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Fomento de la cultura y profundización de los valores democráticos y del medio ambiente

06 PM | 21 Ene

La azarosa vida de Antoine Doinel

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Antoine Doinel tenía 12 años cuando le vimos por primera vez. Estaba en clase, castigado sin recreo, escribiendo en las paredes de la escuela: “Aquí sufrió el pobre Antoine Doinel castigo injusto de un profe cruel, por una pin-up hecha de papel. Entre nosotros será siempre ojo por ojo, diente por diente”. Recibía por su osadía el primero de los cuatrocientos golpes que le vimos encajar durante su infancia. Cuatrocientos golpes de un martillo que forjarían la melancólica rebeldía de uno de los personajes más queridos de la historia del cine: ese chiquillo perdido en el París de mitad de siglo que le ponía velas a Balzac y soñaba con ver el mar, el joven enamoradizo y tímido, el adulto quebradizo de los oficios delirantes, el mentiroso tan chapucero que generaba compasión, el adúltero más honesto, el soñador pasivo-agresivo, el eterno corredor en fuga.

françois truffaut jp léaudFrançois Truffaut y Jean-Pierre Léaud, durante el rodaje de Los 400 golpes.

François Truffaut dirigió Los 400 golpes, su opera prima, en 1959. La historia del niño Antoine, hijo de un matrimonio sin amor, un buen chico considerado conflictivo tan solo por soñar con cosas perfectamente posibles, como recibir un poco de atención y cariño de unos padres cumplidores, pero egoístas y ciegos a la sensibilidad de su hijo. Antoine Doinel, el personaje fabulado por Truffaut, era un alter ego de sí mismo durante la infancia. El director había tenido una niñez y adolescencia complicadas, pasando por varios reformatorios. Contar la historia de esos años fue la manera de rendir cuentas con el pasado, y de ajustarlas con aquellos que le habían zarandeado sin piedad. Eligió para encarnar el papel a Jean-Pierre Léaud, un niño que ya había participado en una película antes, y que tenía entonces 13 años. Nació de esa decisión una de las más bellas historias de amistad de la historia del cine. Léaud y Truffaut trabajaron juntos en seis rodajes después de Los 400 golpes, cuatro de ellos interpretando el papel de Antoine Doinel: Antoine y Colette: el amor a los 20 años (1962), Besos robados (1968), Domicilio conyugal (1970) y El amor en fuga (1979).

Los cinco films sobre la vida de Antoine Doinel —cuatro largometrajes y un corto de 29 minutos—, desde su dura infancia a la edad adulta, componen una maravillosa biografía de ficción. Truffaut tocó el cielo cinematográfico con Los 400 golpes, jamás volvería a alcanzar los altares poéticos de su opera prima; quizás consciente de eso dejó como regalo una de esas cosas que no suelen ocurrir, la continuación de un personaje a lo largo de los años, tratado con tanto respeto que creció junto al propio actor que lo interpretaba. Ninguna de las películas de Antoine Doinel después de Los 400 golpes alcanzó el nivel de la primera entrega, pero todas ellas contienen esa gracia y agilidad propia del talento creativo de Truffaut, con momentos verdaderamente maestros de narración cinematográfica, destellos de ese talento para contar y conmover desde la naturalidad —a veces por completo inverosímil, aunque resulte paradójico— que poseía François Truffaut.

Los 400 golpes

En Los 400 golpes conocemos los avatares del niño Doinel, y su ingenio para escapar de ellos. La primera noche que escapa de su casa y la pasa deambulando por las calles y resguardado por su leal amigo René, es una de las más hermosas secuencias jamás filmadas. La fragilidad del crío que aprende a robar la leche de los portales, su inventiva para romper la escarcha de las fuentes y lavarse la cara, la fortaleza de estar convencido de poder salir adelante por sus propios medios. Es conmovedor ver a ese pequeño Antoine, recibiendo uno detrás de otro todos los guantazos y desilusiones posibles. Y es por eso que, cuando le encierran en el reformatorio, no podemos dejar de sentirnos igualmente encerrados. Y cuando, en un momento de descuido de la vigilancia del centro, el sagaz Antoine aprovecha para escapar corriendo por el bosque, sin mirar atrás, sin detenerse a descansar, movido por un irrefrenable deseo de libertad, no se puede sino alentarle en su fuga. Corre y corre hasta llegar al mar, pisar arena de playa por primera vez en su vida, mojarse los zapatos y mirar fijamente la inmensidad del océano. El pequeño Antoine Doinel ha triunfado, los ha dejado a todos atrás y se ha valido de sí mismo para cumplir uno de sus sueños: ver el mar. Truffaut nos despide de Antoine en esa playa, mirando a cámara, es decir, mirándonos directamente a los ojos. Es, quizás, el mas bello final del cine.

Los 400 golpes Antoine DoinelLos 400 golpes (1959) / Imagen: Les Films du Carrosse.

Truffaut no solo contó la historia de un niño como el que él fue, sino la historia de una época, en su film cristalizó la identidad de una generación de posguerra, urbana, alegre y al mismo tiempo aún cohibida por el eco histórico de la ocupación. Una generación de niños con ansias de libertad que encontraban su primer objetivo de rebelión en el sistema de enseñanza francés, escolástico y autoritario. Hizo ese retrato social, dibujó esa atmósfera hermosamente lluviosa del París otoñal, de la ciudad prometida para las artes y la bohemia. Pero además dejó una de las narraciones más auténticas sobre la infancia. En Los 400 golpes están los sufrimientos y alegrías de los niños de todas las generaciones, el sueño de crecer, la huída, el descubrir terrenos imposibles, la incomprensión del amor. Y por supuesto, lo que la convirtió en obra maestra, una forma de rodar nueva para contar todo eso, una manera diferente, en la que el movimiento sería una cuestión moral. Con Los 400 golpes, como bien se sabe, no solo nació al cine Antoine Doinel, sino el propio cine para sí mismo, la Nouvelle Vague, una ola que barrería de convencionalismos la vieja playa del cine anterior.

Antoine y Colette: el amor a los 20 años

Volvimos a encontrarnos con Antoine en París, una mañana pocos años después de su huída. Fue entonces cuando descubrimos que su escapada infantil duró cinco días, que después fue ingresado de nuevo en un reformatorio, esta vez uno con mayores medidas de vigilancia. El narrador de Antoine y Colette nos desvela, nada más arrancar el episodio del film colectivo El amor a los veinte años, antes de ver al joven Antoine, que después de los cuatrocientos golpes de su infancia, al fin ha logrado cumplir su sueño: tener un trabajo, pagarse un apartamento propio y ser completamente independiente, sin tener que rendir cuentas a nadie.

Antoine-et-Colette DoinelAntoine y Colette: el amor a los 20 años (1962) / Imagen: Les Films du Carrosse.

Antoine tiene entonces 17 años y trabaja en la Phillips, haciendo discos de vinilo, su primer trabajo —y uno de los pocos normales que tendrá en la vida que le conoceremos—. Se despierta por la mañana y saluda al mundo en un nuevo día desde el balcón de una pequeña habitación en la bulliciosa París. En su tiempo libre acude a los conciertos de las Juventudes Musicales, es allí donde el amor le sacude por primera vez. Conoce a Colette, otra joven aficionada a la música clásica. Antoine, el enamoradizo a primera vista, tiene su primera experiencia con las mujeres. Idealizada en la distancia que separa sus butacas en los conciertos, veremos al pobre Antoine vencer sus primeros miedos con el amor, la gran preocupación que le dominará en adelante. El aún un poco niño Antoine sufre por Colette, que nos lo deja abandonado con sus casi primeros suegros, con el corazón roto, humillado. La felicidad que nos produjo volver a saber de Antoine se queda con un regusto amargo al tener que volver a despedirlo en una encrucijada, herido.

Besos robados

Hay deshonores que son un honor. Volvimos a saber de nuestro querido Antoine Doinel en el momento de ser licenciado del ejército tras un intento de deserción. La recuperación de su libertad, la vuelta a la vida civil significa la búsqueda de Christine Darbon, un nuevo amor que nos es conocido por primera vez. Christine, como Colette, otra hija de padres amables, será a la postre el gran amor de Antoine. El joven vuelve a París, a la vida, y lo hace de la única manera que le es natural, corriendo, corriendo como si fuera el último día antes de morir, intempestivo y melancólico.

Besos robados Antoine DoinelBesos robados (1968) / Imagen: Les Films du Carrosse/Les Productions Artistes Associés.

Besos robados es, tal vez, la mejor de las películas de Antoine Doinel después de Los 400 golpes. Truffaut ofrece algunas secuencias verdaderamente inolvidables. Antoine y Christinne experimentarán el tira y afloja, las contradicciones del amor juvenil, el vértigo de conocerse a uno mismo mediante la experiencia de descubrir en su intimidad a otro ser humano. Antoine frente al espejo de su cuarto de baño, mirándose fijamente, concentrado, repitiendo el nombre de su amor, Christinne Darbon, hasta dominar todas sus sílabas, domesticando el sonido de sus letras. Y después el suyo, que se le atraganta, su propio nombre, con que el que se trastabilla, convertido en un trabalenguas: “Antoine Doinel. Antoine Doinel. Antoine Doinel; Antoine Doinel, Antoine Doinel Antoine Doinel AntoinedoinelAntoinedoinelantoinedoinel”. La secuencia es uno de los mejores ejemplos de siempre del cine de autor, sus nuevas formas y preocupaciones. Una secuencia que, a buen seguro, el mismo Ingmar Bergman hubiera gustado de filmar. Al bueno de Antoine le dejamos en delicadas manos, las de la adorable Christinne, enseñándole —en otra secuencia memorable— cómo untar una tostada de mantequilla sin que se rompa, tan sencillo (y tan difícil) como colocar dos tostadas juntas, una encima de otra.

Domicilio conyugal

Comiendo mandarinas —un extraño símbolo truffatiano— le vimos quedarse frente al televisor con los padres de la insensible y cruel Colette, con el corazón hecho trizas. Y con mandarinas para su paladar arrancan los años de felicidad matrimonial de Antoine, junto a Christine. La primera secuencia de Domicilio conyugal, la cuarta película sobre la vida de Antoine Doinel, es la primera que no comienza con su atribulado protagonista. Otro personaje le ha robado la iniciativa por mérito propio, la bella y sonriente Christine, con la que recién acaba de casarse, pasea por París con su violín a cuestas, regalando sonrisas y comprando mandarinas para su Antoine. No se puede quejar el eterno corredor en fuga, lo tiene todo, una compañera magnífica, un pisito en un bloque de vecinos locos y encantadores, y un oficio tan cómodo e imposible como el de vendedor de flores tintadas de colores que él cree inventar. ¿Cómo hará Antoine para meterse en líos y echar por tierra todo lo bueno que tiene? Ay, las mujeres… así hará el inconsciente Doinel para arruinar el paraíso.

domicilio conyugal Antoine DoinelDomicilio conyugal (1970) / Imagen: Les Films du Carrosse/Valoria Films/Fida Cinematografica.

Antoine, que ya en Besos robados pasará por toda suerte de oficios peculiares —de recepcionista de hotel a detective privado—, continúa engrosando su estrambótico currículum, dejando el negocio de las flores coloreadas por el de piloto a control remoto de maquetas acuáticas en una multinacional estadounidense de no se sabe muy bien qué sector. Será allí, en el pequeño lago artificial en las dependencias de la empresa, donde conocerá a una enigmática señorita japonesa que le roba el corazón. Antoine deberá enfrentarse a uno de los momentos más críticos de su vida adulta al encontrar a la desengañada Christine vestida de pies a cabeza con un traje tradicional nipón. La fuerza de tal impacto no bastará para que reconsidere su aventura, habrá de ser él, por sí mismo, quien deje atrás el desliz y reconozca sus errores.

Es en Domicilio conyugal cuando los viejos compadres de Antoine, los que le entendimos y le apoyamos desde este lado de la pantalla, dejamos de entenderle, y no nos quedó otra opción que reprenderle. ¿Cómo puede ser que justo en el momento más feliz —¡cuando acaba de ser padre!— traicione de manera tan fea a la maravillosa Christine? Y sin embargo… es Antoine, el mentiroso más torpe del mundo, el adulto más inmaduro que el niño que fue. Es Antoine, un personaje totalmente creíble, pero más ficticio que nunca. Un personaje que ha cobrado vida y parece actuar por sí mismo, en función a las normas de un universo igual de ficticio, tan creíble pero imposible como para que Christine le acabe perdonando y vuelvan a disfrutar de la vida en común.

El amor en fuga

“Toda mi vida no es más que correr sobre cosas que asombran”, dice la canción de Alain Souchon que sirve de banda sonora para el último de los capítulos que veremos de la primera parte de la vida de Antoine Doinel.

amour-en-fuite-Antoine DoinelEl amor en fuga (1979) / Imagen: Les Films du Carrosse.

Alphonse, el hijo de Antoine y Christinne, tiene ya nueve años cuando comienza El amor en fuga —último de los films sobre Antoine Doinel—, y sus padres están definitivamente separados y a punto de ser el primer matrimonio de Francia en divorciarse de mutuo acuerdo. Al final, el incorregible Antoine ha seguido haciendo de las suyas, y pierde a Christinne. Sigue igual de inmaduro con treinta y tantos que  a los veinte, quizá más. Ha cumplido su sueño de escribir una novela —autobiográfica, por supuesto— y de publicarla, y trabaja como corrector de pruebas en una imprenta. Su nuevo amor se llama Sabine, es más joven que él, y resulta una mezcla perfecta de sus dos grandes amores anteriores, Colette y Christine. ¿Será el amor definitivo, el que le haga sentar la cabeza? De inicio no parece que ese vaya a ser su destino. En El amor en fuga Truffaut se decide a dar carpetazo a Doinel, un alter ego que desarrolló identidad propia y que ya vuela por sí solo. Pero antes de eso estará obligado a hacer examen de conciencia.

El amor en fuga es una delicia nostálgica para todos los viejos conocidos de Antoine Doinel. Tiene desde el minuto uno ese halo de la despedida que se sabe. Y lo único que queremos, llegados a este punto, es que Antoine sea feliz. Es un liante, no cabe duda, pero le tenemos tanto cariño, nos recuerda tanto al niño que fue, que no podemos sino sentir conmiseración por su ingenuidad, por la fragilidad de su fortaleza siempre atacada. Queremos que tenga suerte y que se le perdonen los errores, porque descubrimos que no siempre son culpa suya. Es emocionante y triste conocer la historia de la muerte de sus padres, el por qué no estuvo en el funeral de su madre. Es emocionante y triste ver de nuevo a Colette y el amor —como de primos— que le profesa a su Antoine, la sonrisa de esa mujer trágica al ver de lejos a su viejo amigo y decir: “Antoine se va corriendo, por lo visto no cambiará nunca”. Así es, Antoine no cambiará nunca, saldrá siempre corriendo cuando menos se espere, subirá a un tren sin billete solo porque necesita hablar sin parar con alguien que ha visto, y no importa que lo lleve a cientos de kilómetros. Él estará siempre donde le mande su corazón imprevisible.

antoine doinelLa felicidad de Antoine.

Antoine Doinel es un personaje maravilloso, primero un niño con mirada de adulto, luego un adulto con mirada de niño. La última vez que le vimos, besándose con Sabine en una tienda de discos bajo la música de Alain Souchon, sintiéndose en ese beso como cuando de niño montó en una atracción que le hacía dar vueltas sin parar, y sentirse ingrávido, zarandeado, pero de placer, de felicidad, es el final perfecto para una vida inventada que no pudo ser más verdad. El eterno niño en fuga que siempre estará viendo el mar.

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01 PM | 18 Ene

TARDES PARA EL DIÁLOGO (tercera sesión)

3º sesión, 8 de febrero, 19:00h. Biblioteca Manuel Andújar.

 

¿El crecimiento de la riqueza supone más riqueza para todos?

 

Como todo el mundo sabe, Davos es la estación invernal suiza donde Thomas Mann ambientó La Montaña Mágica. Desde hace veintitantos años también es donde se reúnen a mediados de enero, cada año, lo más florido de las élites con poder. Los que mandan de verdad. Sakira incluida. El Foro Económico Mundial. Este año están allí desde el día San Antón. Esa reunión y algunos datos que allí se están manejando me inspiran, hoy, la pregunta que incite al próximo debate.

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09 PM | 16 Ene

¿POR RADIO LAS TARDES PARA EL DIÁLOGO?

Escribo éste blog el mismo día que murió Joyce en Zurich, después de releer el cuento “los muertos (soy un mitómano empedernido), a una jornada de celebrarse San Félix y metido de lleno en las vicisitudes del “proyecto Nietzsche”. Hablaremos de las vicisitudes y del proyecto más ampliamente en otra ocasión.

Ahora lo que hacemos es poner en valor las TARDES PARA EL DIÁLOGO, que podrían ser retransmitidas por radio. Estoy particularmente contento pues en el libro recientemente publicado por Manuel Arias Maldonado y que tiene el sugerente título de: “Democracia sentimental. Política y emociones en el siglo XX”, las preguntas son muy similares a las que nos hicimos: ¿Es el sujeto soberano, postulado por el liberalismo clásico, el sujeto político auténtico o es poco realista y falsa esa concepción del ciudadano que prescinde de lo sentimental? ¿Está la democracia parlamentaria, de tradición ilustrada, bien asentada para afrontar el reto que la cuestiona? Esas y otras del mismo calado son de las cosas que hablamos en la Biblioteca Manuel Andújar los segundos miércoles de cada mes.

Otra cuestión que sobrevoló la mesa fue un debate de mucha actualidad y que la analiza Manuel Delgado en su libro Ciudadanismo. Plantea a modo de pregunta éste filósofo (nos hacen falta los filósofos) si el ciudadanismo es hoy el resultado de un proceso de regeneración de la socialdemocracia y de la izquierda liberal, al que han ido a ampararse los restos del naufragio de la izquierda y del izquierdismo. Mucho me temo, y aunque Pedro Puig no esté de acuerdo, que tendremos que volver sobre estas cuestiones, sobre si estamos ante un nuevo modelo pseudoideológico mediante el cual el sistema capitalista aspira a sugerir que puede ser más humano y, en nombre de tal posibilidad, encauzar las fracciones conflictivas de la sociedad en movimientos sociales ajenos a enfoque tradicional de la lucha de clases. No queremos extendernos pero de  la experiencia de los presupuestos participativos de nuestro pueblo podríamos extraer algunas conclusiones.

Seguro que ya Alfonso a éstas horas está estudiando las preguntas para el próximo “TARDES PARA EL DIÁLOGO”. Las cuestiones a debatir las “colgamos” en Descargas con el tiempo suficiente para completar la documentación que cada uno tengamos.

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12 AM | 16 Ene

HITCHCOCK/TRUFFAUT, DE KENT JONES

Hitchcock/Truffaut, de Kent Jones

En el verano de 1962 tuvo lugar en los estudios Universal de Hollywood un encuentro entre dos directores de cine. Uno, francés, tenía 30 años y el otro, inglés, alcanzaba ya los 63. Uno había dado ya muestras de su talento con tres películas y el otro se encontraba en plena madurez, con varios éxitos a sus espaldas y terminando el montaje de la que sería otra obra para recordar, sobre unos pájaros que atemorizaban a una población californiana. Aquel encuentro se prolongó todos los días de una semana en jornadas de varias horas y fue el origen de una amistad que se prolongaría hasta la muerte de ambos y el de un libro que se publicaría en 1966 y que se convertiría en una referencia inmediata para los aficionados al cine del director inglés y un canto de amor al llamado séptimo arte. El libro se llamó El cine según Hitchcock, en homenaje al realizador de Rebeca (Rebecca; 1940), La ventana indiscreta (Rear Window; 1954), Vértigo. De entre los muertos (Vertigo; 1958), Psicosis (Psycho; 1960) o Los pájaros (The Birds; 1963), entre muchas otras. Un realizador al que le decían “el mago del suspense”, que por el carácter comercial de sus filmes era poco valorado como autor de primera categoría y cuyo prestigio fue puesto en valor por un puñado de críticos franceses que pasaron a la acción tras la cámara, especialmente por uno que venía de hacer Los 400 golpes (Les quatre cents coupes; 1959), Tirad sobre el pianista (Tirez sur le pianiste; 1960) y Jules y Jim (Jules et Jim; 1962), François Truffaut. Su cine, enmarcado en el estilo de la Nouvelle Vague, dando prioridad al plano que respira con naturalidad, con la imperfección de la vida misma, no parece concordar mucho con el de alguien que predicaba que todo lo que se veía en pantalla se ajustara a una idea preconcebida muy concreta, más cinematográfica que realista. Sin embargo, Truffaut siempre admiró la voz propia de Hitchcock y de ese choque de sensibilidades se nutre el documental Hitchcock/Truffaut (íd.; Kent Jones, 2015).

hitchcock truffaut

Hitchcock/Truffaut está dirigido por el escritor y crítico Kent Jones, mano derecha de Martin Scorsese en documentales dedicados a las figuras de Val Lewton y Elia Kazan y guionista de la película Jimmy P (íd.; Arnaud Desplechin, 2013). Precisamente, Scorsese y Desplechin son dos de los directores que aparecen en Hitchcock/Truffaut para glosar la figura de los protagonistas y su encuentro en los años 60, en una nómina que también incluye a David Fincher, Wes Anderson, Richard Linklater, James Gray, Olivier Assayas, Peter Bogdanovich, Paul Schrader y Kiyoshi Kurosawa. Ellos dan testimonio de lo que les influyó la lectura de El cine según Hitchcock y lo que encuentran más relevante del legado que ha dejado la obra de ambos. Asimismo, Jones nos ofrece algunos momentos del audio de la entrevista entre Truffaut y Hitchcock, en la que el primero se muestra con el tímido respeto del joven que va a visitar a un prestigioso profesor y el segundo habla con la seguridad del que las ha visto de todos los colores, haciendo gala de la ironía con la que tantas veces impregnó sus películas. Jones parece adoptar el mismo punto de vista que Truffaut en su momento y es especialmente en Hitchcock en quien centra su atención, para hacer un rápido repaso a su filmografía y detenerse en desgranar Vértigo, Psicosis y Los pájaros, en la planificación y el montaje de algunas secuencias que han quedado en la memoria del público, aficionado o no.

Es lugar común decir que a la mayoría de las películas les sobra metraje, que se podría haber acortado tal o cual escena o que cierta subtrama está más alargada de lo que debería. Sin embargo, hay ocasiones en las que se echa en falta un mayor desarrollo de algunos aspectos y ese es el caso de este documental, que se hace corto en sus 80 minutos y le deja a uno con ganas de que se hubieran explorado unos cuantos detalles. Sin ir más lejos, que se hubiera hablado un poco más de otras películas de Hitchcock por las que aquí se pasa de puntillas, como Rebeca, La ventana indiscreta, La soga (Rope; 1948), Crimen perfecto (Dial M for Murder; 1954), Frenesí (Frenzy; 1972), así como de otras de las similitudes entre el realizador británico y el francés. Se comenta la influencia de la infancia de ambos en su obra, del miedo a la policía de Hitchcock y la búsqueda de una figura paterna en Truffaut, pero se pasa por alto un tema interesante como es el paralelismo en su relación con las actrices. Mientras Hitchcock las deseó y tuvo que conformarse con la observación de Grace Kelly, Kim Novak o Tippi Hedren, construyendo una imagen a tono con sus fantasías (rubias de aspecto gélido y apasionado interior), Truffaut las concedió un carácter más abierto y más intrépido en el ámbito amoroso y mantuvo relaciones con varias de ellas (caso de Jeanne Moreau, Catherine Deneuve o Fanny Ardant). Si Vértigo podría leerse como la cinta más autobiográfica de Hitchcock, con ese protagonista obsesionado con crear una mujer que responda a sus deseos, la equivalencia en Truffaut estaría en El amante del amor (L’homme qui aimait les femmes; 1977), en ese hombre que deseó y amó a todas las mujeres que pasaron por su lado. Dice Kent Jones que Hitchcock/Truffaut no pretende complacer a los cinéfilos y este tono, más divulgativo que erudito, se trasluce en estas exploraciones apenas abordadas y que podrían haber dado lugar a un documental mucho más jugoso. A pesar de ello, el producto final es de un indudable interés y pone su granito de arena para que las nuevas generaciones se sientan interesadas en saber un poco más sobre ese director del que quizá han oído hablar por la escena de la ducha y la música de Psicosis, tantas veces imitadas y parodiadas. Un granito de arena como el que en su día quiso poner François Truffaut cuando se decidió a hablar en profundidad con (y de) un creador que tantas carreras fílmicas y tantas cinefilias y cinefagias ha estimulado.

un texto de DAVID GARCIA GALLARDO

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04 PM | 03 Ene

El Colectivo te necesita.

Quienes seguís más de cerca las actividades de la asociación Colectivo Rousseau estáis al corriente del estirón, medio adolescente, que estamos queriendo dar. Por eso necesitamos vitaminas. Naturalmente se trata de un estirón cualitativo. Nunca seremos el más alto de la pandilla. Nos conformamos con ser el simpático, pilluelo y bien informado que siempre da en la diana. O, al menos, nueve de diez.

Pues el caso es que el cine, como actividad básica, se autofinancia, y por tanto en esa división nada que cambiar. En la Sala Juan Negrín seguiremos viendo películas invisibles en los circuitos comerciales al uso, por los módicos 3€ la sesión habitual, o por los 8€ de tarifa plana mensual.

Pero insisto, el estirón requiere vitaminas. Concretamente una dosis de 20€ anuales. Es la cantidad estimada y prescrita para financiar los pequeños gastos logísticos que acarrean las otras actividades, como “Tardes para el Diálogo”, el mantenimiento de la web, o los distintos actos culturales (recitales de poesía, conferencias, proyección de documentales) que si bien están amparados, normalmente, por las instalaciones de la Casa de Cultura, de todos modos ocasionan pequeños costes para producir carteles, u otra serie de gabelas.

Queremos tener socios que aporten esos 20€ anuales. Y a cambio, ¿qué? Me diréis. A cambio el orgullo y la satisfacción de contribuir al mantenimiento de una asociación con el prestigio y la capacidad de convocar y traer a nuestro pueblo el Homenaje a Blas de Otero, por ejemplo; o al resto de ilustres ponentes que pusieron su talento y su saber a disposición del Colectivo y de toda persona capaz de pensar que no solo de pan vive el hombre, y además se orienta en la vida por esa creencia.

En los próximos días la asociación abrirá una cuenta corriente en la que se podrán ingresar los 20€. Un ingreso único, y hasta el año que viene. El ingreso supone la inclusión automática en la nómina de socios. Es decir, la posibilidad de participar en la asamblea anual ordinaria, así como a disfrutar de todos los derechos contemplados en los estatutos.

Lo dicho. La cultura te necesita. El Colectivo Rousseau te necesita. Contribuye a dar el estirón.

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