La enseñanza que nos deja la escultura en madera del santuario de Toshogu de los 3 monos sabios sigue inspirándonos a día de hoy. Su mensaje original era sencillo a la vez que rotundo: “no escuchar lo que te lleve a hacer malas acciones”, “no ver las malas acciones como algo natural” y “no hablar mal sin fundamento”.
Curiosamente, el tiempo y nuestra visión occidental simplificó un poco su enseñanza primigeniapara quedarnos solo con el clásico “ver, oír y callar”. Un lema queque incluso podemos encontrar en forma de emoticono en el whatsapp y que, de algún modo, tergiversa bastante la idea original e incluso el orden de las figuras representadas. No obstante, la enseñanza va mucho más que todo esto, porque esa representación del siglo XVI erigida en honor del shōgun Tokugawa Ieyasum, nutre sus raíces de las enseñanzas de Confucio y, para muchos, el mensaje de los tres monos tiene también mucho que ver con los tres filtros de Sócrates.
Sea como sea, siempre es enriquecedor sumergirnos en este tipo de iconografías tan clásicas y en sus sabidurías originales para poder reflexionar y actualizar un poco nuestros conocimientos. Los 3 monos sabios de Togoshu desprenden ese código moral y ese misticismo que tanto nos gusta y que hoy queremos compartir contigo.
Lo que cuenta la leyenda sobre los 3 monos sabios
La leyenda de los 3 monos sabios tiene su origen en la mitología china. Cuenta una llamativa historia protagonizada por tres curiosos personajes. Los protagonistas son Kikazaru, el mono que no oye, Iwazaru, el mono que no habla y Mizaru, el mono que no ve.
Se llevan las distopías, esas representaciones de un futuro alienado y hostil que invitan a mirar el presente como un eslabón doloroso entre un pasado ficticio pleno de felicidad y el porvenir fatal. Esa reinvención de lo vivido, que se filtra en las formas narrativas, invade también la esfera política, donde la nostalgia se ha convertido en un reclamo para el voto de los infelices. Parecen decirle a la gente: nosotros hemos fabricado la máquina del tiempo y te vamos a devolver al lugar que te mereces. Y no, la madurez consiste ni más ni menos en la aceptación del tiempo que te toca vivir. Por eso la distopía solo es interesante si se maneja como un juego de espejos con la realidad, a favor de la decencia y en contra de ese mirar para otro lado en el que nos hemos dejado arrastrar. Es decir, aceptar que toda ciencia ficción, todo relato histórico, toda pieza de época, de lo que habla es del presente en el que fue llevado a cabo.
Si nadie hubiera aprendido a leer, muy pocos se habrían enamorado.
La Rochefoucauld
Hace unos días, dos señores de mediana edad entraban en la exposición que la Biblioteca Nacional ha dedicado a Benito Pérez Galdós. Uno le decía al otro: “¿Te sabes aquel en que [don Benito] le decía a la gallega esa?”. Seguía uno de los habituales chistes verdes sobre la relación entre Galdós y Pardo Bazán. Es francamente curioso que en este país esa relación amorosa entre estos dos grandes escritores del siglo XIX sea objeto manido de chascarrillos más o menos rijosos. Los amores de Madame de Stäel y Benjamin Constant, los de Elizabeth Barrett Browning y Robert Browning, o los de George Sand con Frédéric Chopin y Alfred de Musset, han recibido desde luego otro tipo de atención y forman parte de la historia literaria o, incluso, de la historia tout court de sus respectivos países.
Tras muchos años de difundirse noticias sobre fraudes en los programas de ayudas sociolaborales en Andalucía la opinión pública esperaba que se aclarase su alcance y el castigo a los directos causantes de esos concretos comportamientos fraudulentos. La sentencia sobre los ERE en Andalucía no se refiere, sin embargo, a ninguno de esos casos concretos. Inútil buscar en sus casi 2.000 páginas una referencia a esos divulgados casos de amigos, vecinos o parientes que, merced a las manipulaciones de quienes tenían a su directa e inmediata disposición los fondos públicos, recibieron ayudas sin derecho alguno; menos referencias todavía a una supuesta red clientelar que la sentencia ni menciona.
De un tiempo a esta parte nos hemos acostumbrado a discutir evidencias. ¿Cómo hemos podido olvidar que la izquierda es internacionalista?
No hay nada peor que olvidar lo evidente, así que de vez en cuando conviene recordarlo. Que lo haga esta vez la filósofa italiana Donatella di Cesare, quien no hace mucho declaró al semanario L’Espresso: “Toda la tradición de la izquierda ha analizado siempre los acontecimientos desde una óptica mundial, muy pocas veces nacional o, peor, nacionalista. La idea de que deba prevalecer el interés de un proletariado nacional, francés o italiano, no ha sido nunca de izquierda. La izquierda es internacionalista o no es”.