HOMENAJE INTERPUESTO A B. O.
Los himnos se reconocen cuando se escuchan.
Luego desgraciadamente se olvidan.
Era una voz áspera y desgarrada,
impregnada de tabaco y alcohol:
Me queda la palabra.
Yo escuchaba, no sabía qué decir.
Era un tiempo sombrío.
Era la edad de la impaciencia.
¡Hijo, ten cuidado
con lo que haces, con lo que dices!
Mas el himno palpitaba
y se oía claro y conciso.
Quizá triste, pero contenía una esperanza:
Me queda la palabra.
El hombre vestía de negro,
De pie, con su pierna apoyada en una silla,
sostenía y tocaba su guitarra.
Se mostraba desposeído,
identificado con el verso del otro,
que a la vez era de todos.
Firme y convincente en su canto:
Me queda la palabra.
Cuando me levanté para abrazarle
se desvaneció delante de mí,
lentamente, como se desvanecen
nuestros más íntimos deseos.
II
¿Dónde está ese ángel fieramente
humano? ¿Dónde habita?
Ahora es un pollo de alas cortas,
hacinado en una jaula
de un mercado en China.
¿Dónde está ese ángel igual
al percibido por Rilke?
Ese que brilla y muestra
los obstáculos.
Ahora es un ahogado
y como tal nos representa.
I’am your man. Homenaje de Colectivo Rousseau a Leonard Cohen
Miér
coles día 30 Casa de Cultura San Lorenzo de El Escorial
Si juzgamos por lo que sucedió ayer, a propósito de la proyección de I’am your man, en la Casa de Cultura, habría que desmentir al reciente Premio Nobel de Literatura. El aforo de la sala, un miércoles de diario, y los aplausos finales de la concurrencia vendrían a demostrar que la respuesta está en la voluntad de la gente, que quiere y responde cuando se le ofrece. No flotando en ninguna parte.
La asociación cultural Colectivo Rousseau había propuesto el visionado de este documental como sencillo homenaje a la memoria de Leonard Cohen y la afición respondió contundente. Pero la historia viene de atrás. El Colectivo, por el que han pasado mucho personal y cantidad de propósitos –buenos, regulares y detestables algunos- y permanecido sin embargo, siempre, su alma mater, tiene detrás una historia de más de dieciséis años batallando contra viento y marea para acercar y disfrutar la cultura. Sí, la cultura. ¿Alguien tiene miedo? La cultura. Esa cosa que mejora a las personas. En nuestros pueblos hay quien conoce de cerca la labor del Colectivo, y hay quien la desconoce. Y hay quien la mira con desconcierto, Y hay, incluso, quien la ve con cierta prevención. Pero la labor queda. Por ejemplo, durante el último año en San Lorenzo ha estado gente muy notable, que dejó su saber sobre temas tan variados e interesantes como “el Dret a Decidir” (memorable exposición del amigo letrado García Regueiro); un homenaje al filósofo Manuel Sacristán; una excelente conferencia sobre el teatro a cargo de Sergio Santiago; o la presentación de dos libros, uno de Germán Cano, Fuerzas de Flaqueza, y otro la novela Antaño en Paramoñano, de nuestro amigo Alfonso Peláez; hablamos del o TTIP, con Jorge Brocato;también de Ulrich Beck, y salimos muy contentos con el homenaje a Blas de Otero, con una excelente exposición de Antonio Chazarra que hemos colgado en Descargas de la sección de poesía, para que todos puedan leerla. Todos desgranaron sus ideas, aquí, gracias al “Rousseau”.
Actualmente, el Colectivo quiere impulsarse y crecer. En actividades y en alcance. Queremos hacer más cosas y queremos llegar a más gente. Con independencia y con el espíritu libre. Con más cine “invisible”; con más conferencias de hombres y mujeres prestigiosos; con más documentales sobre cualquier tema relevante; y, como novedad, desde el 14 de diciembre, todos los segundos miércoles de cada mes en la antigua biblioteca “Manuel Andújar” con Tardes para el diálogo. (ir a descargas) Un foro abierto en el que debatir con libertad y sin prejuicios sobre cualquier idea que sea digna de controversia intelectual. Y todo ello, por qué. Porque la respuesta no está flotando en el viento sino en las ganas y en la voluntad de las personas. Decía Cohen que hay que abrir grietas para que entre la luz, nosotros queremos que entre la luz y además, cómo no, agrietar un poco el capitalismo, como nos recomendaba John Holloway.
DEL FORO piedrasdelguisante
El dolor de ahora es parte de la felicidad de entonces. Ese es el trato»
Algunas veces pienso que intentar expresar lo que para ti significa el amor a primera vista con una película o más exactamente el “coup de coeur” (“golpe de corazón” literalmente), como lo llaman los franceses, es lo más complicado que existe, porque entre la obra y el espectador se produce una conexión tan profunda que es casi imposible observarla fuera de ti mismo, como mero crítico objetivo. Esta película dirigida en 1993 por Richard Attenborough, me ha acompañado desde mi adolescencia como un tesoro, hasta tal punto que las frases del guión han llenado mis agendas y carpetas desde hace mucho tiempo. Y no importa las veces que la haya visto, siempre me aprieta el corazón de la misma manera, me deja sin respiración, como pensando, “esto es, esta es la vida, este es el amor, esta es la muerte”.
Sobra decir que esta es la mejor obra de Attenborough (“Un puente demasiado lejano”, 1977, “Gandhi”, 1982), no sólo objetivamente, sino que es la única película en la que trasciende la pantalla para reflejar algo de sí mismo, que va más allá. Lamentablemente, ha sido ignorada por muchos críticos y no resulta tampoco especialmente conocida por el gran público. Pero, ¿sabéis una cosa? Es un secreto a voces, algo místico que debe descubrirse en el momento adecuado, sea en la adolescencia (como me pasó a mí) o sea en el estadio adulto (como le ha pasado a otros).

“Tierras de penumbra” cuenta una historia simple, pero repleta de mensajes tanto religiosos, como filosóficos, como espirituales. Es una película pseudo biográfica basada en el libro corto de C.S. Lewis, “La pena en observación”, aunque sin ser propiamente una adaptación del libro. El conocido académico de Oxford y escritor británico, C.S. Lewis (Anthony Hopkins), autor entre otras novela de “Las Crónicas de Narnia”, lleva una vida austera, rutinaria, erudita y ordenada, dando clases y conferencias e intercambiando saberes con otros eminentes académicos, hasta que su vida queda trastocada por completo con la llegada de Joy Gresham (Debra Winger), poetisa americana impulsiva, espontánea, judía y comunista, y su hijo Douglas (Joseph Mazzello). Lo que en un principio es mera amistad, surgida sobre todo por discusiones y argumentaciones literarias, se irá transformando en un sentimiento amoroso, que, sin embargo, pasa desapercibido para el rígido escritor. Hasta que la realidad le da un golpe tan duro que comprende perfectamente que tiene el amor de su vida delante de las narices y que no quiere perderlo por nada del mundo.
Rodada en buena parte en espacios naturales, con una fotografía inmensa, cuenta con una puesta en escena magistral, que acompaña perfectamente la evolución de los personajes, dentro de unos espacios recurrentes (la universidad, la casa del escritor, la estación de tren), que dotan de gran coherencia y densidad a la historia, pues dentro de esos reiterados espacios se obra el milagro de la transformación de un ser racionalista e intelectual, que no conoce del amor y de la vida más que por los libros que lee y escribe, a un ser lleno de magia, que vuelve a mirar el mundo con la curiosidad de un niño. Como los niños a los que se dirigen sus novelas de fantasía, como los niños que atraviesan el armario en sus Crónicas de Narnia, como el niño que él mismo fue alguna lejana vez.
El magnífico personaje interpretado por un Hopkins en estado de gracia (vamos, como nos tiene acostumbrados, destilando una emocionante verdad y contención hasta la explosión del drama), sufre una agonía constante por sus pensamientos sobre la vida y sobre todo por sus disertaciones unamunianas sobre Dios (“el dolor es el megáfono que Dios utiliza para despertar a un mundo de sordos”, “El sufrimiento es el cincel que Dios emplea para perfeccionar al hombre”), hasta que se da cuenta que ese sufrimiento sobre el que tanto discute es un sentimiento nimio comparado con el sufrimiento que puede depararle la vida, al saber que lo que más ama es efímero. Las miradas de Hopkins (en la estación de tren cuando recibe por segunda vez a Joy y a su hijo, o cuando se da cuenta de lo que de verdad siente por ella en su conversación con el cura) son de esas que difícilmente pueden olvidarse. Debra Winger no le va a la zaga, pues interpreta los momentos más trágicos como pocas actrices consiguen (recordemos “La fuerza del cariño”, por ejemplo).
Debo advertir que es una película de profundo estilo europeo, es decir, de ritmo pausado, aunque no lento, pues, sobre todo al principio, se suceden escenas cortas que acaban en punta, con frases agudas, hasta que el drama va cambiando la forma de dirigir y nos encontramos secuencias más largas y melodramáticas.
La banda sonora de George Fenton es un lazo de oro para el drama y los temas universales que se tratan en el filme.
A destacar la escena que se desarrolla en la habitación del profesor hacia la última parte de la película, no sólo por lo que significa, su sencillez y profundidad, sino por la forma en la que está rodada, con 8 posiciones de cámara en un espacio reducido; así como la conmovedora escena del escritor y el niño en el desván, en la que no vemos a un adulto y a un niño, sino a dos niños desamparados.
En resumen, una película sensible (pero sabiamente contenida), que trata de forma inteligente temas como la vida, la muerte, las dudas (es tierra de penumbras), el amor, la infancia, el dolor, la felicidad, la religión.
Sí, soy poco objetiva, porque cada vez que acabo de verla tengo la cara llena de lágrimas y al recordarla me pasa lo mismo. Es lo que tiene un alma en penumbras como la mía, que siempre persigue con una sonrisa el sol al otro lado del valle, a la vuelta de la esquina y sabe que la felicidad de ahora es parte del dolor de entonces. Espero que el dolor no llegue, pero que cuando llegue lo haga como un vendaval, como un torrente, como un tsunami, porque eso significará que he amado, que he disfrutado, que he bailado bajo la lluvia, que he vivido.