12 PM | 06 Nov

¿PODEMOS ENTENDERNOS CON LOS NACIONALISTAS?

NACIONALISTAS CATALANESPor lo menos una vez al mes asoma algún artículo editorial reclamando diálogo con el nacionalismo. Aunque no ignoro que el género, piadoso de por sí, resulta propicio a conjurar los problemas con buenos deseos, como devoto defensor de la democracia deliberativa, siempre me precipito ilusionado a su lectura esperando un argumento para sostener la confianza. Y siempre acabo decepcionado.

La dificultad es insuperable: el nacionalismo se levanta sobre la negación de la posibilidad del debate. Por dos razones. La primera es deudora de su apelación a una identidad propia, imprescindible para enmarcar un “nosotros, somos distintos” y concluir que “no podemos estar juntos”. En su versión más radical, la más coherente, apela a una supuesta concepción del mundo, común a los nacionales, ininteligible para los demás. Con la claridad del fanático lo precisaba hace más de 100 años Heinrich von Treischke: “Diferencias en las lenguas inevitablemente implican diferentes miradas del mundo”. La misma convicción que transmiten las recientes palabras de Fontana: “No entienden que los otros hablen distinto, que sean distintos. Han sido educados para no entender”.

Durante un tiempo la tesis alcanzó cierto vuelo académico de mano de la llamada hipótesis Sapir-Whorf, según la cual las diferentes lenguas ordenan conceptualmente de manera diferente la realidad, algo que afectaría a cómo las personas experimentan y conocen la realidad. Cada cual en su mundo, cada pueblo en su frontera. En palabras de Junqueras, glosando a Herder: “La identidad colectiva o nacional de un pueblo (Volk) se expresa a través de la lengua (…) la lengua (que) puede unir a los hombres, también tiene capacidad de diferenciarlos”.

La tesis apuntala el andamiaje nacionalista de dos maneras. Por una parte, justificaría políticas conservacionistas entregadas a recuperar o recrear a hablantes que pudieron existir: la pérdida de una lengua equivaldría a la pérdida de una cultura. Por otra, cimentaría el proyecto: una lengua proporcionaría un mundo compartido de experiencias, una identidad colectiva, base de una nación que, a su vez, constituiría una unidad legítima de soberanía.

La realidad y la reflexión han mostrado la fragilidad de tales argumentos y propuestas. Recrear hablantes de poco sirve para conservar culturas o lenguas en extinción. Si preservar las culturas requiere preservar las lenguas en las que se expresan, el objetivo es un imposible: no hay manera de preservar —y sería lo obligado, la única manera de honrar consecuentemente el principio— todas las culturas. Habida cuenta de que para sobrevivir una lengua requiere un mínimo de hablantes, unos 200.000, cuando coexisten varias en un territorio compartido, como sucede en buena parte del mundo, la supervivencia de unas requiere la desaparición de otras. En realidad, la conservación —no su uso— resultaría imposible sin una investigación y una tecnología extrañas a las culturas en riesgo. La preservación es cosa de la ciencia y la ciencia se escribe en inglés. En la Red hay páginas (Digital Himalayas, Arctic Languages, Vitality Enduring Voices) dedicadas a “mantener” lenguas regionales, incluso “lenguas individuales”, si es que el sintagma significa algo. La lengua Miami, sin hablantes desde 1960, se conserva —y enseña— en la Universidad de Miami (Ohio). Se enseña como se enseñan las pirámides, sin aspirar a levantarlas otra vez.

Por su parte, la fundamentación de la nación resulta endeble en cada uno de sus eslabones: por poner un ejemplo, la mayor parte de los vascos, que no hablan euskera, carecerían de identidad vasca. Sea lo que sea la identidad tiene bastante más que ver con la condición sexual, la clase social o la religión que con la lengua. Y, por supuesto, una identidad colectiva, si es que el concepto tiene sentido, no justifica, sin más, la soberanía, la condición de sujeto de decisión independiente.

El relativismo lingüístico de Sapir-Whorf quedó desprestigiado hace ya mucho tiempo a la vista de sus discutibles avales experimentales (manipulados en origen) y de la exploración analítica (sobre la categorización por parte de individuos sin lenguaje: bebes, chimpancés, etcétera). Las cautas recuperaciones de la tesis (Everett, Deutscher), que admiten el carácter inconcluyente de sus conjeturas, acuden a circunstancias excepcionales de aislamiento y a ámbitos limitados de experiencia: los indios Pirahã con dificultades para ciertas abstracciones y cuya lengua carece de números, colores, tiempos verbales y oraciones subordinadas; los hablantes de lengua guugu yimithirr instalados con naturalidad en los puntos cardinales (Norte, Sur,…) y con problemas para desenvolverse en coordenadas egócentricas (derecha/izquierda, delante/detrás). Pero incluso esas versiones tibias han mostrado su debilidad (J. McWhorter: The Language Hoax). En realidad, no hace falta entrar en tantas profundidades. Cualquier usuario de Facebook sabe que aunque no disponemos, como los cheroquis, de una palabra para designar la emoción experimentada ante un tierno gatito, estamos perfectamente capacitados para padecer esa emoció

En todo caso, con independencia de la calidad menesterosa de los argumentos, lo indiscutible es el punto de partida, ese “no nos entendemos” como principio fundante que se convierte en ideal regulador: aspiramos a no entendernos. Mejor dicho: los nacionalistas aspiramos a que los catalanes no se entiendan con sus conciudadanos. Los nacionalistas, hay que repetir, que no hay día que no se confunda lo antagónico: nacionalistas y ciudadanos (catalanes).

La otra negación nacionalista del debate resulta menos rebuscada. La condensa una indecente pregunta que hemos aceptado como legítima: ¿sale a cuenta permanecer en España? Hay razones para contestarla afirmativamente, pero las hay, más poderosas, para negar su calidad democrática. No ya por inconsecuente, porque a continuación no se pregunta si a los barceloneses nos conviene permanecer en Cataluña o en tratos con la pobre comarca del Prioritat o, entrando en detalle, por si deberíamos expulsar a marginados o discapacitados, sino por algo más fundamental, porque instalarnos en esa pregunta equivale a negar el debate de ideas, la política en su mejor sentido, a abandonar la aspiración a tasar principios y propuestas según baremos comúnmente aceptados de justicia, bienestar, interés general o racionalidad. Sencillamente, los nacionalistas no se sienten obligados a dar razones aceptables para sus conciudadanos. En menos palabras, los demás les importamos una higa.

Quizá de ese desprecio a la posibilidad de razonar arranque la insufrible cháchara de la conllevancia. No lo descarto. Les confieso que cada vez me cuesta creer en que, por detrás de las reiteradas invocaciones a la bendita fórmula, sean solo resultado de candidez. Cuando los errores se repiten una y otra vez empiezan a ser sospechosos de deshonestidad, de pereza mental y, me temo, de mala fe. En todo caso, bueno es saber que es ajena al debate democrático. Por no perder el tiempo con los artículos editoriales.

Félix Ovejero es profesor de la Universidad de Barcelona.

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04 PM | 02 Nov

¿nacionalismo español beligerante?

forcadell2No sé si Eugenio está ahora en el nihilismo negativo o en el reactivo, lo que es seguro es que echamos de menos sus reflexiones en torno a la propuesta de dos grupos en el parlament y que todos conocéis. Me permito por tanto, y ante el silencio, iniciar yo el debate.

Así termina un artículo  Jaime Pastor (de la redacción Viento Sur) titulado: “de la declaración de Junts pel si y la CUP al frente antisecionismo: Derecho a decidir ya.”

“Desde fuera de Catalunya urge, pues, no dejarse arrastrar por la nueva ola de nacionalismo español beligerante no solo frente a Catalunya sino también contra otras realidades nacionales legítimas existentes dentro de este Estado y que hasta ahora nunca han sido reconocidas en condiciones de igualdad. La única vía de salida sigue siendo la democrática, la de reconocer la soberanía del pueblo catalán para gobernarse como él quiera. La conquista de su autogobierno, con mayor razón si va acompañada de una voluntad creciente de ruptura con las políticas austeritarias y la corrupción, supondrá sin duda una profunda grieta en el régimen contra el que también combatimos y, por tanto, es tarea nuestra profundizarla en todo el Estado. Por el contrario, si en esta prueba de fuerzas gana la nueva “troika” española, perderemos todos y todas aquellas personas que apostamos por caminar hacia la ruptura democrática y social en todo el Estado”

Hay que decir a Jaime Pastor, y a los que piensan que nos dejamos arrastrar por la ola del nacionalismo español algunas cuestiones para aclarar algunos equívocos. En primer lugar que el Pacto de San Sebastián de 1.930 proclamó, según la versión de los nacionalistas presentes, el derecho de autodeterminación de Cataluña. Ya que según ellos, Cataluña se dotaría de su propia constitución o Estatuto, que se aprobaría en referéndum y que regiría la forma de integración en el Estado. Así se hizo y el Estatuto de Nuria fue aprobado por el pueblo catalán y sus representantes antes incluso que la Constitución, aunque su enmienda y ratificación por las Cortes no ocurriera hasta el 1.932. Vendría Luego la proclamación de la República Catalana de Lluis Companys, y las reflexiones de Azaña.

En 1.978 se repuso el modelo, pero ahora con el famoso “café para todos” y universalizando todos los derechos o lo que es lo mismo “autodeterminándose” todos los pueblos de España, eso sí con el artículo 2 de la Constitución, que desde luego no se han planteado nunca redactar, por ejemplo, en Francia. Todos dan por hecho que Francia es indivisible.

 

A Pablo Iglesias, que ha perdido una gran ocasión en su visita a la Moncloa para mostrarse favorable a la unidad del España, hay que explicarles que el derecho a decidir (que por otra parte no existe como derecho en ningún sitio) aunque se concrete en un referéndum sobre la constitución de un estado independiente, ni tiene contenido cierto ni se acomoda a las reglas de la claridad y democracia que deben regir cualquier proceso independentista. Por tanto, se sometería al pueblo, una consulta sin determinar previamente sus consecuencias. Si lo que se desea es votar, para decidir sobre un porvenir político, es más claro, ordenado y seguro que lo haga sobre un texto concreto (Muñoz Machado)  Esta vía, que es la que en su momento propuso el PSOE, chocó con muchas dificultades, entre ellas, además de la famosa sentencia, la negativa de ERC a hacer campaña a favor del ya referido Estatut sin descontar la campaña dañina del PP.

De todas formas, a mi juicio ya estaba preconcebida la situación política que ahora vivimos, y por eso me niego a señalar como único culpable de los hechos  Rayoy. La situación desencadenada en una propuesta en el Parlament pidiendo la “desconexión”  es un proceso planeado desde hace mucho tiempo y en  el libro de Martín Alonso: El Catalanismo del éxito al éxtasis, en su segundo tomo “la intelectualidad del Proceso” lo explica con mucho detalle.

Os voy a poner un ejemplo, para que se entienda que  la “votación para que no se vayan”, todo lo solucionaría. En el año 1979 se hizo “el manifest d’Els Marges” : ¿una nación sin estado, un pueblo sin lengua? bueno pues mirar lo que dice Josep Murgades (y no es malísimo como me reprocharía Eugenio) uno de sus redactores, en una entrevista a Bernat Puigbella en L’avenç en 2.013 : L’any 1979 vau publicar aquest manifest que dius, titulat Una nació sense estat, un poble sense llengua? Un document que avui es coneix com el manifest d’Els Marges. Creus que el manifest és vigent? Què caldria afegir-hi? Què ha quedat superat?

“J.M.:  El manifest és fruit del seu moment, els anys de l’anomenada transició espanyola. Vam sobrevalorar el paper que, en la normalització de la llengua, havien de jugar uns mitjans de comunicació de masses llavors pràcticament inexistents en català (sense parar esment, doncs, que, per més que n’hi hagués en aquesta llengua, en una situació de dependència sempre n’hi hauria molts més en espanyol).

De totes les crítiques que ens van fer, cap, ves per on, no ens feia retret d’allò que no vam saber preveure nosaltres (i menys els nostres crítics), a saber, com canviaria tot arran de l’adveniment d’internet i de la immigració massiva de població no ja tan sols hispanòfona, sinó absolutament al·loglota i de les més vàries procedències.

La pregunta que ens hi fèiem en el títol, és més vàlida que mai. I el contingut del manifest és vigent,  i en allò en què no ho és, és perquè la realitat del dia a dia s’encarrega de deixar-lo encara curt.”

Es decir, para los que no entiendan catalán: que el manifiesto es vigente, que no  calcularon  la llegada de internet, de los hispanófobos, y de otras procedencias, que a pesar de la normalización hay más hablantes en español, la realidad del día a día….He colgado un artículo al lado de éste blog titulado: “LA REVUELTA DEL ESPÍRITU”  ¿Cuántos españoles lo suscribirían?  ¿Lo suscribiría Josep Murgades?  Yo por mi parte lo suscribo, y no quiero que Cataluña sea sujeto de soberanía.

 

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12 PM | 02 Nov

ROVIRA BELETA

ROVIRA BELETADesde la mirada de un foráneo, el cine de Francesc Rovira-Beleta podría ser un buen compendio de la idiosincracia de la España de posguerra a través de sus distintas expresiones deportivas, musicales y/o culturales, enraizadas en una tradición patria de largo recorrido. Por consiguiente, se trata de una cinematografía edificada en torno a estas propuestas, desde el típico folklore español (Luna de sangre, Expreso de Andalucía,Historias de la feria), por regla general provisto de un trasfondo melodramático, hasta la recreación del mundo del denominado deporte rey (Once pares de botas, un insólito testimonio fílmico de ficción que aglutina a buena parte los mejores futbolistas de la época liderados por Kubala), y del arte del flamenco y del baile (Los tarantos, El amor brujo). Precisamente, la plasmación en la gran pantalla de esta expresión musical, propició a Rovira-Beleta un reconocimiento a escala internacional, primero con la obtención de una nominación al Oscar a la mejor película de habla no inglesa con Los tarantos –a modo de documento de carácter antropológico sobre una comunidad gitana que convive en un barrio marginal del área metropolitana de Barcelona— y más tarde con una de las primeras versiones sonoras de la obra de Prospero Merimée El amor brujo, ambas coprotagonizadas por el excelso bailarín Antonio Gades. Hasta entonces, Rovira-Beleta había cultivado con mayor o menor fortuna el género melodramático en la serie de películas anteriormente citadas o carentes de un corpus folklórico como acontece enDoce horas de vida y 39 cartas de amor –notablemente influenciadas por las películas de Luis Lucía y Antonio Del Amo rodadas durante la primera década del franquismo, para quienes ejerció de auxiliar de realización–, y sobre todo había obtenido un cierto crédito profesional con Los atracadores, en un periodo especialmente prolífico –en especial, en Barcelona—en producciones referidas al género negro. Para Rovira-Beleta este film le permitió familiarizarse con dos aspectos que años más tarde trataría de incidir en producciones como La larga agonía de los peces y No encontré rosas para mi madre: un carácter experimental por lo que concierne a los encuadres y al tratamiento de la luz, y una voluntad de combinar distintos modos de interpretación –en función de sus distintas nacionalidades– en un mismo reparto. Empero, una vez formalizaba su integración en la nómina de directores que habían trabajado a lo largo de los años de posguerra y que lograrían aún mantenerse activos hasta el advenimiento de la Democracia, Rovira-Beleta cayó en el olvido tras el fiasco económico de La espada negra. Parecía, pues, augurar que la coincidencia de este fracaso comercial y su recién estrenada edad de jubilación, significaría el punto final a la larga singladura profesional de Francesc Rovira-Beleta –no excesivamente prolífica en producciones, circunstancia que habla de su cuidado por el detalle, de un perfeccionismo infrecuente entre los directores de su generación–, tan sólo prolongada artificialmente con Crónica sentimiental en rojo –adaptación de la novela de Francisco González Ledesma, Premio Planeta del año 1984–, un pálido reflejo de lo que habían sido sus películas de mayor entidad concebidas en los años cincuenta y sesenta.

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02 PM | 29 Oct

LA REVUELTA DEL ESPÍRITU

Un día, el prVERINESesident Maragall en una de sus visitas habituales al Círculo de Bellas Artes de Madrid, me comentó que tenía la intención de abrir un centro cultural que, a la vez, fuera una librería de volúmenes editados en catalán. Impresionado por la cantidad de gente que acudía a diario a las exposiciones, representaciones teatrales, conferencias, o seminarios, me adelantó su intención de alquilar un local (recientemente abandonado por Renfe) justo enfrente de la entrada principal del Círculo, que yo entonces dirigía. Lo mismo que el Círculo, daba a la calle de Alcalá y a Marqués de Casa Riera. La razón dada para tomar semejante decisión fue que así nos haría «la competencia» aprovechándose de aquel inmenso fluir. Muchos, antes de entrar en el Círculo, curiosearían por Blanquerna y también quedarían enganchados a sus actividades. A mí me pareció una excelente idea. Así se hizo y allí siguen ambas instituciones hermanas.

Tiempo después, al ser nombrado director del Instituto Cervantes, en mis primeras declaraciones anuncié que, por vez primera, esta institución impartiría además del español clases de las otras tres lenguas oficiales: catalán, euskera y gallego. De nuevo, Maragall me telefoneó para felicitarme por el cargo y me dijo «espero que no le hagáis la competencia al Ramon Llull». «Por supuesto que no. Por el contrario, colaboraremos estrechamente con él y utilizaremos a sus profesores», le respondí. Así fue. A partir de ese momento hubo una buena entente, también con la Academia Gallega y con la Vasca. De hecho, pusimos el nombre de Espriu, Aresti y Cunqueiro a las bibliotecas de nuestros centros de Palermo, Lyon y Damasco (este último, hoy desgraciadamente cerrado por la guerra).

Un Instituto Ibérico

Mi idea siempre fue, es y será la de la permanente colaboración entre nuestras lenguas y culturas a través de las instituciones que las representan, porque todas ellas son las que conforman nuestro país. El español es, por su historia, de entre ellas, la más universal. Pero a través de nuestra lengua común se vehiculan las otras tres. Dos de ellas, el catalán y el gallego igualmente latinas y por tanto de no complicado aprendizaje. Se trata de vehicular las lenguas, los escritores, los intelectuales y todas las variadas manifestaciones artísticas que engloban estas culturas. En los Congresos de la Lengua, al menos de aquellos años, siempre hubo una presencia activa de lingüistas, historiadores y escritores que compartían amistosamente sus inquietudes y que explicaban al público argentino de Rosario o al de Cartagena de Indias la variedad y riqueza cultural de nuestro país. De esas reuniones surgió la idea de la creación de un Instituto de las Lenguas Ibéricas, que estaría conformado por la Academia Gallega, la Academia Vasca, el Instituto Ramon Llull, el Cervantes, el Instituto Camoens portugués, la Universidad de Alcalá de Henares y cuantas otras instituciones culturales o lingüísticas quisieran adherirse. La Universidad donde nació Cervantes se ofreció para alojarlo y dotarlo de profesorado, así como de alumnos y actividades. Al principio hubo algunas reticencias por parte del Instituto Camoens y de la Acadèmia Valenciana de la Llengua por la denominación. Sin embargo todo se arregló y se llegaron a producir al menos cuatro o cinco reuniones entre Madrid y Alcalá, pendientes de que las próximas se fueran realizando en las diferentes sedes de cada lengua. Lisboa era la inmediata. Se redactaron los primeros proyectos de estatutos y el propio presidente Zapatero fue advertido mostrando su interés y ofreciendo su ayuda que, sin lugar a dudas, tendría que ser de tipo económico. Creo que este proyecto fracasado, sencillamente porque no tuvo continuidad a mi marcha de la dirección del Instituto para ocuparme del Ministerio de Cultura, fue uno de los mayores intentos para establecer una convivencia ibérica permanente de lenguas y culturas. Un centro donde se enseñarían todas ellas y, sobre todo, se establecería un contacto permanente entre todos los creadores, estudiosos y artistas.

Intercambio de ideas

El mundo de la cultura siempre ha estado en contacto en la Península, porque la cultura también habla un esperanto común, además de las propias lenguas vernáculas. Este esperanto se basa en la convivencia, en el conocimiento, en el intercambio de ideas, en el intercambio de experiencias y sentimientos com
unes al ser humano. La cultura está por ­encima, y más allá, de las batallas partidarias. Pero cuando se la utiliza políticamente de uno u otro lado es entonces cuando surgen los problemas y las suspicacias. A la política sólo le interesa utilizar a la cultura para sus propios fines y no para los de su engrandecimiento y esplendor. Las lenguas de España, en otras épocas, sufrieron los rigores de los tiempos oscuros, pero hoy están perfectamente establecidas y han podido desarrollar una labor creativa como nunca antes había sucedido. ¿Qué pasó con las otras lenguas de Francia, de Alemania o de Italia? ¿Qué papel tiene hoy el gaélico? La convivencia lingüística en nuestro país ha sido casi siempre ejemplar. Que podría ser infinitamente mejor, seguramente, pero las obras de los escritores circulan y la presencia plurilingüística en jurados, premios, actividades e intercambios sigue siendo notable. Quizá en la educación (el gran problema de España desde sus orígenes) se debería insistir en una mayor difusión. Yo siempre comenté que cada niño español debería acabar el bachillerato conociendo, al menos, un mínimo vocabulario en todas las lenguas ibéricas. También sería magnífico que los jóvenes alumnos en sus planes de estudio leyesen a los autores fundamentales de todas las lenguas oficiales. ¿Pero acaso habrán leído a Cervantes o Lorca? Las Humani­dades en los últimos años han sido transterradas y esa grave irres­ponsabilidad gubernamental también ha influido en el conocimiento que todos deberíamos tener de los unos y los otros.

Pero la cultura y las lenguas siguen su camino a pesar del devenir de la política, y hoy nuestra industria cultural es una de las más poderosas del mundo; nos interconecta a todos con todos. Por ejemplo ¿dónde están las grandes editoriales, los grupos de comunicación, las productoras de cine y televisión? Catalunya es un centro crucial en todo este gigantesco eje, tanto peninsular como iberoamericano. Guionistas, actores, directores, productores, editores, escritores y artistas desarrollan su actividad en cualquiera de las lenguas que hemos citado. Todos conformamos un gran mercado (aunque no me gusta nada abusar de esta palabra) de más de 500 millones de personas. Tampoco no nos olvidemos de los más de 50 millones de hispanos en EE.UU., una comunidad cada vez más influyente. Donde hay un hispanoamericano o un iberoamericano, también hay un catalán, un gallego o un vasco, con sus respectivos idiomas y particularismos culturales.

Cultura y política

El mundo de la cultura debería tener el coraje de romper sus lazos con la política de la que siempre ha sido sumisamente dependiente y declararse también ajeno a aquellos que quieren vaciar a la cultura de todos sus valores universales. Del mismo modo, alejarse de quienes han ejercido siempre una amenaza continuada contra el libre pensamiento. El mundo de la cultura debería reorganizarse como otro poder, como un contrapoder para protestar por su utilización partidista. No volver a ser colaboracionistas y recolectores de dádivas bien repartidas. No hay lenguas ni culturas que puedan sobrevivir indemnes a su utilización. Volvamos a manifestarnos como inteligencia crítica y racional, no como masa sentimental. Reemprendamos nuestros contactos como en otras épocas, reemprendamos nuestros debates, reemprendamos nuestros vínculos desde nuestra diversidad. Nos unen más cosas entre nosotros mismos que con los políticos de turno, aniquiladores de diferencias y amantes siempre de la obediente uniformidad. Cumplidos sus fines ¿acaso alguien se puede imaginar que ese «amor de interés» se puede perpetuar? Humanistas y científicos procedentes de todas las ideologías, agrupémonos bajo una causa común: la convivencia, el respeto, la libertad de creación, la independencia respecto al esclavismo económico ejercido por el poder, la utilización de nuestro saber, y dediquemos nuestros esfuerzos a la educación en ideales pacíficos y en la pluralidad. El gran político francés Clemenceau, a finales del siglo XIX, ante los gravísimos sucesos que se habían producido en torno al caso Dreyfus, escribió: «Y es en esta pacífica revuelta del espíritu (francés) donde pondría mis esperanzas de futuro en este momento en que todo nos falta». El mundo de la cultura no debe rendirse a las fratricidas luchas políticas, porque en todo creador hay un pacifista, un ser libre, independiente y, sobre todo, crítico.

Prestigio cultural y cambio

Sabemos que hoy el prestigio de la cultura no es como el de otras épocas, debido al cambio social que se está produciendo, con la presencia de las nuevas tecnologías y las redes sociales; pero la cultura mantiene su patrimonio y dignidad de siglos en el avance sereno y sensato de la humanidad. Recuperemos el significado simbólico de la palabra intelectual, una fuerza autónoma entre poderes, capaz de mantener la cordura perdida en muchos de los frentes. Estaría bien un manifiesto común que se iniciara como aquel otro «los abajo firmantes» y que pidiera: mayor educación, mayor cultura, mayor espíritu de convivencia y respeto a todas las lenguas, mayor permeabilidad y menor aislacionismo, un intercambio permanente de experiencias, mayor comunicación entre universidades y desterramiento de la mediocridad producida por las subvenciones locales, que tan sólo abocan al páramo cultural. En otras palabras, luchar contra el ensimismamiento de una u otra índole. Reunirnos en una gran asamblea para hablar, pensar y establecer de nuevo una convivencia cultural en plena cohesión europea. No nos desconectemos de nosotros mismos sino que volvamos a enlazarnos en la confianza de lo mejor. No somos instrumentos de otros, sino del ser humano que quiere hablar, dialogar y no entrar en un litigio arrasador de permanentes quejas contra el otro. En Europa, en estos momentos, sólo es extranjero aquél que no conocemos ni tenemos deseo de conocer en momento alguno. Los españoles no somos extranjeros entre nosotros mismos, pero sí tenemos la obligación de conocernos más, tratarnos más, el amor es también un ejercicio cotidiano inabarcable e inacabable, como sabía el rey Lear.

CESAR ANTONIO MOLINA

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11 AM | 27 Oct

FUERZAS DE FLAQUEZA

fuerzas de flaqueza
Tal vez sea cierto, utilizando una terminología de Martha Nussbaum de inspiración difusamente nietzscheana, que la lucidez es una virtud fría (“la más fría de las virtudes frías” habría escrito el autor de Zaratustra…), pero ni estamos precisamente sobrados de lucidez en estos tiempos ni está descartado que, como ocurre con el propio hielo, pueda terminar por quemarnos. En todo caso, y más allá de la tonalidad con la que queramos definir a este Fuerzas de flaqueza, nos encontramos ante un libro llamado a cumplir una función tan sencilla como necesaria, tan clara como ineludible, que no es otra que la de ayudarnos a pensar bajo una específica luz lo que nos está pasando.
Su título, lejos de distraer o llamar a equívoco alguno, coloca al lector sobre la pista, no ya solo del sentido de las páginas que siguen, sino también de la naturaleza de la reflexión que el autor considera ineludible en estos momentos e incluso, más allá, de las herramientas con las que cabe abordar dicha tarea. La cauta prudencia de estas formulaciones se pretende a la altura del propio texto. Fuerzas de flaqueza no aspira a brindar una cartografía completa de nuestra situación, sino tan solo a iluminar filosóficamente una frágil y aún indeterminada gramática política. La que se abre cuando los endurecidos presupuestos ontológicos y epistemológicos (el esquema rígido de las clases o las concepciones economicistas de la historia, pongamos por caso) sobre los que se basaba la visión del mundo heredada comienzan a agrietarse tanto teórica como prácticamente.

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