Porque, qué diantres, el cine es algo que forma parte íntima de nuestras vidas —al menos de las vidas de los cinéfilos, claro—, hasta tal punto que casi podríamos afirmar que alimenta nuestra existencia y hablar de él haciendo referencia a nosotros es algo que, según el caso, sirve a mi entender para enriquecer el discurso de lo que aquí se recoge —quizás no sobremanera, pero enriquecer a fin de cuentas— .
Un encuentro (personal) muy anhelado

Es por ello que, tirando de memoria cinéfila, he de confesar que no tuve acceso a la ópera prima de Steven Spielberg hasta las postrimerías de la década de los ochenta, cuando ya había consumido —con voracidad, qué duda cabe— la trilogía completa de cierto arqueólogo, había viajado a las estrellas de manos de un simpático extraterrestre de inmensos ojos o a bordo de un enorme platillo volante, me había sumergido en una jaula junto a Richard Dreyfuss, sufrido con Christian Bale las penurias de la Segunda Guerra Mundial o lamentado la incursión del mago del séptimo arte en ñoños cenagales.
Pasan los años, y THE LAST PICTURE SHOW (La última película, 1971), sigue siendo una obra que aparece en una doble frontera. Una frontera interior, al describir con tanto afecto como desencanto, un tiempo de cambio, de ruptura con el ayer, en una colectividad en la que apenas hay lugar para la felicidad. Pero al mismo tiempo, esta conmovedora y al mismo tiempo intimista obra de Peter Bogdanovich, se inserta y describe esa frontera que estaba viviendo el propio cine norteamericano. Ambas vertientes se perciben, se sienten casi, en la adaptación de la novela de Larry McMurtry, experto conocedor de los claroscuros del sur norteamericano. En esta ocasión además, su novela partiría de matices casi biográficos, describiendo con ello un relato de tintes dolorosos, provisto de numerosas capas y matices, que habla de la llegada a la madurez, de la frustración, del fin de un tiempo y, sobre todo, y ese es su grado de universalidad, que trasciende al aparente localismo de su base argumental, del desencanto de la propia existencia humana.

No te mueras sin decirme adónde vas es una película para escuchar, reflexionar y dejarse llevar por el ritmo del amor, la metafísica y la poesía que desprende toda ella.