¿Aqué se ha debido el éxito de Sirât , la última película de Oliver Laxe? ¿Basta con invocar el nombre de Pedro Almodóvar –aquí en funciones de coproductor– para explicarlo? ¿Resultó decisivo el premio del jurado del Festival de Cannes, por mucho que fuera ex aequo ? A veces no es tan fácil dilucidar por qué una película atrae al público, esa entelequia que a menudo se mueve por impulsos más bien misteriosos, y ésta es sin duda una de estas ocasiones.
No basta con decir que vivimos tiempos llenos de angustia, ávidos de soluciones ante un futuro incierto, a los que Sirât proporcionaría el agarre de la fe. Tampoco que el filme ha sabido embutir este mensaje trascendente en un envoltorio atractivo, ofreciéndolo en el interior de una road movie que también funciona por sí misma como tal, sin necesidad de discursos trascendentes. Y menos que ha sido la conjunción de ambos factores lo que ha conseguido la fórmula mágica, esa alianza entre prestigio y taquilla que tantos filmes persiguen y tan pocos consiguen…
Más allá de los elogios que durante estos meses han inundado las redes sociales, o que han tenido que hacer frente a rechazos de idéntica radicalidad, lo que debería importarnos es la película en sí misma. Pero entonces, ¿por qué se ha hablado tanto, en el tiempo transcurrido desde el estreno, de las intervenciones del propio Oliver Laxe en los medios de comunicación, tan reconfortantes para algunos, tan insoportables para otros? ¿Qué ha añadido este factor extracinematográfico que, sin embargo, se ha mostrado decisivo para el recorrido comercial del filme? Es como si las películas ya no supieran andar solas, como si hubiera que acompañarlas para generar explicaciones o polémicas. Como si no bastara con la imagen. Y, sobre todo, como si fuéramos en busca de un cierto sentimiento comunitario que el anonimato de la sala de cine, por sí solo, ya no puede ofrecer.
Un nuevo gregarismo
El final de la pandemia nos llevó a salir de casa, en las terrazas de los bares o en los cines –las cifras de asistencia no dejaron de subir hasta el pasado año–, buscando el aire y el calor humano que se nos había negado. Ya no se trataba de ver series desde el sofá de la sala de estar, sino de participar en el rito de la conversación y el diálogo, lo que explica igualmente el auge de presentaciones y coloquios, festivales y exposiciones. ¿Se podría explicar el éxito de Sirât por el hecho de que quizás se trata de la primera película que promete poner en escena una cierta manera de encontrarle un sentido a ese «nuevo gregarismo»? ¿Y se puede explicar la decepción de muchos espectadores por el incumplimiento de esta promesa por parte del filme, por exhibir ingravitación y ligereza allá donde se garantizaba una explicación para todo ese caos que nos rodea?
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Hace 30 años que un inolvidable personaje cinematográfico, de nombre Leólo, descubría la poesía y decidía que Italia era demasiado bonita como para pertenecer solo a los italianos, que la frente de su amada se extendía hasta el día siguiente de su barbilla y, lo más importante: que porque soñaba, él no lo estaba. Que no estaba loco, o sea. Y esto lo aclaro para quien no haya tenido aún el privilegio de gozar de la segunda y, a la par, última obra del malogrado Jean-Claude Lauzon, fallecido ahora hace 25 años.
El cineasta canadiense decidió despreciar entonces la frecuentemente aborrecible lógica del público al inyectar en sus venas el veneno de lo poético. Léolo brotó en las pantallas de medio mundo con la misma violencia con que una cinta de celuloide oxidado rebanaría el cuello de la vulgaridad, salpicando el patio de butacas con espumillón de sangre, desordenando los cánones cinematográficos y desorientando a los críticos asalariados y a los espectadores acomodados.
Muchos, quizás demasiados, han intentado desentrañar por escrito lo que no podría explicarse más que arrancándonos el corazón y mostrándolo a aquel que pretenda apresar con palabras cada uno de los pequeños milagros que se esconden en esta inolvidable película. Porque Léolo habita el flujo sanguíneo de todos los que, alguna vez, soñamos que la vida puede organizarse con el desorden de belleza y transgresión de la poesía.
‘Léolo’ habita la sangre de todos los que, alguna vez, soñamos que la vida puede organizarse con la transgresión de la poesía
En Léolo asistimos al nacimiento, esplendor e inmolación de un novísimo Rimbaud de la vida: un niño al que solo llaman Leo Lauzon aquellos que no pueden creer más que en su propia verdad. Un crío engendrado por un tomate siciliano y expuesto al sufrimiento de la dieta de vitaminas e inodoro a que le somete su familia; un joven que descansa el flujo vario de sus pensamientos entre los enormes pechos de una progenitora que con la fuerza de un gran barco navega un océano enfermo; un chaval que escucha la gloria quebrada de Jacques Brel en los surcos de un vinilo al que le falta un pedazo de negra melancolía; un poeta que desordena la vida a su alrededor y precisa de alguien que rescate sus palabras para que podamos apropiarnos de la gloria de su certeza; un retoño de aquel Rimbaud, ya digo, que embadurnara también el subconsciente frenopático del Leopoldo María Panero que, aún infante, ya se preguntaba «cuando se apaga la luz… ¿a dónde va lo claro?»; una criatura, al fin, que decide enfrentar la duda que nos asalta a no pocos de los que juntamos palabras: ¿escribir para enloquecer o enloquecer para escribir? Afortunadamente, Léolo nos da la clave: «Porque sueño, yo no lo estoy». Y nos hace comprender que incluso en la más execrable podredumbre puede germinar la floresta locuaz y homicida de la belleza. Y es que Léolo fue criticada por grotesca, desagradable y de mal gusto.
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“¿Dónde estamos? ¿Qué es esto? ¿Adónde nos ha transportado el sueño?“. Las inquietantes preguntas con las que Thomas Mann termina su novela del siglo, La montaña mágica, son también las nuestras. Como si nos hubiésemos despertado de un letargo muy dulce, en vista de la reciente deriva de los acontecimientos del mundo, hemos de reconocer que sentimos una perplejidad fundamental: una gran guerra persistente en Europa, una profunda conmoción de la Unión transatlántica, el innegable deterioro de los principios democráticos, el debilitamiento casi generalizado del centro liberal; el rearme en todos los frentes… Vemos que, si partimos de la experiencia que supuso el gran año de apertura de 1989, así no se habían pensado las cosas, ni planeado, ni esperado.
Precisamente en cuestiones de cultura política el diagnóstico tiene que preceder a la terapia. Al menos así rezaba el principio por el que se guio el escritor y premio Nobel Thomas Mann, quien fue cobrando conciencia política ante los acontecimientos de su tiempo, y del cual se cumplen en este verano 150 años de su nacimiento. De hecho, Mann entendió en retrospectiva sus tres grandes novelas de época, las que le dieron fama mundial, Los Buddenbrooks (1901), La montaña mágica (1924) y Doctor Faustus (1947), como una trilogía sobre el camino de la nación media alemana a la oscuridad: su camino a un nacionalismo bélico y, en definitiva, a un nacionalsocialismo aniquilador del mundo. En palabras de Mann, estas obras tratan de la posibilidad siempre latente, anunciada ya desde varias generaciones anteriores, de que configuraciones culturales enteras retrocedan hasta desembocar en el “primitivismo más arcaico”. Esta amenaza se cierne otra vez sobre Europa. ¿Qué hacer?
¿Un tercer camino? Al igual que todo su entorno cultural de entonces, también Mann se preparó para evitar lo peor en la década de 1920 mediante la búsqueda intelectual y espiritual de un tercer camino. Libre de conservadurismos nacionales estrechos de miras, este camino, según esperaba Mann, permitiría renunciar al liberalismo puramente mercantilista y violento (encarnado para Mann en el ejemplo de la Edad de oro de Estados Unidos antes del cambio al siglo XX), así como a los experimentos de uniformización e igualitarismo que se maquillaban como “revoluciones en nombre del pueblo” (Mann los asociaba especialmente con lo que él denominaba una “Semiasia no latina”). Si no se lograba abrir un tercer camino que condujese a una democratización verdaderamente consciente y autodeterminada, Centroeuropa caería bajo la influencia de dos principios políticos, idénticos en esencia pese a su apariencia disímil: por una parte, el de “a cada uno lo suyo” y por otra, el de “para todos lo mismo”. Pero, sobre todo, bajo tales principios radicales, tal y como Mann hace diagnosticar al narrador de su gran novela bisagra La montaña mágica, pronto tendrá que aparecer el “liberalismo”, “con el que ya no se saca a ningún perro de detrás de la estufa”, es decir, con eso ya no se atrae a nadie. Casi se tiene la impresión de que hemos llegado a este punto.
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Lo que podría haber sido una conversación más entre dos buenos amigos, un intercambio distendido sobre la responsabilidad que debe asumir la poesía en situaciones que sobrepasan los límites de lo tolerable y su compromiso con la denuncia de hechos que denigran la condición humana. Lo que podría haber sido «un paseo por las nubes», discutiendo sobre lo divino y lo humano y que casi nunca trasciende, a pesar del empeño que ponemos los que buscamos en la poesía una forma de redención, se convirtió en una reflexión a dos voces sobre algo extremadamente serio y de rabiosa actualidad. Hablar nada menos que sobre el genocidio que se está llevando a cabo en Gaza, y al que asistimos en absoluto silencio y sin ningún tipo de reacción desde el mundo del arte y la cultura. Ante tal masacre, no sabíamos explicarnos, no entendíamos la absoluta falta de respuesta al respecto.
Es verdad que la creación artística, y más concretamente la poesía, fue lastrada, a partir del conocimiento fehaciente de la «Shoah», por el «síndrome de Adorno». Rectificó el filósofo y el mundo siguió su curso entre poemas y lágrimas. Por otra parte (era también motivo de nuestra conversación) echábamos muchísimo en falta el compromiso de esa poesía social tan nuestra que tomó la pluma para denunciar, criticar y mostrar los horrores de la dictadura franquista. Esa poesía a la que siempre acudimos, que no olvidaremos nunca; la poesía visceral, comprometida, que habla a las claras: «Maldigo la poesía concebida como un lujo / cultural por los neutrales/ que, lavándose las manos, se desentienden y evaden. / Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.» (Gabriel Celaya)
Todavía sucedió algo que nos animó a llevar a cabo nuestro compromiso de utilizar nuestros recursos poéticos en favor del pueblo palestino. Fue conocer los poemas del poeta gazatí Nasser Rabah, escritos en unas condiciones extremas. Los dos encontramos en ellos el empuje que nos faltaba para animarnos a escribir los nuestros. Tengo que decir que me alegró mucho, y así se lo comuniqué a mi amigo, constatar, a través de los poemas de Nasser, la necesidad de seguir escribiendo poesía antes, durante y después de Gaza.
Coincidencias o no, por aquellos días mi amigo me envió un artículo de Luis García Montero, publicado en Infolibre, titulado “Escribir después de Auschwitz”, donde se lee: «Ponerle nombre a lo que ocurre, empezando por los laberintos de los sentimientos propios, es la vieja voluntad de la poesía.»
Después de algunas conversaciones más sobre si la poesía podría hacer que ocurriera algo, lo que deja siempre una sensación de incomodidad porque no hay certeza de que así sea, y a partir del artículo de García Montero, coincidimos en que escribir poemas sobre Gaza, era una decisión acertada. En ningún caso una boutade.
J.J.O & A.H.
A QUÉ ESPERAMOS
a Antonio Herranz
I
Y nosotros, qué hacemos,
Qué escribimos ahora,
me preguntas.
Ellos allí en la Franja,
abandonados.
Y nosotros qué hacemos.
Pueblos enteros, casas,
hospitales, escuelas,
por tierra, mar y aire
bombardeados.
Y nosotros, qué hacemos.
Niños, niñas, ancianos,
hombres, mujeres,
más de sesenta mil,
aniquilados.
Y nosotros, qué hacemos.
Impotentes, tan lejos,
quietos, callados.
Palestina se muere.
A qué esperamos.
II
Ahora duelen los días con frecuencia.
Duelen con un dolor que te atenaza,
como esos trenes que iban hacia Auschwitz,
como si hoy fuese ayer y todo ardiese,
como si todos viviésemos en Gaza,
y el mundo entero fuese un clamor
furioso, antijudío, desgarrador.
Ahora duelen sobre todo las noticias.
Se desangra el periódico al abrirlo,
echa humo la radio al escucharla,
y se llena de cadáveres rotos el salón
cuando enciendes la tele
y todo es muerte, fango, desolación.
Ahora duele saber que todos callan.
Duele vernos mirar para otro lado,
cuando niñas y niños nos suplican
hambrientos, condenados, exhaustos.
Cuando casas, escuelas, hospitales
son borradas del mapa, bombardeados
sin que nadie lo impida o haga algo.
Ahora duele, duele tanto terror
contra un pueblo inocente,
aniquilado
con perversión.
Juanjo Ordóñez


Félix Alonso.
Hace veinticinco años, y así quedó constatado en nuestro primer libro Cine de Autor, (una recopilación con comentarios críticos de las películas proyectadas en la desaparecida sala Juan Negrín). En la presentación del libro, datado en 2012, decíamos que: “un grupo de amigos creamos una asociación que tenía como objetivo la defensa del medio ambiente y el fomento de la participación cultural”. Fue Rousseau nuestra inspiración, pues nadie como él se preocupó tanto del estudio de la naturaleza, y las relaciones sociales de los hombres, junto con Montesquieu y Voltaire, iluminador de la Revolución Francesa, cuyos nobles objetivos eran crear una sociedad mejor, ajena a consideraciones religiosas y apoyada en las premisas de igualdad, libertad y fraternidad. Se pretendía pues, una plena humanización del orden político orientada por la diosa razón y por el ideal de progreso constante. Ya barruntábamos en aquellos años que el neoliberalismo se iba a convertir en el motor de las dinámicas actuales. Pensábamos, y pensamos ahora con mas fuerza si cabe, que por mediación de la cultura y bajo la consigna de Kant “atrévete a saber” nuestras tertulias crecerían a lo largo del tiempo, hasta incluso ser hegemónicas. Nos creíamos a Gramsci.
A lo largo de estos años hemos sufrido derrotas, la más importante, la clausura de la sala Juan Negrín. Hicimos una carta abierta, aún sin respuesta, a los autores del agravio. Por otro lado, hoy mismo, se cumplen cuatro años de nuestra participación en la remodelación del salón de actos de la Casa de Cultura de El Escorial, se votó por el cine, y a pesar de las dificultades y del parón a que nos hemos visto sometidos, seguro que nuestra determinación nos hará volver. Ya estamos preparando unas jornadas sobre el cine en el expresionismo alemán de la mano de Fritz Lang.
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