Críticas

01 AM | 02 May

BANALIZAR EL MAL ( JESUS FERRERO)

hanna arend peli 3

 

La banalidad no sería uno de los elementos constitutivos del mal, como podría pensar más de un desalmado, sino una de sus dimensiones, y no podemos ignorar que nuestra vida funciona sumida en diferentes banalizaciones del mal, a menudo, con la ayuda de las herramientas más eficaces del cuerpo social. El cine americano ha banalizado siempre la muerte. La forma banal de matar en las películas americanas dice mucho de esa enfermedad que han heredado los videojuegos, donde la banalización de la muerte adquiere su dimensión más inmediata y fulminante, y justo desde ese ángulo se convierte en pulsión: la pulsión de matar, y también la simpleza de matar.

Sin cambiar de tema, no menos inquietante es la evidencia de que las armas están hechas para banalizar el mal. La pistola banaliza la muerte más que el cuchillo, al hacerla más distante e inmediata, y las armas drónicas que tanto le gustan a Obama la banalizan todavía más. Es la muerte a distancia: el verdugo se aleja de la víctima para que su sangre no le salpique y así le deje menos huella en la conciencia. Se trata de la banalización suprema de la muerte gracias a la tecnología.

¿Banalizar el mal sería algo normal? Sí, ciertamente es algo normal y asumido por todos los pueblos. Admiramos a los individuos que practican disciplinas de mucho riesgo, porque a su manera banalizan la muerte y la vida, y se elevan sobre esa permanente banalización.

Los que critican a Hannah Arendt por haber enjuiciado a Eichmann como un individuo normal (normalidad psíquica y física que los médicos y psiquiatras judíos constataron) tienen una idea un tanto tramposa y escamoteadora de la humanidad. La zona gris, esa zona en la que “se extingue todo residuo de piedad hacia el otro”, según Primo Lévi, “y la figura humana deja de conmover”, según Robert Antelme, no es algo extraordinario que aparezca a veces en el horizonte de la aventura humana, como pensaría el mismo Lévi; muy al contrario, la zona gris es algo que está siempre ahí, más o menos camuflado. Quizá era eso lo que quería decir Hannah Arendt al enjuiciar a Eichmann: no penséis que el mal y su banalidad se ocultan en criaturas extraordinarias: el mal, hasta el mal más inmundo, se puede cobijar en la estructura física y mental de un individuo tan banal y normal como Eichmann, que se limitaba a hacer lo que le ordenaban porque ese mundo rígido, ordenado y cotidiano le daba seguridad: la seguridad de la costumbre, y si la costumbre es deportar y matar da lo mismo. Nadie mejor que los autistas sabe que la repetición de un mismo movimiento da seguridad, y nadie mejor que un fumador experimenta a diario la seguridad que le da encender un cigarrillo tras otro. En esa seguridad se apoyaba Eichmann, y en esa banalidad.

Hannah Arendt, tan bien retratada en la reciente película de Margarethe von Rotta, no inventó la banalidad del mal, como le quieren achacar algunos; inventó simplemente un concepto que ilumina ciertos aspectos de nuestras relaciones con el mal. Toda vez que transigimos con el mal lo banalizamos, y vivimos permanentemente sumergidos en esa banalización. No nos asombremos si algunas veces en la historia esa banalización se apodera íntegramente del Estado.

Quizá Hannah Arendt ya tenía en su cabeza la teoría sobre la banalidad del mal antes de acercarse a Jerusalén para observar a Eichmann, y el asesino nazi le vino como anillo al dedo para ilustrar su visión de la banalidad del mal. Como dijo en este mismo periódico Monika Zgustova: “Hannah Arendt insinuó que Eichmann era un hombre de tantos, disciplinado, aplicado y ambicioso burócrata”. Yo no lo pongo en duda. No solo Eichmann, todos los jerarcas nazis eran unos tipejos de una banalidad del todo demostrable. Más que a un partido político, Alemania cedió el poder a una cuadrilla de gánsteres absolutamente banales, como pensaba Brecht. Que además fuesen antisemitas no debe asombrarnos. El antisemitismo era en aquel entonces algo normal, es decir, banal.

Pero no es necesario irse hasta los nazis para encontrar estados que banalicen el mal. Todo Estado se puede convertir en una máquina inquietante de banalizar el mal. En situación de guerra, el Estado llega a banalizar la muerte hasta extremos inconcebibles, y en situación de paz también. La vida media de uno de aquellos chicos que llegaban a Verdún era de una semana. Sangre joven mezclándose continuamente con el lodo. Pero no olvidemos que en situación de paz son sobre todo los jóvenes los que mueren en las carreteras, gracias a la banalización de la muerte que ha impuesto el automóvil.

¿Cabría pensar que cuanto más banal es un individuo más va a banalizar el mal? ¿Por eso Franco, ese individuo banal, y me atrevería a decir también irredimiblemente normal, firmaba penas de muerte mientras tomaba el café de la sobremesa con su señora y sus ministros?

Bien sé que tampoco es necesario irse hasta Franco para observar una cierta institucionalización de la banalidad del mal, ya que los Estados europeos de estos momentos se diferencian de los de finales del siglo XX por una tendencia cada vez más acusada a banalizar el mal. ¿Solo el mal? En modo alguno: también están banalizando el bien, haciendo todo lo posible para desarticular el mundo de la cultura. Nadie ignora que los Estados suelen aprovechar los logros de la cultura, al menos en una segunda fase, y suelen integrarlos dentro de su sistema propagandístico, pero no parece que les guste demasiado la contestación, en primer lugar, y en segundo lugar no parece que les interese demasiado la cultura. El Estado se siente bien a sí mismo en un mundo de relativa tosquedad ideológica, filosófica y moral, de ahí que el Estado tienda a ver la mente humana como una estructura relativamente tosca. Si me diera por bromear diría que si bien el hombre es un descubrimiento antiguo para las ciencias y la filosofía, para el Estado es un descubrimiento reciente, tan reciente que aún muchos estados no han descubierto al hombre y por consiguiente no han creado derechos para él.

El Estado puede proclamar, siguiendo pautas convencionales que le exige la sociedad, el rechazo de toda violencia de género, si bien la policía puede golpear salvajemente a las mujeres en una manifestación, esgrimiendo formas en nada diferentes a las del peor maltratador. He ahí un ejemplo claro de la tosquedad a la que nos estamos refiriendo, y que conduce nada menos que a banalizar y normalizar la brutalidad contra la mujer desde el aparato mismo del Estado, que acapara en su ectoplasma cielo el monopolio de toda clase de violencia, también la de género.

No podemos poner en duda que la mente humana es bastante compleja, hasta cuando banaliza el mal, pero rara vez el Estado va a tenerlo en cuenta. No en vano, toda banalización del mal a gran escala suele empezar en las altas esferas mucho antes que en las bajas. En el avispero sirio tenemos la oportunidad de verlo desde todos los ángulos del conflicto.

Decía un personaje de la película Moulin Rouge de Huston: “Si los artistas son profetas, el nuevo siglo (se refería al siglo XX) va a ser terrible”. La idea me sigue pareciendo actual, ya que todas las novelas buenas que he leído últimamente tienen como tema único el dolor. Pero ¿y si en esa sentencia cambiásemos a los artistas por los políticos? Si los políticos son la representación más visible de nuestra sociedad, el siglo XXI va a ser, si no lo es ya, el de la más generalizada banalización del mal, y todo indica que va a dejar muy atrás al siglo pasado: el siglo en el que Hannah Arendt nos hizo ver lo normal, lo terriblemente normal que suele ser entre nosotros el mal.

Jesús Ferrero es escritor.

 

Compártelo:
12 AM | 25 Mar

sueño de invierno

Aydin, su esposa Nihal y su hermana Necla viven atrapados en su hotel, en plena estepa de Anatolia. Es un lugar hermoso por su singularidad y por una nieve que todo lo cubre pero que también parece impedirles cualquier relación sincera y afectuosa. Entre ellos y con el vecindario hay cortesía y buenas maneras, pero la procesión va por dentro y no tardan en salir a flote reproches y rencores ocultos. En su interior, viven una especie de duelo silencioso entre la conciencia y el orgullo, entre la moral de grandes intenciones y las realidades más mezquinas. Los dobles sentidos en los comentarios alternan con las humillaciones recíprocas, y el cinismo no deja lugar al perdón. Todo es hermoso en la superficie, pero todo está podrido… y sin embargo, no pueden escapar a esa soledad y parecen condenados a permanecer en ese entorno de ocio y ensimismamiento. Ese es el panorama que Nuri Bilge Ceylan retrata en «Winter sleep (Sueño de invierno)» adaptando tres obras de Chéjov, y esa es la pesadilla de una noche de invierno que produce monstruos de infelicidad.

Los primeros planos nos advierten que estamos ante una película de estética cuidada, con fotografía y planos que recogen imágenes cargadas de valor simbólico. Nada sobra en una cinta que se atreve con Chéjov para trazar una radiografía inmisericorde de la condición humana. Todo tiene su sentido y clara intención, y cada vuelta de tuerca reafirma la energía de un orgullo que impide manifestar los sentimientos, la inoperancia de una moral de altos vuelos y brillantes peroratas pero que no es capaz de enfrentarse con uno mismo. La cultura y perspicacia de Aydin no son suficientes para abrir el corazón de los suyos, y en cada intervención se adivinan intereses ocultos cuando no actitudes acusadoras. Todo es complicación y justificación en un hombre acostumbrado a imponer su opinión, y nada escapa a su mirada calculadora y desconfiada. A su alrededor, la frialdad del paisaje no es más que el reflejo de unos corazones secos y amargados. Y es que el cinismo y la soledad han ganado la batalla al deseo de ampliar horizontes y dejar entrar aire fresco. Todo se convierte en una pesadilla para estos presos de la Anatolia, refugiados en su compasión y fracaso, perdidos en la monotonía y aburrimientos cotidianos.

El trabajo que Nuri Bilge Ceylan se presenta como una pieza de relojería que avanza con lentitud pero con precisión. No tiene prisa por construir caracteres ni relaciones, ni por levantar barreras entre clases sociales o dejar que las verdades afloren por la boca de indignados o borrachos. Todo se acaba sabiendo, aunque el director exige al espectador paciencia y esfuerzo porque la cinta es muy densa y discursiva, pesimista y nada complaciente. Sus matizados y profundos diálogos llegan cargados de sabiduría, y el uso de la palabra se convierte en dardo envenenado o en juego de dialéctica con el que vencer al adversario. Al espectador se le pide atención y reflexión, voluntad para comprender a unos personajes complejos y capacidad para abstraer y elevarse hasta vislumbrar una naturaleza humana dañada. Pero esa hondura antropológica y el oficio con la cámara que demuestra Ceylan hacen que merezcan la pena las tres horas largas de duración, porque estamos ante una obra maestra que se llevó la Palma de Oro en Cannes.

Todo lo dicho se completa con unas interpretaciones a la altura del lugar y del tema. Tanto Haluk Bilginer, Melisa Sözen, Demet Akbag o cualquiera de los secundarios hacen trabajos contenidos y austeros, con diálogos ajustados a su condición y prolongados silencios en los que es la mirada quien habla. Ellos son como el paisaje que habitan y como la propia realidad que viven: duros y agrestes, poco dados a abrir su intimidad o a entregar su libertad. Viven un sueño de invierno que parece no tener término y que amenaza con terminar por congelarles el corazón, entre tanta palabrería, buenas intenciones y nulas realidades. Están paralizados en una guerra soporífera entre la conciencia, el orgullo y la compasión, en la que quieren irse y quedarse a la vez, en la que desean comprar la dignidad con unos billetes, en la que quieren ayudar o predicar la verdad pero subidos al pedestal del engreimiento.

la mirada de ulises

Compártelo:
12 PM | 18 Mar

POR QUÉ TENIA MARX RAZON

Una vez transcurridos ciento treinta años desde la muerte de Karl Marx (1818-1883) y más de veinte desde el histórico derrumbamiento del comunismo, la utopía que él alumbró y que constituyó el más poderoso movimiento político e intelectual del mundo contemporáneo, muchos son ahora los que se acercan a su monumental producción intelectual con el objeto de hallar claves para entender lo que está sucediendo. A diferencia de la escasa emoción que suscitó la celebración del primer centenario de la muerte del revolucionario filósofo alemán, parece que ahora se ha despertado un considerable interés por las ideas del barbudo de Tréveris y que ha llegado el momento de estudiarlas con nuevos ojos y de revisar objetivamente sus conquistas y fracasos. Las cosas han cambiado, ciertamente, y la crisis sistémica global, que desde 2007 causa estragos en la economía mundial y en la vida cotidiana de tanta gente (sobre todo, de los sectores más vulnerables de la sociedad, pero no sólo), ha transformado los términos del debate. En este contexto, el término «capitalismo», evitado por muchos hasta hace poco (que preferían emplear eufemismos como «economía de libre mercado» y otros similares), se ha vuelto moneda corriente. En estos tiempos en los que las contradicciones del sistema se agudizan y el capitalismo se muestra en toda su crudeza, quizás sea la ocasión propicia para leer o releer al más penetrante y sagaz crítico de dicho modo de producción. El pensamiento de Marx se nos ofrece como un pensamiento vivo capaz, si no de influir decisivamente en el curso de los acontecimientos, sí de interpretarlo y de orientar la acción política.


De esta opinión es, en todo caso, Terry Eagleton (Salford, 1943). Este afamado crítico literario inglés, además de respetado profesor de Teoría Cultural de la Universidad de Manchester, ha perseguido a lo largo de su dilatada carrera la configuración de una serie de versiones remozadas de la crítica materialista, propósito que, de momento, ha culminado en la redacción dePor qué Marx tenía razón. Este libro parte de una prometedora confesión, tan diáfana como su propio título: “Yo mismo tengo mis propias dudas acerca de algunas de las ideas marxianas y creo que este libro lo pondrá suficientemente de manifiesto. Pero la verdad es que Marx tuvo la suficiente razón a propósito del suficiente número de cuestiones importantes como para que llamarse marxista pueda ser una descripción razonable de uno mismo” (p. 11). A partir de esa confidencia, nuestro autor se lanza a una decidida defensa del pensamiento de Marx y de su vigencia en estos tiempos significado por el predominio del neoliberalismo, además de por la ya señalada devastadora experiencia de una de las mayores crisis padecidas por el capitalismo. Eagleton se cuida mucho ciertamente de presentar el marxismo como una suerte de panacea universal, pero aunque cree que precisa de análisis complementarios que lo adapten a las condiciones actuales, apenas deja espacio para la distancia crítica.

El libro de Eagleton no esquiva la controversia, sino que más bien la busca, como corresponde a un texto de combate. Una muestra suficientemente elocuente: “Quienes acusan [al marxismo] de obsoleto son los adalides de un capitalismo que está retrocediendo rápidamente hacia niveles victorianos de desigualdad” (p. 16). O esta otra: “En realidad, en un cierto sentido paradójico, el estalinismo, lejos de desacreditar la obra de Marx, es prueba de su validez” (p. 33). Para argumentar esto nos trae aquí a la memoria que la revolución rusa sucedió fuera de los planteamientos marxistas: Marx consideraba completamente imposible la revolución socialista a partir de sociedades precapitalistas o de escaso desarrollo capitalista. Por lo demás, Marx era también de la opinión de que no era factible que el socialismo triunfase en un solo país (en contra de lo que luego sería la tesis auspiciada por Lenin). Su consecución se lograría tan sólo mediante una marea internacionalmente acompasada. Más que un fracaso de las capacidades hermenéuticas y predictivas del marxismo, lo que explica su paulatino declive en las últimas décadas es la “sensación de impotencia política” que ha cundido entre muchos de sus antiguos seguidores ante la aparente fortaleza del capitalismo (p. 20).

Eagleton cifra la originalidad de Marx en la idea de la lucha de clases como motor fundamental de la historia humana (cap. 3). De ahí hace derivar la siguiente definición: “en esencia, el marxismo es una teoría y una práctica del cambio histórico a largo plazo” (p. 47). Una filosofía de la historia que, según una extendida opinión, no deja de ser harto problemática: “Uno de los fallos evidentes de ese modelo es su determinismo. Nada parece capaz de resistirse al avance inexorable de las fuerzas productivas. La historia se desarrolla con arreglo a una lógica interna inevitable” (p. 54). Y un problema no menor derivado de esta posición sería que “el determinismo histórico invita al quietismo político” (p. 56). Eagleton niega, sin embargo, la mayor: “No existe prueba alguna de que Marx sea en líneas generales un determinista, entendido como alguien que niega que las acciones humanas sean libres” (p. 61). Pero acepta matices: “Es posible, pues, que Marx no sea un determinista en general, pero son muchas las formulaciones presentes en su obra que transmiten una sensación de determinismo histórico. […] No está claro de qué modo encaja este austero determinismo con el papel central otorgado por el propio autor a la lucha de clases” (p. 63).


Por qué Marx tenía razón
finaliza con una pregunta retórica: “¿Ha habido alguna vez un pensador más caricaturizado?”. A lo largo de todo el libro el lector encuentra numerosas razones para poder pensar que al filósofo de Tréveris le corresponde tan dudoso honor. El autor inglés nos recuerda el contenido de las más notorias descalificaciones formuladas de las que ha sido destinatario el pensamiento de Marx, por más que muchas de ellas tergiversen profundamente sus ideas, caricaturizándolas hasta hacerlas irreconocibles. A sabiendas de que su pensamiento no estaba muerto, aunque el comunismo realmente existente casi lo mata, sus apresurados sepultureros se ocuparon de echar sobre su tumba varias toneladas de tópicos para intentar desacreditarle definitivamente. Eagleton se adentra en ese amasijo de objeciones -en donde caben no sólo las de carácter conservador o reaccionario, sino también las liberales e incluso las provenientes de la izquierda postmoderna- y selecciona diez núcleos críticos. Cada capítulo de su libro está dedicado precisamente a desmenuzar y rebatir una por una esas diez negativas apreciaciones. En concreto, éstas son las tesis contra el marxismo por las que Eagleton se interesa: 1. Está acabado. 2. Tal vez esté muy bien en teoría, pero siempre que se ha llevado a la práctica se ha traducido en terror, tiranía y asesinatos en masa. 3. Es una forma de determinismo. 4. Es un sueño utópico. 5. Lo reduce todo a la economía, es una suerte de reduccionismo económico. 6. Marx era un materialista. 7. Nada hay más obsoleto en el marxismo que su tediosa obsesión por la clase. 8. Los marxistas abogan por la acción política violenta. 9. El marxismo cree en un Estado todopoderoso. 10. Los movimientos radicales más interesantes de las últimas cuatro décadas han surgido fuera del marxismo. Las réplicas que el autor dispensa a estos argumentos antimarxistas son bastante dispares: algunas son muy elaboradas y concluyentes y otras menos rigurosas y exhaustivas. No obstante, Eagleton cumple el objetivo que se propone: proporcionar argumentos para corregir la imagen distorsionada del marxismo a causa de tantas décadas de furibunda propaganda en su contra.

Sin pretender dar cuenta aquí de todas las sesudas refutaciones formuladas por Eagleton, sí que cabe apuntar, a título de ejemplo, algunos de sus argumentos. A nuestro autor le preocupa, de una manera especial, desmontar el presunto carácter no democrático de las prácticas políticas inspiradas en el marxismo. Su estrategia pasa, en primer lugar, por desmentir el carácter realmente democrático de los Estados habitualmente reconocidos como tales. Y, en segundo lugar, por alegar las convicciones más arraigadas de Marx: “El propio Marx inició su carrera ideológica siendo un demócrata radical y acabó convertido en un revolucionario al darse cuenta de la inmensa transformación que haría falta llevar a cabo para implantar una democracia genuina. Es desde su vertiente de demócrata desde la que desafía esa autoridad suprema del Estado. Marx es un creyente demasiado entusiasta en la soberanía popular como para contentarse con ese pálido atisbo de la misma que conocemos por el nombre de democracia parlamentaria” (p. 192). Marx tenía, pues, una elevada noción de la democracia, que equiparaba al “autogobierno real, y no a un gobierno confiado a una élite política” (p. 193). Su afán no era sino completar las ideas revolucionarias de 1789 mediante una segunda ola democratizadora que se hiciera cargo de los conflictos de clase que fueron orillados entonces. Conviene aclarar, en este sentido, que la denostada «dictadura del proletariado» preconizada por él no tendría otro sentido, en principio, que “sencillamente el gobierno de la mayoría” (p. 196). Eagleton enfatiza además el carácter abierto de la teoría política de Marx, en cuyos escritos no se facilita ninguna guía concreta de uso práctico acerca de problemas tales como la naturaleza de la socialización de la economía o las disposiciones para planificarla. Esto, lejos de ser un déficit, ha de ser entendido como un factor de apertura que facilita la dinámica del juego democrático.


En sus pormenorizadas respuestas a las mencionadas objeciones, Eagleton presenta a Marx como alguien caracterizado por una apasionada fe en el individuo, una honda suspicacia hacia todo dogma abstracto y una gran desconfianza hacia la institución del Estado. Supo reconocer las conquistas clave de la sociedad burguesa como las libertades individuales o los derechos civiles o de ideas revolucionarias como las de libertad, autodeterminación o desarrollo personal, de las que fue un convencido adalid. Prestó especial atención a la economía, pero con un objetivo claro: analizar y disipar su impacto negativo en la suerte de los seres humanos.
Se empeñó así en la ingente empresa de dotar la acción revolucionaria de fundamentos científicos. Trataba no sólo de entender el mundo, sino también de desarrollar al mismo tiempo una estrategia para cambiarlo. En cualquier caso, su obra revolucionó en su momento la filosofía, la economía, la sociología, la historia y la política tanto teórica como práctica.

Tras la caída de la mayoría de los regímenes comunistas erigidos durante la pasada centuria, que lastraban su credibilidad, pese a la lejanía que su praxis mantenía con la teoría propuesta, nada impide que Marx pueda ser reivindicado como un pensador para el siglo XXI. En las décadas finales del siglo XX su legado intelectual entró en evidente recensión –tanto teórica como práctica– y algunos se apresuraron en declarar solemnemente la definitiva muerte de Marx. Aún reconociendo que ciertos elementos de su teoría han quedado obsoletos, Eagleton nos muestra, por ejemplo, que no ha perdido ningún ápice de relevancia su perspicaz análisis del modus operandi del capitalismo, con una dinámica global siempre en expansión y concentración, generando «contradicciones» internas que acaban provocando crisis cíclicas y autotransformaciones para intentar superarlas. Frente a cosificaciones interesadas, Marx contemplaba –y ello se muestra con claridad en el Manifiesto comunista– el modo de producción capitalista como no permanente ni estable, sino como una fase temporal en la historia de la economía, de modo que, por tanto, su propio futuro está en entredicho. ¿Quién se atreverá hoy a contradecirle?

Pese a las matizaciones que se ve obligado a introducir a lo largo de su exposición, Eagleton ha logrado elaborar un texto didáctico (visible tanto en la organización de los capítulos como en la breve introducción que antecede a cada uno de ellos, en donde se señalan las principales objeciones contra el marxismo), pero no por ello exento ni de profundidad ni de originalidad. Apasionado y satírico, además de pertrechado de paciencia, sale al paso de las múltiples ridiculizaciones de las que ha sido objeto la teoría marxista. El estilo narrativo es ágil, además de claro. En este sentido, es de agradecer que haya prescindido del lenguaje encriptado del que hacen gala tantos marxistas y que impide que muchas ideas puedan ser empleadas directamente como materia argumentativa en los debates públicos. No es éste el caso. El tono empleado por el autor no es nada pedante, sino ameno y con frecuencia aderezado con la fina ironía inglesa.

Marx ha pasado de ser un autor literalmente intempestivo hasta hace apenas unos años a ser un autor realmente imprescindible para entender el presente. Como bien proclamaba el historiador Eric Hobsbawm en la frase final de su postrero libro (Cómo cambiar el mundo: Marx y el marxismo 1840-2011, Crítica, Barcelona, 2011), “ha llegado la hora de tomarse en serio a Marx”. Eagleton logra pertrecharnos de suficientes argumentos para proceder a ello.
Compártelo: