Hoy me he desayunado con la noticia del fallecimiento de Theo Angelopoulos, director de cine, claramente identificado con la izquierda, arrollado por una moto en un suburbio de Atenas cuando realizaba localizaciones para su película El otro mar, cuyo tema de fondo era la actual crisis económica y social de Grecia. Como Tarkovski o Antonioni, utilizaba su cine para explorar la historia y la identidad de su cultura. Escribió poemas de vena romántica influido por Byron y posteriormente por George Seferis y Kavafis. En 1961, después de licenciarse en Derecho en Atenas se marchó a París para estudiar con Levi-Straus en la Sorbona; más tarde ingresó en el IDHEC, la Escuela de Cine francesa, de la que fue expulsado por discutir con uno de sus profesores. Pasó muchas horas en la cinemateca de Langlois, donde se había formado la generación anterior, desde Truffaut a Godard, y trabajó en el periódico de izquierdas Poder Democrático.
Hay sobre todo dos películas emblemáticas que abordan el tema de la historia interior y que nosotros no hemos sido capaces de hacer. Una es el Viaje a Citera, en donde comprendimos a la perfección el tópico de la vuelta a casa después de una amnistía. La película nos muestra de manera soberbia el regreso desde el Este y los lugares más remotos de la Unión Soviética, especialmente Kazakstán y Uzbekistán, de los comunistas griegos. Muchos fueron los que no soportaron una Grecia que ya no podían reconocer y a la que no se podían adaptar. El actor principal de ésta película, viejo y demacrado, adquiere en la pantalla un profundo significado y una gran intensidad cuando empieza a bailar y cantar la canción Cuarenta manzanas rojas. Su cuerpo lleva todas las huellas del hombre perdido en el exilio, es un Ulises contemporáneo, derrotado como lo está ahora la socialdemocracia en manos de los “mercados internacionales”. Angelopoulos hace desembarcar en el puerto de Salónica con la maestría y lentitud que le caracterizaban el fracaso de una generación.
La otra es El viaje de los comediantes, un recorrido épico de cuatro horas por la historia de Grecia, una película que nos hace más conscientes del flujo histórico de las fuerzas, ideas y acontecimientos en conflicto y no la mera recreación dramática a través de destinos individuales .Una visión dialéctica consistente en la multiplicidad de realidades que existen dentro de cada imagen y cada personaje. Es claramente su película más marxista, y la que echamos de menos aquí donde parece que hay que pasar todos los días la página de la historia, pero sin leerla.
Disfrutamos con las proyecciones de otras películas como La mirada de Ulises, un viaje histórico y geográfico por los Balcanes en pos de regeneración de la mirada; o como La eternidad y un día, donde Alexander, escritor griego habitante de Tesalónica, tiene unos cuantos días de vida y enfrenta el dilema de morir como un extraño a sí mismo, o bien aprender a amar, a comprometerse y a expresarse con la gente que le es cercana. Paisaje en la niebla, donde dos niños en busca de un padre hipotético inician una fuga, toman un tren y reencuentran, en el transcurso de su iniciático viaje, el bien y el mal, la verdad y la mentira, con la violación más dura que jamás hayamos contemplado. O Eleni, primera parte de su trilogía sobre la guerra… En fin, muchas emociones las que pudimos pasar en la Sala Juan Negrín, hoy desaprovechada.
Angelopoulos hace una obra alejada completamente de la forma dominante del cine de Hollywood. Nos fuerza a volver al punto cero para ver imágenes con largas tomas, panorámicas lentas, planos secuencia que nos llevan a nuestro propio viaje interior. Vemos no sólo las imágenes, sino a través de las imágenes. Hace un cine de meditación que nos gustaría poder compartir. Lo hicimos durante el tiempo que nos duró la permanencia en la Sala Juan Negrín. Me consta que el grupo de concejales socialistas de la anterior legislatura, con cuyo esfuerzo económico se pudo poner en marcha el proyecto de rehabilitación de la sala, ha solicitado al presidente de la Agrupación de San Lorenzo de El Escorial que inicie conversaciones con la Junta Directiva del Colectivo Rousseau para reiniciar las actividades de cine de autor y poder hacer el merecido homenaje a Angelopoulos durante este fin de semana. Hasta entonces sólo nos queda recomendar la música de Eleni Karaindrou en Elegy of the Uprooting (Elegía del Desarraigo), donde aparece la banda sonora de todas sus películas.
24 DE ENERO 2012

El 29 de diciembre se cumplió el 25 aniversario de la muerte del cineasta Andréi Tarkovski, fallecido cuando tenía 54 años de edad tras finalizar el rodaje de Sacrificio. Ganó en el 1962 para la URSS el León de Oro del Festival de Venecia con la película La Infancia de Iván, pero, a pesar del éxito y del deshielo de Jruschov, no consiguió que su nueva película sobre el monje Rublev fuera estrenada de inmediato, comenzando a verterse acusaciones inimaginables, muchas de las cuales han sido reflejadas en sus diarios, que comenzó a escribir en aquella época y que han visto la luz en castellano con el título de Martirologio, este año en la editorial Sígueme.
Durante el pasado año el Colectivo Rousseau proyectó en la sala Juan Negrín, hoy desaparecida, su exigua filmografía, que no dejó a nadie indiferente, pues sus películas son el testimonio de un verdadero humanista que necesitaba comprender el enigma de su existencia .Para los aficionados al cine, su libro Esculpir el tiempo es un verdadero tratado sobre la luz, que nos quiere convencer de que con la ayuda del cine se pueden tratar las cuestiones más complejas del presente a un nivel que durante siglos ha sido propio de la literatura, la música o la pintura.
Estamos a la espera de tener un espacio para proyectar. Sabemos que en la Sierra hay público para una cineteca de cine de autor y que muchos aborrecen los galpones para ganado familiar de fin de semana, junto a los abrevaderos de consumos de masas, donde las palomitas son las estrellas. Nos hubiera gustado hacer unas jornadas con la presencia de especialistas como Rafael Llano, que ha realizado un estupendo libro editado por el Institut Valenciá de Cinematografía Ricardo Muñoz, poniendo El Espejo como plato fuerte, para disfrutar de una obra poética en torno a los recuerdos de la infancia, de nuestra Guerra Civil, del estalinismo, la Guerra Mundial, Mao Zedong, con una escena inicial maravillosa que parece cumplir el papel de epígrafe, más que el de prólogo.
Recuerdo perfectamente el día de su muerte, y sentí una profunda gratitud por su obra, que después y gracias al DVD he podido visionar repetidas veces. Tarkovski siempre decía que el cine es una ética que debía respetar si quería respetarse a sí mismo; disfruto con sus seis excelentes películas y la pregunta que a uno le queda es si hubiera resistido las tentaciones de la industria espectacular que se ha llevado por medio a muchos creadores. Él seguro que no nos hubiera defraudado.
Su cine nos sigue siempre asombrando por la perfección de sus composiciones y por su elevada calidad técnica. Además, Teófanes, Kelvin, Stalker, Doménico y Otto, sus personajes más característicos, nos llegan a ser familiares; y el agua, el fuego, el árbol, los caballos, verdaderos iconos cinematográficos. Su última película, que nos quiere hablar sobre el vacío espiritual y el envilecimiento de las relaciones humanas, comienza mostrando el detalle de La Última Cena de Leonardo da Vinci con el fondo musical de una parte de La Pasión según San Mateo, de J.S. Bach. Debo confesar que cuando me llaman por teléfono es la música que escucho. Así me llega y le llena Tarkovski.
Cuando pedimos hacer un curso sobre Manuel Sacristán y el concejal de Cultura de San Lorenzo de El Escorial nos negó el espacio para desarrollarlo, dijimos: ¡qué pena!; cuando pedimos proyectar una película de Bondarchuk, ¡vaya, qué casualidad¡; pero la negativa a proyectar El Espejo nos ha dolido lo mismo que a Tarkovski cuando la GOSKINO (Comité Estatal de la Cinematografía de la URSS) le decía que un guión no era válido.
ERIC DE LA CRUZ
Todavía conservo algún número de la revista “El socialismo del futuro”, que en un intento de constituir una izquierda europea, después de la caída del comunismo, se nucleaba en torno a Lafonfaine, Ochetto, Rocard, Gorbachov, con una participación activa de Alfonso Guerra que ya detectaba contagios del neoliberalismo en el socialismo español. En los salones de un conocido hotel de Madrid tuve ocasión de escuchar a Adam Schaff, devorando a partir de ese momento sus libros .Decía muy frecuentemente que había que aprender de los errores del “socialismo real” que degeneró en el “comunofascismo”, y que para construir el socialismo moderno había que saber adaptarse a los cambios sociales producto de la revolución tecnológica. Con Ralph Miliband entramos en una era de escepticismo, levantando nuestro ánimo únicamente Norberto Bobbio que con su libro “izquierda-derecha” logró situar el debate por encima de los habituales medios de comunicación.
Lo cierto es que con la señora Margaret Thatcher pudimos constatar la implantación de las políticas neoliberales y como las sociedad de los tres tercios se iban abriendo paso .Nos encontramos así, con un tercio dominante (grandes propietarios de los medios de producción, de comunicación y élites administrativas) un segundo tercio compuesto por funcionarios, profesionales, técnicos y clase obrera organizada con empleos estables, y por último un tercero que estaría abocado a la marginación, los trabajos precarios, la flexibilidad y la inseguridad. La estrategia de lo que podíamos denominar “capitalismo popular” consistía en incorporar sectores de la clase obrera al segundo tercio, para culminar en lo que Galbraith denominó “la cultura de la satisfacción”, el tercer tercio sería siempre minoritario sin posibilidad de alterar nunca las reglas del juego.
Gorz, y también Lafontaine quieren ir más allá del Estado del Bienestar, y plantean poner límites al crecimiento económico y reducir el tiempo de trabajo a favor de un mejor ocio de los ciudadanos, dos cuestiones alejadas del productivismo y del economicismo. Esta forma de ver la política no cuaja, pues las élites consideran que no va a dar réditos electorales ya que una parte de las clases medias no va a estar dispuesta a compartir su suerte con los sectores más desfavorecidos. Surge entonces el discurso de la Tercera Vía, que defendieron Blair y Schroeder, buscando un camino intermedio entre la derecha económica neoliberal y el viejo Estado de Bienestar Keynesiano, recogiendo elementos del individualismo de las clases medias, dando por superado el viejo esquema del movimiento obrero. Se produce la ruptura de Lafontaine con el SPD y en España se proyecta en la simplificación renovadores-guerristas, sin que estos últimos terminaran de crear la corriente Acción Socialista que algunos reclamamos.
El primer Zapatero estuvo impregnado del republicanismo de Pettit, y sin que se le diera un día de tregua por los jinetes del apocalipsis, logró llevar políticas y talantes en el tema de los derechos sociales que no voy a enumerar por ser suficiente conocidos, hasta que llegó el fatídico día 12 de mayo anunciando políticas de ajuste, hundiendo al PSOE en el noveno círculo del infierno de Dante, el de los traidores a sus ideales, a su familia y al bien común. En estas circunstancias y ante dos derrotas electorales de calado: ¿cómo revitalizar el proyecto socialista?; ¿cómo lograr, según el profesor Santesmases, aunar una alianza entre las clases medias profesionales, la clase trabajadora y los sectores excluidos? Aquí es donde está la clave del futuro de la socialdemocracia y no en si elegimos a Chacón o Rubalcaba. Tenemos que hacer pedagogía frente a los discursos populistas , xenófobos y nacionalistas que se nos avecinan, necesitamos una ejecutiva federal que reorganice el funcionamiento de las agrupaciones, hay un malestar creciente en la ciudadanía que el PSOE necesita reconducir hasta llegar a ser aquel que gráficamente representaba José Ramón en las primeras campañas electorales.
Cuando se escriba la historia del siglo XXI, los lectores preguntarán, con razón, por qué Europa no supo estar a la altura de las circunstancias durante su crisis económica más difícil. La gente preguntará por qué Europa se durmió mientras un sistema bancario subcapitalizado luchaba para mantenerse a flote, el desempleo seguía en unos niveles inaceptables y el crecimiento y la competitividad del continente se derrumbaban. Peor aún: si no surge pronto un plan de reconstrucción, se responsabilizará a los dirigentes europeos del «declive de Occidente» y de ser, como dijo Churchill a propósito de los años treinta del siglo pasado, «decididos a ser indecisos, inflexibles en su deriva, sólidos en su fluidez y omnipotentes en su impotencia».
No es por falta de reuniones europeas, desde luego. No hay día en el que no se celebre una cumbre de líderes europeos para discutir la última crisis de un Estado miembro. Pero hablan siempre como si se tratase de una calamidad que solo afecta al país que ocupa ese día los titulares -el problema griego, o el problema irlandés, a veces el problema portugués o el español-, sin ponerse de acuerdo sobre el hecho de que se trata, en realidad, de una emergencia paneuropea. Al hacer un análisis equivocado de los males de Europa, acaban aplicando remedios también equivocados. Porque la crisis del déficit europeo es una preocupación importante, pero no la única.
De hecho, Europa se enfrenta a tres problemas esenciales, entrelazados entre sí y que afectan estructuralmente a todos los rincones del continente. Junto al problema del déficit existen asimismo un problema bancario -que no se limita a un puñado de bancos ni de países- y un problema crónico de crecimiento.
En primer lugar, los bancos: yo estuve presente en París, en octubre de 2008, durante la primera reunión de los jefes de Gobierno de la Eurozona. El diagnóstico que presenté sobre los bancos fue que tenían problemas de liquidez pero también de estructura. Sin embargo, la mayoría de los europeos pensaban por aquel entonces que la situación no era más que la consecuencia indirecta de una crisis financiera anglosajona y, por supuesto, que un Reino Unido díscolo se había dejado atrapar en el boom financiero de Estados Unidos. No sabían que la mitad de los activos basura la habían comprado bancos de toda Europa. Nadie era aún plenamente consciente de la profunda relación que había entre los bancos europeos y otras instituciones financieras mundiales, ni de lo expuestos que estaban los bancos a los mercados inmobiliarios que estaban cayendo. Recuerdo las miradas de asombro en la mesa cuando sostuve que los bancos europeos eran incluso más vulnerables que los estadounidenses porque estaban mucho más apalancados, y siguen estándolo.
Todavía hoy, se calla una verdad fundamental sobre el estado actual de los bancos europeos: que los bancos alemanes, franceses, italianos y británicos que han prestado de forma temeraria a la periferia se encuentran ahora con que no solo Grecia, sino también Irlanda, Portugal y España les deben miles de millones, mientras siguen sufriendo pérdidas por los activos tóxicos y la caída del mercado inmobiliario.
Y cuando, dentro de muchos años, los expertos expliquen por qué se durmió Europa, también explicarán que, por puro egoísmo y cortedad de miras, abordamos los problemas de los griegos como si fueran problemas de liquidez (concediendo préstamos), no de solvencia, y que, mediante una serie de maniobras a corto plazo para retrasar el inevitable desenlace, aumentamos el peligro de un final caótico. De hecho, con la subida de los tipos de interés, las salidas de capital de todos los países de la periferia hacia el centro están haciendo ya que sea más difícil la financiación en cada uno de los países con problemas, una circunstancia que nos arrastra a unos tipos de interés todavía más altos, recesiones más largas y, seguramente, déficits más elevados.
El tercer lado del triángulo es, por supuesto, el bajo crecimiento, que amenaza con condenar a todo el continente a 10 años de un desempleo muy elevado. La reducción del déficit y la estabilización bancaria que necesitamos no pueden afianzarse sin unas economías que generen comercio, empleo y crecimiento. Pero Europa, que padece unos niveles de crecimiento anémicos, se desliza cada vez más cuesta abajo en la clasificación mundial, y no es un descenso agudo sino crónico, que es más grave y al que es mucho más difícil dar la vuelta. Hoy, el desempleo en Europa está alrededor del 10%, con un paro juvenil superior al 20% y hasta del 40% en España. Y es imposible que disminuya pronto. Europa posee una tasa de crecimiento tendencial que es casi la mitad de la de Estados Unidos y un cuarto de las de China e India. Antiguamente, Europa representaba la mitad de la producción mundial. En 1980, había pasado a ser la cuarta parte. En la actualidad es menos de una quinta parte: el 19%. Pronto será poco más de la décima parte -el 11% en 2030- y luego caerá al 7%. En 2050 -dentro de menos de 40 años-, es posible que la economía europea sea menor que la de Latinoamérica. Si el crecimiento europeo sigue así de retrasado respecto al de sus competidores, a mitad de siglo su economía podría tener la misma dimensión que la de África.
Lo malo es que Europa está la mitad de preparada que Estados Unidos para impulsar el crecimiento a base de exportaciones. A pesar del éxito de Alemania en China, solo el 8% de nuestras exportaciones (frente al 15% estadounidense) va destinado a las economías de mercado que más están creciendo, lo que ahora se denomina generadores de crecimiento, que serán responsables de la mayor parte del crecimiento futuro.
Es evidente que cada una de estas tres preocupaciones -déficits, inestabilidad bancaria y bajo crecimiento- está entrelazada con las otras dos de tal manera que las políticas que se centran en una sola de ellas son mucho menos eficaces que una estrategia global que intente resolver las tres de forma simultánea. Y la estrategia paneuropea es aún más necesaria porque el euro se creó sin ningún mecanismo para evitar ni resolver crisis y sin ningún acuerdo sobre quién tiene la resposabilidad suprema de financiar los costes de las crisis.
Aunque soy un firme y apasionado pro-europeo, me aparté de la opinión económica general al poner en duda que a Reino Unido le interesara unirse al euro. El actual portavoz de economía de la oposición al Gobierno británico, Ed Balls, llevó a cabo 19 evaluaciones independientes del euro. Nuestra principal conclusión fue que dentro del euro no existía la flexibilidad suficiente para lograr una convergencia sostenible y duradera entre países. Pero también demostramos que el euro no tenía ningún plan de prevención ni resolución de crisis en caso de que no se alcanzase una convergencia. Porque, con una moneda única, ningún país -ni siquiera uno que no compita en absoluto con el resto de la Eurozona- puede ajustar su tipo de cambio ni beneficiarse de un tipo de interés a la medida de sus necesidades concretas. Y Europa tampoco había adoptado el modelo de prevención de Estados Unidos para mitigar las disparidades dentro del área de la moneda única, mediante la movilidad laboral y los ajustes salariales o mediante transferencias a las áreas que lo necesitaran.
Por tanto, si tengo razón, ahora debemos dejar las reacciones motivadas por el pánico y emprender una labor de reconstrucción a largo plazo, o nos enfrentaremos a una década perdida de altísimo desempleo con malestar social, sentimiento anti-inmigrantes y movimientos secesionistas.
Debemos conseguir para Europa el mismo «momento de la verdad» que el mundo halló con la cumbre del G-20 en 2009. Igual que sucedió en el G-20, los políticos europeos deben guiar el sentimiento de mercado atreviéndose a aprobar una solución al estilo de los bonos Brady para Grecia y, al mismo tiempo, una recapitalización de los bancos europeos; una nueva línea de deuda de la Eurozona (responsable, por ejemplo, del primer 60% de la deuda de cada país) como parte de una política fiscal y monetaria coordinada que permita, como en Estados Unidos, las transferencias fiscales; y, sobre todo, una estrategia que favorezca el crecimiento, proempresa, que yo llamo Europa Global: las energías de Europa dirigidas hacia afuera, hacia la exportación a las economías emergentes, y a reequiparnos para poder hacerlo con un calendario claro y unos incentivos y penalizaciones que garanticen la flexibilidad laboral, de capital y de los mercados financieros.
¿Por qué va a apoyar Alemania todo esto? Porque no solo no va en contra de sus intereses, sino que ahora tiene una razón europea para reestructurar sus bancos, puede fijar condiciones estrictas para la reforma económica y, si actúa ya, se evitará costes más altos después. Me atrevo a decir que, sin mi plan simultáneo para reestructurar los bancos y las compañías de seguros y buscar el crecimiento, ni la situación actual ni un posible plan Brady para Grecia conseguirán evitar el peligro del contagio financiero a toda Europa.
Los libros de historia sobre el «declive de Occidente» no son inevitables. Pero una reconstrucción que ataque el déficit, los pasivos bancarios y el escaso crecimiento al mismo tiempo es lo único que permitirá eludir la garra de un proteccionismo que nos aislaría y nos adormecería, con los consiguientes años baldíos pero evitables de desempleo y vidas desperdiciadas.
Gordon Brown fue primer ministro de Reino Unido. © 2011 Global Viewpoint Network; distributed by Tribune Media Services. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.