09 PM | 29 Feb

Un lugar en el sol, día 13 18 horas San Lorenzo

Belleza, pasión y deseo hasta el abismo: ‘Un lugar en el sol’

Pocas veces dos actores en la cumbre de su extraordinaria belleza -Elizabeth Taylor y Montgomery Clift- han destilado tanta pasión y deseo. Esa belleza se extiende de forma trágica a toda la película, ‘Un lugar en el sol’, una maravilla filmada en 1951 por George Stevens que traemos hoy a esta sección, en la que Antonio Bazaga persigue nutrir el fin de semana de obras maestras de la historia del cine.

Entre la idea y el hecho existe un verdadero abismo, entre el deseo y el hecho, ¿dónde está la culpa? A veces, la culpa está en la belleza, o en el sueño de poseerla. Destruirse y destruir buscando una ambición, esa maldita ilusión que es la esperanza de poseer un lugar en el sol.

Y ese mismo es el título de la segunda versión -sería demasiado injusto llamarlo remake– que Hollywood desarrollaría para las pantallas cinematográficas de la extensa novela de Theodore DreiserAn American Tragedy (1925), adaptada en 1951 por el maestro George Stevens y los guionistas Michael Wilson Harry Brown bajo el más bello título de Un lugar en el sol (A place in the sun).

Con la cabezonería que caracterizaba al director norteamericano, apodado por sus más allegados como “el indio” debido a su perseverancia y su carácter inflexible, y a una lucha titánica contra viento y marea -léase productores, mayors cinematográficas etc…-, Stevens consiguió realizar, tumbando todos los obstáculos, una de las películas más hermosas, cuidada hasta el extremo en todos los aspectos, de la historia del cine.

 

 

Porque la belleza forma parte intrínseca de este relato negro, dramático, durísimo en ocasiones y que destila sin embargo hermosura y elegancia por los cuatro costados, sobre una historia (basada en hechos reales como la novela de Dreiser) trágica y dolorosa. La historia de un crimen acaecido en los años veinte y que Stevens y sus guionistas sitúan en los años 50, años de posguerra y de una extraña liberalidad para lo que Estados Unidos tenía acostumbrado por aquel entonces.

Un relato sobre los deseos y la pasión de un hombre, George Eastman (Montgomery Clift) advenedizo inteligente y tortuoso escalador social, abducido por el influjo del eterno “sueño americano” hasta el extremo de despeñarse en su subida, sin consuelo, arrollado por la atroz idea de la muerte, con tal de deshacerse del obstáculo antes utilizado interesada y egoístamente, sin remordimiento, de la nada extraordinaria y corriente Alice Tripp (Shelley Winters), que lo aleja de conseguir lo tanto ansiado: el dinero, la posición social y la mujer bella, Angela Vickers (Elizabeth Taylor), de la que además se ha enamorado perdidamente, ¿quién no?

El horror de este deseo podría parecerles indigno de la más mínima lindeza, pero en manos de G. Stevens, si bien es verdad que enfoca el poder de la historia sobre la apasionada relación amorosa de los dos jóvenes hermosos, resulta de una belleza abrasadora, casi haciéndonos sentir culpables de que sus planes puedan ser entorpecidos y aniquilados, no importa por quien. Y es que pocas veces dos actores en la cumbre de su belleza, nada desdeñable, como las de Taylor y Clift, han destilado tanta pasión y deseo casi solo con sus ojos, y eso que es en blanco y negro. Pero ¿para qué explicarlo si la mera presencia de sus nombres ya eriza la piel? Para que esto aún sea más apoteósico, el director saca de sus protagonistas una verdad y una corporeidad que casi te desploma, con una de las planificaciones más elegantes que el cine haya dado hasta ahora, jugando con las sombras en los momentos precisos, dejando a la cámara que observe e indague por sí sola y ofreciendo los primeros planos, los fundidos y sobre todos ellos los encadenados más precisos y preciosos de la cinematografía mundial.

La música de Franz Waxman es un eslabón más en lo sinuoso y estilizado de esta película, incluidos los momentos en que la vida real del americano medio hace presencia, realidad capitaneada por una soberbia Shelley Winters, que consigue componer todas y cada una de las sensaciones que el personaje pueda ofrecer, para, aun siendo la gran víctima de este desgraciado terceto, comprender cómo podemos llegar a ser de despreciables y egoístas ante el enamoramiento, pero también ante la ambición y el deseo.

Los matices con los que juega Stevens, ninguno innecesario, tejen una tela emocional entre los tres personajes y con aquello que les rodea y aquello que cada uno anhela, los deseos, los -desde una perspectiva distinta- de los jóvenes amantes en algún lugar por encima del estrecho cielo del pobre juguete roto.

Yo que ustedes no me la perdería, o volvería a ella; no lo duden, háganme ese favor.

Para los curiosos: la primera versión cinematográfica de esta historia fue filmada en 1931 por Josef Von Sternberg y protagonizada por Sylvia Sidney, Phillips Holmes y Frances Dee, An American Tragedy.

Antonio Bazaga

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