09 AM | 29 May

NO ES LA CRISIS, ES COMO SE GESTIONÓ

 

Se comienza a extender en el entorno del Partido Socialista, en gran parte porque así lo afirman algunos de sus principales dirigentes, que la causa de la estrepitosa y desgraciada derrota del 22-M se debe a “la crisis“ y que lo necesario para superar la situación es que el partido retome de nuevo el ideario y la política socialdemócrata. En mi modesta opinión ni el diagnóstico es certero, ni va a ser fácil que esa pueda ser la medicina adecuada.

La profunda desafección del electorado, e incluso de buena parte de la militancia socialista, hacia el gobierno no la ha provocado la crisis por sí misma sino, por un lado, la forma en que ésta se ha encarado y las respuestas que le ha ido dando y, por otro, la relación que el gobierno y el partido socialista han tenido con los ciudadanos en estos últimos tres años.

A pesar de que muchos altos responsables del partido sabían lo que estaba pasando, el partido socialista se presentó a las elecciones de 2008 como si nada estuviese ocurriendo y el propio presidente se dedicó durante meses a negar la existencia de una crisis que, sin embargo, aparecía como indisimulable para el resto de la ciudadanía, lo que le hizo perder de modo vertiginoso una credibilidad sin la que es muy difícil gobernar con éxito.

Bien por ignorancia o por irresponsabilidad, lo cierto es que se tomaron un buen número de medidas procíclicas, y además muy costosas, que en lugar de tener el efecto con que se justificaban a la población agravaron enseguida el impacto de la crisis y dificultaron la adopción de respuestas acertadas cuando ya se quiso actuar contra ella. A la sensación de continua improvisación se unió así una gran ineficacia que hacía que la gente viera al gobierno como completamente incapaz de resolver lo que se estaba viniendo encima.

Cuando por fin se quiso tomar el toro por los cuernos tampoco se tuvo voluntad ni decisión para actuar contra los factores y los sujetos que habían distorsionado nuestra estructura productiva en los últimos años y por eso, los planes de estímulo y gasto que se pusieron en marcha, aunque evitaron una debacle aún mayor sobre todo en materia de empleo, realmente no hicieron sino fortalecer los rasgos más nefastos del modelo productivo que agudizó la crisis en España: se reforzaron los sectores donde se habían generado los problemas y se renunció de hecho e incluso de derecho a la igualdad como un pilar central de las estrategias socioeconómicas del gobierno.

Sin haber aprovechado el semestre de presidencia europea para guardarse las espaldas, España quedó pronto, en cuanto comenzaron a aparecer los primeros problemas de déficit y emisión de deuda, en manos de los especuladores que no desaprovecharon la ocasión para imponer un cambio radical en la política económica y reformas draconianas que no iban a mejorar la situación sino todo lo contrario, porque debilitarían de nuevo la actividad y la recuperación del empleo que pudiera haber empezado a darse. Sin explicación acertada, la población no pudo sino entender que el gobierno hacía una nueva pirueta de improvisación y que ahora, además, resultaba ya extraordinaria y palpablemente lesiva para sus ingresos y condiciones de vida.

El presidente Zapatero ha pagado muy cara la confianza que depositó desde que llegó al gobierno en sus asesores económicos neoliberales (ver Los economistas de ZP).

Estos, lograron inicialmente que las pretensiones socialdemócratas de algunos de sus ministros (por cierto, excluidos poco a poco del gobierno) cayeron en saco roto: de ser aprobadas, lo fueron siempre con insuficiente presupuesto como consecuencia de los recortes impuestos bien por la Oficina Económica de Presidencia o por Hacienda. Y luego, le proporcionaron escenarios y estrategias frente a la crisis que han resultado ser letales, económica, política y electoralmente hablando.

El gobierno se ha limitado a aplicar día a día los dictados que le iban marcando los economistas fundamentalistas de La Moncloa y más tarde, cuando éstos habían llevado al buque a hacer aguas y se había perdido la autonomía de la voluntad y de la gestión de la crisis, los que comenzaron a imponer “los mercados”. El resultado está a la vista: los poderes económicos, los propios banqueros y los funcionarios europeos a su servicio alaban su gestión y las reformas realizadas pero eso, en lugar de servir para reforzar políticamente al gobierno, a su presidente y al partido que lo mantiene, lo ha llevado a un descomunal desastre electoral.

No parece extraño que pueda ocurrirle eso a un líder y a un partido cuando de pronto comienzan a hablarle en otra lengua a quienes confiaron en ellos y cuando practican justamente lo contrario de lo que le habían ofrecido y prometido en su contrato electoral. Y, sobre todo, cuando eso lo hacen como si nada, o incluso justificando sus nuevos compromisos diciendo que es lo mejor y que con ellos hacen lo que más les conviene.

La gente ha contemplado una auténtica metamorfosis que se ha querido justificar como una adaptación consciente y deseada a la nueva situación pero que nunca pudo disimular que, en realidad, era impuesta y en el fondo indeseable para todos. Y eso tiene su coste.

El problema al que ha dado lugar todo es que una buena parte del electorado socialista debe haberse preguntado qué sentido tiene apoyar a un partido que en el gobierno no sirve para hacer aquello para lo que afirma que sirve. Y que, además, lo que hace fuera de su guión original lo hace mal.

Un partido de izquierdas haciendo políticas de derechas está a mi juicio condenado a fracasar electoralmente por tres razones. Primero, porque es lógico que una parte de su electorado potencial y la población en general tienda a pensar que esas políticas siempre las hará mejor un partido de derechas. Segundo, porque la traición a sí mismo siempre genera desconfianza y desafección. Y tercero porque la política de derechas en su sentido más amplio (desde la que produce empobrecimiento, endeudamiento, exclusión o simplemente hasta debilitamiento de la democracia o una mayor concentración mediática) crea inevitablemente ciudadanía de derechas que a la postre se identifica electoralmente con su representación política más genuina.

En esta delicada situación se dice que lo que tiene que hacer el partido socialista es retomar los principios socialdemócratas pero decía al principio que no es fácil que eso resuelva la situación porque una cosa es asumir esos principios y otra cosa es poder hacer políticas socialdemócratas.

Para llevar estas últimas a cabo, lo que efectivamente daría un vuelco a la situación permitiendo recuperar derechos e ingresos a las clases trabajadoras, fortaleciendo la democracia y generando un equilibrio político diferente, haría falta disponer de apoyo y de fuerza de presión social que es a la que el partido socialista ha renunciado a lo largo de esta última crisis.

Los partidos socialistas han tirado por la borda en los últimos años una buena parte de sus viejos ideales pero no es esa la renuncia más costosa. La peor ha sido la que lleva a preferir soportarse en el liderazgo personal y en el marketing en lugar de hacerlo sobre la militancia y en la sociedad movilizada.

Las políticas socialdemócratas que proporcionaron indudables avances sociales, quizá los más grandes o al menos más sostenidos de los últimos ciento cincuenta años, se pudieron llevar a cabo solo como resultado del equilibrio de fuerzas entre las clases, gracias a la fortaleza de las clases trabajadoras, y no solo porque los partidos socialdemócratas tuvieran líderes muy atractivos.

Por eso, por mucho que se empeñen nuevos líderes del partido socialista en asumir el ideario socialdemócrata (como creo que sinceramente ha deseado siempre José Luis Rodríguez Zapatero) su empeño será inútil, es decir, no podrán traducirlos en políticas socialdemócratas efectivas (como le ha pasado a nuestro presidente), si siguen renunciando a la movilización social y al apoyo de un partido vivo, para limitarse a basar la acción política (como en mi opinión ha hecho ZP) en el discurso agradable, en la atracción mediática y en el poder personal absoluto sobre un partido desmovilizado y desconectado de su sociedad más próxima.

Lo que ocurrió el 22-M no fue solo un incidente electoral. Y el partido socialista puede volver a sufrir derrotas semejantes, o incluso peores, si no cambia de registro político. Para ser un remedo de la derecha basta ésta última pero si desea ofrecerle a su electorado potencial los frutos de las políticas socialdemócratas que marcaron sus momentos de mayor esplendor no basta ya con que lo diga un líder que dé bien en las pantallas. Tendrá que empezar por el principio y lograr que sea su propio electorado el que le pida que las ponga en marcha.

Juan Torres

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12 AM | 29 May

VOLVER A EMPEZAR

 

 En un artículo que escribíamos en EL FARO DE GUADARRAMA, ante circunstancias parecidas a las del día 22, bajo la mirada intelectual de Adam Schaff, titulado “Begin the begin” decíamos la siguiente frase premonitoria. “la responsabilidad exigible a nuestros compañeros, (del PSOE) que cuentan con el respaldo de más de dos mil electores, pasa por el abandono de las devociones personales y la sustitución por la competencia y la ideología”. En el penoso video de campaña colgado en la Web, los ahora ya concejales elegidos, se limitaban a decir que el candidato socialista era un tío “cojunudo”  conocido por ellos desde hacía muchos años, con mucha energía  y credibilidad. La derrota electoral, un poco aliviada por la presencia del nuevo grupo AME y la incomparecencia de UPD, hipoteca nuevamente al partido para los próximos tiempos, a no ser que se produjeran, a mi juicio dos circunstancias. La primera, pedir perdón a los amigos que han tenido que hacer un esfuerzo para depositar la papeleta con una candidatura surgida de comportamientos poco éticos, y la segunda plantear en el primer pleno una propuesta para la reducción de los sueldos públicos en un cincuenta por ciento, y el trabajo altruista de los elegidos , para así trasmitir nítidamente la idea de que su trabajo político no pueda ser considerado por nadie como de “jornaleros, conectando claramente con los nuevos movimientos sociales.
   Deseamos que el PSOE de San Lorenzo sea capaz de encontrar un alternativa superadora de la acción partidista, y que sus políticas no sean percibidas como algo que sólo interesa a los miembros de una casta endogámica. Ya no vale quien pone más pancartas, da la chocolatada mas numerosa o lleva el payaso más divertido a los niños. Es la hora de la pedagogía, y por eso desde nuestro humilde colectivo vamos a ofrecer la creación de un “AULA PERMANENTE DE IDEAS” para debatir y fomentar la regeneración democrática, y analizar propuestas políticas de futuro. 

 

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12 PM | 17 May

Alaa al Aswany (EL EDIFICIO YACOUBIAN)

 

                                     EL EDIFICIO YACOUBIAN, UNA NOVELA DE ALA AL ASWANI

 Este hombre corpulento pero de maneras suaves y carácter extraordinariamente amistoso, que no encuentra la manera de hacer una pausa en la conversación para salir a fumarse el tan deseado cigarrillo, ha provocado un terremoto literario y social en su país. Alaa al Aswany (El Cairo, 1957) es el autor de El edificio Yacobián (editado en castellano por Maeva y en catalán por Edicions de 1984), una contundente novela (y un exitazo editorial) que ha sacudido la sociedad egipcia por su sincero retrato, en el que se rompen tabúes y se detalla sin tapujos la corrupción, el sexo, la represión policial, la miseria, el fanatismo y la hipocresía moral y religiosa. A través de las vidas de una serie de personajes que residen en un inmueble cairota -el edificio del título-, unos en cómodos apartamentos burgueses y otros en viviendas lumpen en el tejado, Al Aswany disecciona el Egipto moderno y pone en evidencia sus males endémicos. Su dibujo de El Cairo es sensacional y todo amante de la ciudad disfrutará con su impagable descripción. «El Cairo es una ciudad muy literaria», dice el escritor. «Además, cuando una sociedad tiene problemas reales y graves y se halla en un momento delicado y convulso, usualmente es un muy buen marco narrativo. Rusia produjo algunas de sus más grandes novelas en el periodo prerrevolucionario. El Cairo actual es tan buen escenario literario como aquél».

 

La novela de Al Aswany, con más de cien mil ejemplares vendidos y traducida a 19 idiomas, ha llegado al cine -en una costosa producción, para los egipcios, de tres millones de dólares- y el año pasado se estrenó en Egipto. «Marco distancias con la película, que es buena y leal a la novela aunque con cierto aspecto de soap opera. Ha tenido gran éxito y también ha provocado controversia, por parte del Gobierno, como siempre. Ha sido censurada en varios países árabes, entre ellos Túnez». Entre los personajes del edificio figuran Zaki Bey, un hedonista alcohólico, cosmopolita y mujeriego que echa pestes de Nasser y la revolución del 52 y suspira por los viejos tiempos del Club Gezira; Busayna Sayed, una joven dependienta desilusionada que se deja manosear por su jefe a cambio de unos billetes; el culto y homosexual Hatem Rachid, periodista que se dedica a depredar en los bares de alterne gay; Hagg Ezzam, corrupto empresario miembro del Parlamento por el partido en el poder involucrado en el tráfico de drogas, y Taha Shazli, el hijo del portero, que tras ver rechazado su ingreso en la policía se hace militante islámico radical, es detenido, torturado y violado y acaba de terrorista.

La mirada de Al Aswany, admirador de Gabriel García Márquez y del Cuarteto de Alejandría, es a la vez implacable y tierna. Esa mirada, y la deslumbrante facilidad, digna de Taha Hussein, que tiene para describir a gente tan variopinta no son ajenos a la profesión de Al Aswany: dentista. «Es cierto», ríe, «ayuda mucho a conocer a las personas, y además me permite ser independiente económicamente, algo vital para un escritor en Egipto; nunca he cobrado del Gobierno».

La visión que ofrece El edificio Yacobián es dura y hasta sórdida. «Así es, pero muy a menudo en mi país la realidad no es agradable». Sorprende la agitada vida sexual de los personajes. «No sólo en Egipto», ríe el novelista, «la gente es así en todas partes, el sexo se usa para muchas cosas aparte del placer, es esencial para la gente y por tanto lo es también para el novelista». Hombre, para serle sincero, creíamos que eran más mojigatos: la religiosidad, el obligado decoro de las mujeres. «Eso es culpa de la mirada turística. Siempre hay una diferencia entre la imagen y la realidad en una dictadura. En una dictadura siempre se ofrece una imagen gris e hipócrita. Sólo en democracia puede mostrar la gente su imagen real. No es un problema del carácter egipcio, sino de las sociedades árabes bajo dictaduras». Al Aswany utiliza con soltura la palabra dictadura. «¿Le sorprende? Democracia no es un adjetivo como belleza para una mujer. La hay o no la hay. Existe un criterio muy determinado para decir si un régimen es democrático o no. Si hay elecciones libres, respeto a los derechos humanos, si no hay detenidos sin juicio… Aplique estas condiciones a Egipto y saque consecuencias». El autor admite que esa sorprendente franqueza le ha causado problemas en su país, «aunque mínimos, nada comparado con los de la gente que han sido detenidos y torturados».

Al Aswany considera que los males de Egipto son consecuencia de la falta de democracia. «Tengo una mirada médica sobre eso: la falta de democracia es la enfermedad y lo otro, la corrupción, la pobreza, el fanatismo, son las complicaciones de esa enfermedad, resultado de decisiones equivocadas en el tratamiento. En mi novela, el personaje de Taha muestra cómo alguien llega a terrorista: no nace sino que se crea a base de injusticias y humillaciones». La cruda forma en que describe las torturas y vejaciones del joven en comisaría -sodomizado diez veces- hace raro que las autoridades dejen tranquilo a Al Aswany. Por otro lado, a los fundamentalistas no les debe hacer gracia su mirada escéptica de la población egipcia (por no hablar del corrupto sheikh que trata de justificar un aborto con argumentos religiosos). «Creo que el problema me vendrá al final del Gobierno, no del fanatismo religioso, aunque mi última novela, Chicago, aparecida en Egipto en enero, me ha deparado insultos desde ese sector«.

Sea como fuere, el novelista, que dice que no está preocupado por su seguridad cuando se le recuerda el acuchillamiento de su admirado Naguib Mahfuz, subraya que el pueblo egipcio es más tolerante de lo que parece. «Hemos convivido con todo tipo de gente y la historia nos ha hecho muy flexibles». El edificio Yacobián, esa mezcla de 13 Rue del Percebe y Arriba y abajo en versión literaria y cairota, parece una metáfora de la sociedad egipcia. «Puede verse así, pero no lo escribí pensando en ello. Cuando escribo novelas tengo claro que es eso lo que hago y cuando quiero hablar de política escribo artículos. Mi motivación era diferente en El edificio Yacobián, dar vida a unos personajes y seguirles. Eso, claro, lleva a presentar defectos de la sociedad y la política, pero no es el objetivo». Pese a que algún personaje, especialmente Zaki, expresa ideas muy parecidas a las suyas, Al Aswany subraya que no describe su opinión en la novela. «Me gusta la imagen de que el novelista es como el titiritero de un guiñol, ha de permanecer siempre oculto del público y si lo ves se destruye el espectáculo».

 

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09 AM | 16 May

SONRIAN, LE SONREIRAN

       Ignacio Castro Rey.

Supongo que si La Boétie levantase hoy la cabeza vería confirmada la más divertida de sus previsiones, incluso se sentiría un poco confuso ante esta avalancha de obediencia eufórica. Lo llamativo de esta época no es que la humanidad se sienta segura marcando el paso -fenómeno que más o menos ha ocurrido siempre, pues una sociedad que se precie está para eso-, sino que ahora lo haga con una especie de entrega burbujeante donde cada uno se siente diferente, incluso por fin “él mismo”. Felices de ser un nudo en la red, individuales y al mismo tiempo agregados, cada uno se siente alguien participando con su granito de arena en este consenso multiforme, un poder acéfalo que es de todos y nadie gobierna.

 
Mejor caricatura de la Voluntad General de Rousseau resulta imposible, por eso hasta nuestros sosos líderes se pasan la vida pidiendo disculpas. No sólo la teoría de la conspiración es falsa y posiblemente ingenua, sino que los pocos rebeldes que consiguen entrar en la cabina de mando de nuestra nave social descubren enseguida que está vacía, que acaban de desactivar el dispositivo de vuelo automático y que entonces han de hacerse cargo del rumbo… y también de la política de entretenimiento. Ya ven, los radicales se convierten pronto en animadores culturales. En efecto, no importa quién mande con tal de que haya control, una oferta que permita la socialización interactiva.
 
Pocas veces, en suma, hemos tenido la oportunidad de contemplar un espectáculo como el de esta servidumbre radiante, tan uniforme en lo esencial como multicolor en los detalles. Cumples con Hacienda, con la Empresa y el Estado; con el Cambio Climático, la Información y las Minorías. Y además, durante el resto del día tienes la posibilidad de elegir cien veces en alternativas tipo: ¿azúcar o sacarina, homosexual o heterosexual, Segunda cadena o Sexta? El menú de materias opcionales es tan amplio que casi tapa el hecho de que lo realmente obligatorio es atender en cada minuto a la carta social. Eres un empleado de la sociedad del conocimiento, de un programa incansable que te obliga a definirte, participar, ser feliz, tener salud y expresar además tu opinión.
 
Nativo digital, demócrata de toda la vida, ilustrado para siempre. Un poco laminado, el esencialismo sigue funcionando. De la “puntuación sin texto” para el régimen de la verdad hemos pasado al texto sin puntuación para el régimen del saber, un texto continuo y podado de puntos y comas para así ser más fluido. Lo importante es que haya cobertura, a ser posible pegada al cuerpo.
 
Es normal que cada cual busque un árbol al que arrimarse. Los amos pueden proteger y amparar; a veces incluso tapan nuestra responsabilidad y cosas peores. Sin embargo, lo característico del poder social hoy triunfante es que es ventrílocuo, pues habla a través de ti. Puede incluso confundirse con tu deseo, ser “fan” de ti. No es casual que la flexibilidad sea el valor más preciado; tampoco lo es que la servidumbre se parezca cada vez más al surf y que los deportes asimismo se hagan más deslizantes, más aéreos. Hasta el fútbol debe fundir la geometría de la estrategia con la velocidad y el estilo personales de cada jugador.
 
En cierto modo, todos somos “estrellas”, aunque a veces en busca de equipo y de firmamento. Y no olvidemos que la popularidad es una de las formas más geniales de escapar del miedo a vivir. Mientras lideras a los otros, su admiración te aparta las sombras de tu existencia. Estamos en realidad protegidos por esta rivalidad interminable que se expresa en los concursos y las series televisivas más idiotas.
 
Si te deprimes en esta servidumbre algodonosa, siempre tienes las imágenes de Japón o Libia para volver a una relativa satisfacción. En el peor de los casos, África es el “anti piso-muestra” que nos permite a todos reconciliarnos otra vez con una crisis perpetua en la que todo puede ir a peor.
 
Así pues, se indigna uno como hay que indignarse, se ríe uno de lo que hay que reírse, se es tolerante y hasta solidario con lo que hay que serlo, toda esa cohorte de víctimas elegidas que están ahí para confirman que, después de todo, no nos va tan mal. El deseo de desaparecer, como atrasada existencia mortal que pesa, es posiblemente lo que está detrás de esta personificación de masa, de este narcisismo de masas.
 
Somos libres, pero todos vamos al mismo sitio y leemos las mismas novelas. Mientras cuatro calles de Toledo están atestadas de americanos y japoneses, basta que des cien pasos a un lado para que te encuentres más solo que la una. Es muy posible que la famosa “rebelión de las masas”, diagnosticada hace casi cien años, siempre haya sido esta protección masiva de la uniformidad, una equivalencia mundial retocada con alternativas en las elecciones secundarias del consumo, política incluida.
 
Se debe insistir en que el beneficio subjetivo, el resorte auténticamente biopolítico de este mecanismo “complejo”, que hace reciclable casi cualquier accidente de la máquina, es muy simple. Con el consenso de este feudalismo disperso la vida de cada uno transita y nadie -al menos teóricamente- se enfrenta en solitario a las sombras. De definición en definición, de marca en marca, de evaluación en evaluación, las luces cegadoras de la ciudad apartan casi todos los espectros. Los pocos momentos de silencio tienen música ambiental, imágenes de entretenimiento o medicación a la carta.
 
Cada sujeto deja de ser único en la relación con la muerte y se esfuma en la circulación acelerada de la equivalencia. En esta sociedad de servicios, la misma velocidad de la servidumbre impide hacerse preguntas. El movimiento continuo es el de la obediencia y ésta retroalimenta el movimiento, de tal manera que nadie se siente más víctima que otro. Juntos, apretados, no se nota el vacío. Es la ventaja de la moda y sus cien nichos zoológicos. Si no te conformas con Shakira tienes ídolos turbios de culto, de modo que siempre puedes respirar en grupo. Y puesto que entre Almodóvar y los hermanos Cohen median abismos, cada uno se siente protegido en la definición de sus logos.
 
El exceso del otro concentra mientras tanto la irregularidad que debemos eliminar todavía en nosotros mismos. El odio apenas disimulado hacia todo lo que queda fuera del panóptico de las normas -los musulmanes, los hispanos, los eslavos, los chinos- se atenúa en el estatuto hipócrita del mundo exótico que necesitan los derechos humanos, el turismo y el sexo, todos aquellos humanos que hay que tolerar como parte del atraso exterior a la democracia.
 
En esta superficie diáfana del público cautivo, a veces también cautivado, es casi obligado que la verdad advenga como “un ladrón que entra de noche por la ventana”. Pero el género de terror -en primer lugar, los telediarios- se encarga de reciclar el miedo, concentrándolo en los parias de la tierra. La información exorciza a diario el malestar, todo lo que tememos que ha quedado fuera y algún día podría volver.
 

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04 PM | 12 May

AL DESIERTO

 

   En las pasadas vacaciones de Semana Santa, tuve ocasión de escuchar al grupo The Sixten, el Officium Defunctorum de Tomas Luis de Victoria y, cosas de la vida, me puse a cantar interiormente como si estuviera en el coro con el padre Paulino las maravillosas músicas de Tomás. En el Ateneo, invitado por el Presidende de Arco Europeo, tuve el atrevimiento de querer superar la famosa frase de Gramsci defendiendo la necesidad de compaginar:”el pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad”, proponiendo “optimismo de la inteligencia y de la voluntad”, claro que a las primeras de cambio, y tomando un café con Matias,  me voy al pesimismo, seguramente porque me pilló reciente la lectura de un artículo de Ramonet sobre la derrota de la socialdemocracia, está perdiendo su capacidad de dirigirse a los obreros desechables, a los neopobres de los suburbios, a los mileuristas, a los excluidos, a los jubilados en plena actividad activa, a las capas populares y medias damnificadas por el shok neoliberal.

   Este viernes continuamos con el ciclo de cine árabe, y proyectamos Bab Aziz, el sabio sufí, su director, el tunecino Nacer Khemir, nos dice que según un proverbio Tuareg: “hay tierras que están llenas de agua para el bienestar del cuerpo, y tierras que están llenas de arena para el bienestar del alma”. Nos vamos al desierto y nos olvidamos de la campaña electoral.

 

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