Artículos

03 PM | 09 Ago

EL CUARTO PODER

El columnista de un gran periódico a veces no se diferencia mucho de un gánster. En Sweet Smell of Success (Chantaje en Broadway, 1957), J. J. Hunsecker (Burt Lancaster) cuenta con el apoyo de sesenta millones de lectores. Su columna en The New York Globe forja o arruina reputaciones. J. J. Hunsecker es narcisista, autoritario y egocéntrico. Se codea con senadores, empresarios, estrellas de cine y teatro. Aficionado a las palabras grandilocuentes, invoca el patriotismo y la ética, pero sus artículos se abastecen de chismes, calumnias y venganzas personales. Sidney Falco (Tony Curtis) es su agente de prensa, un joven sin escrúpulos que sueña con llegar a lo más alto. Su única preocupación es no defraudar a Hunsecker para algún día ocupar su lugar. Cuando Hunsecker le encarga que rompa el idilio entre su hermana Suzie (Susan Harrison) y un guitarrista de jazz, Falco recurre a las artimañas más sucias, desencadenando un drama de consecuencias imprevistas.

J. J. Hunsecker es una parodia de Walter Winchell (1897-1972). Al igual que la temible Louella Parsons, Winchell trabajó para Randolph Hearst. Fue de los primeros en denunciar la agresiva política exterior de Hitler, pero después de la guerra se identificó con las tesis del macartismo. Creador de la «gossip column» (columna de cotilleos), utilizó un lenguaje coloquial y sensacionalista. En su programa de radio, recurrió al sonido de un telégrafo para producir la ilusión de estar siempre al filo de la noticia. J. J. Hunsecker es un villano más refinado. Cuando aparece por primera vez bajo una iluminación cenital, sus ojos son dos huecos negros que adquieren un carácter particularmente inquietante gracias a un suave contrapicado. Alexander Mackendrick caracteriza al personaje con técnicas de cómic, acentuando los rasgos de un rostro endurecido por unas gafas con una montura negra, que se confunde con unas cejas de ogro. J. J. Hunsecker parece un monstruo de novela gótica, pero se expresa como un cínico acostumbrado a los duelos verbales. Está a medio camino entre el condotiero renacentista y el telepredicador familiarizado con los debates televisivos.

Sidney Falco es un superviviente nato, que se mueve como pez en el agua en un Broadway sombrío, que evoca la atmósfera de las películas expresionistas. La fotografía de James Wong Howe (Picnic, 1955) nos muestra un Nueva York nocturno y canalla, donde se trafica con la ambición, el miedo y la esperanza. La música de The Chico Hamilton Quintet, combinada con una excelente banda sonora, donde destaca el tema «The Street», nos acerca al mundo de los locales donde el jazz aún no había sido desplazado por el rock y el pop. En esa época, el baterista Chico Hamilton –que más tarde compondría la banda sonora de Repulsión (Roman Polanski, 1965)– mantiene un estilo clásico, que evoca las big bands de jazz, pero con un tono menos salvaje. Basaba en la novela de Ernest Lehman, Sweet Smell of Success apenas supera los noventa minutos para narrar algo más de cuarenta y ocho horas.

La brevedad del arco narrativo contribuye a producir un clima asfixiante, donde los personajes se enfrentarán con sus propios límites. Nadie quedará indemne, salvo el corrupto policía que trabaja para J. J. Hunsecker, un esbirro que parece extraído de un cuento infantil de terror, pero que introduce uno de los elementos esenciales del cine negro: la connivencia entre la ley y el crimen. Sweet Smell of Success se inscribe en la época del cine negro tardío. Lejos de su ingenuidad inicial, el género ya no maquilla la realidad. Los gánsteres y los policías compiten en degradación moral. Al igual que en The big Heat (Los sobornados, Fritz Lang, 1953), la corrupción se ha extendido por todo el tejido social. El crimen organizado ya no tiene un rostro. John Dillinger, Clyde Barrow y Bonnie Parker pertenecen al pasado. Ahora, los gánsteres son hombres respetables, que controlan la política y los medios de comunicación. J. J. Hunsecker se comporta como un capo mafioso y Sidney Falco es su muñidor. Falco no es un matón, pero su forma de anudarse la corbata y comprobar su aspecto frente a un espejo, recuerda al Pequeño César (Edward G. Robinson) de Hampa Dorada (Little Caesar, Mervin LeRoy, 1931), cuando se prueba por primera vez un esmoquin, ironizando sobre su aspecto para no dejar al descubierto su desmedida ambición.

Falco no carece de sentido del humor, pero sabe que posee un físico agraciado, gracias al cual puede engañar y manipular a las mujeres. Ni siquiera es capaz de enamorarse. Las mujeres sólo son un medio para conseguir sus fines. Como dice J. J. Hunsecker, «Falco tiene cuarenta caras y ninguna es agradable». Hunsecker no necesita adoptar diferentes identidades, pues su megalomanía lo mantiene encadenado a su hiperbólico yo. J. J. no soporta que sus conocidos no lean su columna. Deletrea la palabra «democracia», pero se comporta como un déspota. Adora Broadway, pero contempla la ciudad como un teatro construido para el halago de su vanidad. No pretende ser honesto: «Desde hace treinta años, mi mano derecha ignora lo que hace mi mano izquierda». No oculta su desprecio por la debilidad: «Odio a los perdedores». Mackendrick no excusa al resto de los columnistas. Todos comparten la misma filosofía vital. «No me interesan las emociones humanas», confiesa un compañero de profesión que acepta propagar una calumnia a cambio de una aventura sexual. Falco le prepara un encuentro con una camarera que ha perdido su trabajo. Mackendrick emplea un recurso muy sencillo para mostrar su vulnerabilidad: la chica se ha descalzado un pie y cojea mientras busca un zapato que no aparece.

La corrupción no afecta sólo a las personas. The New York Globe utiliza como reclamo publicitario unas gigantescas gafas. El periódico es el ojo que escudriña todos los rincones. No se limita a proporcionar información. Si sus intereses lo justifican, inventa la noticia. Nueva York no falsea menos la realidad. Broadway es la avenida de los treinta y nueve teatros. Sus carteles luminosos aparecen continuamente en la pantalla, pero su resplandor sólo agrava la penumbra moral de una ciudad, donde prosperan el arribismo y la hipocresía. Hunsecker explica a Falco que su vida apenas difiere de la de un preso: «Estás en la cárcel de tu avaricia y tus pecados». Falco no es libre, pero Hunsecker también vive encerrado. Su celda es un horrible tabú, disfrazado de amor fraternal. Su amor hacia su hermana es un incesto que se emboza bajo una despótica sobreprotección. El visón de Suzie es el lazo de un cazador que desuella a sus víctimas. Hunsecker no escribe. Hunsecker fija el punto de mira, apunta y dispara. Su éxito se basa en la cantidad de piezas abatidas. Su columna se levanta sobre infinidad de vidas destrozadas.

Alexander Mackendrick (1912-1993) es un director exquisito, extremadamente perfeccionista. En su etapa inglesa hizo comedias admirables (The Man in the White Suit, 1951; The Ladykillers, 1955) y, en su breve carrera en Hollywood, nos dejó una notable y atípica película de aventuras (A High Wind in Jamaica, 1965), pero su forma de trabajar exasperó a los productores, que dejaron de financiar sus proyectos. Sweet Smell of Success fue un éxito, donde se apreciaba su estilo meticuloso, poético, innovador. Apuntaré varios ejemplos. Suzie y su novio Steve se separan en un encuadre en el que la profundidad de campo se concierta con un breve solo de saxofón. El policía corrupto aparece al pie de unas tenebrosas escaleras, un poderoso contrapicado que evoca las piruetas expresionistas, prescindiendo de cualquier pretensión naturalista. La caída de Falco comienza con un plano que lo reduce a un punto insignificante en el apartamento de J. J. y finaliza en un fugaz encuadre, donde sólo parece un pelele, casi un muñeco de trapo o un patético golem. La secuencia de una paliza se elude con dos planos yuxtapuestos: un primer plano de la víctima y un plano detalle de los platillos de la batería de Chico Hamilton. Un pequeño travellingnos muestra toda la degradación moral de Falco cuando acepta el encargo de destrozar la vida del novio de Suzie. Una maldad que no está exenta de culpabilidad y cierta fragilidad. Falco sabe que es un juguete en manos de J. J., pero su futuro depende de él y no puede negarse.

Alexander Mackendrick consigue grandes interpretaciones de Tony Curtis y Burt Lancaster. Tony Curtis gesticula como un gran comediante en los planos medios, explotando todos los matices de su personaje. Burt Lancaster se mueve con rigidez porque toda su vida es una impostura, una mentira sostenida por sesenta millones de lectores hambrientos de inmundicia. Cuando las cosas no resultan como esperaba, ni siquiera logra cerrar la puerta de su apartamento. El final es esperanzador, sin concesiones al sentimentalismo. La hermana de Hunsecker se ha liberado del visón y ha emprendido una vida propia, donde ya no hay espacio para él. En Broadway amanece y la luz ya no procede de los letreros luminosos. Los seres humanos que desfilan por sus calles no interpretan un papel. Sólo intentan vivir, sorteando la angustia, el desamparo y la desnudez.

rafael narbona

Compártelo:
01 PM | 22 Jul

Los medios del Movimiento Nacional

No estaba entre mis intenciones escribir sobre la situación en Cataluña. Imaginaba que un lector habitual estaría ya saturado y poco se podía añadir a lo ya dicho. Cambié de opinión a partir de varios artículos que me han conmovido y que parecen exigir cierto grado de compromiso. Basta citar los de Màrius Carol, de Xavier Vidal-Folch y el sensible y rotundo de Isabel Coixet. No podemos callar aunque estemos en pleno agobio veraniego y tengamos la sensación de que vivimos entre camellos pero sin ninguna experiencia de beduinos. Los artículos son un llamamiento a la responsabilidad y dejan una agridulce sensación de que estamos en un callejón de difícil salida a la que nos han llevado los talibanes que nos gobiernan y sus jaleadores, ¡que no supimos desenmascarar a tiempo!
Conozco a Màrius Carol desde hace años; fuimos amigos durante algún tiempo y luego dejamos de serlo. Punto. Me es indiferente que sea el director de este periódico, porque a lo que voy es a que su artículo del sábado –“Turbulencias”- me conmovió y al tiempo me lleno de zozobra. “Cuesta entender lo que está pasando, dice…Quedan días y veremos más cosas que no sorprenderán al mundo, pero sí que nos dejarán sin palabras a los catalanes”. No es una amenaza sino un desconsuelo que pretende aliviar una cita del socorrido Gaziel, que acaba en una frase inexorable: “El separatismo es una ilusión morbosa que encubre una absoluta impotencia”.
Escrito todo esto por quien tiene muchas razones para conocer la situación mejor que yo, no deja de inquietar y de obligarnos a postergar otros textos para asumir lo que se nos viene encima. Cuando el tiempo pase, nadie querrá asumir nada, y repetirán, como en antiguas épocas, “ yo era un disidente al que nadie quería hacer caso”. Los “nadies” en Cataluña se cuentan por miles y kilos de desvergüenza. Como en el resto de España, más o menos. Los muchachos de la CUP, más ignorantes que jóvenes, han cometido una patochada que les define. Un cartel de Franco para desprestigiar a quienes rechazan el referéndum. No hay dictador en la historia de España que haya convocado tantos referéndums como Franco y con un avasallador parecido con este en cuanto a las manipulaciones.
Entre el pasado sábado y éste ha ocurrido algo sumamente grave, dentro de las diversas gravedades de un proceso condenado al fracaso. No como dicen los fantasmas llamándolo “choque de trenes” sino a la ruptura brutal de la sociedad civil ¡No seamos petulantes, aquí no se trata de un choque de trenes, sino del enfrentamiento entre un expreso antiguo y apolillado, frente a un tranvía conducido por reclutas del servicio de transportes! Humildad por favor, abandonemos de una maldita vez el pujolismo de los delincuentes de altura y admitamos que somos un tranvía con aspiraciones de tren bala japonés.
Ahora bien, el cese de Albert Batlle como jefe de los mossos d’Esquadra y su sustitución por el delincuente legal, Joaquin Forn, –podría llamarse así a aquel que rompe la legalidad cuando le peta en función de sus intereses
políticos-. Lo hizo en los Juegos Olímpicos del 92; la pitada al Rey; la campaña “Freedom for Catalunya”…Es decir, que a partir de ahora, quien controlará los Mossos d’Esquadra es un tipo dentro de toda sospecha, que no cumplirá la legalidad que no le exijan los ilegales. No quisiera incluir aquí su amplio currículo como talibán de la barretina.
Estamos en manos de un personal que bordea la ley, y que lo hace con el ánimo de no sólo de incumplirla, sino de imponer la suya, que no es otra que ir a la ruptura y provocar un conflicto no sólo cívico sino violento. Necesitan algún muerto que sirva de símbolo a la asonada. En ocasiones pienso que estamos rememorando las guerras carlistas a los que son tan agradecidos gran parte de estos fanáticos del enfrentamiento. “Un muerto salvaría a Cataluña”, es el lema escondido entre los conspiradores de esta farsa.
Baste decir que Artur Mas confiesa a los suyos que llegará el momento oportuno de ocupar los edificios estratégicos de Barcelona. Seamos serios, con un líder de mando único como Joaquín Forn, eso obligaría a situaciones sin salida y de alto riesgo para vidas y haciendas, no sólo para la ciudadanía pastueña que ve el panorama como si no fuera con ellos.
Nunca se hizo tan evidente, desde los tiempos del franquismo, el dilema de estar con el poder o contra el poder. Y aquí entramos los plumillas. Los fondos destinados a diarios como ‘Ara’, ‘Punt Diari’, TV3, que superan Canal Sur de Andalucía o el canal de Madrid, que ya es decir, cantidades de todos modos exorbitantes que pagamos todos los ciudadanos, desde Cádiz a Girona, y donde sobreviven 7 directivos de TV3 con salarios superiores a los 100.000 euros, podrán parecer una nadería frente a las estafas reiteradas del PP, pero describen un paisaje. Cobrando eso, ¡cómo no voy a ser independentista! ¡Qué simples somos cuando decimos que esos medios no los ve ni los lee nadie! Se equivocan y por eso estamos donde estamos. El columnistatertuliano podrá ser despreciado, y lo merece, pero crea opinión. En muchos casos es su única fuente de información. Son los Jiménez Losantos del Movimiento Nacional catalán. ¿Acaso el viejo “Arriba” del franquismo, o ‘Pueblo’, o las agencias gubernamentales las leía alguien? Pero estaban ahí, presentes, supurando la bilis contra el enemigo. Ayer como hoy. Son una especie de diarios virtuales, anónimos, a los que los idiotas echan una ojeada que les basta para saber por dónde va la cosa. Perdónenme que eche mano de la memoria, mi pariente más querida. ¿Se acuerdan del exilio de Joan Manuel Serrat en México durante el franquismo? ¿Qué cosas venenosas no se dijeron y tanto en los medios de Barcelona como en los de toda España? ¿Quieren que les haga un repaso de las cartas al director en la prensa catalana? Por cierto, que entonces esa bazofia se firmaba; ahora los canallas son anónimos.
Mi viejo amigo el nacionalista vasco Iñaki Anasagasti inventó el feliz término de la “Brunete mediática” para designar ese macizo de la raza castizo de la pluma y la palabra, que embiste contra todo lo que ni le gusta ni entiende. Habría que recuperar ahora los Nuevos Medios del Movimiento Nacional catalán. Te crujen por una disidencia, por una opinión que no sea la de las instituciones corruptas de la Generalitat. ¿Se han fijado en el interés reiterativo en las fotos de Pujol hecho un pimpollo, como si apenas hubiera salido del juzgado o de la Generalitat? Un intocable. Casi siciliano, entre Toto Riina y Berlusconi. Se ha iniciado su recuperación. Los edecanes de antaño
reivindican al Padrino. “¡Hizo tanto por nosotros!” Tanto, tanto que se convirtieron en una familia de comisionistas.
Nos vamos al carajo, señoras y caballeros, pero la diferencia entre Patria y Patrimonio se mantendrá intacta. Es lo que suele ocurrir con este tipo de contrarrevoluciones pletóricas de banderas, que siempre están pensando en el mañana. El presente siempre queda para los sicarios y los tontos inútiles

GREGORIO MORAN

Compártelo:
09 PM | 10 Jul

POR UN REFERÉNDUM DUAL

Los referendos no son buenos ni malos. Los hay disgregadores, como los plebiscitos presidenciales, el Brexit o los que arruinaron al Estado de California con consultas populistas de expansión del gasto público y contracción de los impuestos. Y los hay que, por el contrario, favorecen el pactismo, como los celebrados en Suiza o Uruguay. Tal y como señala el politólogo David Altman, Suiza y Uruguay son los países que más consultas populares organizan en sus regiones y, en lugar de ser los países más radicalizados, son los más consensuales.

Lo que determina si un referéndum socava o apuntala una democracia es quién lo promueve. Los referendos polarizadores tienen un solo emprendedor político. Este puede ser un conservador como Cameron o un izquierdista como Tsipras, un movimiento socialista caribeño o uno popular catalán. Todos comparten el mismo problema: responder sí o no a una sola propuesta.

El sentido común nos dice que las consultas sí-no son más claras, pero esconden una oscura perversidad. Porque, como la opción del sí (al Brexit, a la independencia de Cataluña, etc) se construye sobre muchos hipotéticos si (si nos dejan estar en el mercado común, si quedamos fuera de la UE, etc), a la hora de la verdad lo que se discute es cuánto nos gusta la situación actual.

El resultado de estos referendos dicotómicos depende pues del siempre volátil termómetro del enfado social. Políticos ventajistas, o salvapatrias bienintencionados, intentarán capitalizar el descontento ciudadano generado por una crisis política o económica para elevar la temperatura con críticas desmesuradas y pescar en río revuelto para su causa antisistema. En reacción, los partidarios del sistema se defenderán también con argumentos hiperbólicos sobre las catastróficas consecuencias de dejar votar al pueblo. El corolario es una fuerte polarización social.

Ese efecto es independiente de si la consulta se celebra o no. Por ejemplo, aunque no se pongan las urnas, Cataluña ya está fracturada en dos bandos.

La solución pasa por facilitar un referéndum dual. Es decir, una consulta iniciada por dos emprendedores políticos que actúan el uno de contrapeso al otro porque derivan su legitimidad de fuentes opuestas.

Es lo que ocurre en Suiza o Uruguay. Estos países permiten una participación ciudadana activa tanto para proponer iniciativas legislativas como para someter a referéndum las del legislador. Pero, para evitar un saqueo del debate político por parte de minorías altamente motivadas, el legislador tiene la opción de hacer una contrapropuesta, que también se añade a la pregunta de la consulta.

A su vez, para que los representantes políticos no descuarticen la iniciativa popular con una contraoferta que divida al “enemigo”, los referendos consensuales pueden incluir una doble pregunta. Primero se decide sobre si el statu quo debe cambiar o no (una disyuntiva que favorece a los impulsores de la propuesta popular). Y después se enfrenta la concreta iniciativa popular a la contrapropuesta del legislador (un dilema que favorece a éste).

De esta forma, un referéndum potencialmente centrífugo se convierte en centrípeto. Los adversarios políticos se ven forzados a acomodar la opinión del otro en sus propuestas para evitar una derrota humillante. Si los movimientos populares saben que su invitación rupturista acabará contraponiéndose a una respuesta estratégica de los partidarios del continuismo, serán más cautos en sus peticiones; y viceversa.

Esto es lo que debemos lograr en España: transformar el enfrentamiento binario en un acuerdo plural. Eso quiere decir rechazar un referéndum polarizador, como el propuesto por la Generalitat, y sentar las bases de uno consensual en el que haya una secuencia de preguntas —separadas en el tiempo— sobre la estructura territorial del país.

Para ello, las Cortes Generales deberían permitir, primero, una consulta no vinculante en Cataluña sobre si sus ciudadanos desean un cambio en el modelo territorial o no. En el caso de existir una amplia respuesta afirmativa, se abriría un proceso participativo en el que se verían obligados a posicionarse hasta los más escépticos, como Ciudadanos y el PP.

Tras un prudencial periodo de negociaciones, las fuerzas políticas representadas en las Cortes harían una propuesta de relación territorial con Cataluña, que podría incluir un pacto fiscal y algunas delegaciones de competencias, pero también devoluciones y obligaciones. Y es que ninguna iniciativa que incluyera sólo cesiones tendría posibilidades de generar consenso en todo el país.

Llegado ese momento, nos encontraríamos ya en condiciones de plantear un referéndum dual en todo el territorio nacional. Es decir, un referéndum en el que el statu quo se enfrente tanto a la propuesta popular (la independencia que proponen los soberanistas) como a la propuesta del legislador (la reforma territorial acordada en las Cortes).

La pregunta se podría articular de distintas formas. Podría ser una pregunta con tres respuestas (la situación actual frente a las dos alternativas), tal y como planteamos con Alberto Penadés en El arte del referéndum (EL PAÍS, 08/09/2014). Una pregunta así permitiría satisfacer la preferencia mayoritaria de los catalanes que no es ni el contexto presente ni la independencia, sino una opción intermedia.

Otra alternativa sería una doble pregunta: ¿Quiere que se cambie el Estado de las Autonomías? Sí o no. Y, en caso afirmativo: ¿Quiere esta reforma del Estatuto de Autonomía o quiere iniciar un proceso de reforma constitucional agravado que regule un proceso de separación para Cataluña? En este caso también los votantes tendrían una opción intermedia de consenso.

Tanto con un diseño como con otro, un referéndum dual sobre la estructura territorial de España desactivaría la opción rupturista. El referéndum favorecería un pacto consensuado sobre la cuestión de fondo porque cada una de las partes actuaría de forma táctica. Si sabes que no vas a arrollar en las urnas, abandonas las posiciones maximalistas y te conformas con reescribir el marco de convivencia.

Los constitucionalistas deben entender que permitir referendos de estas características es la mejor fórmula para salvar el orden constitucional de tempestades políticas presentes y futuras. Porque la alternativa realista a un referéndum dual no es la paz social, sino un referéndum polarizador de sí o no a la independencia de Cataluña que, si no llega en 2017, lo hará en 2019 o en cuanto el país entre en el próximo ciclo recesivo.

Y los soberanistas deben asumir que las votaciones claras —de sí o no— son las que más confunden, porque no trazan líneas de entendimiento sino fronteras internas.

Un mal referéndum, se celebre o no, nos separa. Uno bueno nos unirá.

Compártelo:
11 PM | 04 Jun

LA MILITANCIA HA GANADO, AHORA A TRABAJAR

 

Los resultados definitivos de las Primarias del PSOE cierran una larga etapa de enfrentamientos dialécticos y abren un nuevo y esperanzador escenario que culminará con la celebración del 39º Congreso los próximos días 17 y 18 de junio. El Congreso deberá aprobar las resoluciones políticas que marcarán el trabajo partidario de los próximos cuatro años, además de ratificar a Pedro Sánchez como nuevo secretario general y elegir a la comisión ejecutiva federal que tendrá la misión de aplicar las resoluciones congresuales. En un primer análisis de urgencia, lo más destacable de estas Primarias han sido, sobre todo, la espectacular movilización (sin precedentes) de la militancia; el triunfo rotundo e incontestable de Pedro Sánchez (ha superado el 50% de los votos); el esperado y fuerte rechazo al PP (el “No es No”); el fracaso de la apuesta de Susana Díaz (sólo gana en Andalucía) y de muchos Barones y ex responsables partidarios e institucionales; así como de la Gestora, descaradamente partidaria de la candidatura de Susana Díaz. Fuera del PSOE, ha sido muy significativa la participación activa (y verdaderamente intolerable) de algunos medios de comunicación -particularmente de El País-, que ha sido motivo de comentarios extremadamente desfavorables para este diario, en otros momentos referencia para los ciudadanos más progresistas de nuestro país.

Como se pudo comprobar en el reciente debate entre los tres candidatos, la principal crítica que se ha venido haciendo a Pedro Sánchez es que perdió las dos últimas elecciones generales celebradas, siendo secretario general del partido, a pesar de que fue elegido a través de Primarias. Esta crítica (interesada) ha sido rechazada sin paliativos por los militantes, carece de un mínimo rigor, parte de un diagnóstico simplista y equivocado y significa, sobre todo, un insulto a la inteligencia; simplemente, porque todo el mundo sabe que el problema del PSOE viene de muchos años atrás e involucra a muchas personas. La pérdida de Pedro fue la pérdida de todo el PSOE y, por lo tanto, de todos los responsables de las agrupaciones de CCAA y provincias y demostró que lo ocurrido en el PSOE no ha sido diferente de lo acontecido en los partidos socialdemócratas de Grecia, Italia, Reino Unido, España, Holanda y, más recientemente, de Francia y Alemania. La pérdida de votos en estos países tiene relación directa con las políticas socio liberales llevadas a cabo por los partidos o gobiernos socialistas y, particularmente, por la negativa y controvertida gestión de la pasada crisis económica (en mayo de 2010, Zapatero abrazó y aplicó -sin ningún tipo de consulta- las políticas impuestas por Bruselas). La socialdemocracia no ha sido capaz de presentar una alternativa rigurosa y creíble a las políticas de austeridad y, en la práctica, ha convivido con ellas, sin diferenciarse de las políticas de la derecha y de las alternativas que han propuesto los sectores económicos y financieros, que han sido, precisamente, los causantes de la crisis.

En definitiva, el sentir de mucha gente es que los partidos socialdemócratas no han encabezado con eficacia la lucha contra las desigualdades y eso puede explicar que hayan sido abandonados, en buena medida, por el subproletariado. También se han visto abandonados por una clase media asustada y temerosa, ante la posibilidad de que se incrementen los ingresos fiscales para financiar el aumento del gasto social, al margen de que la clase media ha sufrido el rigor y los efectos de la crisis y el desempleo. Por si esto fuera poco, los partidos socialdemócratas han carecido de referencias y de liderazgos creíbles en la UE, han sufrido la desconexión de los sindicatos y el desapego de las fuerzas emergentes, especialmente críticas ante la timorata y ambigua contestación hacia las políticas neoliberales.

En España, el problema resulta más complejo por la aparición de otros partidos políticos, tanto a la derecha del PP (Ciudadanos), como a la izquierda del PSOE (Podemos), lo que ha terminado por consolidar un mapa político a cuatro que, previsiblemente, relegará definitivamente a un lugar secundario al “bipartidismo” (PP-PSOE) que ha gobernado en España en los últimos 37 años. En este marco, no es nada previsible que el PSOE se pueda situar, en unas futuras elecciones, en el entorno del 40% de los votos (mayoría absoluta), lo que le permitiría gobernar en solitario, al margen de quien fuera el secretario general. De confirmarse este supuesto, el PSOE no tiene más que dos alternativas para gobernar o, simplemente, para hacer una oposición real: la primera sería pactar con la derecha (con Ciudadanos y eventualmente con el PP) y la segunda con Podemos y, si es necesario, con Ciudadanos y con los partidos nacionalistas, a pesar de que Podemos y algunas formaciones nacionalistas cada día lo están poniendo más difícil en su carrera hacia la hegemonía dentro de la izquierda y sus actitudes independentistas. Todo lo demás resulta un brindis al sol y nos conduce inexorablemente a la melancolía, cuando no a la mentira, la frustración y al alejamiento de la realidad social y, lo que es peor, de los electores.

En todo caso, el próximo Congreso del PSOE cerrará definitivamente el debate sobre el liderazgo y, por lo tanto, deberá emprender el camino marcado por nuestra memoria histórica y por los principios éticos de nuestros fundadores (resumidos en un concepto muy querido por todos los afiliados: “el pablismo”). Esta descomunal tarea no se hace en dos días, porque la recuperación de la credibilidad y de la confianza perdida requiere tiempo, trabajo, tomar decisiones arriesgadas y mucha paciencia. El futuro está en los jóvenes (actualmente con un futuro incierto y un lastimoso presente), las mujeres, los colectivos marginados y excluidos de la sociedad, los ciudadanos de las grandes ciudades, las gentes de la cultura y de la universidad, así como en las fuerzas emergentes. Paralelamente a todo ello, es el momento de defender las ideas socialdemócratas sin complejos, con entusiasmo e ilusión. Con estas ideas se pueden ganar unas elecciones generales -movilizando a la izquierda sociológica y a los diversos colectivos sociales- sin recurrir a las políticas de centro o terceras vías siempre acomodaticias y nada ilusionantes. Sólo falta un partido fuerte y representativo que las defienda y las explique a todos los niveles de nuestro tejido social. Estamos convencidos de que estas ideas son las más apropiadas para combatir la desigualdad, la pobreza y la exclusión social y, desde luego, para oponerse a la fuerte ofensiva neoliberal que se está produciendo en la actualidad. También son las políticas más eficaces para defender los intereses de los que más han sufrido las consecuencias de la crisis, que son, precisamente, a los que se debe dirigir una política de izquierdas claramente diferenciada de las rancias recetas ya fracasadas que nos ofrece la derecha neoliberal, con el agravante de que en nuestro país estas recetas se han visto muy beneficiadas en su aplicación por la tremenda y escandalosa corrupción montada en torno a la financiación del PP.

Por eso, y después del congreso, las primeras medidas a llevar a cabo deben estar encaminadas a superar los grandes destrozos causados por las políticas de austeridad y, en particular, a derogar la reforma laboral: recuperar la negociación colectiva, los derechos perdidos y aumentar los salarios para que el crecimiento económico llegue a todos los ciudadanos. En todo caso, debemos constatar que no estamos ante una crisis coyuntural. Se trata de una crisis de valores, de una crisis medioambiental y política que nos está conduciendo a un auténtico desmantelamiento de la democracia. Por lo tanto, su solución requiere un cambio radical en los modos de producir, de consumir y de asumir los costes que implica nuestra vida personal, familiar y de relación con los demás seres humanos y con la naturaleza. Esto requiere debatir a fondo, de una vez por todas, sobre “el empleo y el futuro del trabajo” en un mundo globalizado, digital y súper comunicado; también sobre “el reparto del trabajo existente”; la protección social que queremos (pensiones, desempleo, dependencia y renta mínima garantizada); la calidad de nuestros servicios públicos (sanidad educación y servicios sociales); el imponente “desarme y fraude fiscal” que ha beneficiado a unos pocos: grandes empresas, sector financiero (rescatado con dinero público) y escandalosas fortunas. Finalmente, se debe abrir un debate, incluso, sobre la llamada (sin fortuna) “teoría del decrecimiento”, lo que puede ayudarnos a romper el hábito de vivir sólo para trabajar y consumir mucho y mal, lo que representa la principal causa de nuestra descomunal huella ecológica.

En estos grandes debates públicos las ideas socialdemócratas están muy poco representadas, a pesar de que todo el mundo se pregunta: ¿Qué hacer para recuperar la vigencia de dichas ideas? No es fácil responder a esta pregunta; sin embargo, las palabras “trabajo y compromiso” deben formar parte de la respuesta, lo que facilitaría la necesaria convergencia estratégica entre los partidos socialdemócratas, el conjunto del movimiento sindical y las fuerzas emergentes. Esto será mucho más fácil si el PSOE asume liderar este proyecto ilusionante. Dando por hecho que esto sólo será posible si se abren las puertas de las Casas del Pueblo para que entre aire fresco y se potencie la participación y la democracia interna.

Por último, los resultados de las Primarias han demostrado que existen dos sensibilidades o corrientes de opinión en el seno del PSOE que han aflorado con mucha fuerza en la campaña. Por lo tanto, consumada la práctica desaparición de Izquierda Socialista (IS), hay que reflexionar sobre la conveniencia de que se vuelvan a constituir Corrientes de opinión que representen a las sensibilidades del partido. En todo caso, esto requiere que se acepten previamente, sin ninguna reticencia, los resultados de las Primarias y las resoluciones del Congreso, lo que ayudará a consolidar la maltrecha Unidad del partido; esto será mucho más fácil si se cuenta para este propósito con las personas más capaces, inteligentes y honradas. La búsqueda de la Unidad no sólo debe pretender garantizar la lealtad a los órganos de dirección partidarios; se trata también de unir al PSOE respetando la democracia interna con todas las consecuencias y, por lo tanto, defendiendo los valores y las normas éticas de siempre, además de las resoluciones aprobadas mayoritariamente en los congresos. No debemos olvidar que están en juego muchas cosas, entre ellas que los partidos socialdemócratas de los países más avanzados de la UE recuperen la credibilidad y la confianza de los ciudadanos… y eso también afecta, y de manera destacada, al PSOE.

Compártelo: