12 PM | 25 Nov

carlos oroza

carlos orozaLa primera vez que lo vi estaba rodeado como un altar en el Royal de Vigo. Su figura pequeña se desembarazó de un puñado de lectores y arrastró las piernas flacas a una mesa para sentarse conmigo. “El otro día me reconoció un camionero”, anunció. También tenía fans en el mundo del rock y el rap. Al fin y al cabo eran ellos, estrellas de los escenarios, los depositarios de la palabra cantada. “Mis poemas nacieron oralmente y no los transcribo al papel sino con verdadera repugnancia”. En la mesa se dedicó a saquearme el tabaco (“uno más, ¿te importa?”) hasta que al final de la entrevista le ofrecí la cajetilla y gritó: “¡Quita, quita, que eso escaralla la garganta!”.

Era Carlos Oroza, una estrella de la poesía, un paseante, un hombre de leyenda tan extravagante que a ese esqueleto nimio, a ese tipo que dormía en bancos y pasaba hambre en Madrid, le homenajearon poniendo su nombre a un instituto de hostelería en Pontevedra. Mi hermano Novoneyra, hijo de Uxío Novoneyra y cantor como él, pero en la intimidad de las noches y los muelles (el padre, poeta mayor, lo fue de la montaña y la nieve), me había arreglado una cita complicada. Oroza era un mito, muchos en Madrid ya lo creían muerto de cuando desapareció de la ciudad, del reino del Gijón, de la poesía de combate en las puertas de las facultades subido a una caja. Por huir hasta había huido en Galicia, cuando lo sacó en el 75 un puñado de amigos disfrazados de secretas por recitar Desfile de la victoria de un teatro lleno de cargos franquistas en Pontevedra.

Hablaba casi rimando y había convertido su vida en Vigo en una construcción poética ensimismada y feroz: hablaba ya consumido por el arte, despojado del aliento terrenal con que se hacían las cosas medio siglo antes. “En la película El lado oscuro del corazón aparece un poeta en una casa de prostitutas y a una de las chicas se la encuentra leyendo a Rilke. Después él triunfa y es reconocido, y publica un libro, y va a ver a esa prostituta que le dice: ‘Ahora ya no me gustas’. Tras haber conocido el éxito él pasea con el fracaso de ser poeta, porque ser poeta es un auténtico fracaso (…) No te sale nada bien. Y ese poeta va por el campo, ve a una vaca que le muge: ‘Muuu’, y él dice: ‘Ya me lo decía mi madre, que iba a ser un desgraciado”.

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Al final de la entrevista, celebrada en 2010, le pregunté cuántos años tenía:

—Muchos— respondió.

—¿78?

—Sí— dijo.

En el texto le corregí: “En realidad tiene 77”. ¡Qué poco coqueto era Oroza, qué gran despiste de poeta! Leo que ha muerto a los 92.

Manuel Jubays EL PAIS

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01 PM | 21 Nov

Història de la meva mort. Crítica de Angel Quintana

Àngel Quintana.

La nueva película de Albert Serra es la historia de un encuentro ficticio. Giacomo Casanova, hijo del siglo de las luces, encuentra en una vieja masía de Transilvania al conde Drácula. Esta idea puede parecer una simple boutade o invención por parte del siempre provocador Serra, pero se sustenta en dos premisas fuertes que convierten Història de la meva mort en una inusual y lúcida película. La primera cuestión que debemos tener en cuenta es que Serra se mueve siempre en el territorio del mito y rechaza la Historia. El mito puede ser deconstruido (Honor de cavalleria), transformado por la búsqueda de elementos de la cultura popular (El cant dels ocells) o, simplemente, ser utilizado para buscar resonancias metafóricas (Història de la meva mort).

Casanova y Drácula sirven para hablar del paso de la luz a la oscuridad, para mostrar cómo los principios de una sociedad laica y librepensadora son amenazados por la existencia de lo siniestro o para demostrar cómo la modernidad debe tener siempre en cuenta la presencia de lo atávico. Dicho de otra manera, Serra nos habla de cómo detrás de la libertad surge la amenaza conservadora, o de cómo detrás del exceso de vanidad puede surgir también el fantasma de la crisis. El mito sirve para realizar un viaje de ida y vuelta hacia nuestro presente y para mostrar la raíz de algunas grietas que el eterno retorno de la Historia no hace más que perpetuar.

Más allá de este juego, Història de la meva mort es una película excepcional por su equilibrio formal y por el modo en que sabe pasar, progresivamente, de la exuberancia estética a la depuración para dar forma a un horror que se afirma como irrupción de lo siniestro. El film parte de una fractura central que divide dos mundos. El primer mundo anunciado es el de Casanova. Serra observa al escritor y seductor veneciano como el máximo representante del siglo de las luces y de su decadencia. Casanova habla de sus lecturas de Montaigne, de sus encuentros con Voltaire y de la inminente revolución francesa que puede acabar con el viejo mundo. Este hombre que está viviendo el fin de algo y que intuye un horizonte basado en la utopía, se muestra sexualmente desequilibrado, o lo contemplamos defecando en el palacio.

El segundo mundo es un mundo primitivo, situado en los márgenes de la civilización, donde lo racional está en crisis permanente. Es un mundo en el que los alquimistas pretenden convertir la mierda en oro y en el que el sacrificio de un buey certifica el peso de lo ancestral. Por este universo se pasea el conde Drácula. Al otro borde del río contemplamos su castillo, hacia el que se dirigen los cuerpos sin alma. Drácula es la encarnación de lo siniestro, entendido como aquello que irrumpe en un entorno familiar, genera miedo y destruye cualquier lazo de unión. Drácula anuncia lo esotérico, pero también la permanencia del mal en el corazón de las sociedades. El mal no es configurado como algo abstracto, sino como algo que está allí, que nos acompaña y que está dispuesto a corromper todas las utopías posibles.

Serra articula Història de la meva mort a partir de una escritura más intensa que la de sus anteriores películas, lo que la convierte en un ejercicio de madurez que puede provocar la atracción de ciertos escépticos respecto a su cine. No obstante, no renuncia ni a la teatralidad del trabajo con los no actores, ni a la dimensión pictórica de las imágenes, ni a cierta búsqueda de la locura irónica en el interior de un universo que, de forma progresiva, deja paso a un sentimiento de horror, inquietud y extrañeza.

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12 AM | 21 Nov

El siglo de las luces, las conquistas y los colmillos

crítica de Historia de mi muerte | Història de la meva mort, de Albert Serra, 2013

Complicado es generar filmes que constituyan una evasión absoluta de la realidad, esa clase de obras generadas con el germen auténtico de la fantasía; crisoles ficcionales que nos alejen del entorno y los problemas palpables para sumergirnos en otros mundos, sean mitológicos, mágicos, remotos o paralelos. En nuestras fronteras, uno de los máximos referentes ha sido el cineasta catalán Albert Serra, que con su tercer largometraje titulado Història de la meva mort se ha consagrado en el panorama nacional como uno de los pocos directores que apuestan por un cine de autor de estas características fantásticas. Su singular propuesta no conoce la erosión del tiempo, y en ella hallamos referencias y deconstrucciones del pasado mítico, dosis de espiritualidad y apariciones y aventuras de emblemáticos personajes como, en sus anterioresHonor de Cavallería o Cants dels Ocells unos improvisados Quijote y Sancho o el viaje espiritual de los Reyes Magos de Oriente. El cine de Serra se fundamenta en la imagen, el claroscuro, la elegancia, en una especie de revolución estética que busca extraer de la mitología y de la atmósfera fantástica un cine comprensible para todas las culturas, un arte universal de moralejas, humor y misterio.
Así pues, Història de la meva mort nos transporta una época determinante entre el siglo XVIII y el XIX, un momento histórico donde el siglo de las luces, de la Ilustración y del racionalismo impactan con el romanticismo y la violencia. Y para trasladarnos a este universo evasivo inventa una particular narración cinematográfica basada en el sorprendente encuentro de dos personajes: El conde Drácula y Casanova, fusionando por lo tanto el plano de la ficción, de la mano de la vampírica creación literaria de Bram Stoker, con el pasado histórico verdadero del mujeriego y cultivado marqués. Empleando a Casanova como eje central que articula la narración, acompañado por su simpático sirviente de las tierras del norte, el film nos transporta al ambiente artístico, bohemio y sensual de la antigua Francia, a un pueblo agrícola pequeño y tranquilo. Allí, el marqués Casanova aumenta la cota de sus frecuentes conquistas sexuales, estudia con ahínco a filósofos y pensadores humanistas, desarrolla su firme crítica al cristianismo y disfruta de los placeres mundanos. Pero la llegada del Conde Drácula perturba la tranquilidad de las muchachas del pueblo, y el oscurantismo, la depravación y los peligros comienzan a ocultarse tras la aparente cotidianidad.

Historia de mi muerte, de Albert Serra

 

Història de la meva mort es, en efecto, una película ambiciosa, de lograda estética y recreación, con claroscuros, juegos de luces, colores violentos y hermosos paisajes remitentes al Romanticismo. Sin embargo, su línea argumental adolece de falta de peso y carisma en los diálogos, de pesadez en muchas secuencias intermedias y de terror, sensualidad o humor en otras. El sabor que deja en los labios se parece a algo inacabado, como si Serra no terminase de explotar el espectro emocional que podría haber abarcado la historia, cuyo resultado final peca de pretencioso y desangelado. Lo mejor, es la construcción del personaje de Casanova y sus diatribas morales y ácida comicidad a lo largo del metraje. Las dos horas y medias de duración se antojan excesivas para la narración dispuesta en la obra. La primera parte de la misma acusa lentitud en la trama y ciertas escenas que no añaden ni aportan nada a la recreación de unos personajes memorables cuyo fantástico encuentro no constituye un acierto de su autor. Reconociendo el mérito y la valentía de Serra de arriesgarse con un cine de autor tan poco extendido en nuestro país, y de explorar en términos universales la mitología literaria y cultural en sus películas, —aparte de lograr una imagen de marcado sello personal—, esta cinta, ganadora del Premio Cineuropa de la presente edición —además del prestigioso Leopardo de Oro del Festival de Locarno—, hastía más que llena de emoción y constata que la traslación fantasía-Historia es sólo un envoltorio que esconde las carencias narrativas de un relato con mucho potencial. Història de la meva mort tiene en su germen algo brillante que no llega, ni de lejos, a ser explotado y transmitido al espectador con acierto. ★★★★★
Andrea Núñez-Torrón Stock
redacción Galicia | enviada especial al Festival Cineuropa de Santiago de Compostela.
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05 PM | 17 Nov

De «Timbuktu» au Bataclán, un scénario effroyable et similaire

bataclanQui a vu Timbuktu, le film d’Abderrahmane Sissako sorti en 2014, se souvient de la scène hallucinante où les jeunes gens d’un village malien tombé aux mains d’un groupe islamiste jouent au football sans ballon, parce que les fanatiques ont interdit les jeux et traquent les ballons.

Se souvient aussi de l’arrestation et de la punition de femmes et d’hommes surpris en train de faire de la musique chez eux – parce que la musique est aussi strictement interdite. Et se souvient encore de la proscription de l’alcool, des fêtes et de toute forme de réjouissances imposée par les intégristes.

Ces trois supposés « péchés » sont ceux que les assassins du 13 novembre ont châtiés par le massacre. Ils s’en sont pris au football et, par là même, à toute forme de jeu, quand trois d’entre eux ont attaqué le Stade de France. D’autres ont exécuté des femmes et des hommes parce qu’ils étaient aux terrasses des bars et dans les salles des restaurants d’un des quartiers les plus cosmopolites de Paris. D’autres enfin ont commis le carnage du Bataclan, durant un concert : « Des centaines d’idolâtres dans une fête de la perversité », dans la langue de Daech, qui a du moins le mérite de la clarté. A la logique de l’organisation matérielle des attentats répond leur cohérence si l’on peut dire intellectuelle : haine des plaisirs, haine des sens et donc, naturellement, haine des arts.

Ce programme n’est pas neuf. Entre les intégristes actuels de l’islam qui se réclament d’une lecture rudimentaire du Coran et les intégristes qui, jadis et encore aujourd’hui de temps en temps, se réclament d’une lecture rudimentaire de la Bible, il y a peu de différence. Au début du XVIIe siècle, en Grande-Bretagne puis en Nouvelle-Angleterre, les puritains ne supportaient aucune forme de plaisir charnel, s’habillaient en noir, haïssaient poésie et théâtre et rejetaient toute forme de « gaieté » – c’était leur mot pour sacrilège. Ils étaient aussi iconoclastes, comme l’étaient les premiers protestants au siècle précédent et comme le sont les destructeurs de Nimroud et de Palmyre.

Il appartient aux historiens et aux anthropologues d’analyser ces nihilismes qui se réclament des monothéismes. Il a appartenu à un réalisateur, Sissako, qui est né en Mauritanie, a vécu au Mali et en France et a signé un film contre le colonialisme – Bamako, en 2006 –, d’inscrire ce nihilisme dans ce que ce dernier déteste le plus, une forme artistique inoubliable. On se souvient aussi de la fin de Timbuktu : des villageois assassinés à la kalachnikov par les islamistes et une petite fille qui court pour échapper à leurs balles.

Philippe Dagen

 

 

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