01 AM | 10 Ene

ENTREVISTA AL DIRECTOR DE LUZ SILENCIOSA CARLOS REYGADAS



Paco Pulido Spelucín: ¿Por qué Luz Silenciosa?

 

Yo lo intuyo nada más. Pero me imagino porque hay mucha luz. Es una película que no tiene efectos de luz. No se usa la luz como un elemento narrativo sino que la luz realmente es esencial, está en todas partes, desbordando, es pura. No hay claroscuros, ni luces indirectas. Y como que siento que a través de la luz pasa mucha fuerza, mucha energía, pero siempre en silencio, es una energía que no arranca cosas, que no avasalla, que entra en silencio.

 

El título se lo puse desde que empecé a escribir la película, antes de empezar a escribir el guión, no sabía ni siquiera exactamente a dónde me iba a llevar, pero fue rector para mí.

 

César Guerra Linares: Quiero que hables brevemente sobre tu relación con esta comunidad que es menonita, cómo fue tu relación con ellos para concertar el tema de las filmaciones.

 

Pues como religión, llevan 400 años de ser muy cerrados. Viven aislados, en el campo, por lo tanto son ariscos. No tienen mucho contacto con el exterior, entonces fue difícil. Al principio, había quienes me veían llegar y pensaban que era un asaltante o que iba para venderles algo. Después les dije que quería filmar una película. Ellos tienen mucha aprensión contra la televisión y el cine. Ellos tienen prohibida la televisión, pero lo que llegan a ver, cuando hay alguna televisión por ahí, pues son películas de balazos o telenovelas y es bastante obvio que detesten todo eso. Para ellos el cine es sinónimo de eso y nada más, porque ellos no han visto otra cosa. Entonces tuve que explicarles lo que yo quería hacer, porque pues fundamentalmente la película iba a documentar, su cultura de alguna forma, por lo menos su forma de hablar en este tiempo, su vestimenta, sus casas. Cosas que desaparecerán además. Costumbres y cultura propiamente dichas. En Canadá por ejemplo, las nuevas generaciones hablan menos su dialecto, se quedan con el inglés, van mimetizando la cultura canadiense. En México, por el tema racial, finalmente perduran más. Pero también hay matrimonios mixtos y de pronto todo eso puede desaparecer, entonces mucha gente me rechazó, pero algunos fueron quedándose y son los que están.

 

C.G.L: Hablando sobre la luz y en referencia a Ordet, la luz del norte, la luz nórdica, ¿tuvo que ver?

 

En realidad como ellos son grupos germánicos, viven en campos y lugares muy abiertos y en el norte de México, pues es una latitud bastante norte y eso me hizo sentir ese ambiente nórdico, como el cine escandinavo. No quise hacer una película en clave escandinava, sino que para mí era natural hacerlo de esa forma. Los elementos externos, hacen que al final se perciba como si tuviera un estilo escandinavo, en realidad no creo que haya tal cosa en la película, simplemente hablan esa lengua, tienen esa raza y la película habla de amor y campesinos que hablan poco y naturalmente la película tiende y parecer tener la luz dentro de él.

 

P.P.S: Entonces, como decías, a ellos les prohíben la televisión y por eso es que se meten a la camioneta y observan la televisión dentro de ella y ven a Brel? Qué sentido tiene Brel en la película?

 

Lo de la televisión dentro de una camioneta, es porque a pesar que se prohíbe hay muchos de ellos que usan coches y todo y rompen las reglas o no las aceptan. Pero sí lo hacen muy a escondidas, entonces es clásico que tengan una televisión en un coche o en una salita en su casa que no es la sala de invitados sino un cuartito escondido.
Al margen de eso, van a ir a ver a Brel, porque hay un tipo que los lleva ver a Brel, porque seguramente le gusta Brel, no tiene ningún sentido. Es como en la vida real, si ahora bajas (sales) y ves afuera un tipo viendo a Brel. Dirás, que cosa más extraña y tu puedes preguntarle por qué le gusta Brel, pero de repente el coche arranca y se va y no le pudiste preguntar y ya está. O sea, yo podría decir más. A mí me gusta mucho Brel. Puedo decir además que se parece mucho en su energía a Johan. Aunque vienen de culturas absolutamente diferentes, pero son dos personas pasionales. Brel pudo explotar y Johan vive en un sitio que le ha permitido mucho menos. Probablemente si hubieran invertido los lugares de su nacimiento, hubieran sido al revés, por decirlo. Esa es la respuesta, digamos, para explicarlo pero la realidad es que las cosas en la vida pasan porque pasan y tu ya puedes analizarlas o no, pero están pasando de todas formas.

 

C.G.L: La gente de la comunidad ya vio la película, ha tenido interés en ver la película?

 

La han visto los tres actores principales solamente. Les ha gustado mucho. Además, cada quién según su nivel, puede ser un nivel de sofisticación, o valores personales o incluso gusto. Hacen la lectura de la película, según sus propios valores. Entonces ellos pueden hacer una lectura moralista. Yo no creo en el relativismo, como que cada quién puede ver lo que sea, si alguien dice que eso (la película) significa una tontería, pues no necesariamente. Pero sí entiendo que la película es objetiva y que ocurren una serie de cosas objetivas y las lecturas de todo lo que ocurre en la vida son personales. Ocurre en la vida ordinaria, ocurre lo mismo y tenemos opiniones diferentes. No solo de político, la gente de izquierda y derecha y el mundo es el mismo. Dentro de la objetividad hay una visión personal y yo creo en eso. Y entonces, ellos tienen una lectura moralista que dentro de su punto de vista es correcta, es decir, es aceptable, pero no es la mía. Y entiendo que desde su susceptibilidad y percepción del mundo hagan esa lectura.

 

P.P.S: ¿Eres una persona religiosa?, porque he sentido que hay un profundo respeto por la naturaleza y de reflejarla tal y como es.

 

No soy religioso en el sentido de seguir dogmáticamente alguna religión, pero sí percibo una fuerza o una lógica superior omnipresente, la cual no sé ni cómo se relaciona con la muerte o nada, acepto la descomposición eterna pues es lo que procede. Pero estoy convencido de que hay una lógica o un principio rector absoluto y creo que ahí hay un sentido de trascendencia. Y que hay tanta belleza y presencia en el mundo que nos rodea que no es que haya un creador, pero sí es probable que haya algo mucho más allá de nuestra comprensión. Me conformo con saber que hay algo más allá de la comprensión

 

y de aceptar que la naturaleza es una manifestación de esa belleza suprema. La naturaleza es algo que merece muchísimo respeto. Creo que de todas las corrientes o formas de militancias que hay en el mundo a mi me han parecido rechazables pero el ecologismo es la única que tiene algo de sensato hoy en día.

 

C.G.L: En las tres películas, la muerte está presente, sobre todo en Japón y en esta última son más sentidas, en Batalla en el cielo solamente fue el asesinato, pero no una muerte de ciclo vital. Para ti el tema de la muerte, lo tanático es importante, ¿como una especie de resorte?

 

No necesariamente como un resorte y ni siquiera como un vehículo. Creo que simplemente es parte de la reflexión esencial. Yo nunca pienso que hay que hacer una película sobre la muerte. Pero quiero contar una historia, que es el dilema de este hombre, de un amor dividido que puede ser algo muy doloroso y que en un momento dado, el sufrimiento y el dolor te acercan a la muerte. Aquí llega al grado tal que produce una muerte física, pero sí siento que encualquier reflexión sobre la vida, está presente la muerte.

 

C.G.L.: Claro es algo dual.

 

Y ni siquiera que sea dual, es algo como el sonido. El sonido solo existe porque hay silencio, digamos teóricamente. Entonces no puedes pensar en nada sin pensar en la muerte, en nada (hablando sobre) la cuestión esencial (vida).

 

P.P.S: ¿Qué piensas sobre la sexualidad? Siempre está presente en tus películas. Unas más explícitas que en otras. En Luz Silenciosa, se ve más reservado, quizás por lo mismo que ellos son reservados y por eso no has podido ser más explícito.

 

No, fíjate que en ésta, desde que planteé el tema sexual, lo sentí que debía ser así. Que no había ninguna razón por la cual tendría que enseñar algo más que eso. Aquí sí se trata de tener una relación sexual, de amor, y eso es lo que importa y por lo tanto es lo único que enseño. En las otras dos películas que hice, era muy importante enseñar cómo hacen el amor, porque había cosas que ocurrían al interior del sexo y entonces había que verlo. Por eso no me lo planteo en plan tabú como dicen algunos.Para mí, si hay necesidad lo enseño y si no, no. Yo nunca voy a enseñar a un tipo cómo mata a otro, por ejemplo si lo tortura. Para qué vas a enseñar eso si no vas a enseñar algo realmente profundo de los personajes.

 

Por ejemplo en Japón, cuando el hombre es vencido por la situación, empieza a llorar a la mitad del sexo, pues es a la mitad del sexo, lleva varios minutos en un sentimiento amoroso profundo y eso le está despertando y eso le está haciendo todo un eco al resto de la película y ahí cae, se derrumba y llora, pues es necesario enseñarlo. También enseñarlo en su desnudez, en la fragilidad de ese momento. En Batalla en el Cielo, se está hablando mucho de la presencia física de lo carnal, de cómo hacemos cosas por el solo hecho de ser materia animada, entonces esa materia animada hay que verla,

 

entonces esta película no se trata de materia animada como Batalla en el Cielo, como en muchos sentidos se trataba. Acá se trata de que están teniendo un conflicto ético– racional, presente y espiritual, entonces cada película requiere lo que requiere.

 

C.G.L.: Y hablando del tema de Ordet. Se te ocurrió esta referencia al visitar la comunidad o pensabas filmar algo relacionado con Ordet.

 

No sé exactamente, porque Ordet es una película que me ha fascinado desde que la vi por primera vez, es una película de las más bellas para mí en la historia del cine. Pero yo no pensé en Ordet al principio, pero cuando escribí la historia y llegué a este punto en que la mujer muere de dolor, que para mí era la parte central. Luego en la forma de resolver, quería resolver ese caos y para mi fue a través de que ella despertara, ahí lo sentía, y se puede decir que estaba más conectada con la cenicienta.

 

C.G.L.: Con la Bella durmiente.

 

Sí, con la Bella durmiente, es la bella durmiente (risas). Entonces, ahí en ese momento, creo que de una forma casi subconsciente, como visitaba mucho estas comunidades, y siempre me hacían pensar en escandinavia, empecé a sentir la presencia de Ordet. Entonces, directamente me acerqué sin ningún miedo a hacer unos encuadres tales como los de Ordet. Que al mismo tiempo es como un retrato de toda la película. Siempre con frontalidad, o lateralidad, sin movimientos y sin contemplaciones. Después había que hacer un acercamiento directo y no tuve ningún miedo de abordarlo, sabiendo que era una referencia, un homenaje. Pensé que más personas iban a decir que era un plagio, porque hay poca capacidad de análisis. La verdad es que sorprendentemente casi nadie ha dicho que es plagio. Ha habido dos o tres, porque obviamente la filosofía es absolutamente diferente. Esta película no trata de una mujer que despierta, sino de un hombre que tiene un conflicto amoroso y le están pasando muchas cosas. En cambio Ordet está basada en la fe y en la idea de que si va a despertar o no.

 

C.G.L: Incluso el mismo plano de Ordet que enfoca el rostro a la mujer muerta está también en tu película.

 

Pero está como un poco más de lado.

 

C.G.L: También está el nombre del personaje Johan, y en Ordet se llama Johannes que es el hermano que cree que es un reencarnado.

 

Acá el milagro ocurre de forma natural y nadie está pretendiendo hacerlo y allá sí.

 

P.P.S: Uno se percata en Ordet, yo como crítico he leído cosas sobre Ordet y se puede interpretar la película y tienen razón.

 

Finalmente Ordet es una película cristiana o de fe religiosa y esta es una película mucho más orgánica. Todo en esta película tiene fe y valor divino, como tú me decías la naturaleza, la luz, la gente, las acciones y también todo está contaminado. En cambio

 

Ordet habla de un mundo de un hombre que tiene fe, otro que no tiene, que está en otra religión y de pronto la fe mueve montañas y ocurren milagros. Acá no, acá cuando ella despierta es como cuando amanece cada mañana.

 

C.G.L: Más místico también

 

Sí también, si por lo místico se entiende que todo puede elevarse, incluida una piedra, entonces sí.

 

P.P.S.: El comienzo y el final es bellísimo y es como si fuera un cuento. Y de pronto se hizo la luz, y el final, regresa a la noche. Cómo fue la grabación, fue fácil lo técnico.

 

Bueno, para empezar estoy de acuerdo como tú dices. Puede ser un cuento chiquitito de unas páginas o puede ser el cuento total de la vida. Hay un mundo en donde la gente sufre, donde la gente trata de encontrar salidas y donde al final hay algo inexplicable que luego vuelves a entender. Es la esencia de la historia. Pero la forma de filmar, nunca se ha hecho en la historia del cine. Desde que empieza la aurora hasta que sale el sol. El movimiento físico son 30 metros. Hay una mezcla de condensación de la luz pero no del movimiento. No es como un timelap que se ven las nubes a toda velocidad. Es una cosa técnica que todavía no voy a revelar. Además, acá es una cosa sensorial, sientes que lo estás viendo.

 

C.G.L: En tu película el sonido es muy importante. En Luz Silenciosa se sienten el canto de los grillos, los animales y de pronto irrumpe el sonido de las máquinas. Te gustan esos contrapuntos sonoros o alternados pero siempre presentes.

 

Supongo que sí porque de alguna forma percibo el sonido como el elemento que está conectado con la consciencia o la ausencia de consciencia. Esto se manifiesta en los rezos o en la meditación. Es raro que cuando haya mucho sonido alguien esté en una situación introspectiva profunda, puede ocurrir claro, pero creo que sí la vida se representa por el sonido. Construir, desplazarse, comunicarse requiere eso. Entonces siempre hay esos choques, pero de forma natural. Y si lo siguiente es pasar a otra actividad entonces hay ruido.

 

C.G.L: Es como la vida digamos, no?

 

Claro, es como la vida, y también eso ritma la vida, pero siempre tiene que haber una cadencia interna, el sonido es importante para dar el ritmo de la edición. Pero el sonido te dice mucho al momento de cortar. Si montaras la película muda, si luego pones el sonido, muchas cosas cambiarías.

 

P.P.S: Johan es una persona con un temperamento fuerte, pero en las primeras escenas pareciera que se está quebrando, arrepintiendo de lo que hizo.

 

No llora porque sea débil o porque no tenga una personalidad fuerte. Aunque más que fuerte, es una persona viva, que se atreve a vivir la vida. Bueno, también fuerte porque estos hombres aprenden a vivir su debilidad y por eso pueden llorar más que nadie. Se atreve a vivir sus sentimientos pero por otra parte eso lo avasalla. Ser valiente de verdad es asumir absolutamente momentos duros también. Él quizás no lo entiende, pero el dolor es enorme. Es una buena persona, y le hace mucho daño saber que hace daño a una persona que ama.

 

C.G.L: Hay una escena clave en la que Esther y Johan lloran en la lluvia

 

Fue difícil y pude hacer solo una toma con cada uno porque Cornelio, Johan, tenía muchos problemas para llorar, además está cayendo el sol en las ventanas y teníamos que esperar el momento preciso y lo logró. Ella igual, era lluvia real. Claro, los dos se dejaron sentir muchísimo con situaciones personales de dolor y lo lograron.

 

P.P.L: ¿Por qué no hay música (incidental, porque sí hay diegética) en Luz Silenciosa?

 

Todo lo que sonaba, suena tan bien y tan hermoso que para qué lo iba a sacrificar poniéndole música por encima. Ni siquiera es que me haya planteado que no hay que poner música por un asunto teórico.

 

C.G.L: Hablando el tema de dirección de actores. ¿Has tenido un trabajo al estilo de Bresson, te ayudó en algo?

 

La teorización de Bresson y la técnica siempre me han servido y las he aplicado en una medida importante. Con una diferencia también y es que Bresson no le permitía a sus personajes sentir. Solo modelar y el cine construía lo demás. Y yo no les dejo actuar, pienso que es un estorbo para acceder a la humanidad, yo sí les dejo sentir. No un personaje sino una sensación y eso los hace no ser modelos, pero sí personas. Hay cine de personajes, el cine de Bresson, de película, donde los sujetos son modelos en función de algo superior y lo que yo hago es de personas. Lo que me interesa es atrapar la energía de los individuos delante de la cámara. A mí no me interesa la actuación, a mí me interesa la energía individual que para mí es superior.

 

¿Cómo fue el proceso creativo de Luz silenciosa?

Tenía muchas ganas de contar esta historia que ya traía entre manos, la historia de un hombre que ama a dos mujeres, una es su esposa y otra es otra, y sufre muchísimo porque no se trata de la típica historia de triángulo donde todo está lleno de mentiras y de manipulaciones y engaño. Aquí los tres tratan de ser lo más valiente y lo más puro posible. Yo quería contar esta historia y, cuando estaba pensando en el contexto, hice unos viajes por Chihuahua, y viendo cómo viven los menonitas de allá, me pareció que era la comunidad perfecta, porque es uniforme, casi monolítica, todo mundo es agricultor, se viste igual, es incluso muy parecido físicamente, entonces así me podía concentrar en la historia de la pureza de este amor dividido, que no fuera la típica historia de un hombre ya mayor que prefiere a una mujer que está guapa o que es a veces de dinero o cosas por el estilo, y no tuve que molestarme ni siquiera en el lenguaje, habría la objetividad total de los subtítulos, ya que decidí hacerla en la lengua original de la comunidad menonita, que es el plautdietsch, el alemán bajo. Me decidí a hacerla. Estuve ahí, tengo un tío que allá vive, trabaja el campo desde hace 40 años. Él me llevó a conocer gente y me abrió algunas puertas; primero caí con unos muy radicales y hubo un momento en el que estuve a punto de abandonar el proyecto, porque me di cuenta de que iba a ser muy conflictivo, pero poco a poco fui encontrando gente más receptiva, que me abrió puertas, y al final encontré a la gente que ves en la película. Hice más búsquedas, y un gran trabajo de preproducción, luego hice un rodaje lento y muy pausado, con mucho cuidado para poder armarla como ha quedado
Ha dicho que, como Herzog, también construye sus filmes desde el paisaje. ¿El paisaje marca el ritmo de sus historias?

Herzog decía que construía para el paisaje, yo en Japón lo viví así, en Batalla en el cielo fue un poco también así. En Luz silenciosa, realmente no; aquí el motor central es la historia de amor, y por eso quizás es mi película más emotiva, del corazón dividido. Una vez que escojo este lugar por sus características de sociedad uniforme, la plástica del lugar se apodera de ti y te impone, te obliga a filmar de una manera determinada, el sonido por ejemplo. El ritmo de una película para mí está casi exclusivamente condicionado por el ritmo del lugar; entonces, la cámara generalmente está en frontalidad o lateralidad total, lo que trae y evoca un silencio y una gran cantidad de cosas que pasan por debajo de la información. Está la información al nivel conceptual, como en todas las películas, que requiere un tiempo y una distancia especial para filmarla. El cine para mí, o por lo menos el cine que a mí me gusta, está mucho más cerca de la música que de la literatura; entonces, más que hacer literatura ilustrada a mí me interesa ese sentimiento como si estuvieras presente en el lugar, de oler y sentir la temperatura, escuchando o evocando los sonidos, y eso permea la piel de una forma diferente; muchas veces no es tan inmediata, no disfrutas tanto, pero después se te queda dentro y te da esa sensación. El cine diametralmente opuesto sería por ejemplo el de Clint Eastwood; Río místico es una película en la que la pasas bien, que tiene mucha intensidad, pero definitivamente la intensidad y la profundidad no son la misma cosa. Cuando acaba la película ya casi ni te acuerdas. Y hay otras que se te quedan dentro, que las asimilas poco a poco y vive en ti el sentimiento; a mí ese es el cine que me interesa. Por eso el lugar me imponía, y yo lo transmitía y lo dejaba pasar a la película.

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01 AM | 07 Ene

EL CUARTO REY MAGO

 

                               GREGORIO MORAN

No era fácil ser niño y feliz en la España de los años cuarenta y cincuenta. Pero al menos había una jornada, en general limitada a una mañana, que concentraba la mayor y quizá única felicidad del año. No creo que hubiera un día más feliz en nuestra infancia que el de Reyes y si haciendo un esfuerzo por llegar un poco más allá de la superficie de las cosas tuviéramos que definir en qué consistía la felicidad de entonces, yo no dudaría un momento en la palabra definitoria: la sorpresa.

 

Porque la sorpresa lo era todo; ni los regalos que aparecían ante nosotros tenían nada que ver con los que habíamos pedido en rigurosa carta, ni sabíamos muy bien si incluso tendríamos regalos o carbón de verdad -esa mariconada del carbón de azúcar llegó con la estupidez y la adolescencia-.

 

La sorpresa de los regalos de Reyes, el arte con el que lo sencillo se transformaba en insólito, tenía alguna relación con los milagros. No sólo porque era un milagro pensar de dónde se sacaban los fondos para pagar la quincallería, sino porque nada o casi nada se correspondía con nuestros deseos, y sin embargo colmaba nuestras intenciones. La mezcla de fe y de candor que rodeaba los Reyes Magos, con el larguísimo y enrevesado proceso de escribir la carta, de entregarla, de confiar en que alguien la leyera. Todo estaba volcado en un día mágico, que prácticamente se limitaba a la mañana de Reyes -era raro que sobreviviera algún juguete hasta la tarde de autos, en lo que se mezclaba la deleznable calidad de los objetos y nuestra concienzuda manera de agotarlos por la vía de saber “qué llevaban dentro”-.

 

Desconozco absolutamente cómo se celebran ahora los Reyes, salvo en una cosa, la muerte natural de la sorpresa. No debe de ser fácil sorprender a un niño; no digamos a un adolescente. La retirada de la sorpresa, que viene ya de lejos, ha sido sustituida por un nuevo elemento, que parecía desterrado desde hacía décadas, el miedo. Es el cuarto Rey Mago de estas fechas, el más presente de todos. Y lo más curioso es el dominio del lenguaje por parte de los que mandan. Resulta que eso que la gente siente como miedo ha de denominarse crisis, que es una palabra que hace referencia a quienes están viviendo un momento delicado en sus vidas y en sus negocios. La gente habla de algo que no sólo le es ajeno, sino que ni siquiera tiene idea de sus consecuencias. Cuando un obrero o un empleado se están refiriendo aque vivimos una crisis, está transfiriendo algo aplicable a sus jefes y dueños. Ellos sí que están pasando una crisis, nosotros no vivimos ninguna crisis, estamos haciendo lo mismo que hacíamos antes de que los jefes entraran en crisis, y lo único que vivimos es el miedo a cómo nos va a castigar a nosotros la crisis que viven ellos. Pocas cosas hay más ridículas que el ama de casa apenada diciendo compungidamente que “este año estamos en crisis”.

 

Este año, señora, nosotros no estamos en crisis, nosotros tenemos miedo a que la crisis de ellos nos ponga en una situación diferente a la que estamos. Si estuviéramos en crisis sería señal de que hemos colocado mal nuestro dinero en bolsa y que la liquidez de nuestros negocios tiene problemas en el relanzamiento de las ventas. Si la gente consume menos, no se debe a que esté en crisis, sino a que está acojonada pensando en que quizá pasado mañana no podrá afrontar la vida tal como la encara actualmente. Y eso no se llama crisis, sino miedo. Los que cobran un salario no están en crisis; son los que pagan quienes viven una situación crítica, por diferentes razones pero ninguna es debida a nuestra torpeza o incompetencia, sino a la suya, y por tanto no hay motivo que nos obligue a utilizar sus mismas expresiones. ¿Desde cuándo puedo yo acompañar al señor Botín, expresándole que le acompaño en la crisis y en sus sentimientos? La crisis del señor Botín me va a afectar a mí, de eso estoy seguro, pero no es mi crisis, es mi miedo. Porque cuando el señor Botín deje de hablar de la crisis, mi situación será prácticamente la misma, salvo que se me quitará el miedo. Él no tiene miedo, al contrario, sabe que juega con el nuestro y por tanto cuando dice crisis parece que nos mire con un guiño de complicidad.

 

Vivimos una situación entre patética y surrealista, según la cual hasta ayer éramos unos mierdas dogmáticos, anquilosados, viviendo del borrascoso pasado, incapacitados para dar un salto a la modernidad y descubrir que la vida es competencia y que el mercado no es algo que se limite a las mercancías, sino a todo, las personas, los valores (los pocos que no cotizaban en bolsa), que detrás de la inseguridad -la nuestra, por supuesto- estaba la salvación, la imaginación, la invención, los recursos del intelecto. Y sale el jefe de los empresarios españoles, el vocero de las almas en crisis, y nos dice a un conjunto inmenso de población acojonada que se debería hacer “un paréntesis en la sociedad de mercado” y que el despreciado abuelito, el Estado, les subvencione las pérdidas porque se farrearon las ganancias.

 

Digo farreado con absoluto conocimiento de causa. ¿Se ha limitado alguno de esos caballeros, hoy en crisis, mientras las cosas les marchaban viento en popa? No, padre. Entonces, a qué viene esa amenaza brutal sobre nuestra sociedad, tan delictiva como un chantaje, según la cual “si no nos dais los dineros del Estado, y rápido, os haremos crujir”.

 

Y lo digo sin rubor, yo entiendo a Botín, conocí a su padre, y yo a los Botín -lo digo como símbolo- los he conocido toda mi vida. Ellos no me sorprenden, porque hacen lo que hicieron siempre, lo que sí me pasma hasta el colodrillo es que los muchachos de la pluma, es decir, nosotros, hablemos de la crisis como si fuera nuestra. Pero, bueno, ¿usted está en crisis, o está acojonado? Porque yo conozco a muchos con contratos blindados que ni están en crisis ni están acojonados, todo lo más expectantes para ver dónde colocar sus fichas en el instante previo a caer la bola.

 

Ahora es cuando le vemos las orejas al lobo, porque es un lobo, no es la abuela de Caperucita. Y después de tantos años derrochando palabrería sobre la izquierda moderna y el ecologismo, descubrimos acojonados que esos chicos ya talluditos, ambiciosos de todo menos del talento, también viven la crisis. ¿Dígame en qué se diferencia la política de Zapatero de la de Rajoy? En que uno nos cae menos mal que el otro, pero con la absoluta convicción de que ellos también son la crisis. ¿Y la izquierda? En pleno combate decisivo por la humanidad castigada en el doble frente de las bolsas de plástico y las bicicletas iluminadoras.

 

Fíjense si estarán seguros de su impunidad, en esta crisis tan suya y en este miedo tan nuestro, que el banquero Alfredo Sáez ha tenido el tupé de exigir que las ayudas del Estado no se hagan públicas porque eso crearía problemas de imagen. Resumiendo, que el jefe de los empresarios nos pide un paréntesis en la sociedad de libre mercado para cubrirse de sus errores y el subjefe de los banqueros, que le subvencionemos en la intimidad.

 

¿Ahora entienden por qué el ecologismo en política es siempre conservador? Y no está mal que lo sea, pero lo ingenuo es que eso pase por izquierdista. Por más radical que pretenda ser, el ecologismo nunca cuestiona el poder, sino los efectos del poder. ¿Se dan cuenta de que en el momento en que ha quebrado el capitalismo arrolladoramente victorioso, el que se jactó de haber finiquitado hegelianamente la historia, no queda otro remedio a nuestros gobernantes, audaces vendedores de humo, que plantearnos la crisis? ¿De qué crisis me habla usted? Ustedes se han arruinado solos y tras suculentos beneficios, y además ni siquiera tienen la inquietud en el cuerpo de que alguien pueda destronarles. El miedo es nuestro porque no hay alternativa. Entre tanta reivindicación de la naturaleza, a nuestros modernos amigos se les ha olvidado empezar exigiendo el fin de los paraísos fiscales. Es significativo que sólo puñados de jóvenes no tengan miedo. Quizá porque tampoco tienen futuro, y el que no tiene futuro que organizar no conoce las aplastantes evidencias del miedo. Y entiendo que lo rompan todo, en esa versión cutre del carpe diem.Se ha perdido el futuro, y los genios que gobiernan nuestras vidas y nuestras economías proponen volver al pasado.
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01 AM | 07 Ene

coorporativismo y populismo


  EL COLECTIVO ROUSSEAU PONE A DISPOSIÓN DE SUS AMIGOS UN ARTICULO PUBLICADO POR EL POLITOLOGO JOSEP RAMONEDA . APARECIÓ EN DIVERSOS MEDIOS EL PASADO DIA 26 DE DICIEMBRE.ABRIMOS UN FORO DE DISCUSION SOBRE EL TEMMA.


La deliberación es un componente esencial de la política democrática, difícilmente compatible con la exaltación y con los estados emocionales de la opinión pública. En este país hay una tendencia creciente a actuar a golpe de acontecimiento, que es lo más contrario al razonamiento democrático. Hay un crimen execrable, inmediatamente el Gobierno o la oposición propone endurecer el Código Penal; hay una decisión judicial que no gusta, siempre aparece alguien para exigir que se cambien las leyes. Por este camino, acontecimiento tras acontecimiento, España se va convirtiendo en un país altamente represivo, con un crecimiento imparable de la población penitenciaria.

El Consejo General del Poder Judicial castiga como falta leve una negligencia del juez Tirado que la opinión pública considera merecedora de la calificación de grave. Bajo el empuje del impacto emocional del asesinato de la niña Mari Luz, cometido por el beneficiario de la negligencia judicial, la decisión del gobierno de los jueces ha servido para dar visibilidad a algunos de los vicios de la democracia española.

En primer lugar, la dificultad de legitimarse, es decir, de adquirir aureola de autoridad y responsabilidad, que tienen algunas instituciones clave del sistema español. El caso Mari Luz era el estreno de un Consejo del Poder Judicial que nació incorporando todos los estigmas de la politización partidista, pero que en sus primeras manifestaciones parecía asumir que no se podía seguir por la vía del traslado de la confrontación política al seno de las instituciones judiciales. La sanción al juez Tirado ha dividido el voto en dos frentes: los jueces y los demás (abogados y fiscales). Otra vez la sospecha de parcialidad: ayer la política, hoy el corporativismo.

En segundo lugar, el oportunismo populista de la política española. Apenas conocida la decisión, el ministro de Justicia anuncia que va a cambiar la ley. La calificación de falta grave está prevista en la legislación, han sido los miembros del consejo los que han considerado que la falta era leve. ¿Culpa de la ley o culpa de los jueces? Si es la ley la que ha fallado, no acusen de corporativismo a los jueces. Y si la ley estaba bien, ¿por qué cambiarla?

En tercer lugar, la tendencia político-mediática a crear tornados en la opinión pública a partir de determinados acontecimientos. Yo también pienso que los jueces han sido impropiamente condescendientes con su colega. Pero ello no impide situar las cosas en sus justos términos. Hay en España 1.700.000 ejecuciones retrasadas. La del juez Tirado era una de éstas. Por probabilidad estadística seguro que hay más de un retraso que afecta a personas capaces de reincidencia grave. Y, sin embargo, hasta que uno de estos delincuentes cometa algún crimen nadie se acordará de estos casos. El juez Tirado es culpable de una negligencia en la transmisión de una sentencia. Pero no del asesinato de Mari Luz. En vez de anunciar reformas legislativas, quizás sería más eficaz que el ministro Bermejo hiciera lo que esté de su mano para que las sentencias pendientes se tramiten. Y que el Consejo tomará decisiones en todos aquellos casos en que hubiera negligencia manifiesta, en vez de esperar que una nueva tragedia vuelva a calentar los ánimos y a sacar el debate fuera del clima necesario para la deliberación democrática.

Hay problemas reales en la justicia que hacen que los ciudadanos no reciban un servicio con la calidad exigible. Hay deficiencias objetivas e intereses corporativistas, como en todas partes. En una carrera, la judicial, en que los conservadores son mayoría no es extraño que la confrontación se intensifique con un Gobierno socialista en el poder. En España se ha optado por un sistema en que la independencia del poder judicial no se ciñe sólo al ámbito de la jurisdicción, que culmina en el Tribunal Supremo. Parte de la gestión de la justicia recae en manos de los jueces, a través del Consejo General del Poder Judicial, unido por la cúspide con el Supremo. Lo cual es, a menudo, un factor de confusión y merecería una reflexión sin presiones ni urgencias.

Pero, por encima de todo, los distintos rebotes del caso Mari Luz me parecen síntomas de algo muy preocupante: la conversión de nuestra democracia en una democracia corporativa -en que los gremios y las grandes compañías pesan de modo determinante sobre la política- y populista -que es la huida hacia delante de los gobernantes ante el poder corporativo. En este país todavía es necesario repetir que en una democracia representativa los estados emocionales de la ciudadanía no pueden condicionar las leyes. Si se siguiera este camino no tardaríamos en ser uno de los Estados más represivos
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09 PM | 03 Ene

EL DOLOR DE VIVIR

 


Si es que no ha habido suficiente supermineralización en fiestas (o por si, precisamente a causa de ello, hace más falta que nunca) Nuestro Bar estará abierto todo seguido hasta Reyes.
Con los saludos afectuosos de LUPO


EL DOLOR DE VIVIR
La película que cierra la trilogía comienza con Apu convertido ya en hombre de letras, como acredita un certificado manuscrito en la primera imagen.
Enseguida vemos a Apu dormido sobre unas cuartillas, el tintero volcado, manchando la cama, en una habitación cochambrosa, junto a la estación de tren.
Lleva existencia de bohemio, atrasado el alquiler, dando clases particulares para sobrevivir lo justo mientras escribe una novela semiautobiográfica (como en el libro de Bibhutibhushan que sirve de base a Ray), alérgico a cualquier trabajo de oficina, con horario fijo.
Por intervención de su amigo anglófilo conocerá el amor conyugal, junto a una esposa joven y alegre, y también la paternidad.
Y la acumulación de muertes cercanas quebrará sus ganas de vivir. La aceptación de las cosas como vienen, actitud reinante en las películas de la trilogía, se vuelve casi imposible. Hay dolor y rebelión, en tono trágico, y un vagabundeo de alma en pena.

Más introspectiva y menos paisajista que las anteriores, “Apu Sansar” es por ello, y también por la desenvoltura técnica adquirida, con amplio repertorio de movimientos de cámara, la más europea. La contraposición al cine indio se hace explícita al citar una película ‘Bollywood’, vidas de dioses en tono popular, entre rudimentarios efectos especiales. En magistral transición, la pantalla de la sala donde se proyecta la cinta se convierte en ventanilla del carruaje en que los jóvenes esposos regresan a casa.
La trilogía está sembrada de detalles visuales que permiten articular una sabia narración, cargada de sugerencias a partir de los elementos justos, bien escogidos. Ahí está esa horquilla vibrante de significación erótica sobre la almohada nupcial.
Así alcanza inusitada fuerza poética un relato que profundiza con elaborada sencillez en la vida del hombre, hasta alcanzar sin patetismo la esencia de dolor y goce alternantes que la forman.

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12 AM | 30 Nov

LA LECCION DE TOLCACHIR


La omisión de la familia Coleman es una auténtica fiesta escénica. El joven director argentino la creó a partir de las experiencias de la escuela de actores que montó en su casa.Disfrutada en el Carlos III, recuperamos una crítica de Marcos Ordoñez.

Es una auténtica fiesta teatral y una lección para estos tiempos de crisis. Tolcachir tiene treinta y pocos años. Es, por así decirlo, el benjamín de la formidable generación de Daulte, Spregelburd y Tantanian. En Argentina, el teatro siempre es “el magnífico enfermo”, como decía George Kauffmann: nunca hay dinero, pero las ganas no faltan. Harto de llamar a las puertas de siempre, Tolcachir convirtió su casa en escenario. Y en escuela. Una escuela de actores, cuentan, sin horarios, sin apertura ni cierre: se estudiaba por la noche o de madrugada, cuando todos se habían liberado de sus quehaceres alimenticios. Así nació Timbre 4, en Boedo 640, en un piso grande y destartalado, al final del pasillo de una casa de vecindad. Durante meses, Tolcachir y sus alumnos se impusieron la dura pero gozosa tarea de construir el retorcido árbol genealógico de la familia Coleman y de ese modo brotó su primera obra dramática, una pieza de una apabullante madurez. Crearon la familia y vivieron como familia, y en aquel piso se estrenó, en agosto de 2005, para convertirse en un fenómeno teatral: cincuenta personas por sesión, apiñadas en el comedor, durante cuatro años. La omisión de la familia Coleman se llevó todos los premios de Buenos Aires, y giró por media Suramérica, y fue a Nueva York, y a Miami, y recaló en Cádiz, en Almagro, en Girona, en Madrid, siempre con críticas ditirámbicas.

Comienza la comedia y durante los diez primeros minutos creemos pisar un territorio demasiado conocido: el grotesco porteño, primo hermano de nuestro esperpento. Personajes al límite, situaciones absurdas, diálogos delirantes. Otra familia desorbitada, pensamos, como en La nona, o Esperando la carroza, o Postales argentinas, o La escala humana, o Mujeres soñaron caballos. También cuesta un poco rastrear las reglas del juego de los Coleman, definir sus vínculos. En la primera parte, el juego consiste en atrapar las esquivas pistas de una historia pasada y secreta. Una vez recompuesta la foto familiar con todas sus zonas de sombra, veremos cómo se desintegra de nuevo ante nuestras narices. En la foto hay una abuela, una hija y cuatro nietos, pero el suelo de la casa se ha movido. La abuela (Araceli Dvoskin) ocupa el lugar de la madre. La madre, Memé (Miram Odorico), es una niña absoluta, que parece vivir en su propia fantasía. Hay dos mellizos, Damian y Gabi. Damian (Diego Faturos) calza en el hueco oscuro del padre ausente: violento, alcohólico, ladrón. A Gabi (Tamara Kiper) le ha tocado el rol de la madre ideal: es la única que trabaja y trae dinero a una casa que se hunde. Los dos hermanos mayores se encuentran en los polos opuestos del arco. Vero (Inda Lavalle) vive una vida aparte: escapó de la telaraña; se casó, prosperó. Y Marito (Lautaro Perotti) encarna, nunca mejor dicho, todo el dolor de lo no dicho: su trastorno mental es hijo directo de la omisión titular, de la decisión fatal que dividió a la familia. Contado así parece un furibundo melodrama de Torre Nilsson, entre gótico y freudiano. Nada más lejos de la realidad. Macarena Trigo, que firma el prólogo del texto, clava la mariposa: “En la función no hay espacio para la melancolía. Un perfecto equilibrio entre drama y humor negro, que persigue la veracidad sentimental, revelará lo mejor y lo peor de cada personaje”. La carcajada da paso al calambrazo amargo y viceversa, y a cada nuevo dato, a cada giro de la trama, los protagonistas ganan en complejidad: nuestra simpatía pasa de uno a otro y hemos de reevaluar cualquier conclusión provisional. Tolcachir muestra, no juzga. Memé puede ser encantadora y un monstruo de egoísmo e irresponsabilidad, casi la versión desglamourizada de Blanca, la madre de Nunca estuviste tan adorable, de Daulte. La todopoderosa abuela, aparentemente hosca y sarcástica, es la que más sabe, la que más comprende, la que más ama: el verdadero cemento del grupo. Tampoco Vero es la pija fría y calculadora que parece ser, ni están pintados de un plumazo los “externos”, el doctor (Jorge Castaño) y Hernán (Gonzalo Ruiz), ese visitante-observador, presunto bobalicón (muy jardielesco, como la función misma) que aterriza en el epicentro del conflicto. Y todos los códigos, todos los apriorismos saltan por los aires ante el extraordinario personaje de Marito, el que más sufre y el que más ve a través de su locura, cumpliendo una función similar a la de Leopoldo María Panero en El desencanto (y en la vida). El tapiz argumental es muy denso, pero en ningún momento da la impresión de recargamiento, ni siquiera cuando recurre a las duplicidades simbólicas (los dos padres ausentes, los dos mellizos, los dos amantes, los dos hijos pequeños de Vero), gracias a unos diálogos elípticos pero en constante efervescencia, y, desde luego, a un equipo de intérpretes que cortan el hipo, maravillosamente dirigidos por el propio autor. Por cierto: Tolcachir acaba de estrenar en Buenos Aires su nueva obra, Tercer cuerpo. Ya estamos tardando en verla, señores.

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