01 PM | 17 Nov

EL DESIERTO ROJO

El desierto rojo

El color, ni más ni menos

Entre El grito (Il grido, 1957) y El desierto rojo (Il deserto rosso, 1964), dirigidas ambas por Michelangelo Antonioni, hay siete años de distancia. Ambas se desarrollan en un paisaje industrial y presentan dos personajes, masculino en la primera y femenino en la segunda, emocionalmente desubicados por un trauma reciente –el abandono en la primera, un accidente de coche en el caso de la segunda–. Pero el perfil psicológico y el desarrollo emocional de ambas es completamente diferente. Entre ambas Antonioni dirigió La aventura (L’avventura, 1960), La noche (La notte, 1961) y El eclipse (L’eclisse, 1962), tres películas que estética y narrativamente dejan de observar el pasado para mirar hacia el futuro.

Es por eso que las dos películas citadas arriba, con temas parejos, evoquen dos tiempos tan diferentes; El grito todavía contiene pequeños rescoldos del neorrealismo, que abandonó completamente su director en sus próximas películas. A grandes rasgos, la primera narra el viaje de un hombre que ha dejado su trabajo después de ser abandonado por su amante. Entonces toma la decisión de viajar; se mueve, trata de buscar el porqué de su situación, en vano. En El desierto rojo, vemos a Giuliana (Monica Vitti) correr en repetidas ocasiones, pero no se traslada… Antonioni nos ofrece aquí la percepción de un personaje que contiene una culpa que pesa sobre su cuerpo y la forma de abordar esos pensamientos recónditos no se desarrolla a través del diálogo ni del monólogo, ni de acciones o gestos trascendentales que nos faciliten la dirección hacia la que debemos dirigirnos para comprender a Giuliana, sino que persigue incesantemente a la protagonista, la avasalla con la cámara para poder llegar a ellos.

Conviene recordar que ésta es la primera película en color de su director, y que está meditada con paciencia para que sea en color y éste tenga un contenido que permita crear sensaciones que sustituyan al diálogo, pero esquivando superfluos simbolismos. El conjunto resultante ofrece dos necesarias reflexiones.

Por una parte, y aunque Antonioni se mostró vago al respecto, el color refleja el estado mental de la protagonista, a medio camino entre la neurosis y el existencialismo. Es decir, Giuliana percibe el entorno como una pátina de colores abstractos, indefinidos, en la que su mayor miedo es tener miedo, y ese tener miedo es el acto que condiciona su negativa a tomar decisiones, a rellenar su vida con actos, acciones. Por esa negativa al movimiento Giuliana no puede encontrar ningún tipo de libertad, adquirir conocimiento, sentir la vida, existir. Sin existencia, no hay contenido. Por eso, más que desplazarse, deambula en un paisaje muchas veces grisáceo, fétido otras tantas, donde el escenario es el desierto de la industria y sus residuos contaminantes. Pero no hemos de engañarnos, cuando le dice a Corrado (Richard Harris) que si ella tuviera que viajar se lo llevaría todo, porque esos son sus recuerdos, la realidad que percibimos es que si ella tuviera que emprender algún viaje su maleta todavía estaría llena de nada porque su vida es un folio en blanco.

Por otra parte, conviene centrarse en la construcción del paisaje a través del uso del color. Si eliminamos el mismo del reproductor de dvd mientras visionamos El desierto rojo, el blanco y negro no refleja en absoluto el espacio construido por Antonioni y que recogerán muchos cineastas de la posmodernidad, desde Wong Kar Wai hasta un buen conjunto de cineastas urbanos estadounidenses del siglo XXI, sin olvidar el impacto en cineastas franceses como Nicolas Klotz y Bruno Dumont. Es esa paleta de colores, fríos en su mayoría, los que impregnan de carácter a la película, los que apoyan la comprensión de la misma, los que sustituyen al diálogo y hacen de éste, muchas veces, algo banal. Son los colores los que posibilitan que El desierto rojo sea hoy una de las películas clave de la década de los sesenta.

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01 PM | 17 Nov

JUAN DE LA CRUZ

 En una noche oscura,
con ansias en amores inflamada,
(¡oh dichosa ventura!)
salí sin ser notada,
estando ya mi casa sosegada.                     5

  A oscuras y segura,
por la secreta escala disfrazada,
(¡oh dichosa ventura!)
a oscuras y en celada,
estando ya mi casa sosegada.                     10

  En la noche dichosa,
en secreto, que nadie me veía,
ni yo miraba cosa,
sin otra luz ni guía                             
sino la que en el corazón ardía.                 15

  Aquésta me guïaba
más cierta que la luz del mediodía,
adonde me esperaba
quien yo bien me sabía,
en parte donde nadie parecía.                    20

  ¡Oh noche que me guiaste!,
¡oh noche amable más que el alborada!,
¡oh noche que juntaste
amado con amada,
amada en el amado transformada!                  25

  En mi pecho florido,
que entero para él solo se guardaba,
allí quedó dormido,
y yo le regalaba,
y el ventalle de cedros aire daba.               30

  El aire de la almena,
cuando yo sus cabellos esparcía,
con su mano serena
en mi cuello hería,
y todos mis sentidos suspendía.                  35

  Quedéme y olvidéme,
el rostro recliné sobre el amado,
cesó todo, y dejéme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado.                     40

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09 PM | 12 Nov

URGA, EL TERRITORIO DEL AMOR

 

                        

                    JAVIER CASTRO

La estepa de las maravillas

 del arte la sensibilidad del espectador es mucho más importante que cualquier otra consideración. Mucho más que el conocimiento acerca del arte. Un puede saber mucho acerca de la pintura abstracta, pero si un cuadro de Kandinski no le dice nada, nada puede hacerse. Se sepa o no de arte, este debe producir sensaciones. Alguien que no tenga ni idea de pintura (como es mi caso) puede acudir a una exposición de vanguardia y emocionarse ante manchas informes de color. Simplemente por que te ha llegado, porque te parece bello. Otro puede contarte una teoría extravagante sobre ese cuadro; que si arte conceptual, que si objetualidad, que si simbolismo inconsciente… A mí, si el cuadro no me llega, ya me pueden contar el cuento de la ratita presumida.

Por supuesto el conocimiento abre las puertas del entendimiento. Aprender a interpretar lo que se mira es fundamental, en arte, en ciencia, en las relaciones humanas… Pero la manera de adquirir ese conocimiento no es única. Puedes aprender a apreciar la fotografía expresionista acudiendo a sesudos cursos de iluminación, pero si has visto algunas docenas de películas es posible que lo más importante, lo que de veras vale para apreciar un film, ya lo tengas. Todos sabemos distinguir lo bello de lo que no lo es, al menos en nuestro propio criterio. Con eso basta. Por ejemplo, mi conocimiento acerca del cine se limita a haber visto muchas películas (aunque menos de las que quisiera) y algún curso de cine de 2º nivel. En este sentido te estoy engañando a ti, querido lector, y a mis compañeros de revista, que saben mucho más que yo y se expresan mejor (no es falsa modestia, pues no tengo reparos en reconocer que sé mucho de astronomía por ejemplo, pero no de cine). Lo que sí sé es qué tipo de cine me gusta y por qué: porque me arrastra y me fascina; porque me sorprende lo que me cuentan y cómo me lo cuentan; porque me siento identificado con los personajes y con el gusto estético del autor. Por eso, porque cumple todas estas premisas y algunas más, me entusiasma esta película, y porque me entusiasma, os quiero hablar de ella.

El director Nikita Mikhalkov es más conocido últimamente por sus delirios de grandeza políticos que por su carrera cinematográfica, que fue lo menos destacado de su última película (El barbero de Siberia / Sibirskij Tsiryulnik, 1998), pero antes había realizado tres películas magníficas como Ojos negros (Ochi chyornye, 1987)la que ahora nos ocupa, Urga, El territorio del amor, y Quemado por el sol (Utomlyonnye solntsem, 1994). Desconozco el resto de su filmografía, pero en estas tres películas muestra una mirada muy particular y entrañable hacia unos personajes excéntricos y fuera de lugar (o a veces muy en su lugar). Y lo hace con un estilo que mezcla tiempos y espacios, sueños y vigilias en imágenes de gran belleza, trabajando los encuadres con la fotografía más estilizada y el montaje con música suave y envolvente, creando un aspecto visual fascinante e hipnótico que atrapa la mirada y la impide alejarse de la pantalla.

Y para mi gusto es en esta cinta donde esos aspectos están más acentuados. La música del para mi desconocido Edward Artemyev mezcla algunos temas tradicionales rusos y chinos (incluso en un cierto momento suena un pasodoble torero), con las tonalidades melodiosas hasta el éxtasis de oboes y otros instrumentos de viento y cuerda, que usa especialmente en los planos de las estepas de Mongolia cubiertas de altas hierbas verdes o amarillas (según la hora del día) mecidas por la brisa. Como si fuera la tierra la que suspirara entre las interminables colinas. La fotografía de Vilen Kaliuta se detiene entre ellas, mostrándolas bajo un cielo a menudo encapotado, siempre un poco subexpuesto para resaltar el verde omnipresente. Y los interiores de la cabaña de los protagonistas, o los locales nocturnos de la ciudad tienen colores cálidos y vivos, que invitan a entrar y reposar la vista en las hogueras y las lámparas. A los que no hayan visto esta película y quieran un ejemplo más al alcance de la mano con el que poder compararla, a mí «los amantes del círculo polar» me remite directamente a esta. Algunos podrán alegar un exagerado esteticismo en ambas, pero a mi no me lo parece pues está siempre supeditado a una historia extraordinaria cuya sensibilidad requiere este tratamiento.

Esta historia que nos cuenta es bastante sencilla. Para empezar explicando el título, diré parafraseando un momento de la película que el urga es una caña larga de madera con un lazo en el extremo que usan los mongoles (entre otras tribus) para atrapar a los animales. Cuando quieren hacer el amor en las estepas, clavan el urga en el suelo y al ser muy largo, se ve desde lejos y así la gente sabe que no debe molestarlos. Es cuando menos equívoca (si no inintencionadamente errónea) la época en la que está ambientado. Parecería que fuera en el momento de hacerse la película por varios detalles, pero al final un narrador que no se sabe de donde sale (una de las muchas idas de olla de la parte final) nos dice que fue hace unos 20 años, lo cual resulta difícil de creer por los detalles comentados.

La película comienza con un intento de violación. Un hombre, Gombo, persigue a una mujer ambos a caballo por la estepa intentando atraparla con el urga, pero al final escapa. Los dos son mongoles que viven de forma tradicional en la estepa de la indefinida frontera entre Mongolia, Rusia y China, cuidando su ganado y trasladando su tienda cuando lo necesitan. Son marido y mujer, pero ella no quiere hacer el amor para no quedarse embarazada, pues el médico les ha dicho que es peligroso. Por aquella zona pasa un ruso, Serguei, en su camión. Se queda dormido y casi tiene un accidente. El camión queda colgado a la orilla del río y su petición de socorro es atendida por Gombo. La pareja le recibe en su casa con toda la hospitalidad de la que son capaces, e incluso sacrifican a una oveja para darle un buen banquete (la secuencia del sacrificio del animal, aunque quizá desagrade a los ecologistas más recalcitrantes, me parece una de las escenas rituales más bellas que haya visto nunca, sólo comparable a autopsia de «el hombre del cráneo rasurado» del recientemente fallecido André Delvaux). La mujer de Gombo le propone que vaya a la ciudad a comprar preservativos, y al día siguiente se va para allá con Serguei. En esta primera parte la historia es más o menos lineal, pero a partir de aquí comienzan a suceder cosas que descolocan al espectador, como ese vecino de Gombo que aparece de repente en casa de Serguei, o los sueños en los que se pierde Gombo a la vuelta de la ciudad, o la curiosa programación de la televisión que compró en ella.

Desde luego el trío protagonista es de absoluta antología (desconozco si los actores son naturales), con una galería de secundarios (la madre de Gombo, el vecino borrachín, el tío pianista, etc.) digna de cualquier película de Berlanga. Y esos momentos surrealistas sorprenden al espectador y le hacen partícipe y cómplice entusiasta de la fábula sin moraleja a la que asistimos. La vida de estas personas ha sido siempre sencilla, no ha cambiado desde hace siglos. Pero la marea del progreso (siendo positivos) o la civilización (siendo negativos) está rondando sus puertas. Ellos la conocen, se aprovechan de ella de vez en cuando, pero llegará un momento en el que no podrán permanecer al margen. Los últimos fotogramas y la voz en off que los glosa son la plasmación de que la marea ha de llegar, pero me deja con la esperanza de que los que conocen «la descansada vida del que huye del mundanal ruido» tienen la clave para permanecer a flote. No hay que ir hasta Siberia para encontrarles.

Por todo esto considero esta película una obra de arte, una pieza maestra; porque me arrastra, porque me emociona, porque me hace feliz, y porque cuando termino de verla, me queda una sonrisa melancólica en los labios y veo la vida de otra manera.

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09 PM | 12 Nov

DE VIATICO CON ROHMER

                                 FELAS                                  

   Para los que hemos seguido a Rohmer en cada uno de sus estrenos, le tenemos que disculpar por alargar ésta película con unas escenas sobre Gauvain, y la Pasión. Y le disculpamos porque en el primer caso nos saca a Marie Riviere, la protagonista del Rayo Verde, y en el segundo el latín que aprendimos en el colegio ¡qué tiempos aquellos!

  Mantener el octosílabo francés como en el original de Chrètien de Troyes, hacerlo con unas imágenes que parecen ilustraciones del siglo XII, y que nos mantenga atentos, al menos hasta la llegada de Gauvain, es de un mérito que está al alcance de pocos cineastas. Si en Bresson, con su Lancelot du Lac, el sonido de las armaduras nos penetra en nuestro interior, en el Perceval de Rohmer es el color y los decorados los que nos llaman la atención.

    Destacamos de Perceval el episodio en el castillo del Graal, ya que es esencial en la novela de Chrètien, no en vano la titula “Li Contes del Graal. En el castillo se espera la llegada de un salvador que reparará la desgracia, el abatimiento y restaurará el antiguo esplendor, según nos cuenta Martín de Riquer, uno de los primeros traductores de la novela en castellano. Perceval es digno de portar la espada, dando paso a un cortejo, dos de cuyos elementos han de suscitar las preguntas del recién llegado, recuerdo, tal vez, del ritual de la Pascua Judía, en el que que las ceremonias no pueden proseguir hasta que un niño, o el más joven de la familia, formule cuatro preguntas. En la gran sala del castillo, y ante Perceval, lo que desfila es un viático, o comunión de los enfermos, en el que se lleva la eucaristía a quien no puede salir de la habitación. El viático va acompañado de luces (lucerna praecedente), lo que en la película corre a cargo de dos pajes portando diez candelabros cada uno. ¿Por qué Perceval no puede responder a las preguntas? Ese es uno de los enigmas de la obra.

  Estamos pues no ante símbolos, sino ante la sagrada lanza de la Pasión, tan venerada en los tiempos de Chrètien, y nos tememos que también de Rohmer, de ahí que su añadido final tenga un sentido muy de su gusto. Chrètien se dirige a un público del siglo XII, y Rohmer a nosotros. Más allá del carácter historicista de la obra, me temo que en este caso el catolicismo de nuestro admirado director no cala en espectadores con una cultura laicista.

     

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