El siglo de las luces, las conquistas y los colmillos
crítica de Historia de mi muerte | Història de la meva mort, de Albert Serra, 2013
Qui a vu Timbuktu, le film d’Abderrahmane Sissako sorti en 2014, se souvient de la scène hallucinante où les jeunes gens d’un village malien tombé aux mains d’un groupe islamiste jouent au football sans ballon, parce que les fanatiques ont interdit les jeux et traquent les ballons.
Se souvient aussi de l’arrestation et de la punition de femmes et d’hommes surpris en train de faire de la musique chez eux – parce que la musique est aussi strictement interdite. Et se souvient encore de la proscription de l’alcool, des fêtes et de toute forme de réjouissances imposée par les intégristes.
Ces trois supposés « péchés » sont ceux que les assassins du 13 novembre ont châtiés par le massacre. Ils s’en sont pris au football et, par là même, à toute forme de jeu, quand trois d’entre eux ont attaqué le Stade de France. D’autres ont exécuté des femmes et des hommes parce qu’ils étaient aux terrasses des bars et dans les salles des restaurants d’un des quartiers les plus cosmopolites de Paris. D’autres enfin ont commis le carnage du Bataclan, durant un concert : « Des centaines d’idolâtres dans une fête de la perversité », dans la langue de Daech, qui a du moins le mérite de la clarté. A la logique de l’organisation matérielle des attentats répond leur cohérence si l’on peut dire intellectuelle : haine des plaisirs, haine des sens et donc, naturellement, haine des arts.
Ce programme n’est pas neuf. Entre les intégristes actuels de l’islam qui se réclament d’une lecture rudimentaire du Coran et les intégristes qui, jadis et encore aujourd’hui de temps en temps, se réclament d’une lecture rudimentaire de la Bible, il y a peu de différence. Au début du XVIIe siècle, en Grande-Bretagne puis en Nouvelle-Angleterre, les puritains ne supportaient aucune forme de plaisir charnel, s’habillaient en noir, haïssaient poésie et théâtre et rejetaient toute forme de « gaieté » – c’était leur mot pour sacrilège. Ils étaient aussi iconoclastes, comme l’étaient les premiers protestants au siècle précédent et comme le sont les destructeurs de Nimroud et de Palmyre.
Il appartient aux historiens et aux anthropologues d’analyser ces nihilismes qui se réclament des monothéismes. Il a appartenu à un réalisateur, Sissako, qui est né en Mauritanie, a vécu au Mali et en France et a signé un film contre le colonialisme – Bamako, en 2006 –, d’inscrire ce nihilisme dans ce que ce dernier déteste le plus, une forme artistique inoubliable. On se souvient aussi de la fin de Timbuktu : des villageois assassinés à la kalachnikov par les islamistes et une petite fille qui court pour échapper à leurs balles.
Philippe Dagen
[8/10] Datos de interés: “Timbuktu”, Abderrahmane Sissako, 2014, Francia, Mauritania; drama; 97 min. Intérpretes: Ibrahim Ahmed, Toulou Kiki, Abel Jafri, Fatoumata Diawara, Hichem Yacoubi, Kettly Noël.
De qué trata: En los alrededores de Tombuctú (Mali), los musulmanes nativos sufren la invasión y acoso de los yihadistas, con unos prohibiciones y atropellos que imponen de manera arbitraria. Kidane y su familia serán víctimas de ese fundamentalismo que ha terminado atacando su dignidad y perturbado su paz.
Lo que la película esconde: La religiosidad y la racionalidad van de la mano cuando la persona se mueve con buen corazón y siguiendo su conciencia.
Lo mejor: Las poéticas y sencillas imágenes que transmiten humanidad y verdad, extraídas sin artificio de la misma vida; y la valentía -de los protagonistas y del director musulmán- para hacer frente a la violencia y a la intolerancia. La escena del partido de fútbol.
Lo peor: Que lo mostrado suceda en nuestros días.
Público: Interesados en el cine que refleja la realidad y en el actual fenómeno yihadista.
DEL BLOG LA MIRADA DE ULISES
Vuelvo de Extremadura, la región más desconocida por los españoles y a la vez una de las más hermosas. El veranillo de San Martín, este año un auténtico verano, me ha permitido volver a comprobar lo dicho. En el campo de Trujillo la paleta de colores era tan espectacular que rozaba casi lo fabuloso y los aromas de las granadas, de los membrillos, de los madroños, de los majuetos y los endrinos silvestres, de las higueras ya despojadas de higos, al sol después de las últimas lluvias y vigilados de cerca por millones de pájaros e insectos, llenaba el aire de sensaciones haciéndolo casi carnal. Difícil no emocionarse ante la gama de verdes de las colinas (del verde oscuro de las encinas al verde plata de los olivos y al esmeralda de las hierbas nuevas, las que han brotado con el temporal de otoño) y con las pinceladas de amarillo y sangre de los árboles de ribera y de los huertos y los jardines de las casas de campo y los lagares, éstos con su cenefa de vides rojas y ocres entremezcladas ya de amarillo a punto de caer sus hojas, que salpican el verde general. Si la felicidad existe está en esos escenarios y en esos momentos únicos en los que la belleza del mundo se conjuga y nos da la mano para detenernos ante su consagración.
Mientras las radios y las televisiones desgranaban las noticias de estos días, todas tan graves como para ensombrecer el ánimo pero tan pasajeras como sus protagonistas (basta que pasen unos pocos años), en un pequeño lugar del mundo el otoño hacía explotar su belleza, que es la misma belleza de hace siglos y milenios y la que seguirá explotando cuando ninguno de aquéllos esté ya aquí para poder verla y las noticias hablen de otras personas, que también pasarán después de creerse dioses. Porque el paisaje sobrevive al hombre. Y porque, contra lo que muchos piensan, lo verdaderamente duradero no es nuestra vida ni nuestras obras, sino ese color fugaz que el sol pinta al atardecer sobre una colina, ese mugido animal en la lejanía ya en sombra al anochecer, ese aroma a vino nuevo, a hierba húmeda, a humo de encina seca en la chimenea, que el viento lleva hacia el horizonte, ese bodegón frutal (granadas, membrillos, madroños rojos como la sangre, limones, todos dispuestos sobre la mesa humilde de la cocina) que es el mismo que han pintado a lo largo de la historia todos los grandes pintores y que seguirán pintando los que los sucedan. Las noticias, en cambio, hoy tan graves y sombrías, tan duraderas y tan solemnizadas, se habrán perdido en el tiempo, como sus protagonistas.
JULIO LLAMAZARES.