El deseo de amar
Alfonso Peláez
Según la película de ayer no basta el deseo de amar para amar. Con una idea tan simple un fulano ha sido capaz de ganar la Palma de Oro en Cannes. Por mí está bien. Ya hemos visto cosas peores.
El caso es que al director (¿cómo se llama? Tal vez yo debería poner más cuidado con esos detalles), pues eso, que al director le sobra pericia para haber narrado una historia bastante más armada, con más accidentes, más como la vida misma. Contaba, además, con un excelente director de fotografía que bordó el trabajo. Sabía dónde poner la cámara y como moverla. De hecho, lo hace con un admirable virtuosismo. Y seleccionó un compositor musical que también conoce bien su oficio. Pero sin que, a mí al menos, se me alcance la razón decidió convertir el tiempo en una olla de melaza donde se amalgaman las situaciones, privándolas de cualquier atisbo de prelación. ¿No nos había dicho Tarkovsky que hacer cine era esculpir el tiempo? Y no vengan con eso tan prestigioso intelectualmente del “tiempo circular”.
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El coordinador sugiere que plasme el punto que el pasado viernes 2/02/21, con ocasión del comentario sobre la cinta del “El joven Karl Marx” se quedó sin explicitar, que está en relación al principio de “la lucha de clases”.
A lo largo de la cinta se ve que la aspiración del (socialismo-comunismo) es la consecución de la igualdad (entiendo, que para todos los seres humanos = universal); y se cierra explícitamente con el principio de “la lucha de clases” como motor de la historia (se decía al menos antes).
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Faces de Cassavetes
Para animar el ambiente de cara al Zoom del viernes de Halloween quiero rescatar una mención oportunísima de Mercedes, a propósito de la película de Valeria. Me refiero al “Malestar en la Cultura”, título de una obra de Freud que alude a la dialéctica entre las pulsiones individuales y la represión de la cultura, a fin de que esta garantice una cierta estabilidad y progreso social. El otro día, el acuerdo general venía a ser que la película checa relataba de forma simbólica, a través de vampiros y núbiles hermosas, la sublimación de tal dialéctica.
Si mi interpretación es incorrecta ruego a cualquiera que viviera el debate me corrija de inmediato.
Pues bien, he visto Faces, de Cassavetes, y aquí sí que encuentro, sin ningún género de duda, a un grupo de personajes, que con su desorientación propia y particular, nos muestran a las claras, y con desgarro, el malestar que les corroe, como un dolor de muelas pertinaz, y les lleva de estupidez en despropósito hacia una nada, que de ningún modo podrán curar sus clubes nocturno ni sus ligues apresurados.
Ahora, en Cassavetes, la trama se articula dentro de un marco geográfico concreto y un momento histórico con fecha de calendario: nada de tiempos circulares ubicados en el hipotálamo. En mi humilde opinión, aquí sí que encontramos un verdadero psicoanálisis a la sociedad contemporánea. Pero con elementos plenamente reconocibles por el espectador: sea quien sea: tú, yo, el de más allá…
Magistral la escena última en la escalera. Representación brillantísima del “…¿y ahora qué?” demoledor, frente al que alguno se ha visto, una o varias veces en la vida.
Seguimos hablando el próximo viernes.
Alfonso Peláez
EL ENORME DESPROPÓSITO DE
MENZEL EN TRENES RIGUROSAMENTE VIGILADOS
Hay cosas que uno aprende sin que nadie se las enseñe. Son artificios humanos, pero se incrustan de tal modo en la corteza cultural de nuestro cerebro que terminan por parecernos de índole natural.
¿Quién puede poner en cuestión que el norte en un mapa impreso coincide con la parte superior del papel? Consecuentemente el sur con la inferior, el oeste con el margen izquierdo, y el este con el derecho. Será por asimilación que en la pantalla de cine, cuando hay referencia geográfica al servicio de la trama, ocurre lo mismo. ¿Alguien recuerda algún plano de avión volando de Los Ángeles a Nueva York, de derecha a izquierda? ¿A que no? Y en las mil y una secuencias del desembarco en Normandía los cañones alemanes siempre esperan a la derecha de la pantalla apuntando a los barcos aliados que se aproximan desde la izquierda, o desde arriba. Y así sucesivamente, los ejemplos podrían multiplicarse por cien.
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Divertida, amena, perspicaz, crítica… una joya de película ideada como una forma punzante de desenmascarar algunos vicios de la Segunda Guerra Mundial y la ocupación nazi y lo hace despertando una simpatía desbordante, bajo un humor natural y la máscara de las primeras experiencias sexuales de un chico con algún problemilla de eyaculación precoz ante las chicas un tanto ‘facilonas’ que se le ponen por delante. Humor grácil, delicioso, sencillo, tierno, que se desparrama en forma de sexo (o intentos del mismo) en el ambiente de un pueblo controlado por el nazismo y que esconde mucho más de lo que aparentan sus juegos con braguitas de risueñas señoritas que se dejan tocar. Leí en una crítica que tal vez la eyaculación precoz sea “la impotencia del pueblo checo” y que mejor forma de expresarlo que a través del sexo “¿Qué mejor que el sexo para romper el himen del silencio?”. Lo cierto es que tras ese desparpajo narrativo, esa aparente frivolidad de coqueteos, nalgas que asoman por debajo de la ropa, y sonrisitas cómplices acolchadas por carnosos labios, se esconde toda una declaración de intenciones, de la lucha por la libertad de un pueblo y de una realidad que se palpa (nunca mejor dicho) con el paso del tren, que descubre las ruinas, los tejados de chapa, los uniformes manchados por las excreciones de palomas, que dejan entrever muy sutilmente las desgracias de la guerra. Pero esto requiere de una segunda lectura porque la película es todo encanto. La utilización de la mordaz ironía también tiene un efecto embaucador en la película y las metáforas visuales (imagínense a una mujer acariciando el largo cuello de un cisne mientras el protagonista intenta buscar a un ‘madurita’ para su primera experiencia sexual) son sorprendentes y poco comunes. Esta cautivadora obra tiene a personajes magníficamente definidos en detalles y soberbiamente interpretados, especialmente el protagonista, torpe , debilucho, ingenuo que empieza a despertar en la vida. El soniquete de la musiquilla en forma de sátira de himno militar es pegadizo y se queda danzando en la cabeza horas después de haber visto la película. Y en este mundo mágico y envolvente que se crea bajo el prisma del humor, la tragedia también viaja soterradamente, los acontecimientos dibujan un futuro peor, pero es imposible escapar de la sonrisa que despiertan estos personajes pintorescos que remolonean por el filme, hasta que, justo antes del The End y de forma inesperada, todo estalla en una tragedia, ni aún así fui capaz de perder la sonrisa.
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