Críticas
Lejano
Una cierta tendencia al prejuicio
Desconcierta el comprobar como a veces películas pertenecientes a géneros cineastas y culturas del todo opuestas pueden despertar sentimientos paralelos. ¿Por qué desconcierta? Pues ni más ni menos que debido a nuestros clichés que inconscientemente usamos a la hora de decidir si vemos una película, si nos gusta o no, y esto es así, te guste o no. Porque realmente el cine es algo universal y que mas da de donde provengan los metros filmados o el tipo de cultura que se nos muestra. Una cámara es una cámara aquí y allí y una historia es una historia aquí y allí.
Por eso invito a dejar de lado los prejuicios, tales como los dos premios obtenidos en Cannes o los más de veinte galardones recogidos durante su trayectoria para centrarnos en la película como si fuera su primer pase tras salir del laboratorio, porque es indudable que la gente quizás no se atreva a catalogarla según como sabiendo que estaba entre lo mejor de Cannes por ejemplo, pero allí entraríamos en la dinámica y viabilidad de un festival y no estoy aquí para hablar sobre ello.
Lejano (su título castellano), se enmarca claramente en una cierta corriente de un cine asiático (y perdonen que insista en ello pero nada mejor que traicionar lo que he dicho para entenderlo) de contemplación. Con eso me refiero a un largometraje donde pocas veces ocurren cosas, rociadas con un ritmo lento y tedioso, adornado con imágenes bellas que más que películas parecen fotografías, pero señores, esto es cine. El estilo deliberadamente pausado y el tipo de personajes nos retrotraen a la memoria al Angelopoulos de La mirada de Ulises, aunque según su autor N.B. Ceylan, busca un estilo más cercano a Tarkovsky y a Ozu.
De hecho sí consigue aproximarse a Tarkovsky. Sus personajes torturados, sus silencios, sus miradas, su capacidad de aburrir. Eso no se le puede negar. En cuanto a Ozu, el favorito de su director, no está tan claro haber comprendido su esencia. Su planificación es un contínuo homenaje, pocos movimientos de cámara (y cuando lo hace, como en el zoom que cierra la película hubiera resultado mejor dejarla estática), unos encuadres muy cuidados aunque al final aguante demasiado los planos algo innecesario. Ozu los aguantaba para dejar fluir la humanidad de los personajes, nunca más de lo necesario, aquí a veces sí puesto que cuando ya has comprendido su valor se recrea en la búsqueda que el espectador se pregunte porque pasa lo que está sucediendo y es que tal como afirma Ceylan «Hasta el aburrimiento es interesante«. Bueno, sobre opiniones… aunque no consigue acercarse a su propósito. Ceylan derrocha pesimismo y amargura por los poros, Ozu optimismo y humanidad. Ceylan nos cuenta una historia de miserias fácilmente aplicable a cualquier sociedad y estamento, pero realmente ¿Es interesante lo que nos cuenta? De hecho del modo en que nos lo cuenta no. A pesar del esfuerzo de sus dos intérpretes protagonistas, en quien reposa todo el metraje, uno no consigue engancharse con sus personajes, quizás por ese pesimismo tan buscado y esa parsimonia y pasotismo con respecto a todo.
Para ser francos quizás Ceylan haya fracasado en ese intento, pero no por ello hay que restarle méritos. La película es de una belleza plástica fuera de lo común. Cada plano es una fotografía milimétrica y a veces preciosa en el sentido de lo que vale la palabra. Cada imagen es de una belleza estudiada para reforzar la fuerza del personaje principal que es fotógrafo y como en un momento de la película afirma que la fotografía está muerta. Incluso el mismo Ceylan además de escribirla, producirla dirigirla y montarla también la fotografía (como Robert Rodríguez, ¿Entienden ahora lo de los prejuicios? Tal como comentó mi compañero Carlos Rosal en su crítica de Carmen: «Un plano medio es un plano medio, para Vicente Aranda y para Tony Scott«) otorgando un empaque que en pantalla grande uno no puede dejar de embobarse en ciertos pasajes, aunque también es cierto que uno no puede evitar el bostezar un par de veces.
Por eso y alejándonos de los clichés que a más de uno le influenciarían a la hora de expresarse en torno a ella. Uzak es una bella película sí, pero también larga, lenta aburrida y lejana. Eso sí, es preciosa. Cada uno elige lo que prefiere y cuando estás frente a una pantalla concentrado en lo que ves, poco importa realmente si has ganado en Cannes o en Turquía, importa si siento lo que se pretendía.
LOS REYES POETAS
La escritora francesa Catherine François, autora de «Los reyes poetas» reconstruye la vida de las cortes literarias de Almería y de Sevilla en el siglo XI con absoluta fidelidad a los hechos históricos. Su relato dramatizado consigue encarnar personajes hasta hoy difusos en escenas llenas de emoción y pone de manifiesto el papel de la poesía en la política de la época. Sorprende la precisión con que una autora extranjera se adentra en una parte compleja de la historia española, convirtiéndola en materia poética de primer orden.
En una entrevista ha admitido que al-Andalus «acabó convirtiéndose en mito romántico», ha asegurado que «se tardó mucho en recuperar el nivel de conocimientos y la prosperidad de las capitales de al-Andalus», y que «para valorar estos hechos con rigor hay que atenerse a los estudios históricos, visitar los museos y los monumentos que quedan».
Según la autora, desde el punto de vista cultural, lo más destacable de estas cortes islámicas era la actividad poética, algo que «se puede apreciar por la cantidad de poetas que prestaban su servicio a los reyes al-Mutasim y al-Mutamid, que eran ellos mismos poetas. La poesía era una muestra de la vida refinada de las cortes de al-Andalus».
François, que presentó «Los reyes poetas» en la Fundación Tres Culturas de Sevilla , ha explicado que la poesía «estaba acompañada por músicos y a veces por bailarinas; en Sevilla, ar-Rashid, uno de los hijos de al-Mutamid, también poeta, tocaba el laúd con un grupo importante de músicos».
El prestigio de la poesía estribaba en que «ya tenía un papel relevante durante la época preislámica. Las tribus de beduinos recorrían el desierto cantando versos monótonos como el paso de sus camellos. El poeta era un guerrero que prestaba su voz para ensalzar el valor de su clan en las batallas».
«Con la expansión del islam, los poemas se abrieron hacia una lírica espiritual y amorosa -ha advertido-, se hicieron musicalmente más ricos, con aportaciones de Oriente y de Occidente. Al-Andalus heredó esa tradición a la vez profana y religiosa, la protegió con especial ahínco por ser el territorio más occidental y aislado del islam».
Además, «los letrados andalusíes tenían que defender su poesía, inicialmente puesta en duda por los autores de Oriente, aunque fue reconocida ya por la mayoría de ellos en el siglo XI», ha manifestado.
Sobre el peso de la poesía en la política de la época, François ha recordado que «toda la correspondencia oficial y diplomática se hacía en verso; por eso, los visires tenían un amplio conocimiento de los recursos poéticos».
«Siguiendo la tradición oriental, los poetas de al-Andalus ensalzaban el honor de sus señores y celebraban sus victorias. Llegaron a ser un valor de prestigio que los reyes se disputaban. El poder de la palabra fue decisivo cuando empezaron a circular entre la población poemas que denunciaban la forma de vida licenciosa de sus gobernantes», ha explicado.
De aquella poesía ha destacado «las imágenes y la variedad de los temas, la delicadeza de las metáforas labradas como objetos de filigrana, que supieron aprovechar los trovadores», ya que «los poetas andalusíes heredaron una tradición literaria pulida durante siglos que llegó a formar un especie de clasicismo barroco».
«La poesía andalusí era sensual y refinada; una parte sustancial de la lírica popular española viene de ahí», ha valorado la autora.
Del estudio de estas obras ha señalado que «queda mucho por hacer en traducción. Fuera de España se han traducido poesías escritas y cantadas en al-Andalus a las que todavía no tenemos acceso. La Biblioteca de al-Andalus editada por Jorge Lirola suple en parte esa carencia, pero se echa de menos una labor de equipo internacional que permita editar un panorama completo de la poesía andalusí».
François ha señalado que, a diferencia de al-Andalus, «en los reinos cristianos la cultura era privilegio exclusivo de los nobles y de los clérigos, y a los letrados no se les permitía tratar temas paganos o que fueran en contra de las teorías dictadas por Roma. En al-Andalus, en cambio, no era raro oír a un campesino improvisar versos sobre un tema cualquiera».
«Los sabios árabes conservaron la filosofía griega, olvidada por los cristianos de la época, y los conocimientos técnicos y científicos, tanto en astronomía como en música, de los persas. La huella que dejaron en el paisaje, en la arquitectura y en la agricultura, se puede contemplar todavía».
ERASE UNA VEZ EN ANATOLIA
Texto: CÉSAR USTARROZ.
Fronteras geopolíticas como el Bósforo, nos separan de una hermana continental de la que parten cinematografías de inagotable riqueza, con destino a occidente, en auxilio de la renovación de un lenguaje universal, que como toda forma de expresión, prefiere abrirse a la mixtura cultural como una semilla de marihuana en el mes de marzo.
El tránsito a la Unión Europea no va a ser fácil, más bien sinuoso, más bien imposible. Más bien no lo recomendamos desde nuestra torcida e inestable posición. Anatolia todavía es un crisol de contradicciones, a camino entre esto y lo otro, que es como decir de todo y no querer concretar nada. Separado por fronteras naturales más insalvables que el Bósforo, “Cojín de monja” poco gustoso para las nacaradas posaderas de Merkel.
Un sucio cristal nos enturbia la visión, nos dificulta la aprehensión de la realidad hasta que llega el cinematógrafo, y de su mano ficciona ese mundo que no vemos o que no recordamos; o que no queremos reconocer. Ahora podemos apresarlo, pues con un movimiento de cámara se nos vaticina un cambio preferible al de una “fumata blanca”, y con su travelling nos asomamos al realismo más fascinante que podríamos heredar de un sincretismo maquinado por Fellini y Antonioni. Así comienza “Érase una vez en Anatolia”, tomando un decisivo impulso desde la ortodoxia para ponerse en eterna órbita junto a las grandes obras del séptimo arte. El canon se resiente cuando lo sacude una película de tan inabarcable carga, henchida de metáforas y alegorías lo suficientemente osadas para peinarle el cabello a Clark Gable con la raya al otro lado.
La Turquía de Nuri Bilge Ceylan se desarrolla en un espacio indeterminado, en el corazón de la península asiática. En ninguna coordenada reside esta historia sobre un homicidio. “Érase una vez en Anatolia” nos marca solo un itinerario, impreciso para resolver lo insustancial, pero idóneo para mostrarnos la profundidad de todo lo demás, que es lo realmente importante, la transcripción a la pantalla del comportamiento y la cultura humana.
Un interminable plano general. El horizonte nos devuelve tres automóviles atravesando la estepa por una serpenteante carretera. Un nutrido y multidisciplinar equipo de investigadores son “guiados” por los sospechosos de un crimen que no tiene ni principio ni fin. Kenan (Firat Tanis) trata de recordar el paradero del cuerpo enterrado. En el transcurso de este peregrinaje apuntaremos el foco a la privacidad de otros personajes, escondidos tras una fachada burocrática en pleno conflicto con su persona, en total discordia con la vida del “otro”, ambivalencias llenas de luces y de sombras, tan difíciles de descodificar como de reeducar.
Entre el razonamiento lógico del doctor Cemal (Muhammet Uzuner) y el anquilosado método del fiscal Nusret (Taner Birsel), discurren individuos que se sirven del tiempo muerto entre acontecimientos para mostrarse tal y como son, descubriendo el orden social al que pertenecen, sus miedos y su ambición vital. Entre medias se dilucida otro padecimiento. Entre medias la hija del alcalde les obsequia con la gratitud de quien vive marginado o sometido. Y entre tanto una secuencia para no olvidar.
“Érase una vez en Anatolia” disecciona el pueblo turco a la luz de una poética realista, desgarrando las enfermedades de una sociedad por medio del humor negro y la confesante introspección de un cine atemporal.