos burocrático. Apenas había conseguido vivir –de milagro– en esta ciudad inhóspita que desprecia cuanto ignora”.

 

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07 PM | 16 Dic

ADIOS A MATIORA

Adiós a Matiora
Pese a que en la ex URSS el filme estuvo congelado porque los censores vieron en él cierta advertencia ecologista, en rigor, Adios a Matiora contiene mucho más que un planteo verde. El filme de Klimov enfrenta a sus personajes con una tragedia cultural. Matiora era una isla situada en la parte central de Rusia en medio a un gran río, pero como la Higueras de Las Huellas Borradas (Enrique Gabriel), será inundada para facilitar la construcción de un embalse. La madre tierra ofrenda su sacrificio en aras del progreso. Esa es la tragedia de los habitantes de Matiora.
No es casual que el conflicto se dispare cuando unos empleados pretendan usar sus palas contra el cementerio de la aldea; contra los ancestros, contra lo más tradicional. La narración del filme se apoya en escenas de gran energía provista por las actuaciones, una marca del cine ruso, pero además en ingredientes alegóricos (la escena en la que sus hijos buscan en la tiniebla del río a Daria, una vieja que nació en Matiora y allí vió nacer a sus nietos, es potentísima).
Matiora también es una puesta coral porque muestra cómo los personajes de la nueva y de la vieja generación viven el destierro, los jóvenes adelantando el fin, los viejos aferrándose al lugar hasta el último momento. El fuego, que en tantas puestas ha servido para purificar, oficiará aquí la irrevocable desaparición de Matiora.

 

 

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08 PM | 12 Dic

DEMASIADAS BANDERAS

Allí donde hay un hombre con una bandera hay alguien dispuesto a obedecer, un siervo. Los mares de banderas los inventaron los fascistas y los recuperaron los regímenes totalitarios de diferentes signos. Un tipo con una bandera es un personaje ridículo, uno de esos disciplinados cómplices a los que la historia describe como figura decisiva en todos los desastres. En general no lo hace gratis, se lo suele cobrar en especies. Los que pagan, los señores, no suelen llevar banderas, las cargan sus criados. Los dirigentes, sean radicales o conservadores, no portan banderas; las flamean a sus espaldas los fieles.

Una casualidad me convirtió en presunto experto en banderas. Fue hace quince años, probablemente la última conferencia que di en mi vida. Puedo decir, con orgullo, que debo ser el único ciudadano español dedicado a esto de la escritura y la cultura que no asistió jamás a ningún sarao cultural veraniego, ni a la Menéndez Pelayo, ni a la Rápita, ni a El Escorial, ni a Prades, por citar los comederos más notables de nuestras inteligencias. No es que me haya negado, es que ni siquiera me invitaron. Pero una vez, en Las Palmas de Gran Canaria, alguien programó una especie de seminario sobre los iconos del siglo XX, en elCentro Atlántico de Cultura Contemporánea. Me propusieron la hoz y el martillo, por eso de los tópicos, pero les corregí y les precisé que el icono más impresionante del siglo XX era la bandera roja.

No voy a aburrirles con precisiones eruditas sobre el nacimiento de la bandera roja y su recorrido hasta llegar al sentido revolucionario que obtuvo en el siglo XIX. Aprendí bastante y me adentré en un tema fascinante como es la multiplicación de significados que tiene el color rojo en la historia del arte. Pero ahora no se trata de eso. Entré en contacto con unos personajes amables y singulares que eran los vexilólogos, término que define a los estudiosos de las banderas, y cuyo interés por la trascendencia del concepto era similar a la de los coleccionistas de soldaditos de plomo respecto al historiador de batallas.

Las manifestaciones de antaño eran parcas en banderas. Como se trataba de un símbolo, bastaba con una, que encabezaran las concentraciones. Además tenía un problema añadido y es que cuando llegara la carga de la policía el portador de la enseña tenía todas las posibilidades de ser detenido y obligado a comerse el trapo ante la irresistible insistencia de la policía. Evidencia que me recuerda aquella historia que contaba Escubi, líder en ETA durante los años sesenta, cuando instruía a los novatos y les recomendaba la conveniencia de limar el punto de mira de la pistola. “Así se puede disparar mejor, ¿no?”, decía el militante bisoño. “No, chaval, respondía Escubi, es porque cuando te pille la policía y te la meta por el culo, te haga menos daño”.

En el cine, Kurosawa fue el rey de las banderas, pero se trataba de otra historia, porque la bandera en Japón y más en tiempos antiguos, tiene sentidos familiares y guerreros que nosotros no alcanzamos con facilidad. Nuestras banderas están ligadas al mar y a la distancia, como signo de identificación o necesidad. La bandera antigua era un lenguaje, la bandera contemporánea no lo necesita; es muda y fija, como un sudario. Tiene detrás una leyenda perfectamente construida para que cualquier descerebrado sea capaz de matar por ella. Es el símbolo, en tela de la peor calidad, de siglos de historia, aseguran.

Sé que estas cosas ahora tienen riesgo y no deberían decirse, pero yo pertenezco a una generación, o a una parte de ella que se ha ido disolviendo como los azucarillos, que carece de bandera, y ya puestos a precisar, incluso de himno. Todas las manifestaciones en las que participamos eran tan sórdidas e inseguras que a nadie vi nunca con una bandera; quizá en un caso, en la universidad de Madrid alguien asomó una especie de pañuelo con la enseña del Frente de Liberación Vietnamita, pero fue breve y circunstancial. Vi quemar algunas banderas de Estados Unidos, que debían ser quemadas por vergüenza patriótica. La única manifestación legal en la que participé fue en París, el Primero de Mayo de 1969, y aquello era una fiesta. Sin banderas, pero con pancartas. Un acto de afirmación de los sindicatos. Una manera de decir “aquí estamos”, porque los sindicatos son tan imprescindibles como los empresarios, y puestos a evaluar costos, tengo serías dudas sobre a quién le corresponde la más alta proporción de corruptos.

 

No es precisamente una nadería que un ministro de la Monarquía exigiera ser enterrado bajo la bandera de la II República. Lo hizo Jorge Semprún sin que apenas nadie diera constancia del gesto, llamativo tratándose de un hombre que apenas conoció la República, pero que estaba muy al tanto del valor simbólico, de lo que tenía el hecho de asumirlo, solo y muerto. No es lo mismo que una mesnada de vivos que se jalean. Hay demasiadas banderas. Y no es porque las haya oficiales, oficiosas o rupturistas, sino porque son un síntoma de servidumbre. La gente se manifiesta porque son personas, no porque van cubiertos por una bandera. O al menos eso creía yo antes de ver esas escenas ridículas de los pendones enhiestos por facinerosos dispuestos a romper la cabeza de los sin bandera.

Fíjense en las ciudades. Han vuelto las banderas a los balcones, como en el franquismo, cuando se celebraban festejos o los conversos querían demostrar su adhesión inquebrantable. No son signos de integración sino de exclusividad. Quiere decir: en esta casa somos independentistas, o catalanistas, o abertzales, o españolistas. Orgullosos y arrogantes. Están en su derecho, ¿pero qué debe hacer el vecino? ¿Exhibir que es del Español, o del Real Madrid, o del Betis, que vota al PP o que se abstiene? El hecho de que llame la atención quien no ponga nada en el balcón es una muestra de que esta sociedad está llena de conversos del Séptimo Día, pero también de que hay una gente capaz de resistir esa presión y tomárselo con la misma discreción de quien ve ropa tendida en el lugar inadecuado y no llama a la Policía Municipal.

Impresiona reconocer que la manifestación de mineros sudafricanos en Lomnin que costó 34 muertos, por balazos de la policía, no llevaba bandera alguna. Cuando la gente digna se manifiesta no necesita trapo que encubra su situación: se pelea por la vida, por sus derechos, por la libertad, y para eso basta el riesgo de su cuerpo entero. Me impresiona, digo, lo de Sudáfrica, su silencio, su falta de una respuesta, la ausencia de alguna información que dignifique el trágico gesto. Porque es curioso que esos 34 obreros asesinados en una manifestación sin banderas ocurrió en el mismo país y momento en el que se celebraba el XXIVCongreso de la Internacional Socialista –¿se acuerdan de las internacionales solidarias, que no eran precisamente oenegés subvencionadas?–. No tengo ni idea de qué pasó en el congreso salvo lo que me informaron sobre la asistencia española –Purificación Causapié y Juan Moscoso del Prado– líderes conocidos en su casa a la hora de comer. Vaya sarcasmo.

Las banderas encubren las vergüenzas, de eso la historia ha dado lecciones incontrovertibles. Sin banderas, una manifestación de funcionarios de la Universidad de Madrid ha impedido la inauguración del curso lectivo de este año. “Estas no son formas”, dijo uno. “No es democrático”, dijo el otro. Pero uno y otro son el rector de la Universidad Complutense, José Carrillo, hijo de Santiago Carrillo, y el otro, el director general de Universidades, Jon Juaristi, poeta festivo, con un largo camino desde el abertzalismo radical y el grupo Pott hasta su conversión en bien remunerado compañero de viaje del PP.

Quizá, lo confieso con cierta vergüenza, lo que más me impresiona de estas historias de banderas y convicciones sobrevenidas es que han matado el pasado, lo han hecho desaparecer. Son las figuritas de Lladró de nuestra transición.

GREGORIO MORAN- LA VANGUARDIA.

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08 PM | 12 Dic

HOMENAJE

 

Ayer asistí al homenaje de Luis Gómez Llorente, del que ya hablamos en otro blog, que se le daba en la escuela Julián Besteiro, y lo primero que tengo que decir es que impresiona la entrada al edificio con las dos esculturas a derecha e izquierdas de Besteiro y de Pablo Iglesias El acto lo inició Alfonso Guerra con una intervención muy machadiana, y luego en las mesas se abordaron las vicisitudes de los congresos en Francia con Indalecio Prieto de Presidente, y sobre todo lo acontecido en el 28 congreso cuando el PSOE se desprendió de su raíz marxista. Casi todos los allí presentes fueron los redactores de la ponencia política que ganó el congreso y que González no la asumió presentando su dimisión. La pregunta que quedaba en el aire era incuestionable ¿Qué hubiera pasado si hubiéramos desarrollado  políticas en contra de las encuestas de opinión? , o lo que es lo mismo no apartarnos de los principales valores socialistas como deseaba Llorente. Nicolás Redondo, también en el acto lo dejó claro, no fue buena la ruptura con el sindicato.

Ya por la tarde, y antes de celebrarse el acto central en el ateneo con la presencia de Rubalcaba, se abordó más a fondo el pensamiento político de Llorente, quedando claro que sobre todo era un “pablista”, en la doble dimensión ética y política. Teorizó sobre el laicismo inclusivo, quedando claro que era partidario de la enseñanza del “hecho religioso”, lo que no gustaba a Europa Laica, pero de eso hablaremos en otra ocasión. Al llegar a casa me entero de la muerte de Kanzaburo Nakamura, leyenda del teatro Kabuki y que tuvimos ocasión de ver en aquellos Festivales de Teatro que se hacían en Madrid.

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