GALIPOLLI
Gallipoli: La última carrera
Por Íñigo Bolao
-¿Qué son tus piernas?
-Muelles… Muelles de acero.
-¿Qué van hacer?
-Llevarme a toda velocidad.
-¿A qué velocidad puedes correr?
-A la de un leopardo…
-¿Y a qué velocidad vas a correr?
-¡A la de un leopardo!
-¡Pues veamos cómo lo haces!
Con este genial diálogo comienza una de las mejores películas sobre la Primera Guerra Mundial (1914-1918), uno de los conflictos bélicos que menos se ha abordado en la historia del cine a diferencia de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) y de la Guerra de Vietnam (1954-1975). Asimismo, es uno de los filmes más sobrecogedores del cine australiano en los últimos momentos en los que la “Nueva Ola” de cineastas de aquel país dejó una serie de títulos cinematográficos inigualables.
Se trata de Gallipoli (1981), del curtido maestro Peter Weir (21-8-1944), conocido por la mayor parte de los cinéfilos y del público por películas como Único testigo (1985), El club de los poetas muertos (1989) o Master & Commander (2003). Ambientada en 1915, en un momento en el que comenzó a desarrollarse la desgastadora guerra de trincheras en el Frente Occidental, trata sobre dos corredores de Australia Occidental, Archie Hamilton (Mark Lee) y Frank Dunne (Mel Gibson), quienes deciden alistarse en el ANZAC, el cuerpo australiano y neozelandés del ejército británico, para participar en la batalla de Gallipoli contra las tropas turcas.

A modo de detener la sangría en el frente del oeste, y para atacar la retaguardia austro-alemana para apoyar al Imperio Ruso, Winston Churchill, quien por entonces era Primer Lord del Almirantazgo, concibió un plan para acabar con la guerra cuanto antes: arrebatar al Imperio Otomano el Estrecho de los Dardanelos para tomar Estambul, controlándose así el Mediterráneo Oriental y obligando a los Imperios Centrales a rendirse. Librada entre febrero de 1915 y enero de 1916, la batalla acabó en derrota para la Entente, desarrollándose en su transcurso otra guerra de trincheras similar a la existente en la frontera franco-belga por aquel entonces.
Ahora bien, Gallipoli no es sólo una historia de la batalla. Trata sobre cómo el sueño de una generación, y de un país entero, acabo siendo destrozado por el conflicto armado que cambió para siempre la Historia Mundial y con el que comenzó el siglo XX. Fue, para los australianos, una batalla que tuvo el mismo impacto que tendría la Guerra de Vietnam en los Estados Unidos: se instaló tanto en la memoria colectiva de la población que supuso un antes y un después en la evolución de la misma Australia.
También es una película sobre el poder de la amistad. Entre Archie y Frank se desarrolla una relación que supera cualquier adversidad y diferencia de pensamiento. Por un lado, Archie es el joven idealista que quiere curtirse en una aventura, responder a la llamada de las armas intentando formar parte de un regimiento de caballería y siendo uno de los mejores atletas de su generación. Por otro lado, Frank, un hombre individualista de clase humilde que no sabe nada sobre la realidad de la guerra (ni la quiere saber), intuye qué es lo que hay detrás de cada titular de los periódicos. Finalmente, y por la fuerza de las circunstancias, decide unirse a la contienda con sus amigos.
En general, Gallipoli es una película notable. El director, al igual que en otras obras, expuso un tema bastante frecuente en su filmografía: la entrada de sus protagonistas en un mundo que les transforma profundamente; algo que puede apreciarse, por ejemplo, en la excepcional El show de Truman (1998). En la película, tanto Archie como Frank acaban por conocer cómo es la guerra de verdad cuando están en el campo de batalla, y eso acaba con todas sus ilusiones al saber que morir por la patria no es tan glorioso como se piensa, aunque en ningún momento Weir hace propaganda a favor del pacifismo.
Tampoco cuenta con grandes efectos especiales, pero tiene unos aspectos técnicos muy cuidados, como una notable fotografía de Russell Boyd, uno de los técnicos asiduos del cine de Peter Weir; así como una recreación histórica muy certera, tanto en la parte de Australia Occidental, como en el momento en el que las tropas están entrenando en Egipto, hasta en el campo de batalla. Mención especial merece la banda sonora: junto a los temas compuestos por el compositorBrian May (1934-1997), se incluye también música clásica (un trozo de la ópera Los pescadores de perlas, de Georges Bizet, junto a composiciones de Albinoni) y música new age, con pasajes del disco Oxygene, del músico francés Jean-Michel Jarre (1948), hijo del gran Maurice Jarre (1924-2009). Aquí dejo una muestra.
Peter Weir consiguió con esta película un éxito de crítica y de público, siendo nominada al Globo de Oro a la Mejor Película Extranjera, premio que se llevó otra película notable: Carros de fuego, de Hugh Hudson. Como conclusión, han pasado treinta años y ha sido un poco olvidada, pero ha resistido bien al paso del tiempo, manteniéndose a la carrera de éste como un leopardo. Es una gran película bélica e histórica, y una muestra de lo que un país sin mucha tradición cinematográfica como Australia puede hacer. Si la veis, nunca la olvidaréis ni os arrepentiréis de haberla visto: es un buen soplo de aire fresco.

Cuando terminamos de ver los 272 minutos maravillosos de Doctor Mabuse, en el ciclo que estamos dedicando a los orígenes del cine, José Antonio, un habitual en nuestras sesiones, exclamó con alivio la palabra FIN, sin duda por la incomodidad de las butacas y que desde luego nos gustaría cambiar el próximo curso si la economía lo permite, y no por la belleza del film de Fritz Lang. Además de decir FIN, a todos nos interpeló con la siguiente pregunta ¿es todo un juego?, y es que al principio de la proyección aparecen unas cartas con diferentes marcas para posibles mis en scene. Mabuse, para Eugenio Trias, es el dios calderoniano que reparte papeles para la puesta en escena de la película, pero en giro solipista, es decir de lo único que está seguro es de su propia mente.
Con la entrada en el último siglo del recientemente extinguido milenio anterior, la imaginación popular se disparó. Muchos creían que el Apocalipsis se aproximaba; otros estaban convencidos (y no iban muy desencaminados) de que la humanidad acabaría atrapada en su avance hacia una sociedad cada vez más industrializada y despersonalizada, en la que la invasión tecnológica terminaría por destruir el planeta; quienes imaginaban la conquista del espacio buscando nuevos planetas donde vivir; y quienes temían que el mundo acabara sometido a un poder totalitario y absoluto.
En ocasiones los libros son como las armas de fuego: los carga el diablo. De manera sorpresiva se disparan y uno no sabe muy bien por qué, hasta que se da cuenta de que han herido supuestamente en su vanidad o en su honor (que a veces son lo mismo) a alguien que pasaba por allí. Los escritores disponen de unos instrumentos
En un contexto europeo en el que ya se barruntan los conflictos que darán lugar a la II Guerra Mundial, dirige Renoir La gran ilusión, película que refleja magistralmente el final de una época que se cierra con la guerra del 14.