Como os he anticipado no es original sino una adaptación de una novela: El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad. Un librazo cuya lectura recomiendo encarecidamente. Milius es bastante fiel, excepto en la misión del capitán Benjamin. En la novela, el protagonista, Marlow, será testigo (luego lo desarrollaré) de la personalidad de Kurtz y testigo de su fatal final. En la peli lo cambian por Benjamin y será un miembro de los cuerpos de operaciones especiales del Ejército americano enviado por la CIA para eliminar al coronel.
La novela es un viaje interno. El viaje de Marlow para descubrirse y reafirmarse o no en sus principios morales y su idea (ambigua) sobre el colonialismo. Un viaje interno y eterno porque el externo durará meses sujetos a las inclemencias del clima y la bravura de un río (Congo) indomable. El viaje de Benjamin varía. No es tan interno puesto que empieza la peli tocando fondo y volverá a tocarlo al final de la misma. Si Marlow quiere conocerse, Benjamin huye de si mismo. Le pasa lo mismo que al protagonista de En tierra hostil.
Es un militar que pertenece a un área especializada (Benjamin Operaciones especiales y William James es un artificiero). Es un tipo que se juega la vida día a día. Fuera de la auténtica disciplina militar. Tiene la formación militar, la experiencia pero opera en la delgada línea roja que separa lo legal de lo ilegal. Es reclutado por la CIA para eliminar a un oficial americano: ahí es nada. Un oficial (el coronel Kurtz) que opera en una guerrilla inexistente en un territorio ajeno a la guerra de Vietnam. Lo han perdido de control y tienen que eliminarlo. Benjamin no puede, ni quiere terminar su servicio militar. No podría reincorporarse a la vida civil. Él lo sabe y por eso se ha convertido en un yonki de la guerra. Necesita el subidón de adrenalina que le proporcionan sus misiones.
Este problema, el de los yonkis de la guerra y los traumas post bélicos serán los que acarreen problemas a personas como John Rambo a su vuelta a los Estados Unidos, como vimos en Acorralado
Esta película pone al descubierto las miserias de una guerra dura: Vietnam. Las drogas, el alcohol, la locura, el desequilibrio mental permanente, la prensa histérica, la CIA haciendo de las suyas… (no os perdáis la aparición de Harrison Ford al principio de la peli).
Esto lo vemos en cada fotograma de la peli. Denuncia un desequilibrio mental constante, entre soldados, civiles, periodistas, militares de profesión y diplomáticos (luego os hablaré de la escena con los franceses que es para darla de comer a parte).
Qué narices, salto a Francia porque tiene buen peso en toda esta historia.
A lo largo de la ruta fluvial iremos viendo episodios anodinos, uno detrás de otro (sobre los que volveré tras los franceses). Pero uno que me deja boquiabierto, cada vez que veo la película, son los despojos de una colonia francesa, de un destacamento militar, o de un grupo de diplomáticos… en medio de la jungla. Esto nos lo explican muy bien en la cena, pero lo explica mejor Mel Gibson en Cuando éramos soldados. Este era el territorio francés (en la época colonial) conocido como Indochina.
Antes de que los Estados Unidos se metieran en el conflicto (con los comunistas del Vietnam del norte invadiendo la capitalista Vietnam del sur), los franceses habían sufrido lo suyo sumando derrota tras derrota contra las milicias y el ejército local. La entrada de los americanos es una toma de testigo para seguir la misma guerra loca e ilógica que ya habían asumido por derrota los franceses de antemano.
Aquí nos encontramos a este grupo de franceses, arraigados en su Indochina. Incapaces de buscar una salida, sin desearla. No querían volver a Francia porque para ellos, como es muy lógico, estaban en Francia. Su Francia. En su colonia. No me resisto a hacer una pequeña comparación entre las «colonias» francesas, inglesas y, como veréis en breve, belgas en contraposición a las provincias de ultramar españolas. Para el resto de europeos, sus territorios fuera del nacional, eran colonias y los trataban con displicencia y arrogancia. Para el español, todos sus territorios formaban parte de España, eran provincias de Ultramar, con los mismos derechos y las mismas obligaciones.
Y puesto que acabo de abrir un melón, el del colonialismo. Meto la mano en él y voy a salpicar un poco. Lo aviso.
Nadie discute que esta película denuncia los horrores de la Guerra de Vietnam. Primera derrota americana en un conflicto internacional. Y quienes se hayan leído la novela (El corazón de las tinieblas) habrán visto cierto resquemor anti colonial. O no anticolonial, pero sí denunciando las colonias belgas en África. Bélgica fue una nación racista hasta la médula (como ingleses y portugueses). Racista, esclavista y con la peor noción del colonialismo. A saber: los ingleses exterminaron a los indios de América; los portugueses esclavizaron a los negros de África y los belgas hicieron lo uno y lo otro llegando a abrir un ZOO humano en Bruselas para exponer a familias negras enjauladas, como primates, para que los ciudadanos belgas fueran y se asombraran de lo parecidos que eran los negros a los seres humanos. Unos monos muy desarrollados capaces de adquirir hábitos humanos a base de imitarnos. Tela marinera. Los mismos que denuncian brutalidades en la policía española y fallos en nuestro sistema democrático a favor de Puigdemont. Es para mear y no echar gota.
Los belgas fueron esclavistas salvajes que exprimían a los negros hasta dejarlos como sacos de pellejos con huesos tirados por el suelo, unos en los muelles, otros portando cargas y otros construyendo el ferrocarril belga. Eso lo vemos en la novela que refleja la historia tal cual fue, sobre todo en tiempos del Rey Leopoldo II de Bélgica.
Bueno, sé que me he ido un poco por las ramas, pero había que contextualizar, novela y película. Volvamos al Capitán Benjamin.
Subirá a bordo de una barcaza de reconocimiento y remontará el curso del río con una misión secreta: asesinar al coronel Kurtz, más allá de las fronteras de Vietnam.
Dije antes que veríamos una serie de acciones, o de escenas, dantescas. Pero primero quiero deciros que, si bien esta podría ser calificada como la mejor película sobre Vietnam, no es una película al uso. No es la lucha entre americanos y vietnamitas; entre capitalistas y comunistas. Vietnam es la excusa, la misión de Benjamin es la razón. Cierto es que la ambientación, la contextualización en una guerra física, diplomática, política, de Inteligencia, mediática y propagandística es el marco perfecto para una película en la que los personajes, buenos, medio buenos, medio malos y malos estén todos como una regadera. Porque no se escapa ninguno.
Los hay que se traen la locura de casa y los hay que se volverán locos durante su estancia en un país sin sentido, en una guerra que saca de quicio al más pintado y con enemigos dentro y fuera de tus líneas (sobre todo la prensa vendida a los comunistas) y, teniendo por misión destruir a un compatriota.
No se salva ninguno.
Antes os hablé del 9º de caballería, la caballería del Aire, los helicópteros. Pues bien, en la película tenemos unas de las mejores escenas del cine bélico: aquella en la que aparecen los helicópteros al son de la cabalgata de las walkirias para desquiciar al enemigo (como hiciera el sargento Oddball con sus Sherman en la Segunda Guerra Mundial distópica de los violentos de Kelly
Una escena que después veremos en otras películas que la rinden el debido homenaje. Así, a bote pronto, se me ocurren RogueOne y Black Hawk derribado.
Me vuelve loco la escena en la que su oficial al mando regaña a un soldado survietnamita por negar agua a un norvietnamita de Ho Chi Min, comunista. Es fascinante. Llega y arenga a los soldados dejando claro que no se le puede negar el agua a un soldado que la pide mientras agoniza. Al mismo tiempo sucederán dos cosas. Arrebata el agua al soldado que la negaba y, cuando se acerca gentilmente al comunista sediento, otro soldado se le acerca y le dice que hay un surfista profesional en los alrededores. El oficial, amante del surf, sin dejar de regañar al survietnamita abandona el acto de dar agua al otro, no por falta de intención, sino porque se va a buscar al surfista para que se lo presenten. Allí se queda el otro retorcido de sed y dolor.
Surfistas…
Sí.
Surfistas.
El caso es que le gusta tanto hacer surf que no duda en aprovechar las olas y las corrientes fluviales (o marítimas) para surfear incluso inmersos en un bombardeo, como vemos en la peli. Es una joya audiovisual. Un recreo para los sentidos y una puñalada para los sentimientos. Este es el valor de esta película.
Sin embargo, lo que no podremos negar al oficial en cuestión es su saber aglutinar a sus hombres en torno a él y su saber mantenerlos distraídos haciendo una familia en medio de la guerra.
Después veremos a las playmates del Playboy. Al más puro estilo Marta Sánchez en la Guerra del Golfo de 1990 con soldados de la mili, a bordo de la corbeta Diana.
Las veremos en dos escenas separadas en el tiempo.
Primero en una actuación para la soldadesca. la más canalla emporrada y borracha que os podáis imaginar. Hasta el punto que toman la pista y las muchachas tienen que salir por patas en el helicóptero para evitar caer en las manos de sus propios soldados.
Al cabo de unas cuantas escenas volveremos a verlas en una escena descarnada. Casi hiriente.
El capitán Benjamín cambiará dos bidones de gasolina por una hora con las playmates para sus muchachos. El contexto de la escena es doloroso: depravación por doquier, miseria humana y falta de todo sentido. Pero la propia escena agrede a la sensibilidad.
Las playmate se mostrarán como lo que eran: verdaderos objetos sexuales. Fetiches masculinos. Cada una contará su historia de tragedia humana. Contarán cómo han abusado de ellas abriendo sus corazones a unos soldados que fingen sensibilidad para, también, aprovecharse de ellas. La escena del fotograma es dolorosa. Observaréis a la muchacha semidesnuda, dejándose hacer por el soldado que parece prestar atención a su drama y, a la izquierda, mientras ella se siente escuchada por primera vez por alguien sensible, aparece otro soldado y ella pregunta, «¿quién eres?» y la respuesta duele como una patada en el estómago: «el siguiente».
El personaje en cuestión estará interpretado por un jovencísimo Larry Fishburne. Tan joven que mintió para lograr el papel, creo recordar que diciendo que tenía 16 años cuando contaba con 14.
Marlow (en la novela) y Benjamin (en la peli) quemarán etapas cayendo más y más bajo en sus propias psique. Sin embargo Marlow nunca llegará al extremo de Benjamin. Es más capaz del autodominio y la contención. Sabrá admirar a Kurtz sin idolatrarlo, cosa que rozará Benjamin en su ánimo por medirse a él a toda costa. Es este matiz, tenerlo que matar el que servirá como punto de inflexión para separar el remate de ambas obras. La novela permitirá la salvación del protagonista. La película dudo que indulte a Benjamin.
Existe otro personaje. La propia jungla. Escenario atroz e inhumano de barbaries humanas. Curtirá a los personajes y, si no se curten con ella y en ella, los matará poco a poco. Bien con zarpa de tigre bien desesperándolos ocultando enemigos invisibles al acecho todo el tiempo.
Y nuevamente la prensa.
En este caso un reportero gráfico de guerra que vive y convive con los nativos en el poblado de Kurtz. Lo idolatra, lo ama y lo odia por igual. Pero no se despega de él.
La presencia del coronel Kurtz (en la peli) es un misterio. En la novela irá destilando una leyenda de superioridad moral sobre todos sus congéneres. Es un astro bajado a la tierra, es un ser dotado con una inteligencia inconcebible, una sensibilidad superlativa y talento para todo lo que se proponga. Marlow irá construyendose un mito hecho de fuera a dentro, a partir de las reflexiones y dmiración de todos los que lo rodean.
El capitán, en la peli, será quien construya su propio mito a partir de los textos y documentos facilitados por la CIA. En ambos casos se genera un caldo de cultivo que engrandecerá la figura de Kurtz poniéndola por encima de la mera existencia humana. En la peli Kurtz ha levantado su propio campamento. Está fuera de Vietnam, fuera de Camboya, fuera de la guerra y de la historia.
Está en su propio reino y, amén del rey, es un dios encarnado en su persona. La muerte es su credo y los cuerpos riegan el campamento con su sangre (asentamiento, su base, como diablos se llame donde él vive) mientras los aborígenes y algunos soldados profesionales se someten a su voluntad y locura. En la novela Kurtz, entre otros encargos, recibe el de elaborar un informe para la Sociedad Internacional para la Eliminación de Costumbres Salvajes entre los negros del Congo belga. Se limita a decir «Exterminar a todos los salvajes». En la película él sería el quinto jinete del Apocalipsis.