Caciqu
es y gurriatos…, o gurriantes (gurriatos veraneantes).
Cuándo mancomunamos?
El objetivo de estos encuentros abiertos es hablar sobre cómo se insertan los municipios y los territorios de su influencia en la globalización. Y en particular cómo pueden hacerlo San Lorenzo de El Escorial y El Escorial como parte de un territorio dominado por una ciudad, Madrid, con vocación de ciudad global.
Partiendo de una análisis histórico de cuándo se disgregan administrativamente los dos pueblos, aproximadamente unos doscientos años, y a la luz de cómo se conforma una nueva realidad de pueblo falsamente separado en muchas cosas, la cuestión es saber si podemos avanzar hacia una reunificación, qué ventajas supone eso, por qué sería lógico y cómo hacerlo sin herir, sino más bien cuidando, muchas sensibilidades de arraigo e identidad local.
Empezaremos describiendo la nueva sociología de ambos pueblos, no solo la instalada de unos veinte años a esta parte, sino señalando también que parte de esa nueva población es descendiente de veraneantes de toda la vida (gurriantes) y su identificación con el o los pueblos, y con el territorio y su historia.
Valorar la estabilidad de esta población. Por cierto, que tanto desde el punto de vista de la estabilidad propietaria, como si se trata de personas que viven de alquiler, la permeabilidad entre un pueblo y otro es permanente.
Ayuda a ello, además, el compartir muchos servicios: transporte, comercio (y no solo grandes superficies, sino también comercio minorista), educación, deporte, sanidad.
El mundo del trabajo es una nueva realidad, pues el transporte actual facilita que un porcentaje muy alto de los activos trabaje fuera, sin convertirnos por ello en una ciudad dormitorio, sino en algo más complejo.
Hay retos y sinergias que se pueden producir, ayudando a crear economías de escala, o, lo que sería mucho mejor, servicios más amplios.
Por último, se puede organizar un futuro con un desarrollo urbanístico más racional, rico y cuidadoso con el entorno.
Los retos que se plantean son los siguientes. Un pacto social entre los nuevos y los antiguos vecinos que impulsaría el desarrollo económico. Otro para el desarrollo urbanístico, entre San Lorenzo y El Escorial. Un tercero entre los vecinos «de toda la vida» de ambos pueblos, para conservar sus identidades, tradiciones y valores. Y un último de los partidos políticos, que en una corporación más menguada tendrían menos puestos, sueldos y prevendas a repartir.
TARDES PARA EL DIÁLOGO.
5º sesión, 19 de abril, 19:00h. Biblioteca Manuel Andújar.
En una nota resumen a propósito de la primera sesión de estas “Tardes para el diálogo” escribía yo “El concepto populismo quema y casi cada cual lo soltaba nada más agarrarlo; pero sí que pasó de mano en mano en plan patata caliente. Otro día habrá que abordarlo con más arrojo y decisión.” Disculpad. Sé que es bastante impúdico autocitarse (atribuyes a tus palabras una importancia de la que suelen carecer) pero es que –creo– ha llegado el momento sugerido entonces.
No porque en esos días republicanos y semanasanteros se cumpla el tercer aniversario de la muerte de Ernersto Laclau; no porque Marine Le Pen lo esté petando en Francia (ver reseña del debate televisivo del día 21 de marzo: 10 MM de espectadores, ella en cabeza de las encuestas); no porque Mr Trump continúe con sus insufribles bufonadas apestando el Despacho Oval; no. Secillamente, porque si ya hemos concluido, tras las cuatro sesiones anteriores, que la izquierda tradicional está en crisis; que el proletariado no es más el sujeto histórico del cambio; que a pesar del crecimiento de la riqueza las desigualdades se agrandan; y que los partidos políticos, imprescindibles como maquinaria para alcanzar el poder y ejercerlo en el sistema parlamentario, se han vuelto incontrolables y alejados de bases y simpatizantes; después de todo ello, ya es el momento de abordar esa nueva ola que parece capaz de arrasar con la racionalidad y el formalismo político nacido tras la caída de L’Ancien Régime: el populismo.
La lectura de Marx a la luz del psicoanálisis y del estructuralismo, lingüístico o antropológico, ha alumbrado afirmaciones de esta clase: “Esa serie de demandas insatisfechas se cristaliza alrededor de un símbolo antisistema, de un discurso que trata de dirigirse a estos excluidos por fuera de los canales de institucionalización. Cuando eso ocurre, hay populismo. Ese populismo puede ser de izquierda o de derecha, no tiene un contenido ideológico determinado. El populismo es más bien una forma de la política que un contenido ideológico de la política”.
Citas así contribuirán, sin duda, a que el debate del próximo miércoles (que en este caso no será el segundo de abril, sino el tercero) acabe siendo tan dinámico como los anteriores.
Ya sabéis: el populismo, esa nueva ola que todo lo arrasa. Os espero.
Alfonso Peláez.
En Paterson, de Jim Jarmusch, el joven conductor de autobuses del mismo nombre –admirador del magno poema de William Carlos Williams del mismo nombre y residente en la ciudad del mismo nombre– escribe poemas a hurtadillas; por ejemplo, poco antes de empezar su jornada laboral, sentado al volante. Resulta enternecedora esa secuencia en la que, en los minutos previos al primer trayecto, el encargado llama a la puerta del coche del protagonista para indicarle que ya puede arrancar, y entonces intercambian unas palabras: mientras el hombre parece regodearse en el relato de sus pequeñas desgracias familiares, Paterson no dice nada. Solo asiente.
Recuerdo, en mi primera juventud –y casi me largo del cine a media proyección, por la indignación que me produjo–, la famosa El club de los poetas muertos. Me pareció que esa, a mi juicio, funesta historia –tramposa, cuando menos– bastardeaba todo misterio lírico con el pringoso lodo de las palabras mayúsculas: Libertad, Amor, Revolución… El secretísimo poeta Paterson se me antoja la antítesis perfecta del histriónico profesor encarnado por el malogrado Robin Williams, acicate de conciencias juveniles e incipientes talentos… Paterson, además, no tiene ninguna intención de publicar sus versos, pese a la machacona insistencia de su mujer. Es más, cuando el execrable bulldog con el que convive la pareja hace trizas el cuaderno en el que está escrita toda la poesía del protagonista, estoy convencido de que este, en su fuero interno, siente rabia por haber perdido su obra (convertida en sabrosa merienda para el vengativo chucho, al que, en realidad, Paterson detesta), pero, a la vez, una gran liberación por no tener que darla jamás a la luz pública. En esos poemas masticados e inservibles está, en forma de aborto más que en ciernes, el poeta ideal que nunca se sabrá que lo fue.
Alpha Decay acaba de publicar El odio a la poesía, de Ben Lerner. La tesis es que sentimos odio hacia la escritura lírica por la imposibilidad que nos embarga al pergeñar un poema, o incluso al leer uno de autor reconocido. Es la insalvable distancia entre la Poesía –el canto– y sus realizaciones imperfectas: “El poema es siempre el registro de un fracaso”. Por eso, según Lerner, odiamos la poesía, pero insistimos en ella. Paterson, con sus versos convertidos en papel masticado, odia la poesía y la ama más que nunca.
Jordi Llavina, el autor del prólogo de los poemas de Vinyoli que leímos el pasado martes de febrero.