Críticas
Cuando terminamos de ver los 272 minutos maravillosos de Doctor Mabuse, en el ciclo que estamos dedicando a los orígenes del cine, José Antonio, un habitual en nuestras sesiones, exclamó con alivio la palabra FIN, sin duda por la incomodidad de las butacas y que desde luego nos gustaría cambiar el próximo curso si la economía lo permite, y no por la belleza del film de Fritz Lang. Además de decir FIN, a todos nos interpeló con la siguiente pregunta ¿es todo un juego?, y es que al principio de la proyección aparecen unas cartas con diferentes marcas para posibles mis en scene. Mabuse, para Eugenio Trias, es el dios calderoniano que reparte papeles para la puesta en escena de la película, pero en giro solipista, es decir de lo único que está seguro es de su propia mente. ¿Quién es Mabuse realmente? Mabuse es un ilusionista, un transformista, un estafador. También es un asesino, un criminal letrado obsesionado por hacer proselitismo de sus medios y habilidades, creando franquicias con su inimitable sello. Aunque realmente podría abrir una fundación con su nombre, pues no busca tanto el provecho personal como el mal ajeno, la jodienda al vecino anónimo. Es un hombre del renacimiento (abarca todas las vertientes luciferinas, deja constancia escrita de sus «hazañas»)… lástima que su «misión» consista en tratar de acabar de una vez por todas con la civilización.
Mabuse nos odia profundamente. Sí, a ti y a mí. Por existir, por estar ahí. Los motivos nunca han quedado muy claros, pero el doctor tiene algo personal en contra de la sociedad, el Estado o cualquier institución que trate de coartar su inalienable derecho a hacer daño. ¿Anda suelto hoy por ahí un Mabuse que nos dirige? ¿Es la economía el Mabuse de hoy?
El doctor Mabuse de 1922 (posiblemente, la única de las tres entregas que merezca el tratamiento de obra maestra) sería un fiel reflejo de la circunstancial república de Weimar, inestable invento que un agonizante Hindenburg acabaría sirviendo a los nacionalsocialistas en bandeja de plata. Los alegres años veinte (con su laxitud moral, su descoque previo al crash, la búsqueda compulsiva de emociones fuertes en ambientes turbios donde se mezclaba la crème de la crème con la aristocracia del lumpen) son aprovechados por Mabuse y sus apóstoles para la recolección de almas incautas y la estafa a gran escala. Sus compinches, todo sea dicho, son lo peor de cada casa: politoxicómanos, mujeres neurasténicas, desinformados que no saben muy bien dónde se han metido… más que un gang organizado, da la sensación de que sus más cercanos colaboradores son débiles mentales que han desarrollado una relación de dependencia hacia su Ilustrísima Malevolencia.
El doctor Mabuse se presentó dividida en dos partes, con un metraje final (recientemente restaurado por la sacrosanta Friedrich Wilhelm Murnau Stiftung) que sobrepasaba las cuatro horas. Entonces —como ahora— los exhibidores no estan dispuestos a que el pase de una única película copase todo el programa de tarde, así que proyeccionistas autoerigidos en montadores se encargaron aquí y allá de aligerar el peso de las bobinas,cosa que no hicimos nosotros y que desde luego nos agradeció José Antonio,a pesar del dolor de culo.

Con la entrada en el último siglo del recientemente extinguido milenio anterior, la imaginación popular se disparó. Muchos creían que el Apocalipsis se aproximaba; otros estaban convencidos (y no iban muy desencaminados) de que la humanidad acabaría atrapada en su avance hacia una sociedad cada vez más industrializada y despersonalizada, en la que la invasión tecnológica terminaría por destruir el planeta; quienes imaginaban la conquista del espacio buscando nuevos planetas donde vivir; y quienes temían que el mundo acabara sometido a un poder totalitario y absoluto.
En el campo de la literatura, siguiendo la línea comenzada por autores pioneros como Julio Verne y H. G. Wells, proliferaban obras que hablaban de un futuro poco prometedor. Cada una representando su propia concepción del mundo, pero todas soberbiamente ideadas, y con el exponente común del pesimismo. Así, entre las que considero entre las más relevantes de las primeras décadas, tendríamos «Un mundo feliz», de Aldous Huxley; «We», de Yevgeni Zamyatin; y la que para mí es la obra futurista cumbre de todo el siglo XX: la escalofriante «1984» de George Orwell. Cada una aportando su visión particular, bien inclinándose hacia el dominio absoluto de la tecnología, o bien hacia vertientes en las que las políticas totalitarias se hacen con el mando hasta extremos monstruosos.
En el arte del celuloide, la literatura de ciencia-ficción y futurista inspiró muchas películas. Pero también hubo cineastas capaces de idear su propia concepción de lo que nos aguardaba en los inciertos tiempos venideros, y algunos de ellos nos legaron el regalo de obras de arte que han quedado como obras de culto.
Como ejemplo, tenemos «Metrópolis» de Fritz Lang. Está encuadrado en el período del llamado «expresionismo alemán» que estaba en boga en la década de los veinte, y, como suele ocurrir a muchas maravillas que acaban de ver la luz, en un principio no fue valorada en lo que se merecía. Como se suele decir, nadie es profeta en su tierra y «Metrópolis» pasó por las carteleras sin pena ni gloria.
Hoy he tenido la oportunidad de ver una versión restaurada y reconstruida a partir del maltratado original. Y he de expresar lo mucho que me maravilla que, hace ochenta y un años, alguien fuese capaz de crear una genialidad como ésta.
Lang imaginó una polis del futuro en la que la división de clases es llevada hasta las últimas consecuencias. Y dicha división se halla marcada por la abismal diferencia entre una clase y otra tanto en la calidad de vida como en la separación física. Tanto es así, que la solvente clase pensante, dirigente e intelectual habita en la opulenta zona más elevada de la polis, mientras la clase obrera mísera y oprimida se ve relegada a la ratonera de la zona inferior. Una clase y otra no entablan el menor contacto entre sí, a no ser con el cometido de que los obreros reciban las órdenes de sus superiores. Y, aún así, siempre hay intermediarios para dicha función.
Lang mima la cámara y deja volar su inspiración en unos decorados y fondos sacados de la imaginería más creativa que se pueda concebir. La polis muestra el acusado contraste entre el estrato superior y el inferior. Las imágenes de la parte superior se pasean por un maremágnum de rascacielos, autopistas y carriles elevados para el abundante tráfico rodado, y tráfico aéreo con el acelerado pulso de una ciudad próspera e industrializada. Asímismo, atisbamos el estilo de vida de la clase dirigente: el esparcimiento y el ocio de quienes tienen mucho dinero fácil, y la eterna vigilancia de quienes controlan el trabajo de los obreros, como perros pastores vigilando a las ovejas. Jardines de diseño surrealista donde los señoritos se divierten, y locales nocturnos en los que los instintos se desatan. Por el contrario, el estilo de vida de la clase obrera es radicalmente opuesto: rebaños de trabajadores pobremente uniformados que se dirigen como autómatas a sus empleos mecánicos, monótonos, estresantes, peligrosos y muy mal remunerados.
Hasta que un día Freder, el hijo del dirigente de Metrópolis, se topa con una bella mujer que procede de la clase inferior. Y, a partir de ahí, todo cambia para Freder y para el destino de la ciudad. Siendo testigo de las grandes injusticias cometidas con los obreros, que a fin de cuentas son tan humanos como él, Freder se deja llevar por su compasión y su amor por María, y abandonará su vida cómoda para solidarizarse con sus hermanos de la zona inferior.
Soberbio drama de ciencia ficción con una fuerte carga social, ética y religiosa, cuya hermosa idea central gira en torno a la consecución de la igualdad mediante el amor, la paz y la colaboración mutua para construir un porvenir en el que no haya tantas diferencias. Interesante la confrontación entre la perfidia de la «doble» de María, que se dedica a sembrar la violencia y a provocar los más bajos instintos de las muchedumbres (propiciando que se dé rienda suelta a los pecados capitales enumerados por los dogmas cristianos), y la bondad de la auténtica María, que propaga el mensaje de amor y unidad.
Ver esta película es contemplar un futuro imaginado pero también es una mirada a los principios del siglo anterior. Los rostros que estaban de moda, con unos rasgos y facciones característicos acentuados por el maquillaje y el peinado; el vestuario; y, también, el estilo particular en la forma de actuar que tenían los intérpretes. El sello propio del cine mudo, con actuaciones basadas en la exageración en los gestos del rostro y los movimientos y aspavientos del cuerpo, exaltando mediante la mímica los sentimientos y expresando con claridad el sentido de sus acciones. Y, para finalizar, no se puede olvidar la presencia esencial de la música basada en temas ininterrumpidos al piano y al violín, como elemento altamente expresivo y creador de atmósferas a tono con las escenas.
Un clásico que, pese a la pátina del tiempo, no se desluce y sigue brillando con luz propia.
VIVOLEYENDO
En ocasiones los libros son como las armas de fuego: los carga el diablo. De manera sorpresiva se disparan y uno no sabe muy bien por qué, hasta que se da cuenta de que han herido supuestamente en su vanidad o en su honor (que a veces son lo mismo) a alguien que pasaba por allí. Los escritores disponen de unos instrumentos que de pronto se convierten en escopetas que dan en un blanco que jamás hubieran imaginado. Incluso de manera cómica le llenan el culo de perdigones siempre molestos, aunque no letales a tipos en los que jamás hubiera pensado que les pudiera afectar, porque suponía que estaban blindados frente a los efectos de la letra impresa.» Gregorio Morán Esta obra nació de una pregunta insatisfecha: ¿qué fue sucediendo para que los mandarines, las figuras críticas de nuestra cultura de los años sesenta, se fueran haciendo cada vez más conservadoras, hasta convertirse en institucionales? Fruto de un exhaustivo y documentado trabajo de investigación de diez años y escrito en una prosa sobresaliente, El cura y los mandarines (Historia no oficial del Bosque de los Letrados). Cultura y política en España, 1962-1996 es un magistral y agudo relato del devenir de los intelectuales académicos, novelistas, poetas, políticos y artistas que conforman la cultura institucional española de la segunda mitad del siglo xx. Tomando como hilo conductor la figura del «cura» Jesús Aguirre quizá el más exitoso de los intelectuales de su generación, que no el más el brillante, ni mucho menos, Gregorio Morán, uno de los últimos y más grandes representantes del periodismo crítico, presenta una implacable historia intelectual de la cultura española y sus protagonistas entre 1962 y 1996. Obra polémica, aguda y descarnada, El cura y los mandarines no dejará indiferente a nadie y será un hito indiscutible y una lectura ineludible en la interpretación y el magisterio de nuestra historia reciente.
En un contexto europeo en el que ya se barruntan los conflictos que darán lugar a la II Guerra Mundial, dirige Renoir La gran ilusión, película que refleja magistralmente el final de una época que se cierra con la guerra del 14.
Sin embargo, pese a su temática, este film pacifista resulta atípico y no puede alinearse junto a otros de tema bélico o films de «campo de prisioneros». Aquí se elude la guerra en su horror más puramente físico, y no se centra en las privaciones, sino en las secuelas psicológicas y en el sufrimiento emocional de sus protagonistas.Son los problemas humanos universales lo que interesa a Renoir, y no las circunstancias de una guerra concreta, que les sirven meramente como marco.
La trama argumental viene a sintetizar los que han sido las grandes aspiraciones y conflictos del siglo XX. El final de la Belle Époque se nos da desde sus entresijos, con gran sobriedad, a través de los diálogos de un grupo de prisioneros de guerra franceses, confinados en el campo alemán de Hallback. La convivencia obligada evidencia los roces entre distintos sectores sociales, y en último extremo la fragmentación social, la imposible cohesión, plasmando el fin definitivo de la aristocracia (representada por Boïeldieu – Pierre Fresnay- ), y la irrupción de la burguesía, el ascenso de las clases medias, encarnadas en el contramaestre Maréchal (Jean Gabin) y el comerciante judío Rosenthal (Marcel Dalio).
El tratamiento igualitario de franceses y alemanes creó problemas a Renoir; el bondadoso centinela alemán – que protagoniza una de las más emotivas e inolvidables escenas del film – , resulta tan opuesto al tipo como los ingenuos reclutas alemanes, sobre cuya movilización proyecta el director su mirada crítica.
El enfoque lúdico sería también, sin duda, uno de los aspectos que se le pudieron censurar en su día; frente a los jóvenes soldados alemanes, a los que se obliga a actuar como hombres(¿hombres?, he aquí la pregunta que sugiere Renoir), los prisioneros se comportan como niños, unidos por su máxima ilusión en ese momento, la de la libertad, que resume las demás (la del amor, la de la paz); de ahí que sus actividades adopten visualmente el aspecto de un juego (especialmente acentuado al inicio por las intervenciones cómicas de Marcel Dalio), y que desembocarán definitivamente en lo lúdico y en lo teatral; el travestismo de los hombres permite entrever la nostalgia de lo femenino, y da lugar a un clímax visual que tiene como referencia el cuadro de Delacroix «La libertad guiando al pueblo«, y como fondo musical la Marsellesa. El profesor, dedicado al estudio de Píndaro, es un intelectual abstraído, quizá el personaje más ajeno a su cautiverio. Las ansias de libertad del grupo se verán frustradas al ser transferidos los prisioneros al castillo-fortaleza de Wintersborn.
Mientras los demás siguen con sus deseos de evasión, Boïeldieu parece abandonarlos por amistad hacia Von Rauffenstein (Eric Von Stroheim), a quien se encuentra más unido por vínculos de clase que separado por su condición de enemigo; también porque sabe que su mundo agoniza más allá de los muros de la fortaleza; por otro lado, le separan de sus compañeros de cautiverio mutuas susceptibilidades de clase. Así, el sacrificio de Boïeldieu sólo puede entenderlo su aristocrático carcelero. La «única flor de la fortaleza» simboliza la soledad y la muerte de esa efímera amistad. La capilla-dormitorio fue diseñada, junto con su vestuario y ciertos elementos del decorado, por el propio Von Stroheim.
La feminidad se hará presente, junto con el amor, en la última parte de la película, en la que un ambiente navideño propicia la comunión entre las víctimas de la guerra, que se niegan a considerarse mutuamente como enemigas. El monólogo de Jean Gabin con la vaca alemana resume el mensaje de la película; y el final abierto da lugar a una esperanza acerca de las ilusiones del ser humano que no sería ya posible tras las II Guerra Mundial
Tren de noche a Lisboa», desde el título promete mucho, una rápida ojeada al reparto (lleno de actores, extraordinarios algunos, caras conocidas otros), la primer media hora donde se plantea una historia llena de enigmas que el protagonista (Irons) busca desentrañar a partir de un hecho fortuito que irrumpe en su vida rutinaria de viejo profesor.
Hasta aqui todo bien, aunque esta especie de aventura en la que se embarca el protagonista, en busca de una historia que lo atrapa desde el principio sin atenuantes, y de algun modo se traslada al espectador, cuando nos alejamos un poquito aparece como forzada, pero bueno, bien vale si sirve para despertar nuestro interés.
Entonces vamos con Irons en ese tren a Lisboa en busca de respuestas, la poesía de una voz en off de un libro que lee el viejo profesor va pautando el camino, más a o menos a tropezones y con alguna casualidad bastante forzada, como si Lisboa fuese un pueblito pequeño y las pistas pudiesen caernos desde el cielo a cada paso.
Aun aceptando algunas inverosimilitudes en la trama que va desenredando el protagonista, la historia se sostiene apoyada en los actores más veteranos, que a puro talento sacan adelante personajes desdibujados en algún caso, y anodinos en otros.
Como sea, la historia engancha, y por momentos hasta conmueve, Jeremy Irons hace lo que puede por darle carnadura al viejo profesor, Bruno Ganz y Charlotte Ramplig intentan darle carácter a sus personajes y los a actores más jóvenes es muy dificil creerles; así y todo la pelicula se mira con interés, básicamente porque queremos saber, igual que el protagonista qué pasó con cada uno de los personajes de una suerte de célula de la resistencia en la Lisboa fascista.
La historia no es mala, y se sigue con interés, pero no termina de engancharnos, no hay sorpresas, no conmueve realmente, y el motor del filme termina siendo la mirada curiosa del espectador y no mucho más, cuando debio ser una mirada melancólica hacia el pasado, conmovida por el presente, y desencantada por la sucesión de los hechos.
La película se deja mira, entretiene, pero no compromente al espectador. Con tantos buenos actores, y una historia que tiene sus bemoles (a pezar de lo forzada que se nos presenta por momentos), uno esperaba mucho más.
El arranque no podía ser más espectacular y esperanzador para aquel que iba a ver la película completamente en blanco. A los quince minutos comencé a sentirme molesto y a medida que avanzaba no podía digerir tantísima doctrina ,sólida y transcendente. A mitad de la película me sentí engañado. Allí no había tren ni medianoche sino los tristes años y personajes de la dictadura salazarista que un Jeremy Irons va encontrando casualmente para que todos encajen.
¿Por qué en inglés? Se presenta en alemán. Vi la versión subtitulada. ¿Por qué no marcar el portugués, el alemán, hasta el inglés? ¿Para qué están los subtítulos? Y para acabar ¿Qué tren hay de medianoche de Berna a Lisboa con confortables asientos? ¿No irían mejor en literas? ¿Qué pinta la chica de la gabardina roja? ¿Por el libro? El libro es el tema, no necesitaba chica