ANGELES CASO
Nunca he creído aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Pero a menudo ciertas cosas me hacen dudar de mi convicción. Me pasa eso, por ejemplo, cada vez que pienso que los dos entierros más multitudinarios que se recuerdan de personajes del siglo XIX son los de un escritor y un compositor: Victor Hugo y Giuseppe Verdi, dos gigantes del arte y de la vida. A Hugo, más de un millón de personas lo acompañaron por las calles de París camino del Panteón en mayo de 1885. A Verdi, fue casi medio millón el que lo despidió en Milán en enero de 1901.
No veo yo que las cosas vayan ahora por ahí, la verdad. Si no me equivoco, las dos últimas grandes despedidas de nuestro tiempo fueron la de la princesa Diana y la de Michael Jackson, que ni de lejos pueden compararse a mis dos extraordinarios decimonónicos. Es como si, a pesar de la extensión de la educación y de la mejora de las condiciones de vida de la mayor parte de la población, que habrían debido contribuir a hacernos más sensibles al pensamiento y a la belleza, nuestras sociedades fuesen por el contrario banalizándose.
Detengo aquí esta reflexión pesimista y que tal vez me llevaría demasiado lejos, y dedico un ratito a recordar que en este 2013 se cumplen los doscientos años del nacimiento de Verdi y de Wagner (cuyo entierro en Bayreuth en 1883, por cierto, tampoco estuvo nada mal). Dos genios que fueron rivales en vida y que lo han seguido siendo en la posteridad: en el mundo de los aficionados a la ópera, la gente es wagneriana o verdiana, y rara vez cabe la posibilidad de admirarlos a los dos al tiempo. Los partidarios de Wagner suelen despreciar a Verdi por populachero y facilón. Los de Verdi suelen quedarse dormidos en los larguísimos y sofisticados dramas de Wagner.
Yo tengo la suerte de gozar de un gusto amplio y más bien ecléctico, en el que los dos compositores caben a la vez. Wagner consigue a veces trasladarme al cielo, pero Verdi me mantiene en cambio aferrada a la vida. A Wagner lo admiro, a Verdi lo quiero. De haberlos conocido, estoy segura de que a Wagner le habría estrechado la mano con cierto recelo. A Don Giuseppe, en cambio, le habría pegado un buen abrazo. De Wagner amo la música, es cierto, pero desprecio sus ideas mezquinamente nacionalistas, su prehitleriano culto al héroe, sus dobleces, su antisemitismo. A Verdi lo adoro por la mucha felicidad que sus obras me han regalado, pero también lo respeto por su forma de vivir, por su carácter autodidacta, por su compromiso político y social, por su lucha a favor del derecho de propiedad intelectual y de los derechos de autor, por su integridad de viejo campesino.
Permítanme que me ría un poco de mí misma: empecé el párrafo anterior haciendo una presuntuosa afirmación de ecuanimidad, pero lo he terminado dejándome llevar por la pasión. Por si no había quedado del todo claro, lo confieso abiertamente: Verdi es mi favorito. Lo es, además, por encima de cualquier otro compositor de ópera, para qué voy a negarlo. Y siempre que quiero rendirle homenaje, recuerdo que la mejor de sus óperas, la más innovadora y jovial, es la última, ese extraordinario Falstaff que escribió ¡a los ochenta años! Y entonces pienso que yo, de mayor, quiero ser como él. En fin, vivan Verdi y Wagner, o Wagner y Verdi. Y feliz 2013 a los aficionados
Querido diario:
Hoy no se puede vender carne en un establecimiento público usamericano sin tener el sello de la inspección federal, que certifica que la carne es apta para el consumo. El responsable de esto es el mismo que escribió “Petróleo”, la historia en la que se basa la película “Pozos de ambición”. Su nombre es Upton Sinclair, y es más cosas: uno de los grandes autores del siglo XX en Usamerica, que ganó el Premio Pulitzer en 1943, cuando ya era muy conocido y respetado. Con Jack London, fue de los primeros que se dejaron de academicismos literarios para escribir con realismo moderno.
Upton nació en una familia de clase media baja, pero a los 14 años empezó a ganarse la vida haciendo trabajos de todo tipo y publicando cuentos y relatos. Entró en la universidad de Columbia y siguió publicando. Al comenzar el siglo XX tenía 22 años, una conciencia de clase muy fuerte y bajo el brazo, la primera novela publicada de las sesenta que escribiría.
El director de un periódico socialista le encargó un reportaje. Debía trasladarse a Chicago, central de la industria cárnica en conserva. Las condiciones de los trabajadores de aquellas plantas rozaban la esclavitud.
Upton aplicó su realismo literario a la suciedad que se veía por todas partes, a la descripción de las ratas que se movían entre la carne y la grasa, y lo publicó en forma de reportaje. Pero dedicó los dos años siguientes a escribir la novela “La jungla”, que le colocaría en todas las librerías del país. Describía las condiciones de aquellos mataderos envasadores y fue un best-seller nacional. La prensa y la radio se llenaron de reportajes. Algunos llegaban muy lejos, hasta insinuar que varios empleados sin papeles, enteros o en fragmentos, podrían haber sido convertidos en tocino por inadvertencia, enlatados y vendidos como pura manteca de cerdo Durham, la favorita de los panaderos. La novela producto de la investigación impresionó tanto al presidente Roosevelt, que le nombró para la junta de inspección de industrias cárnicas que se había creado por toda aquella historia.
Upton comprendió una ironía en su éxito. Pensaba llamar la atención sobre las miserias que tenían que soportar los trabajadores que emigraban a América. Pero los lectores en lugar de reaccionar, como había previsto, sensibilizándose ante los problemas de los obreros, lo que hicieron fue horrorizarse ante el peligro que corría su salud. Upton se había dirigido al cerebro pero había acertado en los estómagos.
Invirtió sus derechos de autor en una colonia socialista en Nueva Jersey, el proyecto fracasó y entonces se trasladó a California para establecerse en Pasadena. Allí se tropezó de bruces con el cine!.
A los pocos meses estaba en las reuniones con los actores más progresistas; y comenzaban a situarle en su punto de mira los magnates de los Estudios, que empezaban a ser grandes.
Cuando Upton se empeñó en ser gobernador de California, el eslogan de su campaña fue «Terminar con la pobreza en California», y para lograrlo abogaba por más control federal en la industria del cine, aumento de los impuestos para los ricos y el reconocimiento de los diversos sindicatos por los estudios de cine. Para todos los magnates de Hollywood éstas eran palabras de un cerebro bolchevique, que seguramente harían correr la sangre por las calles, y se unieron para conseguir el voto para el candidato republicano, un tal Frank Merriam.
Se organizó la primera campaña coordinada por una compañía que ofrecía un servicio nuevo, llamado “Relaciones públicas”. La primera intervención de profesionales de la imagen en la política americana, se puso en manos de Campaings Inc., de San Francisco, que a raíz de aquello se convertiría en una de las compañías de relaciones públicas más poderosas y de mayor éxito en América.
Fue muy basta aquella campaña para los paladares de ahora, pero funcionó. Los estudios usaron todas sus armas, concentrándolas en los noticiarios sensacionalistas y falsos que se pasaban en las salas de cine. Sin televisión en las casas y con una radio sin política en sus contenidos, era la mejor propaganda para los muchos votantes que no leían prensa en serio. Hicieron noticias falsas con material de largometrajes sobre delincuentes, para mostrar como reales reuniones de criminales que ya pensaban en como explotar la nueva sociedad propuesta por Upton. Hicieron entrevistas falsas con actores que sacaban de las oficinas de casting que se hacían pasar por agitadores bolcheviques que le apoyaban, y abuelitas usamericanas encantadoras que iban a votar a Merriam.
Upton siguió escribiendo libros con el mismo enfoque que “La jungla”. Todos desnudaban la injusticia y la hipocresía de la clase adinerada. El tío Platón ya escribió algo sobre esto: El oro y la virtud siempre se encuentran en los platillos opuestos de la balanza. Cuando alguno sube o baja, siempre es a costa del otro. Upton ponía en evidencia a un sector de aquellas clases sociales en cada libro. En “Petroleo” (Oil), fue el mundo de los magnates del petróleo californianos, y el mundo de los actores de Hollywood.
Al estallar la II Guerra Mundial, continuó escribiendo «exclusivamente en bien de la humanidad», aprovechando su popularidad internacional, que había logrado al traducirse sus obras a más de treinta idiomas.
Con World’s End, en 1940, empezó una serie de novelas con las aventuras de «Lanny Budd», un superhombre cosmopolita, de buena voluntad, que viaja constantemente a través de Europa, América y Asia, haciendo una crónica de los acontecimientos mundiales en la primera mitad del siglo XX.
Después de cinco largometrajes y diversos trabajos en otros formatos, Paul Thomas Anderson se ha erigido como uno de los autores más influyentes y complejos del cine actual. Responsable también de los guiones de sus películas, P. T. Anderson ha creado ya una obra muy cohesionada pero en la que es apreciable, asimismo, una sugerente evolución. Si antes de cumplir los treinta años, Anderson era ya autor de dos obras capitales -«Boogie Nights» y «Magnolia», después de su también magnífica ópera prima, «Sydney»-, y tras el deslumbrante experimento que constituyó «Embriagado de amor», con «Pozos de ambición» ofrece una nueva obra maestra que, además, supone un trascendental paso en su trayectoria. Todas ellas son películas situadas en un difuso espacio entre la gloriosa tradición cinematográfica de su país y las corrientes más rigurosas e inventivas del cine contemporáneo, pero ante todo insobornablemente personales, ofreciendo con las mismas un complejo retrato de los EEUU que, como ocurre con los grandes autores, posee resonancias universales. En este libro se abordan algunos de las circunstancias que han marcado su carrera, se perfila la aportación de cada una de sus películas a la evolución de su autor, se analizan exhaustivamente cada una de ellas y se estudian las preocupaciones creativas que han caracterizado hasta ahora su obra y, sobre todo, cómo han ido tomando forma a lo largo de la misma.
FELAS
Baden Baden es una ciudad alemana que estuvo de moda por la alta burguesía en el siglo XIX como ciudad de descanso por las termas, utilizadas ya por el emperador Caracalla, así que “los pájaros de Baden Baden” es una alusión que hace Ignacio Aldecoa a aquellas personas que veraneaban en el Madrid de los años 60.El film nos recuerda inevitablemente a Chabrol por la crítica a la burguesía, su tedio y su abulia, pero en este caso la vemos más de cerca por las imágenes realistas de la Gran Vía, los coches, la vestimenta y hasta la música. Lástima que la voz sea doblada, lo que a nuestro juicio pierde belleza en la historia simple, pero al mismo tiempo creíble. La hija de un abogado con dinero se enamora de un perdedor especializado en hacer cosas que no sirven para nada.
Destaco del conjunto de la película la secuencia en la que se van a bañar a la poza de un rio ( recuerdo a Miguel Ríos con su famosa canción y la novela de Ferlosio «El Jarama») y el amigo dice descubrir detrás de la belleza de Catherine Spaak el bienestar y la felicidad de los que desde el principio de los tiempos han perseguido a los poetas perdidos, momento en que a la solicitud de un poeta el amigo se pone a recitar: Yo quiero ver aquí a los hombres…Lorca, Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres…Dámaso Alonso, Como el toro, he nacido para el luto y el dolor…Hernández, Espronceda y sus cañones por barba, pero el momento cumbre es cuando le pide que recite un poema de Claudio Rodríguez y ambos intercalando los versos dicen: “Largo se hace el día a quien no ama y él lo sabe, y el oye ese tañido corto y duro del cuerpo, su cascada canción, siempre sonando en la lejanía.” Y terminan: “Día largo y aún más larga la noche. Mentirá al sacar la llave. Entrará. Y nunca habitará su casa” Podeis ver el poema completo en la seccion Poesía de esta página.
Ajeno
Largo se le hace el día a quien no ama
y él lo sabe. Y él oye ese tañido
corto y duro del cuerpo, su cascada
canción, siempre sonando a lejanía.
Cierra su puerta y queda bien cerrada;
sale y, por un momento, sus rodillas
se le van hacia el suelo. Pero el alba
con peligrosa generosidad,
le refresca y le yergue. Está muy clara
su calle, y la pasea con pie oscuro,
y cojea enseguida porque anda
sólo con su fatiga. Y dice aire:
palabras muertas con su boca viva.
Prisionero por no querer, abraza
su propia soledad. Y está seguro,
más seguro que nadie, porque nada
poseerá; y él bien sabe que nunca
vivirá aquí, en la tierra. A quien no ama,
¿cómo podemos conocer o cómo
perdonar? Día largo y aún más larga
la noche. Mentirá al sacar la llave.
Entrará. Y nunca habitará su casa.
(De Alianza y condena, 1965)