El portazo de Nora resonó en todo el teatro occidental, bastante más que la ruptura de la cuerda en el Jardín de los Cerezos de Chejov, y desde luego del final de Doña Rosita la Soltera cuando el golpe del viento abre el balcón y hace oscilar las blancas cortinas al final de la obra. Así que la obra que vimos en los Teatros del Canal sigue emocionándome aunque fuera un montaje muy sencillo pero con una buena interpretación de Rebeca Valls. Ahora a esperar la representación en francés de Cyrano de Bergerac y entre medias alguna cosilla que ira cayendo.
Marché el domingo con Rodrigo a Hoyo de Pinares para subir, en una excursión de 15 kilómetros, un belén al pico del Halcón. Ya puedo adelantar que hará el recorrido de las cumbres, no sé cómo estará Ndendón, así que intentaremos acompañarle.
Me pasan un artículo de José Félix Tezanos en el que se hace la siguiente pregunta ¿Es posible que alguien que está implicado en actividades públicas no sea ni de derechas ni de izquierdas? Entrecomillo algunas de las cosas que dice: “Lo de “arriba y abajo” no es ni mucho menos algo nuevo en el análisis social. Una conocida serie de televisión de hace años se titula precisamente así: “Arriba y abajo”, y en ella se mostraba la rígida estructura de clases de la vieja Inglaterra, llevada incluso al plano de la distribución física de los hogares. Así, en las habitaciones confortables, amplias, espaciosas y luminosas de arriba vivían los señores (pocos) y en las habitaciones más lúgubres de abajo, incluso en los sótanos, vivían los sirvientes (bastantes). Algunos de ellos incluso tenían un cierto estatus y conciencia intermedia, de “clase media”, por decirlo en términos más sociológicos: el mayordomo, el ama de llaves, hasta cierto punto la cocinera…
“Desde las viejas sociedades agrarias hasta los países industriales más avanzados, tal tipo de estratificación “arriba-abajo” ha sido una constante evidente, modulada en los últimos tiempos por la presencia de unas nutridas clases medias que ahora están entrando en un proceso de declive. Por lo tanto, el descubrimiento de este Mediterráneo que algunos están proclamando con júbilo, es algo que dDesde la fundación de la Internacional y el desarrollo de los partidos de raíz obrera (socialistas, socialdemócratas y comunistas en sus diversas orientaciones), una parte de la dinámica estratificacional “arriba-abajo” se convirtió en un proceso político penetrado de aspiraciones emancipadoras. Es decir, una buena parte de los de abajo se agruparon en organizaciones sindicales y políticas que defendían ideas y programas que, en su conjunto, se consideraban de izquierdas, frente a los que postulaban las orientaciones e intereses de los de arriba desde posiciones de derechas.esde hace mucho tiempo estaba perfectamente descubierto.”
Todos lo podéis encontrar en la web. No se dirige a nadie pero imagino que el destinatario es el nuevo partido Podemos. Me permití hacer un comentario en el sentido de recordar lo de gato blanco-gato negro, lo de los nuevos caladeros y los tiempos en que a algunos se les ocurría la idea de quitar la O del PSOE. Me imagino que Tezanos es consciente y sabe que de aquellos lodos….
El Don Apacible nos habla, en dos mil y pico páginas, de cómo es la vida de los cosacos del Don, de lo que supone para sus vidas y su vieja cultura el inicio de la Primera Guerra Mundial, y de las relaciones humanas entre ellos, con una gran y profunda historia de amor de fondo. A esta historia de amor se opone la costumbre, las imposiciones sociales, la guerra y todo lo imaginable, porque ella está casada con otro cosaco, que la aceptó casi engañado. La historia de la mujer, Axinia, es una verdadera obra maestra de delicadeza narrativa.
A medida que avanza la novela, el texto se interna en cuestiones sociales, en las dudas del momento, en cómo va surgiendo el comunismo a medida que progresa el cansancio contra una guerra que nadie entiende, y el estremecimiento que esta nueva idea supone entre los cosacos. Para los cosacos, el comunismo es una posibilidad de mejorar sus condiciones de vida, pero los cosacos son hombres libres y el comunismo quiere colectivizar sus tierras, y obligarlos a compartir su producto, y eso es algo que los cosacos no admiten. El cosaco prefiere ser pobre y vivir sobre su caballo antes que depender de otros o atarse a la tierra.
Gallipoli: La última carrera
Por Íñigo Bolao
-¿Qué son tus piernas?
-Muelles… Muelles de acero.
-¿Qué van hacer?
-Llevarme a toda velocidad.
-¿A qué velocidad puedes correr?
-A la de un leopardo…
-¿Y a qué velocidad vas a correr?
-¡A la de un leopardo!
-¡Pues veamos cómo lo haces!
Con este genial diálogo comienza una de las mejores películas sobre la Primera Guerra Mundial (1914-1918), uno de los conflictos bélicos que menos se ha abordado en la historia del cine a diferencia de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) y de la Guerra de Vietnam (1954-1975). Asimismo, es uno de los filmes más sobrecogedores del cine australiano en los últimos momentos en los que la “Nueva Ola” de cineastas de aquel país dejó una serie de títulos cinematográficos inigualables.
Se trata de Gallipoli (1981), del curtido maestro Peter Weir (21-8-1944), conocido por la mayor parte de los cinéfilos y del público por películas como Único testigo (1985), El club de los poetas muertos (1989) o Master & Commander (2003). Ambientada en 1915, en un momento en el que comenzó a desarrollarse la desgastadora guerra de trincheras en el Frente Occidental, trata sobre dos corredores de Australia Occidental, Archie Hamilton (Mark Lee) y Frank Dunne (Mel Gibson), quienes deciden alistarse en el ANZAC, el cuerpo australiano y neozelandés del ejército británico, para participar en la batalla de Gallipoli contra las tropas turcas.

A modo de detener la sangría en el frente del oeste, y para atacar la retaguardia austro-alemana para apoyar al Imperio Ruso, Winston Churchill, quien por entonces era Primer Lord del Almirantazgo, concibió un plan para acabar con la guerra cuanto antes: arrebatar al Imperio Otomano el Estrecho de los Dardanelos para tomar Estambul, controlándose así el Mediterráneo Oriental y obligando a los Imperios Centrales a rendirse. Librada entre febrero de 1915 y enero de 1916, la batalla acabó en derrota para la Entente, desarrollándose en su transcurso otra guerra de trincheras similar a la existente en la frontera franco-belga por aquel entonces.
Ahora bien, Gallipoli no es sólo una historia de la batalla. Trata sobre cómo el sueño de una generación, y de un país entero, acabo siendo destrozado por el conflicto armado que cambió para siempre la Historia Mundial y con el que comenzó el siglo XX. Fue, para los australianos, una batalla que tuvo el mismo impacto que tendría la Guerra de Vietnam en los Estados Unidos: se instaló tanto en la memoria colectiva de la población que supuso un antes y un después en la evolución de la misma Australia.
También es una película sobre el poder de la amistad. Entre Archie y Frank se desarrolla una relación que supera cualquier adversidad y diferencia de pensamiento. Por un lado, Archie es el joven idealista que quiere curtirse en una aventura, responder a la llamada de las armas intentando formar parte de un regimiento de caballería y siendo uno de los mejores atletas de su generación. Por otro lado, Frank, un hombre individualista de clase humilde que no sabe nada sobre la realidad de la guerra (ni la quiere saber), intuye qué es lo que hay detrás de cada titular de los periódicos. Finalmente, y por la fuerza de las circunstancias, decide unirse a la contienda con sus amigos.
En general, Gallipoli es una película notable. El director, al igual que en otras obras, expuso un tema bastante frecuente en su filmografía: la entrada de sus protagonistas en un mundo que les transforma profundamente; algo que puede apreciarse, por ejemplo, en la excepcional El show de Truman (1998). En la película, tanto Archie como Frank acaban por conocer cómo es la guerra de verdad cuando están en el campo de batalla, y eso acaba con todas sus ilusiones al saber que morir por la patria no es tan glorioso como se piensa, aunque en ningún momento Weir hace propaganda a favor del pacifismo.
Tampoco cuenta con grandes efectos especiales, pero tiene unos aspectos técnicos muy cuidados, como una notable fotografía de Russell Boyd, uno de los técnicos asiduos del cine de Peter Weir; así como una recreación histórica muy certera, tanto en la parte de Australia Occidental, como en el momento en el que las tropas están entrenando en Egipto, hasta en el campo de batalla. Mención especial merece la banda sonora: junto a los temas compuestos por el compositorBrian May (1934-1997), se incluye también música clásica (un trozo de la ópera Los pescadores de perlas, de Georges Bizet, junto a composiciones de Albinoni) y música new age, con pasajes del disco Oxygene, del músico francés Jean-Michel Jarre (1948), hijo del gran Maurice Jarre (1924-2009). Aquí dejo una muestra.

Peter Weir consiguió con esta película un éxito de crítica y de público, siendo nominada al Globo de Oro a la Mejor Película Extranjera, premio que se llevó otra película notable: Carros de fuego, de Hugh Hudson. Como conclusión, han pasado treinta años y ha sido un poco olvidada, pero ha resistido bien al paso del tiempo, manteniéndose a la carrera de éste como un leopardo. Es una gran película bélica e histórica, y una muestra de lo que un país sin mucha tradición cinematográfica como Australia puede hacer. Si la veis, nunca la olvidaréis ni os arrepentiréis de haberla visto: es un buen soplo de aire fresco.

Y tú amor mío, ¿agradeces conmigo
las generosas ocasiones que la mar
nos deparaba de estar juntos? ¿Tú te acuerdas,
casi en el tacto, como yo,
de la caricia intranquila entre dos maniobras,
del temblor de tus pechos
en la camisa abierta cara al viento?
Y de las tardes sosegadas,
cuando la vela débil como un moribundo
nos devolvía a casa muy despacio…
Éramos como huéspedes de la libertad,
tal vez demasiado hermosa.
El azul de la tarde,
las húmedas violetas que oscurecían el aire
se abrían
y volvían a cerrarse tras nosotros
como la puerta de una habitación
por la que no nos hubiéramos
atrevido a preguntar.
Y casi
nos bastaba un ligero contacto,
un distraído cogerte por los hombros
y sentir tu cabeza abandonada,
mientras alrededor se hacía triste
y allá en tierra, en la penumbra
parpadeaban las primeras luces.
Hace ahora cien años, en aquel mes de julio que siguió al atentado de Sarajevo, las cancillerías europeas echaban humo. Entre amenazas y ultimatos, negociaban febrilmente intentando impedir el inicio de una guerra que al final, sin embargo, estallaría e implicaría a casi todos. Un siglo después, es bueno reflexionar sobre aquella matanza y sus consecuencias para Europa. Matanza, ante todo, y de dimensiones nunca vistas en la historia humana: unos 10 millones de muertos en campos de batalla; al menos otras tantas víctimas civiles, aunque estas sean imposibles de cuantificar; incontables destrozos en infraestructuras y tesoros artísticos; y descomunal gasto de dinero público, que se prolongaría en la posguerra con las indemnizaciones y pensiones a huérfanos, viudas o mutilados (a las que la Francia de los años veinte dedicaba casi la mitad del presupuesto nacional). Europa, que en 1914 era la región más rica y poblada del mundo, con un grado de bienestar desconocido en la historia de la humanidad, emprendió aquel verano el camino de su declive, rematado 25 años después por un segundo conflicto más catastrófico aún. La llamada Guerra de los Treinta Años(1914-1945) nos hizo descender a lo que hoy somos: tercera región mundial en riqueza e influencia política. La competencia entre los Estados europeos, que en siglos anteriores pudo ser el estímulo para su productividad y creatividad, acabó llevando a su suicidio colectivo.
Todo empezó con un incidente, como el atentado de Sarajevo, trágico pero de importancia limitada. Los magnicidios, en definitiva, eran cosa conocida: en atentados terroristas habían muerto el zar Alejandro II, la emperatriz Sissi, el rey Humberto I, los presidentes Sadi Carnot o McKinley, los jefes del Gobierno Cánovas o Canalejas y muchos más. Pero lo que hizo que aquel episodio derivara en resultados no queridos por nadie fue la atmósfera nacionalista que reinaba en Europa y azuzaba a la opinión pública con pasiones incontrolables. No hay más que recordar el entusiasmo con que se acogió la declaración de guerra y las muchedumbres que recorrieron Berlín gritando enfebrecidas “¡a París!” a la vez que otras en la capital francesa vociferaban “¡a Berlín!”, empujando a sus gobernantes a despeñarse por la pendiente. Reinó entonces la fiebre chauvinista, el patrioterismo de la peor especie, muy patente en los insultos al vecino (los alemanes eran boches en Francia,hunos en Inglaterra).
Acabo de usar el término nacionalismo en el sentido de una visión del mundo que divide a la humanidad en pueblos o razas con sus características biológicas y psicológicas que les hacen radicalmente diferentes del vecino; visión que se apoya en datos biológicos (color de la piel), culturales (lengua, religión) e históricos (manipulados). Este tipo de Weltanschauung dominaba a principios del siglo XX incluso entre muchos intelectuales, más atraídos por una visión racista y jerárquica de los pueblos y culturas que por la idea de igualdad entre los seres humanos.
Pero el nacionalismo es también un sentimiento, una emoción. Una emoción que, quizás para compensar el descenso de las creencias religiosas y la monotonía del trabajo industrial, ha superado a cualquier otra en el mundo moderno. Y que inspira, sin duda, actos de generosidad, de sacrificio del interés individual por el colectivo, pero que limita esta generosidad a los connacionales, mientras que fomenta la desconfianza, el egoísmo o el odio hacia el vecino.Estos sentimientos perversos son los que se impusieron en 1914 sobre los principios morales y políticos que se suponían base de la superioridad europea. Europa se contradijo y perdió el control de sí misma. La región más civilizada del mundo no dio muestras de civilización ni de racionalidad. Apoyándose en unos esquemas de autocomprensión política erróneos y empeñados en rivalizar en poder económico, político y militar, los gobernantes jugaron con fuego. Utilizaron sistemáticamente la política de la fuerza, creyeron tolerable e incluso deseable la guerra, que se suponía cultivaba los más elevados ideales en los “hombres”. No funcionaron la diplomacia ni el derecho. Y, bajo la ilusión de “acabar con todas las guerras”, llamaron a una movilización enloquecida; para encontrarse a los pocos meses empantanados en trincheras llenas de barro, cadáveres y ratas.
Se impuso, en resumen, el nacionalismo en un tercer sentido, el peor de todos: el que lo identifica con políticas agresivas, imperialistas o militaristas, dirigidas a expandir los territorios dominados por un Estado. Porque los dirigentes políticos utilizan la retórica nacional, como cualquier otra que les convenga, para ampliar su poder. Y las pasiones que despertaron en aquella coyuntura hicieron que las muchedumbres perdieran la sensatez más que sus propios azuzadores, que al final comprendieron que se hallaban al borde del abismo e intentaron evitar la caída. Basta leer los angustiados telegramas que el zar ruso y el emperador austríaco se intercambiaron en aquel julio de 1914 animándose a frenar los impulsos bélicos en sus respectivas sociedades.
Una vez terminado el conflicto, lo que se ofreció como solución y garantía de que no habría nuevas guerras fue, de nuevo, el nacionalismo, entendido esta vez en un cuarto sentido: como principio doctrinal. Un principio según el cual cada pueblo o nación debe tener un Estado propio. La paz negociada en 1919 se inspiró en los 14 puntos de Wilson, para quien el problema europeo era que había imperios demasiado heterogéneos y era preciso crear un Estado para cada pueblo. Imperios como el austrohúngaro, zarista o turco eran, para él, el paradigma de la complejidad arcaica, mientras que veía en el Estado-nación una fórmula política sencilla y moderna. Pero el nuevo mundo de Estados-nación no resolvió los problemas, sino que creó otros: minorías discriminadas, desplazamientos masivos de población, territorios irredentos, agravios interminables.
La paz de 1919 no trajo la estabilidad, sino nuevas convulsiones. Estados Unidos, tras haber decidido el resultado de la guerra, negociado el tratado de París e ideado la Sociedad de Naciones, se retiró del escenario. Con lo que se produjo un vacío de poder internacional, sin una potencia hegemónica capaz de sustituir a Gran Bretaña. Los europeos, incapaces de comprender que tras la “guerra de las tribus blancas” nadie los veía ya como “razas superiores”, que no tenían misión civilizadora alguna de la que presumir ante el resto del mundo, reavivaron sus rivalidades; y en ese caldo se cultivó Hitler. A corto plazo, de la Gran Guerra los europeos aprendieron muy poco. Las dolorosas enseñanzas solo llegaron tras la Segunda. Solo desde 1945 se comprendió que el recurso habitual a la fuerza como instrumento político acababa en guerras globales. Solo entonces se empezó a abandonar la idea de las grandes potencias y las áreas de influencia. Con lo que se ha conseguido que conflictos como los balcánicos de los años noventa, tan similares a los de antaño, o la actual crisis ucraniana, no hayan superado el nivel local.
De 1919 procede también la idea de crear un orden institucional internacional destinado a evitar las guerras. La Sociedad de Naciones fracasó, pero fue sucedida en 1945 por las Naciones Unidas, esta vez ya con plena implicación estadounidense. Y hoy avanzamos lentamente hacia un orden jurídico-político supranacional, por medio del TPI, el Consejo de Europa o los pactos universales sobre la imprescriptibilidad del genocidio o los crímenes contra la humanidad.
Europa, en resumen, decayó por los nacionalismos y ahora, desde hace sesenta años, intenta superarlos. No es buen momento, desde luego, para lanzar flores a la UE, pero es lo mejor que tenemos, el único gran proyecto en el que estamos embarcados. Aunque es un experimento sin precedentes históricos, en la medida en que repita alguna fórmula conocida no sería malo que se aproximara más a los viejos imperios multiculturales que al moderno Estado-nación. No porque fueran autocracias, obviamente, sino porque su legitimidad política no se debía a la homogeneidad cultural de sus componentes. El demos soberano de una entidad política moderna no es una etnia; es un conjunto de individuos muy dispares que tienen en común su aceptación de, y sumisión a, una misma estructura institucional; la cual les convierte, no en miembros de una fratría, sino en ciudadanos libres e iguales.
José Álvarez Junco es historiador. Su último libro es Las historias de España (Pons / Crítica).