
Mircea Cărtărescu
Nostalgia
Traducción de Marian Ochoa de Eribe
Introducción de Edmundo Paz Soldán
Un tour de force narrativo sorprendente, afrodisíaco, literariamente impactante, de la mano de una de las máximas figuras de las letras europeas actuales.
Nostalgia, la obra que consagró a Mircea Cărtărescu como la voz más potente de las actuales letras rumanas, constituye una auténtica revolución literaria. El volumen, de una calidad prodigiosa, se abre con El Ruletista, que narra la improbable historia de un hombre al que nunca le ha sonreído la suerte, pero que, sorprendentemente, hace fortuna participando en letales sesiones de ruleta rusa. En El Mendébil, un mesías impúber de aires proustianos pierde sus poderes mágicos con el advenimiento de su propia sexualidad, y se ve perseguido por una legión de jóvenes acólitos. En Los gemelos, Cărtărescu se entrega a la bizarra exploración de la ira juvenil, hasta desembocar en la pieza central del libro, REM, que narra la historia de Nana, una mujer de mediana edad, enamorada de un estudiante de instituto en una Bucarest pesadillesca, enciclopédica, que se eleva a la categoría de ciudad universal.
Después de cinco largometrajes y diversos trabajos en otros formatos, Paul Thomas Anderson se ha erigido como uno de los autores más influyentes y complejos del cine actual. Responsable también de los guiones de sus películas, P. T. Anderson ha creado ya una obra muy cohesionada pero en la que es apreciable, asimismo, una sugerente evolución. Si antes de cumplir los treinta años, Anderson era ya autor de dos obras capitales -«Boogie Nights» y «Magnolia», después de su también magnífica ópera prima, «Sydney»-, y tras el deslumbrante experimento que constituyó «Embriagado de amor», con «Pozos de ambición» ofrece una nueva obra maestra que, además, supone un trascendental paso en su trayectoria. Todas ellas son películas situadas en un difuso espacio entre la gloriosa tradición cinematográfica de su país y las corrientes más rigurosas e inventivas del cine contemporáneo, pero ante todo insobornablemente personales, ofreciendo con las mismas un complejo retrato de los EEUU que, como ocurre con los grandes autores, posee resonancias universales. En este libro se abordan algunos de las circunstancias que han marcado su carrera, se perfila la aportación de cada una de sus películas a la evolución de su autor, se analizan exhaustivamente cada una de ellas y se estudian las preocupaciones creativas que han caracterizado hasta ahora su obra y, sobre todo, cómo han ido tomando forma a lo largo de la misma.
Fernando Aramburu ganó el Tusquets 2011 con este libro, no obstante, el verdadero premio es el que recibe el lector al disfrutar de su lectura. Pocos libros cada año tienen el calado que el autor vasco despliega en su obra quien, sin alardes, con personajes sencillos, de barrio, es capaz de retratar la sociedad vasca del tardofranquismo y los comienzos de ETA con una pasmosa cotidianidad, tan sincera que parece ser la nota de un suicidio y, en gran parte lo es.
Esta obra breve, escrita en la madurez del autor, apenas sobrepasa las doscientas páginas y mantiene el formato cerrado del género teatral. La vivienda obrera de los tíos del protagonista en el barrio donostiarra de Ibaeta es el escenario sobre el que el elenco ejecuta la acción. A finales de los sesenta Txiki, el sobrino, cuyo verdadero nombre incluso ignoramos, en un niño navarro que por problemas familiares viaja a San Sebastián para aliviar la carga que su madre tiene con sus tres hijos. Allá la familia de su tío Vicente le acoje buscándole hueco en la habitación de Julen, el hijo mayor quien aleccionado por el cura, don Victoriano, se irá adentrando en los círculos germinales de ETA. Mientras la hermana de Julen, Mari Nieves, gorda y fea chica, no cejará en su empeño de ganar popularidad ‘dándoselo’ a todo chaval que se le cruza. El segundo acto está dictado previamente y podemos colegir que una tripa importante y un coche de los grises aparecen pronto en escena.
Aramburu ha compuesto su obra desde un formato dual, por un lado las supuestas memorias de Txiki, quien con pocas luces desde niño recopila sin mucho conocimiento lo acontecido y, por el otro lado los supuestos -o reales- apuntes del propio escritor sobre la creación de su futura novela. A fuer de querer evitar la veracidad de la misma no paramos de creérnosla más, y aunque muchas de las cosas contadas no sucedieron realmente, seguro que son arquetipos de lo realmente acontecido.
Años lentos es el efecto en el tiempo que el franquismo dejó en la sociedad española, especialmente en la vasca, donde “un minuto, duraba minuto y medio o más” según el punto de vista de sus protagonistas. Aramburu demuestra un exquisito equilibrio en la obra donde los buenos y los malos no aparecen separados sino que cada personaje se comporta así según van las cosas, más bien obligados a ejercer un papel que es la sociedad o el barrio quien lo impone. Fiel retrato de lo que cualquier hijo de vecino nacido en los cincuenta o sesenta haya vivido en cualquier ciudad pero que ubicado en Donosti y en la época que lo hace cobra una dimensión especial gracias al impresionante trabajo de su autor.
¡Lectores, el premio es vuestro! Leedlo
Pepe Rodríguez
Expresidente del CIS en el primer mandato de Zapatero, Catedrático de ciencia política de la Universidad Autónoma de Madrid y actual Director académico de la Fundación Ortega-Marañón, Fernando Vallespín es uno de los grandes nombres de la ciencia política española. En La mentira os hará libres, (Ed. Galaxia Gutenberg) su último libro, analiza cómo los políticos ya no necesitan mentir: simplemente construyen la realidad a través de marcos y narrativas para ocultarnos la verdad de sus acciones. Se han convertido en irrelevantes, en meros gestores de las decisiones que toman otros y tienen que aparentar que en esa tarea delegada cuentan con una voz propia.
Una de las cosas más llamativas de las que cuenta en el libro es cómo un contexto en el que es casi imposible entrever la verdad, acaba legitimando la aparición de toda clase de opiniones, incluso las más peregrinas, que exigen ser consideradas en términos de igualdad.
Uno de los asuntos que más me interesaban era analizar cómo se construye la opinión pública en un instante en que la realidad es manipulada sistemáticamente, construida y reconstruida, para que se ajuste a los intereses de cada cual. La idea de verdad se desvanece en ese contexto, convirtiéndose en algo que no puedes contrastar. Por otro lado, en esta sociedad individualista la idea de libertad la relacionamos con demasiada frecuencia con la posibilidad de opinar lo que nos dé la gana, sin tomarnos la molestia de argumentarlo. Así, en nuestro país (también en otros, pero en el nuestro especialmente) existe la sensación de que hay que opinar de todo y la gente opina por opinar, algo de lo que los políticos se benefician, ya que fortalecen aquellas opiniones que les vienen bien. Pero, por otra parte, la política real se escapa a las opiniones y se nos impone la tecnocracia.
Describe dos esferas que no se comunican. Una, en la que se decide y donde no hay discusión posible; otra, la de opinión pública, donde la gente se interrumpe, da voces, y se quita el turno de palabra, pero que carece de influencia real.
La lógica de la política está interfiriendo en la aplicación de los criterios tecnocráticos
Eso es lo que tenemos. El mundo de la democracia es una gran noria, donde unos hacen girar a otros, unos aplauden a otros, etc., mientras que quienes toman las decisiones lo hacen únicamente a partir de criterios tecnocráticos. Son dos dimensiones que chocan en su lógica íntima. No se trata de que vivamos en la mentira, sino de que lo hacemos en un mundo donde la realidad se construye y todas aspiran a tener la misma legitimidad, porque cualquiera puede pronunciarse, todo parece tener igual valor y no podemos decir qué es lo verdadero. Por eso lo que trato de trasladar en el libro es el anhelo de que nos tomemos los hechos en serio y los diferenciemos de las opiniones.
El hecho de que la verdad se haya convertido en una opinión es algo muy perverso. Y muy difícil de revertir…
Sí, pero luego te encuentras, por una parte, con que hay determinados hechos que no puedes cuestionar, como la reducción del gasto público, porque están fuera de toda deliberación y, de otra, con gente que lo único que hace es quejarse porque la bajan el sueldo. Lo cual está muy bien, pero ¿qué alternativa ofrecen? Lo que echo en falta, en realidad, es un mayor diálogo entre la percepción tecnocrática de la realidad y la percepción de la gente común. Porque hay que contar quién toma la decisión y quiénes se ven afectados. Hay que tener en cuenta que la democracia es incompatible con la verdad. Tú no sometes a votación cómo hay que aterrizar un avión; el experto lo aterriza y ya está.
Sí, pero el problema es que estamos en un instante en que tampoco la tecnocracia parece funcionar del todo. Si alguien dice tener la fórmula técnica para salir de la crisis, la aplica, y no hay buenos resultados, empieza a manifestarse un desencanto bastante peligroso.
La democracia es incompatible con la verdad: no sometes a votación cómo se aterriza un avión

Porque tampoco se han aplicado de verdad los criterios tecnocráticos, ya que la lógica de la democracia ha interferido en ellos. No hay nunca una decisión democrática pura, sino que está modulada por elementos partidistas, y eso genera frustración en la gente. Tienes el ejemplo de Rajoy, que desde el primer día tenía que haber hecho el recorte a lo bestia y luego explicarlo, pero lo paralizó hasta que llegaran las elecciones andaluzas. Y ahora no sabemos si no pide el rescate porque no hace falta o porque está esperando que pasen las elecciones.
En ese sentido, ¿sería mejor que nos dirigiera un tecnócrata?
Es curioso, porque Monti que era un tecnócrata y su gestión ha sido muy buena, pero no porque sus decisiones hayan sido tecnocráticas, sino porque ha logrado convencer a Europa de que estaba haciendo lo correcto. La tecnocracia se está transmutando en política y diplomacia y al revés…De hecho, está siendo mucho más tecnócrata Rajoy, porque Monti ha ejercido de cardenal vaticano de toda la vida, moviéndose bien entre los pasillos, mientras Rajoy ha tratado de implantar lo que le decían.
¿Qué hacemos entonces?
Cuando los expertos se dedican a opinar, todo se rompe
Lo único que queda es sacar a la luz el funcionamiento del sistema democrático y ver cuál es el estatus de la realidad en él. Ya que la democracia es incompatible con la verdad, y la verdad hoy viene dada por la complejidad y por la gestión de la misma en clave económica, lo que hay que hacer es poner sobre la mesa las alternativas. Por ejemplo, el técnico tiene que decir si la energía nuclear es o no segura, y cuáles serían las consecuencias de implantarla, así cómo cuáles son los beneficios de contar con ella. Y con eso, nosotros tendríamos que decidir: las cuestiones técnicas serían suyas y las políticas, nuestras.
El problema es que, al final, una mayoría de conclusiones científicas terminan por tener opciones políticas detrás. Es muy fácil que en el tema que quieras, desde la solución a la crisis económica hasta el aborto o el cambio climático, nos encontremos con científicos que ofrecen dictámenes totalmente opuestos que, casualmente, coinciden con sus creencias políticas.
Cuando los técnicos opinan, todo se rompe. Cuando un ingeniero nuclear te dice que no hay ningún tipo de riesgo y otro te dice que la posibilidad de un accidente catastrófico en muy grande, se hace muy difícil construir una opinión sólida. Porque si ellos no se ponen de acuerdo, es difícil tomar una decisión. En el fondo, el problema es que la mayoría de las veces no debatimos los asuntos, sino que tenemos ideas preformadas, formas de ver la realidad que son ideológicas y que acaban afectando a nuestro juicio.