12 PM | 14 Dic

EL ACUERDO DEL CAMBIO CLIMÁTICO

Comparado con lo que podría haber sido, es un milagro. Comparado con lo que debería haber sido, es un desastre.

 

Dentro del estrecho marco en que han tenido lugar las conversaciones, el borrador de acuerdo de las conversaciones sobre cambio climático de las Naciones Unidas en París supone un gran éxito. El alivio y autocongratulación con que se ha recibido el texto final reconoce el fracaso de Copenhague hace seis años, donde los negociaciones se desarrollaron precipitadamente antes de venirse abajo. El acuerdo de París todavía espera su adopción formal, pero su aspiración a un límite de 1.5 grados de calentamiento global, tras el rechazo de esta exigencia durante muchos años, se puede considerar dentro de este marco una resonante victoria. En este aspecto como en otros, el texto final es más contundente de lo previsto por mucha gente.

 

Fuera de ese marco parece otra cosa distinta. Dudo que alguno de los negociadores crean que  no va a haber más allá de un grado centígrado y medio de calentamiento global como resultado de estas conversaciones. Tal como reconoce el preámbulo del acuerdo, hasta 2 grados centígrados,  a la vista de las débiles promesas que los gobiernos llevaron a París, resultan extremadamente ambiciosos. Aunque algunos países han negociado de buena fe, es probable que los verdaderos resultados nos remitan a unos niveles de descomposición climática que resulten peligrosos para todos y mortales para algunos. Nuestro gobierno habla de no cargar de deuda a las generaciones futuras. Pero acaban de acordar que se cargue a nuestros descendientes con un legado bastante más peligroso: el dióxido de carbono producido por la quema continuada de combustibles fósiles y las repercusiones de larga duración que esto tendrá sobre el clima global.

 

Con 2 grados de calentamiento, partes ingentes de la superficie del mundo se volverán más inhabitables. Lo probable es que la gente de estas regiones se enfrente a extremos más desolados: peores sequías en algunas regiones, peores inundaciones en otros, mayores tormentas y graves impactos potenciales en el suministro de alimentos. Las regiones insulares y costeras de numerosas partes del mundo están en peligro de desaparecer bajo las olas.

 

Una combinación de acidificación de los mares, desaparición de los corales y derretimiento del Ártico significa que podría venirse abajo la cadena alimenticia marina en su conjunto. En tierra, puede que los bosques tropicales vayan retrocediendo, los ríos decaigan y los desiertos se extiendan. Es probable que la extinction masiva sea la impronta distintiva de nuestra época. Y esa será la apariencia que tendrá el éxito, tal como lo definen los entusiastas delegados.

 

¿Y el fracaso, aun en los términos establecidos? Bueno, también eso resulta plausible. Mientras que anteriores borradores especificaban fechas y porcentajes, el texto final apunta sólo a “llegar a la cima global de emisiones de gases de invernadero lo antes posible”. Lo que podría significar cualquier cosa y nada.

 

Para ser justos, el fracaso no es cosa de las conversaciones de París sino del conjunto del proceso. El máximo de 1.5 grados centígrados, aspiración y meta improbables hoy, eran perfectamente alcanzables cuando se celebró en Berlín la primera conferencia sobre cambio climático de las Naciones Unidas en 1995. Dos decenios de postergación, causados por el cabildeo – abierto, encubierto y otras veces directamente siniestro – de los grupos de presión de los combustibles fósiles, sumado a la renuencia de los gobiernos a explicar a sus electorados que pensar a corto plazo tiene costes a largo plazo, garantizan que la ventana de oportunidad esté hoy tres cuartos cerrada. Las conversaciones de París son las mejores que hemos tenido. Y esa es una terrible acusación.

 

Por progresista que resulte comparado con todo lo que ha habido antes, nos deja con un acuerdo casi cómicamente disparejo. Mientras que las negociaciones sobre casi todos los demás riesgos tratan de encarar ambos extremos del problema, el proceso del clima de las Naciones Unidas se ha centrado enteramente en el consumo de combustibles fósiles, a la vez que ignora su producción.

 

En París los delegados se han avenido solemnemente a recortar la demanda, pero en su país tratan de maximizar el suministro. El gobierno del Reino Unido se ha impuesto incluso una obligación legal, de acuerdo con la Ley de Infraestructuras de 2015, de “maximizar la recuperación económica” del petróleo y el gas británicos. Extraer combustibles fósiles es la dura realidad. Pero el acuerdo de París está lleno de blandas realidades: promesas que pueden escurrirse o desenmarañarse. Hasta que los gobiernos no se empeñen en mantener los combustibles fósiles en el subsuelo, seguirán minando el acuerdo al que han llegado.

 

Tener a Barack Obama en la Casa Blanca y a un gobierno dirigista supervisando las negociaciones de París, es lo mejor que probablemente se pueda conseguir. Ninguno de los probables sucesores del presidente norteamericano demostrará el mismo compromiso. En países como el Reino Unido, las grandes promesas hechas en el extranjero quedan socavadas por sórdidos reatrincheramientos dentro del país. Pase lo que pase ahora, las generaciones venideras no lo verán con amabilidad.

 

De modo que sí, dejemos que se congratulen los delegados por un acuerdo que es mejor que el que podría haberse esperado. Y atemperémosles con una disculpa a todos aquellos a los que traicionará.

George Monbiot .-es uno de los periodistas medioambientales británicos más consistentes, rigurosos y respetados, autor de libros muy difundidos como The Age of Consent: A Manifesto for a New World Order y Captive State: The Corporate Takeover of Britain, así como de volúmenes de investigación y viajes como Poisoned Arrows, Amazon Watershed y No Man’s Land.

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01 AM | 13 Dic

¿nueva política? o debates falaces

descarga (1)En los debates electorales que están realizándose en España es frecuente que algunos candidatos recurran al artificio de presentarse como la “nueva política” –supues-tamente prístina y beatífica─ frente a la “vieja política”, a la que se intenta caracterizar como un compendio completo de todas las maldades y defectos posibles.

Pero, ¿qué es realmente la “nueva política”? ¿Se puede hablar en las sociedades del siglo XXI de algo similar a una “nueva política” encarnada por unos líderes supuestamente incontaminados de todo vestigio de la política anterior? ¿Acaso los “nuevos” no tienen historia ni referencias?

El recurso a presentarse como algo “nuevo”, frente a lo viejo, lo desfasado y lo caduco, ha sido una moneda de uso corriente en buena parte de las experiencias más aventureristas y peligrosas de la historia política reciente. En no pocas ocasiones lo “nuevo” ha sido la coartada para perpetrar estrategias de carácter personalista y demagógico, sin que se diera la oportunidad a los electores a conocer previamente lo que realmente quería hacerse con esa etiqueta. De ahí, que yo nunca me fiaría de alguien que me dijera: “¡Vóteme a mí que yo soy lo nuevo!”. La cuestión no es si alguien es o no es “nuevo”, sino ¿qué es lo que pretende hacer realmente con nuestros votos?

Por eso, en los debates electorales que están teniendo lugar en España resulta preocupante el simplismo en el que han caído algunos líderes al presentarse como los “nuevos genuinos” (pese a que Sánchez también es un nuevo líder, que yo sepa). Al actuar de esta manera parece que consideran que esta circunstancia les exime de mayores explicaciones y detalles sobre sus propuestas concretas. Y tal como han discurrido algunos de estos debates ya hemos empezado a ver “¡cómo se las gastan los nuevos!” y sus corifeos mediáticos.

La cuestión fundamental, de cara a la clarificación del debate electoral, es ser conscientes de que tanto Iglesias como Rivera tienen su propia historia, sus antecedentes y sus referencias políticas, que les hacen menos “nuevos” de lo que ellos pretenden.

Iglesias Turrión viene del izquierdismo asambleario universitario más rancio y demagógico, ha sido militante de IU –que sepamos─ y sus referencias internacionales más inmediatas son el radicalismo de Syriza y Txipras en Grecia y el populismo de la Venezuela de Maduro y Chávez. Sin duda, dos ejemplos de experiencias “nuevas” auténticamente calamitosas. Después de aplaudir estos dos modelos y de implicarse en ellos, nada hemos oído decir al Sr. Iglesias sobre el enorme fiasco del Gobierno griego de Txipras, ni del despropósito absoluto de la experiencia chavista. De hecho, no se le ha escuchado ni una palabra sobre lo ocurrido en las elecciones venezolanas, ni sobre los encarcelamientos políticos de varios opositores a Maduro.

Por lo tanto, es difícil entender el papanatismo militante de algunos periodistas y terturlianos que alaban continuamente no se sabe exactamente qué.

De Rivera podríamos decir otro tanto. Desde luego, no puede sostenerse que es nuevo quien lleva diez años peleando en el difícil mundo de la vida política catalana. Aunque no solo. Algunos sostienen que sus antecedentes conocidos fueron las Nuevas Generaciones del PP. Lo cual no importaría mucho si sus planteamientos actuales fueran genuinamente diferentes. Pero, ¿cuáles son realmente sus referentes internacionales? ¿Quiénes son los partidos con los que participa en alguna organización internacional? ¿Los conservadores, igual que Rajoy? ¿Los liberales? ¿Los demócrata-cristianos? A veces se escucha decir a Albert Rivera que su modelo es Dinamarca. Pero eso es un país y no un partido. ¿De qué partido danés se considera heredero o imitador? ¿De los partidos conservadores de Dinamarca?

En fin, todo esto resulta muy poco serio. Y creo que los españoles nos mereceríamos más respeto a la hora de que cada cual argumente sus propias posiciones y propuestas políticas.

Y, por cierto, no estaría mal que algunos moderadores de debates fueran más imparciales y objetivos a la hora de distribuir los tiempos de las intervenciones, y que dejaran de mostrar tanta prisa por acallar los argumentos de aquellos candidatos con los que no coinciden. ¡Menudos ejemplos de nueva política!

JOSÉ FELIX TEZANOS

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