SOBRE EL RESCATE
BLOOMSDAY
El pasado sábado intenté celebrar un bloomsday, ya sabéis, la celebración del día en que se realiza la historia del Ulises de Joyce, y me encontré con las dificultades que impone la vida moderna en relación a los productos de casquería, que era lo que más le gustaba a Leopold Bloom autor principal de la novela, y de ahí la propuesta de comer unos riñones después de ver la película Dublineses basada en el cuento Los muertos también de Joyce.
Nos hemos vuelto exquisitos, pero yo recuerdo, junto con Gregorio Morán,(y no hace mucho), la sustitución de las ruedas de carro metálicas por otras recubiertas de goma y luego el fin de los carros, el reparto de leche diario de las lecheras, la vida antes de que aparecieran los frigoríficos, las casas con inodoro pero sin ducha, los rituales de bañarse en grandes barreños de agua caliente, la corriente a 125, la cocina de carbón, el valor del pan, las repeticiones de las cenas “de invierno” y luego las “de verano”, la obsesión por el ahorro, y el “nunca tirar nada” que convertía las habitaciones en anticuarios de chamarilería. Y en los mercados, antes de abrir “las grandes superficies” había un puesto “el casquero” (todavía hoy les llaman los hijos del casquero) donde acudía a comprar filetes de hígado porque tenían mucho hierro y eran buenos para el crecimiento. Tenía razón hoy el seleccionador Del Bosque con eso de pasar de pobres a ricos ¡ VIVAN LOS RIÑONES! Y por supuesto EL ULISES.
ANDREAS DRESEN
El director alemán estrena Stopped on Track, que narra el deterioro de un enfermo
Carlos REVIEGO
Tras su paso por el Festival de Cine Alemán de Madrid, Andreas Dresen estrena hoy ‘Stopped on Track’. El autor de ‘En el séptimo cielo’ describe con mirada clínica y pulso documental el proceso de degradación de un enfermo de cáncer. Una experiencia dura y un gran desafío cinematográfico.
En la procelosa historia del cine alemán, Andreas Dresen (Turingia, 1963) es un superviviente. La caída del muro acabó con las carreras de la mayoría de los directores del bloque socialista, que simplemente desaparecieron del mapa. Magníficos cineastas como Frank Beyer y Heiner Carow pasaron de trabajar en completa seguridad a hacerlo en la total independencia, perdieron su estatus de respetables artistas para convertirse en unos desconocidos. El caso de Dresen es extraordinario porque es uno de los escasos directores nacido y formado en la RDA -estudió en su Escuela de Cine y trabajó para los estudios DEFA, la fábrica de imágenes de la Alemania Oriental- que consiguió ajustar los fundamentos de su cine a las leyes del mercado.
Lo ha demostrado en películas como Verano en el balcón (2005) y En el séptimo cielo (2008), con las que se ha abierto paso en el mundo post-muro ganándose una reputación en el cine europeo contemporáneo. A caballo entre la industria y la radical autoría, Stopped on Track propulsa su cine a una nueva esfera. Podríamos decir que es una película sobre la muerte realizada por un superviviente. La historia no da tregua: la descripción clínica, cuasi-documental, de cómo un tumor cerebral va degradando el cuerpo y la mente, aún jóvenes, de Frank (Milan Peschel), y el modo en que su familia, mujer y dos hijos, se enfrenta a semejante trauma. “Hay gente que puede pensar que la película es demasiado incómoda, pero también es esperanzadora. Por un lado, es una historia sobre la muerte, aunque también lo es sobre la solidaridad y la compasión”. Como en las recientes Declaración de guerra (Valérie Donzelli) y Amor (Michael Haneke) -con las que Stopped on Track formaría un devastadora trilogía sobre las edades de la muerte: infancia, madurez y vejez-, la enfermedad y el amor son indisociables.
-¿Ha vivido alguna experiencia similar para sentir el deseo de filmar este drama?
-Mi padre murió de cáncer hace diez años, pero su proceso fue distinto al de Frank en la película. Tenía la sensación de que no se había hecho nada sobre este tema de un modo auténtico, que hablara en términos realistas del proceso por el que deben pasar el paciente y sus allegados. El cáncer afecta a todos. Destruye la mente y el cuerpo del paciente, pero también se extiende a su entorno más inmediato. Es una prueba colosal para todos los implicados. Hay muchas películas que han tratado el tema con elementos melodramáticos, con hacer un último viaje y cosas así, pero con muy poco realismo.
-¿Qué desafíos le ha planteado como cineasta?
–Era muy fácil caer en el sentimentalismo, porque prácticamente cada escena del filme es una despedida. Por otro lado, no quería que toda la película tuviera los pies en el suelo. Por eso introduzco escenas, supuestamente grabadas con el iPhone, que en verdad tienen lugar en la mente de Frank, y que aportan una cualidad fantástica a la película. Hablamos con psicólogos que tratan a pacientes con cáncer, y nos dijeron que para ellos es muy útil ponerle un rostro a la enfermedad. En esas imágenes que Frank va grabando a modo de diario, a medida que se va desvaneciendo, introduzco la presencia de un hombre misterioso, que representa la visualización de su tumor, de su enfermedad.
-Es una película concebida en torno al desgaste, y por ello supongo que el rodaje habrá sido difícil, sobre todo para los actores. ¿Es así?
-El proceso ha sido duro, pero también muy especial y muy infrecuente en este tipo de dramas. No había un guión escrito, ni diálogos en el sentido clásico. Cuando los dos actores principales [Milan Peschel y Steffi Kühnert] entraron en el proyecto, ni siquiera sabíamos quién de los dos iba a morir. Dimos forma a la película todos juntos. Los actores han trabajado a partir de la improvisación, y de ese modo es muy difícil producir diálogos que suenen a cliché. Aparte, se genera un efecto de realidad, un estilo documental, que acerca más la experiencia al espectador.
Recuerda Dresen el popular aforismo de Jean Cocteau -“El cine consiste en filmar la muerte trabajando”-, con el cual el poeta remarcaba la cualidad del séptimo arte como el único capaz de registrar el paso del tiempo. Frente a las imágenes de Stopped on Track, el aforismo adquiere una literalidad escalofriante. “Hace unos años era frecuente que si el abuelo moría, sus hijos y nietos estuvieran con él, le tomaran la mano y le vieran morir -explica el cineasta-. Era algo natural. Hoy la muerte se esconde, la sociedad moderna la aleja de los niños, como si no existiera. Esto no es siempre una buena idea, porque aumenta el miedo a la muerte, que debería ser algo natural, una parte más de nuestras vidas. En este sentido, era importante para mí acercar los mecanismos de la muerte al espectador”.
-El filme evita introducir el debate de la eutanasia…
-No quería vampirizar la película con ese debate, porque hubiera anulado la experiencia. Es un tema importante en Alemania. Si estás asistiendo a un moribundo en tu casa, es relativamente fácil aplicarle la eutanasia. He oído que la gente lo intenta por ellos mismos, sin asistencia médica, pero creo que es gente sencilla, que no se plantea disyuntivas religiosas, que simplemente lo hacen por pura desesperación.
–Stopped on Track emerge asimismo como una potente metáfora sobre el proceso de degradación social que vivimos actualmente. ¿Responde a la atmósfera de los tiempos?
–Si te preocupas de tus personajes, cada película lleva por sí un pensamiento político que retrata el mundo en que vivimos. La metáfora crece dentro de la historia. No era mi propósito hablar de la crisis, ni del final de una forma de vida como la conocemos, pero todo eso está ahí. He recibido reacciones muy bonitas de algunos espectadores que plantean esta idea, que la película les ha ayudado porque les ha hecho reflexionar sobre la importancia de resistir cualquier embestida de la vida. También les ha hecho apreciar lo que tienen, darse cuenta de que en comparación con tantos países, vivimos una situación privilegiada. La gente se olvida de eso fácilmente.
EL PLACER
La acción dramática tiene lugar en Paris (“La masque” y “La modèle”) y en el departamento de Calvados (Deauville, Bolbec, Vau de Vire, Le Bouillet…) a finales del XIX (1881-90). El film consta de 3 episodios: dos breves (“La máscara” y “La modelo”) y uno central de mayor duración (“La casa Tellier”). Ambroise (Galland), antiguo primer oficial de la peluquería Marcel, de la ópera de Paris, jubilado y olvidado, no se resigna a envejecer. Julie (Renaud), la patrona de la casa Tellier, cierra el establecimiento entre el sábado por la mañana y la tarde del domingo, a finales de mayo, para asistir en compañía de sus pupilas (Flora, Rafaela, Rosa, Luisa, Fernanda…) a la primera comunión de su sobrina Constance (Jany) en una pequeña localidad de la campiña normanda, donde vive y trabaja como carpintero su hermano Joseph Rivete (Gabin). Joséphine (Simon) y el pintor Jean (Gélin) se enamoran apasionadamente, pero el paso del tiempo produce en su relación efectos imprevisibles.
El film suma comedia, drama, romance y cine de época (finales del XIX). Responde a una idea largamente acariciada por Ophüls, aplazada sucesivamente. Con la colaboración de Jacques Natanson elabora el guión entre marzo y abril de 1951. En septiembre, por razones presupuestarias y de prudencia ante el rigorismo moral de la sociedad europea del momento, se sustituye el tercer episodio previsto (“La femme de Paul”), una historia de amor lésbico, por “La modelo”. El conjunto del relato mantiene en su integridad el vigor narrativo y los temas de Ophüls.
El estilo refleja la afición del autor por las formas recargadas, pomposas y barrocas, y por la ambientación minuciosa y detallista de época. Tras la apariencia de las formas se oculta el espíritu equilibrado, riguroso, ordenado y clasicista de Ophüls, que se manifiesta a través de la estructura armónica del relato, dividido en 3 partes de arquitectura casi geométrica. Su clasicismo se confirma con los temas que trata, siempre centrados en el análisis de la naturaleza humana, sus alegrías, sufrimientos, ambiciones, deseos, etc.
Hace uso frecuente de la yuxtaposición de contrarios, como el placer y la muerte, el placer y la pureza, el placer y la desgracia, el placer y el dolor, el mundo cerrado e inaccesible del burdel (donde no entra nunca la cámara) y el mundo abierto y libre de la campiña, el sufrimiento y el éxito, etc. El movimiento de la cámara, la prolongación de las tomas y las repeticiones, crean en el espectador sentimientos sobre el carácter efímero de las emociones y la substitución de éstas por la nostalgia, la melancolía y las impresiones de ausencia, soledad y abandono. La secuencia del traslado de las chica en la carreta combina movimiento, desapariciones y reapariciones, alejamiento y huida, etc. Trasmite sentimientos de provisionalidad, brevedad del tiempo, imperio del cambio…
La cámara se desliza, vuela, gira, se eleva, desciende y transita con una suavidad y liviandad sorprendentes. En ocasiones se complace en captar los momentos en los que se desbordan los sentimientos humanos (lágrimas en la capilla, temor por el silencio del campo, inquietud por la separación de la madre…). Subraya con intensidad el protagonismo del movimiento (cámara, figuras…), que asocia a los conceptos de realidad y naturaleza, donde todo es efímero, cambiante, inestable. La cinta incorpora temas constantes o reiterativos de la filmografía del autor, como las prostitutas, el burdel, la discapacidad, el anciano, el agua (mar, río, laguna…), la campiña, el protagonismo de la mujer, etc. Envuelve la acción en un clima melancólico singular, que incorpora toques de humor.
Son escenas memorables la del enamoramiento de los novios en una sola toma mientras se encuentran fuera de plano, la despedida de las chicas en la estación por parte de Joseph, el enojo de las chicas con el comerciante Julien, la secuencia de la carreta, etc.
La banda sonora, de Joe Hajos y Maurice Yvain, adapta melodías de opereta y populares del XIX, a las que dota de un aire liviano, alegre y despreocupado, que se superpone a un fondo melancólico y triste. Añade cortes de música de baile (Can-can, polka…) y temas religiosos, como el Kyrie de la misa gregoriana de Angelis y el “Ave Verum Corpus”, de Mozart. La fotografía, de Christian Matras y Philippe Agostini, en un espléndido B/N, crea travellings emocionantes, un flashback, giros rápidos, pasos a cámara subjetiva, grandes perspectivas (playa de Trouville) y rincones de exaltación de la vegetación natural (laguna de Saint Cucufa).
Bibliografía
– Vincent AMIEL, Quim CASAS, Gonzalo de LUCAS y Max OPHÜLS, “El placer”, libreto DVD, 58 pág. Versus Entertainment, Madrid 2009.
– Augusto M. TORRES, “El placer”, ‘Diccionario mundial’, pág. 706, Espasa ed., Madrid 2006.
Andreas Dresen: “La sociedad moderna oculta la muerte”