08 PM | 08 Feb

Significantes

Decía el sábado pasado Gregorio Morán en su sabatina que, como adicto a la lectura de la prensa escrita, le salía a una media de seis artículos diarios contra Podemos, repartidos entre catedráticos con pretensiones, plumillas avezados, vejestorios egregios y funcionarios varios. Ahora bien, si se metiera en la red, o tuviera muchas cenas con amigos, se daría cuenta que el tema es inevitable y recurrente. Ya era hora que el derecho a decidir haya dejado paso a los significantes vacios, aunque los independentistas ya empiezan también a citar a Ernesto Laclau  diciendo que el verdadero significante vacio es la autodeterminación de los pueblos.

 

Bienvenidos todos al club de la democracia, y sobre todo para aquellos que han tenido en la abstención su único recurso dialéctico. Sorpréndeme  dos cosas, por un lado el aumento de la fe en tiempos postmetáfisicos y que la solución para buscar un mejor funcionamiento en los partidos sea crear uno nuevo, que tiene (o tendrá) el mismo funcionamiento que los existentes y además no tenga ningún reparo en fagocitar a los amigos. Hace más de cinco años a mis amigos socialistas les recomendé que siguieran el discurso que se estaba produciendo en el entorno de políticas, tenía la sensación de que algunos lo iban a comprar, lo que no  me esperaba es que lo hicieran los que siempre se negaron a colaborar, participar, o currar, dicho así de claro, en nada que supusiera el bien colectivo.

Compártelo:
06 PM | 08 Feb

Para acabar de una vez por todas con los partidos

En Mani sulla città (Las manos sobre la ciudad, 1963), película del fallecido Francesco Rosi sobre la especulación inmobiliaria en Nápoles, un candidato del partido centrista que ha formado parte de la comisión municipal encargada de investigar el derrumbe de un edificio, sacudido por la certeza de que el accidente se debe a la falta de escrúpulos de un constructor que forma parte de las listas de la coalición de centro-derecha, dice al líder de su partido que, por razones de conciencia, no puede concurrir a las elecciones: uno de los dos tiene que salir. Mirándolo comprensivamente, con la paciencia de un padre ante su hijo, el líder centrista trata de retenerlo: «Querido amigo, está usted enfocando el asunto de una manera equivocada. Necesitamos esos votos para hacernos con la alcaldía y cumplir con nuestro programa. Sobre todo, no debe verlo como un problema ético, sino como un asunto político». Naturalmente, el concejal accede: por razones políticas.

Es sabido que la emancipación de la política respecto de la moral fue observada ya por Maquiavelo en su estudio sobre el poder; pero también que el papel de los partidos en la lucha por acceder al mismo los convierte en espacios privilegiados para el análisis de esa problemática disyunción. Sobre ese tema, casi como si glosara el diálogo entre los dos munícipes napolitanos, trata Sobre la abolición de todos los partidos políticos, una obrita de la filósofa francesa Simone Weil que, a la vista del intenso debate desarrollado en España últimamente sobre las patologías de los partidos, en coincidencia con la fragmentación de los sistemas de partido en todo el continente europeo, merece la pena leer. Distinto es que puedan extraerse enseñanzas útiles de su apasionante contenido.

Escrito en 1943, en Londres, donde Weil había contribuido a la formación de la Francia Libre alrededor del general De Gaulle, la obra responde a su inquietud ante el faccionalismo partidista que empieza a observar en el exilio. Poco después, ya desde el hospital, Weil cesaría de sus responsabilidades en la Resistencia, para morir el 24 de agosto de ese mismo año, víctima de la tuberculosis, a los treinta y cuatro años de edad. Este ensayo fue publicado por vez primera siete años después, en la revista La Table Ronde, recibiendo elogios de Breton y Alain. Publicada en forma de libro por Gallimard en 1953, reeditada por Flammarion en 2008, aparece recientemente en la colección de The New York Review of Books, en edición y traducción de Simon Leys, con un post scriptum de Czesław Miłosz.

Weil no tiene tiempo que perder. Después de trazar el origen de los partidos europeos, que a su juicio se encuentra en una combinación del Terror francés y la práctica semideportiva de los británicos, plantea el problema de la siguiente forma:

El simple hecho de que existan no es razón suficiente para su preservación. La única razón legítima para preservar algo es su bondad. Los males de los partidos políticos son del todo evidentes; en consecuencia, el problema que ha de examinarse es éste: ¿contienen un bien suficiente que compense sus males y hagan deseable su mantenimiento?

Más aún, en una peculiar combinación de platonismo y consecuencialismo, Weil sostiene que tampoco la democracia o la regla de la mayoría son bienes en sí mismos, sino que son medios para la consecución del bien; medios, añade, cuya eficacia es incierta. Su posición no puede sorprendernos una vez que Weil descubre sus cartas: un ideal republicano desarrollado enteramente a partir de la «voluntad general» de Rousseau, cuyo Contrato social califica como uno de los libros más «clarividentes y articulados» jamás escritos.

Desgranando a Rousseau, Weil identifica dos premisas necesarias para el cumplimiento de la voluntad general que serán familiares para cualquier observador de la actual realidad política española, siempre y cuando consideramos los discursossobre esa realidad una parte constitutiva de la misma. En primer lugar, no debe existir ninguna forma de «pasión colectiva»; en segundo término, «el pueblo debe expresar su voluntad en relación con los problemas de la vida pública». La cursiva es mía; donde dice pueblo podemos escribir gente, pero el problema sigue siendo el mismo: la imposibilidad de ir más allá de esa mera declaración de intenciones, por ser impracticable cualquier expresión de la voluntad popular que no sea metafórica o aproximativa. Esto queda claro, para el observador sutil, cuando Weil elogia el sistema de cahiers de revendications que operaba en 1789, que permitía a los ciudadanos presentar sus quejas ante unos representantes. Dice Weil que, si se daba aquí

hasta cierto punto una genuina expresión de la voluntad general –incluso aunquese había adoptado un sistema representativo, por incapacidad para inventar una alternativa–, era sólo porque se disponía de algo mucho más importante que las elecciones.

De nuevo, la cursiva es mía. Porque no deja de ser llamativo que Weil contemple en esa práctica revolucionaria un atisbo de voluntad general a pesar de la mediación representativa, cuando, a poco que el demos en cuestión posea una cierta dimensión, la construcción de la voluntad general sólo puede llevarse a cabo gracias a esa mediación. De ahí que, como acabo de señalar, la expresión de la voluntad popular sólo pueda ser metafórica o delegativa; a menudo, de hecho, las dos cosas a la vez.

Una expresión metafórica recoge una determinada agregación de preferencias, principalmente a través del voto, y proclama a continuación aquello de «el pueblo ha dicho…»; la voz del pueblo es una decantación de sus muchas voces distintas. Por su parte, el método aproximativo admite distintas posibilidades, entre ellas el voto directo entre distintas alternativas o la creación de minipúblicos que debaten sobre un asunto en representación del resto del público. En cualquiera de estos casos, sin embargo, se comete el pecado mortal de la delegación: esa Gran Abstracción que es «la gente» se descompone en un sistema más o menos sofisticado –según los casos– de mediaciones y representaciones. ¡No puede ser de otra manera! Incluso una democracia electrónica directa exige que alguien seleccione las preguntas; no es posible demediar la mediación, aunque sí sea dable ocultarla hasta hacerla casi invisible.

En cualquier caso, este problema merece una atención separada. Hoy nos interesa sobre todo en conexión con los argumentos de Weil contra los partidos políticos. Para la filósofa francesa, la legitimidad republicana sólo puede lograrse mediante la abolición de los partidos: punto. Y ello, a la vista de sus tres características definitorias, todas ellas perniciosas: son máquinas de generación de pasiones colectivas; son organizaciones diseñadas para ejercer presión sobre las mentes de sus miembros; su objetivo primero y final es el crecimiento sin límite. A consecuencia de ello, todo partido es potencialmente totalitario.

Para Simone Weil, el problema de la política estiba en su separación de la ética, disyunción que la cita inicial de la película de Rosi expresa con claridad. Si, contrariamente, la política es indisoluble de una rigurosa concepción ética orientada a la verdad y la justicia, los partidos políticos se convierten en obstáculos estructurales para su consumación, como vendría a demostrar una sencilla regla de tres:

Los partidos políticos son organizaciones pública y oficialmente diseñados para matar en todas las almas el sentido de la verdad y la justicia. Esa presión colectiva se ejerce sobre el público con los medios de la propaganda. El propósito confeso de la propaganda no es iluminar, sino persuadir. […] Todos los partidos hacen propaganda.

Para Weil, el peligro estriba en la facilidad con la que la subsiguiente identificación con los partidos por parte de sus miembros y partidarios les lleva a hablar comoconservadores o socialistas, renunciando a su juicio individual y adscribiéndose, en cambio, a las cosmovisiones ideológicas proporcionadas por el partido en cuestión. La filósofa francesa, por el contrario, exige mucho más de nosotros: si sólo hay una verdad, no podemos pensar más que en ella, a la luz de las pruebas que la razón nos ofrezca; algo que nada tiene que ver con las verdades prefabricadas en las factorías propagandísticas de los partidos. La conclusión es palmaria:

Si la pertenencia a un partido nos empuja a mentir constantemente, en cada caso, la propia existencia de los partidos políticos es, absoluta e incondicionalmente, un mal.

Más aún, para Weil hay una contradicción fundamental entre la búsqueda de la verdad y la justicia en nombre del interés general, por un lado, y la actitud que se espera de aquel que pertenece a un partido político: no se puede servir a dos amos a la vez. Tristemente, tenemos sobrados ejemplos de cómo la conciencia individual puede verse subsumida por completo en la unimente partidista, al menos de puertas hacia fuera. Para trazar la genealogía de este fenómeno, Weil recurre a la consabida lucha de la Iglesia católica contra la herejía; que es, dicho sea de paso, la explicación que para todos los males de España suele uno oír de los miembros de las generaciones educadas en el franquismo. No hay razones para negar la verosimilitud de la sugerencia; pero tampoco para probarla. De hecho, ¿no es más lógico pensar que la Inquisición es simplemente una de las formas históricas que adopta el transhistórico deseo humano de suprimir la diferencia e imponer una homogeneidad religiosa o ideológica en la que no pocos seres humanos se sienten cómodos? Otras formas son el Partido Comunista de la Unión Soviética o, salvando las distancias, el equipo de fútbol de la propia ciudad. Desde este punto de vista, la lenta forja del sujeto autónomo capaz de distanciarse de esos bloques –o de entrar lúdica o reflexivamente en ellos– es una conquista histórica del proceso de civilización, conquista debilísima siempre en peligro de retroceso.

Son así claras las conclusiones de Weil, pero quizá no pueda decirse lo mismo de sus presupuestos. Su diagnóstico sobre los males asociados a los partidos políticos es razonable, especialmente si tenemos en cuenta la radicalidad ética de su planteamiento. Esa radicalidad le impide apreciar las virtudes funcionales de los partidos, quizá menos visibles en su época que en la actualidad; virtudes que, en conjunto, seguramente compensen los muchos vicios en que incurren. En su análisis de las «pasiones colectivas» engendradas por los partidos, Weil ignora el papel que cumple la identidad colectiva, visible también en los movimientos sociales. Tal como demostró la marcha convocada por Podemos en Madrid, todavía hoy, en plena era posmetafísica, hay cientos de miles de personas dispuestas a profesar una religión política y a echarse a la calle con el entusiasmo propio de la fe. En el fondo, es algo extraordinario. Y algo que no se entiende sin tener en cuenta el deseo de pertenencia del ser humano, derivado directamente de su condición social.

Por otro lado, subyace al planteamiento de Weil una curiosa ambigüedad. Su neoplatonismo, conforme al cual sólo existe una verdad esperando a ser descubierta, ¿no podría desembocar en la misma asfixia de la conciencia en que incurren los partidos? De hecho, así ha sido a lo largo de la historia. Pensemos en el racionalismo «científico» invocado por el marxismo-leninismo en defensa de su sanguinaria verdad partidista. Es decir, que el rigorismo ético puede ser también la tumba de la libertad. O de la propia república: la verdad personal de Antígona choca con las leyes de la ciudad, algo que la famosa declaración de Albert Camus, según la cual entre su madre y la justicia elige a su madre, también refleja, porque la frase la podría suscribirla Michael Corleone. Ya sea por el flanco racionalista o por el sentimental, se deja ver aquí que invocar la verdad qua verdad –otra cosa es hacerlo como horizonte regulativo– plantea más problemas de los que resuelve.

No digamos si añadimos a eso la confianza que Weil demuestra tener en el «observador neutral» al que se refiere Sloterdijk en un ensayo reciente: el pensador desencarnado que no se deja influir por sus emociones ni circunstancias en su búsqueda de la verdad1. Tras los exitosos ataques contra la idea de neutralidad, anotados por el propio pensador alemán, los contemporáneos sólo podemos acercarnos a la idea de verdad con cautela y sin mayúsculas, distinguiendo cuidadosamente sus distintas variantes y con conciencia de sus distintos modos de producción. ¡Cuidado con ella! Paradójicamente, Weil même defendió durante su corta vida la necesidad de ponernos en el lugar del otro para comprender su punto de vista, hasta el punto de entrar a trabajar en una fábrica para conocer las condiciones de vida de la clase trabajadora. Fue antes Juana de Arco que Descartes.

Sea como fuere, ¿qué aspecto tendría la sociedad tras la abolición de los partidos? Como si quisiera contradecir directamente la conocida definición de Benjamin Disraeli, según la cual los partidos son «opinión organizada», Weil sugiere que los candidatos presentarían sus propias ideas sin ligarse a partido alguno, para, una vez en el parlamento, «asociarse y disociarse entre sí siguiendo el flujo natural y cambiante de las afinidades». Fuera del parlamento, los círculos intelectuales se formarían de manera natural alrededor de las revistas dedicadas a las ideas políticas. Pero el flujo no debe dejar de ser flujo:

Allí donde un círculo de ideas y debate se sienta tentado a cristalizar y crear una pertenencia formal, habría de reprimirse legalmente y castigarse ese intento.

Para Weil, lo importante es que sean las ideas, como expresión de la búsqueda de la verdad, antes que los intereses o las meras intenciones, las que articulen la vida política. Quiere que los miembros de los partidos dejen de comportarse como «sectas de juramentados», por usar la expresión de Rafael Sánchez Ferlosio, no por casualidad otro moralista en materia política.

No es difícil contraponer al utopismo bienintencionado de Weil la cruda realidad del poder y los intereses, la complejidad de una sociedad que necesita de los expertos tanto como de los idealistas, si no más, o apuntar hacia las funciones que eficazmente cumplen los partidos como agregadores de preferencias y reductores de la heterogeneidad social en beneficio de la gobernabilidad y de un orden no por imperfecto menos deseable. Su mayor ingenuidad es creer que la desaparición de los partidos conduciría naturalmente al reino de las ideas; ingenuidad que podría parecernos especialmente llamativa en plena guerra mundial, pero que puede también interpretarse como la lógica reacción ante un conflicto en cuya génesis desempeñaron un papel decisivo los partidos antiliberales de carácter ideológico. En nuestra sociedad de clases medias, los partidos han cambiado, limando en la práctica sus aristas ideológicas, punzantes todavía, sin embargo, en el plano retórico. Más que abolir los partidos, parecería necesario restringir su poder, a fin de que no cubran más campo civil del que resulte necesario, con objeto de que pueda reforzarse una esfera pública donde esa libre asociación de ideas a la que Weil alude pueda hacerse realidad.

Es aquí donde las intuiciones de Weil resultan más valiosas. Aunque su adhesión al imposible lógico que constituye la voluntad general de Rousseau lastra la carga propositiva de su panfleto, la filósofa francesa acierta de pleno cuando denuncia la influencia malsana que el espíritu partidista ejerce sobre la vida pública. Al final de su obra, señala que las instituciones que regulan esta última dan forma a la mentalidad general, y añade:

Progresivamente, la gente ha desarrollado el hábito de pensar, en todos los terrenos, sólo en términos de estar «a favor de» o «en contra de» una opinión, buscando sólo después los argumentos necesarios. Se trata de una exacta trasposición del espíritu partidista.

Más que pensar, tomamos partido. Y esa elección –a favor o en contra– acaba por reemplazar la actividad mental del ciudadano, constituyendo una forma de «lepra intelectual» que, originada en el mundo político, termina por contaminar toda forma de pensamiento. Esta imagen poderosa encierra una considerable cuota de verdad, como un rápido vistazo a los términos del debate público –máxime en la versión sin filtros que nos ofrecen las redes sociales– viene a mostrar. Hay, acaso, avances: la adhesión incondicional a los partidos está reduciéndose, florece el periodismo de datos, el número de voces en el debate público no hace más que crecer. Pero la lepra está lejos de extinguirse y la advertencia de Weil contra ese mal necesario que son los partidos no ha perdido vigencia durante los algo más de setenta años transcurridos desde su publicación. Su voz constituye así un valioso recordatorio del valor informador que sobre nuestras prácticas tienen –o más bien deberían tener– un puñado de principios regulativos. ¡No es poco!

04/02/2015      ARTICULO DE MANUEL ARIAS MALDONADO

1. Peter Sloterdijk, Muerte aparente en el pensar. Sobre la filosofía y la ciencia como ejercicio, trad. de Isidoro Reguera, Madrid, Siruela, 2013. 

Compártelo:
06 PM | 08 Feb

Rojo y Negro

EL ROJO Y EL NEGRO, la obra favorita de Nietzsche de sus últimos años de vida.

La  Francia moderna en la que vive Stendhal, tanto en la provincia como en las metrópolis, se caracteriza por estar anegada de vanidad. Y esto se refleja muy bien en El Rojo y el Negro: todos los personajes, inclusive el protagonista Julian Sorel, se ven afectados por esta modalidad deseante: la vanidad es un deseo mediatizado por un otro que se supone superior (normalmente, porque aglutina el valor social). Es decir, el vanidoso desea algo (un cargo social, un objeto o una persona) en la medida en que dicho algo es deseado por un tercero que considera modélico y al que quiere imitar. Por lo tanto la vanidad es un deseo esclavizado por un modelo que lo trasciende. Los ejemplos son múltiples: Monsieur Renal quiere contratar a Julian Sorel como preceptor de sus hijos justamente porque cree que su rival Monsieur Valenod también lo pretende. Mathilde desea conquistar definitivamente a Sorel cuando cree que otra gran dama de París también lo desea, etc… Y la gravedad del asunto es que, a juicio de Stendhal, la vanidad, al apoderarse del individuo bloquea el surgimiento espontáneo de las pasiones, estrangula el libre juego imaginativo, la alegría, y por ende todo lo concerniente al talante artístico en un sentido espiritual.

A la vanidad, Stendhal contrapone la pasión; al vanidoso, cuyo deseo está esclavizado por un tercero, contrapone el “noble verdadero”, el ser apasionado que extrae sus deseos de sí mismo, y que en la medida en que no están mediatizados por un tercero tienen un carácter asocial, incomprensible para el resto de mortales. Es decir, el noble, este ser apasionado, actúa, valora, interpreta siempre desde sus deseos sin preocuparse por el otro, sin tratar de calcular qué efecto tendrán públicamente dichos deseos, si serán reconocidos o bien denostados, si tendrán el beneplácito general o su recriminación.

Esta noción de nobleza no dista mucho que la que hallamos en La Gaya Ciencia. En el aforismo 3, titulado “Noble y vulgar”, dice Nietzsche: “El gusto del carácter superior [del noble] se dirige a las excepciones, a cosas que habitualmente dejan frío a cualquiera… el carácter superior se define por tener una singular escala de valor”. Un poco antes dice: “el hombre aristocrático y magnánimo se distingue por poseer unos sentimientos de placer y de dolor tan poderosos que su intelecto queda reducido al silencio o puesto a su servicio: en este punto su corazón desplaza a la cabeza y cabe hablar de pasión”.

O sea, que tanto para Stendhal como para Nietzsche, la nobleza, concebida en su pureza, designa un ser cuyas pasiones son tan intensas que tratan de afirmarse sean cuales sean las resistencias que se entrometan, acallando la voz de la conciencia que para ambos siempre es una voz gobernada por el contexto social. El noble no actúa movido por las finalidades propias del sistema cultural y moral en el que vive, sino movido por pasiones extrañas absolutamente incomprensibles para la medianía; la cual queda asombrada en la medida en que parece no orientarse o movilizarse por unos fines convencionales.

Pues bien, estos preámbulos me permiten tratar de formular la problemática que nos plantea El Rojo y el Negro: la de si es factible en la modernidad la pasión. Yo creo que en el fondo, con esta novela Stendhal hace un experimento: ¿Qué sucede cuando un individuo, en este caso Julian Sorel, poseedor de pulsiones señoriales (como son el orgullo, la sed de venganza, la ambición)

debe abrirse paso en una sociedad en la que ya no hay cabida para las grandes gestas por medio de las cuales se “realizan”, se desfogan las grandes pasiones? ¿Qué destino le espera a un alma grande en el seno de la mediocridad?

Que Sorel es una “naturaleza superior” nos lo viene diciendo Stendhal durante todo el relato. Además de tener una inteligencia privilegiada y una memoria de elefante, Stendhal nos da algunos rasgos de la personalidad de Julian Sorel al margen de lo que éste piense o diga de sí mismo. Estos rasgos son propios de ese ideal de nobleza: me refiero al fuego, a la imprevisibilidad y a la belleza. Y considero que sólo teniendo en cuenta este trasfondo aristocrático, se puede evaluar el sentido de la “hipocresía”, del uso de las máscaras en sociedad que Sorel lleva a cabo.

Para referirse a Sorel, Stendhal siempre usa el símbolo del fuego: imaginación fogosa, alma ardiente, ardor de corazón: epítetos con los que se quiere indicar la fuerza, la energía de Sorel. El abate Pinard dice de él: “posee el fuego sagrado, puede llegar muy lejos”. Y este fuego está íntimamente asociado con el otro rasgo aristocrático que es la indeterminación; como bien es sabido el fuego es un elemento incontrolable: Sorel es un enigma para todos los personajes de la novela, como para sí mismo; y sin duda es uno de los elementos que generan tanto fascinación como terror. La amiga de Madame Renal le dice a ésta: “Su Julien es sumamente violento, me asusta”. La misma Madame Renal, en una escena íntima, le dice a Sorel: “Hay momentos en que pienso que nunca he visto en las profundidades de tu alma. Me asusta tu manera de mirarme. Me asustas”. Más adelante, el Marqués de la Mole le dice a su hija Mathilde: “Hay algo indefinible en su carácter… en el fondo de este carácter encuentro algo aterrador”, e inmediatamente la enamorada Mathilde piensa dentro de sí: “No conozco a Julian”.

La verdad es que Sorel es distinto. En el seminario de Besançon, a pesar de que trata de ajustarse por todos los medios, ser distinto le cuesta el odio de sus compañeros.

El orgullo y la ambición son de tal calibre, arden con tal ímpetu en Sorel durante la novela siempre está al límite

de la transgresión (cuando Mathilde le ofende tratándolo de “poca cosa”, Sorel, furibundo, agarra una vieja espada de la pared…); (cuando se plantea el “deber” de conseguir la mano de M. Renal, se dice en sus adentros: si no la consigo me pego un tiro), etc. Sorel desde el principio, parece estar destinado, justamente por su carácter fogoso, por un orgullo apoteósico a no acomodarse a las convenciones sociales, al buen tono, y en último término, al crimen.

Y otra cosa de la que la conciencia de Sorel no tienen ninguna culpa, es que es bello, y recuerden la frase stendhaliana con la que Nietzsche quiso hundir la teoría del arte kantiana y schopenhaueriana: “la belleza es promesa de felicidad”.

Pues bien. Cuando se da este carácter excepcional, esta “naturaleza superior”, estos rasgos de nobleza, a qué está destinado en una sociedad tan vanidosa, impotente y mediocre como la Francia que nos pinta Stendhal en El Rojo: considero que hay tres posibilidades que se plantean en la novela.

La primera posibilidad: que dicha alma fogosa, tendente a los extremos, sea sofocada por los extintores civilizatorios es decir, por la moral que trata de castrar las pasiones por medio de mecanismos de debilitamiento como pueda ser el sentimiento de culpabilidad y la fealdad. El momento en que esto mejor se ilustra, es cuando Julian Sorel entra en el Seminario de Besançon. Stendhal nos describe con gracia los efectos debilitadores que ese clima moral, jesuítico, genera sobre nuestro héroe. Considero que es uno de los ejemplos novelados más propicios para ilustra lo que nos dice Nietzsche en el 3er libro de la Genealogía, donde nos analiza los verdaderos resortes de la moral ascético-sacerdotal, que es deprimir la vida, extinguir cualquier manifestación o expresión de vitalidad. Es muy gracioso ver los fracasos de Sorel por enmascararse: si hasta ahora la palabra le había bastado para ocultar sus pasiones y pensamientos a fin de moverse en sociedad, ahora se percata de que la expresión de su mirada, incluso la blancura y delicadeza de sus manos, generan odio, rechazo entre los seminaristas.

En un fragmento nos dice: “Al cabo de varios meses de constante atención, Julián tenía aún un aire de pensar.

Su modo de mover los ojos y el gesto de su boca no expresaban todavía la fe implícita y dispuesta a creerlo todo y a sostenerlo todo hasta con el martirio. Julián veía con rabia que hasta en esto le superaban los seminaristas más vulgares… Julian hacía grandes esfuerzos por llegar a esa fisionomía de la fe ardiente y ciega…” Pero obviamente no lo consigue.

Hasta entonces Sorel, si en algo había destacado honestamente, era en los estudios, sin embargo en Besançon, ser el primero de la clase, el que piensa y discurre con mayor claridad sobre los temas teológicos que allí se estudian, es un despropósito. Dice Stendhal: “los seminaristas le apodaron Martín Lutero; especialmente, decían, por esa lógica infernal de la que tan orgulloso está”.

En otro momento, Julian se encuentra con el superior del seminario, el Abate Pinard. Ante la mirada terrible de este hombre Julian se desmaya, y dice Stendhal: “Es la violenta impresión de lo feo en un alma hecha para amar lo bello”. Recuerden lo que dice Nietzsche con respecto a lo feo: lo feo, en la medida en que lleva la huella de la descomposición, de la degeneración, genera un efecto depresivo en la voluntad de poder.

Pasado un tiempo en este clima de fealdad, la melancolía comenzó a debilitarle. En esta atmósfera moral Sorel comienza a plantearse todas las inconveniencias de la máscara, de su maquiavelismo: “cayó en momentos de repugnancia y hasta de completo desaliento” y comienza a arrepentirse del alto precio que supone llegar al poder. Entonces aparece nuevamente el leitmotiv recurrente: en otros tiempos el poder se alcanzaba superando toda clase de peligros, pero ahora supone soportar la tremenda fealdad y mediocridad de lo que me rodea. “Oh, Napoleón, qué dulce era en tu época adquirir fortuna por medio de los peligros de una batalla”.

Pero, fíjense ustedes, que, a pesar del clima venenoso, ascético-moral, que oprime el alma de Sorel, éste no se nivela: lo normal sería adaptarse integralmente a la situación, pero Sorel nunca, aunque represente o intente representar un papel, nunca acaba creyéndose su máscara, no la “naturaliza”; mantiene la suficiente distancia como para que no se resienta esa naturaleza

fogosa que antes comentaba. Digamos que los extintores civilizatorios no terminan de domesticarlo, de castrarlo. Sorel nunca se cree la moral, no se amolda al “justo medio”, sino que se mantiene firme en sus propósitos a costa de mantenerlos ocultos.

La segunda opción posible, para un ser superior, con sentimientos nobles que pretende llegar al poder en una sociedad mediocre en la que no hay pruebas reales (en la que las pruebas a vida o muerte son ilegales o inmorales), es realmente la que intenta Sorel por medio de la “hipocresía”. Existe un fragmento póstumo (11 [14] 1888) de Nietzsche que a mi parecer guarda una estrecha relación con todo esto. Se titula Cómo se ayuda a la virtud para que consiga el señorío.

Este fragmento es un alegato en favor del maquiavelismo, y dice: “el maquiavelismo puro, sin mezcla, crudo, verde, en toda su fuerza, en toda su aspereza, es sobrehumano, divino, trascendente, los humanos jamás lo alcanzan, como máximo lo rozan” (acaba la cita).

Y ¿en qué consiste este maquiavelismo? Prácticamente, dice en este texto, en mantener separados de una manera divina su ser de su obrar, lo cual implica ser un gran actor: se debe tener el ademán (la apariencia) de la virtud y también el de la verdad; el error comienza, sigue diciendo, allí donde ceden a la virtud, donde pierden el señorío sobre la virtud, donde ellos mismos se hacen morales, se hacen verdaderos; su peligro radica en que su simulación [hipocresía] se convierta de manera desapercibida en naturaleza. Sólo así dice Nietzsche se consigue estar libre con respecto a la moral.

Una de las funciones que parece tener este maquiavelismo para Nietzsche, es la de tratar de evitar que estos hombres superiores sean presa de una moral que invierta su orgullosa seguridad convirtiéndola en desasosiego y en un caso de conciencia; es decir, que los instintos aristocráticos perezcan a causa del auto-maltratamiento.

En Vida de Henry Brulard, que es una autobiografía escrita posteriormente al Rojo, en 1835, Stendhal nos cuenta cómo su naturaleza tuvo que ser enmascarada

con el fin de gozar de cierta alegría. Confiesa sin tapujo, con el descaro y la jovialidad de la inocencia espiritual, que a los diez años él era un “monstruo”, con deseos y pensamientos terribles, de una índole “inhumana” llega a decir. Además de sentir un furibundo amor por las ideas republicanas, jacobinas, cosa que contravenía la ideología de su padre que era de una burguesía acomodada con ínfulas de nobleza, Stendhal no se corta al decir que cuando hubo los primeros estallidos de la Revolución deseó con fervor ver a su padre guillotinado. También nos cuenta sobre el profundo amor que sentía por su madre, y tampoco se corta al describir ciertas escenas en que su “madre saltaba como un cervatillo por su cama” y cómo él la besaba con ardiente pasión en los pechos hasta el punto de que ella se veía obligada a salir corriendo. Era un chico tremendamente “animal” y, a fin de conseguir cierta libertad, nos cuenta que se acostumbró a mentir. Pero lo curioso de todo esto es que nunca sintió culpabilidad alguna por su verdadera naturaleza, nunca la reprimió.

Con Sorel sucede lo mismo. En una cena con clérigos, a la que es invitado por el Padre Chelán, sacerdote quién le enseña latín, se entusiasma hablando de Bonaparte con locuacidad. Inmediatamente se percata que Bonaparte es tabú, no sólo por aquellos comensales, sino contrario a la ideología dominante, y que si quiere medrar, alcanzar sus fines, salir de la provincia y del despotismo paternal y hacerse valer en el mundo por su propio talento, debe reprimir su entusiasmo y convertirse en un tartufo, en un hipócrita; pero cuidado, siempre manteniendo secretamente su adoración. Comienza el cálculo, la mendacidad, el desgarro; Julian tratar de erradicar toda explosión espontánea e inocente de su naturaleza ardiente, apasionada, “italiana”, bajo todos los medios. Su vida consistirá a partir de ahora en mantener a raya sus impulsos espontáneos y disimular. El rojo se disfraza de negro.

La tercera y última posibilidad que tiene un “hombre superior” en un universo decadente, consiste básicamente en manifestar esos instintos con el riesgo que ello conlleva: caer en el malditismo, en la criminalidad, o, en el mejor de los casos, en el absoluto aislamiento, en el desprecio.

Ya al final de la novela, Sorel, que había hecho un esfuerzo inhumano durante toda la novela para mantener separados su ser de su obrar, que había soportado el asco de haber tenido que abrirse camino en un mundo que siempre consideró deleznable, justo cuando tal doloroso camino le había colocado en una situación social ventajosa, una carta fatal de Madame de Renal (la primera amante), una carta que hiere su orgullo –pues sin duda lo que en esa carta se dice es falso– desencadena el acontecimiento criminal: Sorel se dirige a Verrières, y dispara sobre Madame de Renal. El odio y la sed de venganza (recuerden que son dos tendencias aristocráticas) de Sorel “suspenden su juicio”: la ofensa es tan flagrante que le es imposible refrenar esos instintos violentos que desde el principio de la novela ya se habían insinuado. La interpretación habitual es que Sorel dispara contra Madame Renal porque su carta le arruina sus expectativas de ascenso social, lo cual no tiene mucho sentido porque hubiera podido perfectamente continuar su ascensión por otras vías, como la que le ofrecía la carrera eclesiástica.

Caso Berthet y caso Prado. Ya para terminar… No os he dicho que El Rojo y el Negro se basa en un caso criminal real de 1827, el caso Berthet, muy sonado en la prensa.

Si tuviera que resumiros muy brevemente el argumento de El Rojo, en muy poco se distinguiría de la vida de este personaje llamado Berthet tal como es relatado en la prensa. En lo que difiere considerablemente la novela es en el sentido: para la prensa ultra Berthet era un simple arribista, un advenedizo de lo más vulgar que disparó a una mujer porque ésta le había impedido ascender en el escalafón social. Sin embargo, desde la perspectiva stendhaliana, para la “naturaleza superior” de Julian, la carta de Madame Renal es absolutamente ofensiva, no porque con esa carta se impida el casamiento y todos los beneficios sociales que implica, sino porque es falsa, vejatoria, y ante una vejación de tal calibre, Sorel ya no puede contener esos impulsos señoriales entre los cuales se cuenta la venganza.

 

Nietzsche, bien seguro que influido por la lectura de El Rojo, se interesó en los casos criminales de su época, y respecto a un delincuente llamado Prado, en una carta que escribe a Strindberg, dice: “Prado es un individuo demasiado fuerte para un determinado nivel social… Prado se ha mostrado superior ante sus jueces y abogados por su autodominio, su esprit, su altanería…”. En “incursiones de un intempestivo”, aforismo 45, dice: “El tipo de criminal es el tipo de hombre fuerte situado en unas condiciones desfavorables, un hombre fuerte puesto enfermo. Lo que le falta es la selva virgen, una naturaleza y una forma de existir más libres y peligrosas, en las que sea legal todo lo que en el instinto del hombre fuerte es arma de ataque y de defensa. Sus virtudes han sido proscritas por la sociedad: sus instintos más enérgicos, que le son innatos, mézclanse pronto con los efectos depresivos, con la sospecha, el miedo, el deshonor. Pero ésta es casi la receta de la degeneración fisiológica. Quién tiene que hacer a escondidas, con una tensión, una previsión, una astucia prolongadas, aquello que él mejor puede hacer, ése se vuelve anémico… Es en nuestra sociedad, en nuestra domesticada, mediocre, castrada sociedad donde un hombre venido de la naturaleza, llegado de las montañas o de las aventuras del mar, degenera necesariamente en criminal”

Este artículo es de Carlos Lorenzo

Compártelo:
11 AM | 02 Feb

LA DECEPCION DEMOCRATICA

Conviene que nos vayamos haciendo a la idea: la política es fundamentalmente un aprendizaje de la decepción. La democracia es un sistema político que genera decepción… especialmente cuando se hace bien. Cuando la democracia funciona bien se convierte en un régimen de desocultación, en el que se vigila, descubre, critica, desconfía, protesta e impugna.

Pensemos en dos de las más comunes fuentes de desafecto ciudadano hacia nuestros representantes: la corrupción y el desacuerdo. El menos avisado puede tener una impresión demasiado negativa y caer en el típico error de percepción que genera la corrupción descubierta o el desacuerdo institucionalizado propio del antagonismo democrático. La corrupción es siempre intolerable, por supuesto, y la incapacidad para generar grandes acuerdos está en el origen de muchas de nuestras torpezas colectivas, pero deberíamos ser sinceros y reconocer que buena parte de nuestro malestar con la política corresponde a una nostalgia inadvertida por la comodidad en que se vive donde lo malo no es sabido y se reprimen los desacuerdos. La antropología política nos enseña que hay un sentimiento atávico, nunca plenamente superado, de añoranza hacia formas de organización social en las que reine una plácida ignorancia y los políticos, como reza la queja habitual, no estén todo el día discutiendo.

Hay otra fuente de decepción democrática que tiene que ver con nuestra incompetencia práctica a la hora de resolver los problemas y tomar las mejores decisiones. La política es una actividad que gira en torno a la negociación, el compromiso y la aceptación de lo que los economistas suelen llamar “decisiones suboptimales”, que no es sino el precio que hay que pagar por el poder compartido y la soberanía limitada. Está incapacitado para la política quien no haya aprendido a gestionar el fracaso o el éxito parcial, porque el éxito absoluto no existe. Hace falta al menos saber arreglárselas con el fracaso habitual de no poder sacar adelante completamente lo que se proponía. La política es inseparable de la disposición al compromiso, que es la capacidad de dar por bueno lo que no satisface completamente las propias aspiraciones. Similarmente los pactos y las alianzas no acreditan el propio poder sino que ponen de manifiesto que necesitamos de otros, que el poder es siempre una realidad compartida. El aprendizaje de la política fortalece la capacidad de convivir con ese tipo de frustraciones e invita a respetar los propios límites.

En el mundo real no hay iniciativa sin resistencia, acción sin réplica

Todas las decisiones políticas, salvo que uno viva en el delirio de la omnipotencia, sin constricciones ni contrapesos, implican, aunque sea en una pequeña medida, una cierta forma de claudicación. En el mundo real no hay iniciativa sin resistencia, acción sin réplica. Las aspiraciones máximas o los ideales absolutos se rinden o ceden ante la dificultad del asunto y las pretensiones de los otros, con quienes hay que jugar la partida. No tiene nada de extraño, por ello, que nuestros más fervorosos seguidores aseguren que no era eso a lo que aspiraban. Si además tenemos en cuenta que la competición política crea incentivos para que los políticos inflen las expectativas públicas, un alto grado de decepción resulta inevitable.

Todo esto provoca un carrusel de promesas, expectativas y frustraciones, de engaños y desengaños, que gira a una velocidad a la que no estábamos acostumbrados. Los tiempos de la decepción —lo que tarda el nuevo Gobierno en defraudar nuestras expectativas o los carismas en desilusionar, los proyectos en desgastarse, la competencia en debilitarse— parecen haberse acortado dramáticamente.

Incluso quien se presenta generando las mayores expectativas de renovación —porque no forma parte de lo ya conocido y esa carencia de pasado político le permite gozar de la virginidad política como su principal valor—, no tarda mucho en decepcionarnos. Pronto recurren esos mismos a las jugadas políticas que nos habían escandalizado y se organizan como un aparato clásico. Comienzan “pudiendo”, siguen con un quién sabe y terminan posponiendo indefinidamente las promesas más audaces. Hemos pasado, por ejemplo, de no pagar la deuda a pagarla sólo en parte para finalizar con una inocua auditoría ética (apelando, por cierto, al juicio de los expertos). Es curioso lo poco que tarda el radicalismo en “socialdemocratizarse”. La estrategia para ganar elecciones es muy diferente de la tarea de gobernar, y por eso suele ocurrir que lo primero palidece a medida que se acerca la hora de la responsabilidad. Con el paso del tiempo, lo que era exhibido como radicalidad democrática —que los temas cruciales sean decididos por todos— se revela como indefinición táctica o simple ignorancia acerca de qué debe hacerse. No creo que Podemos tarde mucho en decepcionar, como ocurre con todos los actores políticos, no sólo porque comparten nuestra condición humana sino sobre todo porque en algún momento tendrán que tomar decisiones que suponen aceptar algo como menos malo. La prueba de fuego estará en el momento en que sus votos en una institución impliquen una preferencia por unos o por otros, cuando su abstención abra el paso del gobierno a alguien en concreto, todavía más, cuando tengan que preferir a alguien de “la casta” para gobernar.

Es curioso lo poco que tarda el radicalismo en “socialdemocratizarse”

¿Qué racionalidad podemos introducir en medio de esta decepción? Creo que lo mejor es partir de una constatación muy liberadora: la política es una actividad limitada, mediocre y frustrante porque así es la vida, limitada, mediocre y frustrante, lo que no nos impide, en ambos casos, tratar de hacerlas mejores. Y en segundo lugar, nuestras mejores aspiraciones no deberían ser incompatibles con la conciencia de la dificultad y los límites de gobernar en el siglo XXI. Lo que hacen los políticos es demasiado conocido y demasiado poco entendido. La sociedad comprende poco los condicionamientos en medio de los cuales han de moverse y las complejidades de la vida pública. Esto no ha de entenderse como una disculpa sino todo lo contrario: es el elemento de objetividad que nos permite agudizar nuestras críticas, impidiendo que campen desaforadas en el espacio de la imposibilidad.

Recordar tales cosas en medio de esa desbandada que llamamos desafección política, cuando están saliendo a la luz múltiples casos de corrupción y la política se muestra incompetente para resolver nuestros principales problemas, puede parecer una provocación. Si lo recuerdo es para defender estas tres tesis: que la política no está a la altura de lo que podemos esperar de ella, que no es inevitablemente desastrosa y que tampoco deberíamos hacernos demasiadas ilusiones a este respecto. Y es que las quejas por lo primero (por su incompetencia) se debilitan cuando uno da a entender que acepta lo segundo (que la política no tiene remedio) y cuando traslucen una expectativa desmesurada acerca de la política. De este modo no pretendo disculpar a nadie, sino permitir una crítica más certera, porque nada deja más ilesa a la política realmente existente que unas expectativas desmesuradas por parte de quien no ha entendido su lógica, sus limitaciones y lo que razonablemente podemos exigirle.

Ahora que todo está lleno de propuestas de regeneración democrática no viene nada mal que analicemos con menos histeria el contexto en el que se produce nuestra decepción política, para que estemos en condiciones de valorarla en su justa medida y no cometamos el error de sacar consecuencias equivocadas de ella. Deberíamos ser capaces de apuntar hacia un horizonte normativo que nos permita ser críticos sin abandonarnos cómodamente a lo ilusorio, que amplíe lo posible frente a los administradores del realismo, pero que tampoco olvide las limitaciones de nuestra condición política.

Daniel Innerarity es catedrático de Filosofía Política y Social e investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco.

Compártelo: