“Algo grave ocurrió aquí y ni ellos mismos pueden justificarse. El principio de autoridad ha desaparecido y los canallas obran a sus anchas”. Se cumplen 70 años desde el estreno de la emblemática película «Conspiración de silencio» (1955), dirigida por John Sturges. Una mezcla de western, thriller y noir que también puede ser leída como un análisis, evidentemente crítico, del clima social y político que se vivía durante la Guerra Fría, así como de la angustia social que era característica en los años ‘50.
La década de 1950 fue un periodo marcado por la polarización ideológica. La Guerra Fría instaló un ambiente de desconfianza que alcanzaba todos los aspectos de la vida cotidiana de los norteamericanos. El miedo al comunismo, alimentado por el macartismo, derivó en una atmósfera donde la vigilancia y la delación eran frecuentes. En este contexto, “Conspiración de silencio” (cuyo título original es “Bad Day at Black Rock”) es un reflejo de esas tensiones, que analiza el silencio cómplice y el encubrimiento de verdades incómodas.
La trama se centra en John J. Macreedy (intensa interpretación de Spencer Tracy) un veterano de la Segunda Guerra Mundial que llega hasta el pueblo aislado de Black Rock para investigar el paradero de un hombre de origen japonés que ha desaparecido. A medida que avanza la historia, tiene que enfrentar la creciente hostilidad de los lugareños, que están dispuestos a proteger un oscuro secreto relacionado con la guerra y el racismo.
El principal acierto del film tiene que ver con su atmósfera tensa, que refleja el conflicto interno entre el deber moral y la conveniencia personal, propio de esos años. Macreedy busca la verdad en un entorno donde el silencio prima a la confrontación. En ese sentido, su viaje es tanto físico como moral: afronta a los pueblerinos, pero también tiene que hacerse cargo de sus propios fantasmas.
La película aborda temas como el miedo y las consecuencias del silencio ante las injusticias. En una época donde muchos optaron por callar para evitar represalias, Sturges desarrolla un relato que cuestiona ese “mirar para otro lado”. La hostilidad de los habitantes de Black Rock simboliza el miedo colectivo de una sociedad atrapada en la conformidad y en el terror. Sturges crea un ambiente opresivo que refuerza esa sensación de claustrofobia social.
Independientemente de sus alusiones al contexto histórico y social, “Conspiración de silencio” es una obra maestra en términos formales. El cinemascope y el eastmancolor, utilizados por Sturges, permiten dos cosas. Mostrar el desértico pueblo de una manera muy vívida, al punto que el espectador casi puede sentir el calor y el viento. Y, en las escenas interiores, incluir en el mismo plano a muchos personajes a la vez, lo que refuerza la intensidad dramática.
Por otra parte, las actuaciones son impresionantes. Aunque Tracy es el que sobresale en su construcción de un héroe solitario que enfrenta la corrupción, los secundarios están perfectos. Robert Ryan, Ernest Borgnine y Lee Marvin encarnan a parte de la población del pueblo, que quiere sacarse de encima a Macreedy, ya que temen que su investigación saque a la luz un terrible crimen cometido durante los años de la guerra. “Aquí sospechamos de todos los forasteros. Un resabio del viejo Oeste”, le dice Reno, el personaje de Robert Ryan, al investigador.
La película tiene muchas escenas antológicas, pero ninguna es tan potente como aquella en la cual Coley Trimble (Ernest Borgnine) incita a Macreedy a pelear. Están en un bar y lo provoca varias veces, hasta que este (que es manco) se ve obligado a reaccionar y lo vence rápidamente, a través de certeros golpes de karate, ante la sorpresa de los demás.
Para el crítico Edward Buscombe, “ambientada en un árido paisaje de western, que el cinemascope resalta, y filmada en color, la mayor parte a pleno y cegador sol, ‘Conspiración de silencio’ forma parte de los muchos grandes western de Sturges, como ‘Fort Bravo’ y ‘Duelo de titanes’. A pesar de su apariencia, es en realidad un film noir, con su historia de un pasado lleno de oscuros secretos”.
Children of men. Hijos o niños de los hombres. Título intencionadamente excluyente del género femenino, por algo será, probablemente Alfonso Cuarón así lo quiso, y porque sin duda y sin ánimo de spoiler, el futuro esperanzador de la humanidad tiene nombre de mujer, de niña africana en este caso.
Una película de hace veinte años (2006) que a la vista de hoy apenas tiene nada de ciencia ficción, pues la persecución, encarcelamiento en jaulas, expulsión, maltrato sistemático y muerte de las personas inmigrantes en cualquier parte del mundo, especialmente en la Norteamérica del criminal Trump, superan las imágenes que Cuarón nos muestra en ese Londres xenófobo y violento de 2027.
Hay tanto que decir y mucho que reflexionar ante esta cinta que nos interpela en cada una de las secuencias; desde la cínica, descreída y resignada posición del ex militante revolucionario que encarna Clive Owen, ¿qué harías tú en su situación?, pasando por el ejemplar y magnífico personaje Jasper, que encarna Michael Caine y cuya presencia y acciones me parecen esenciales para entender el discurso de Cuarón en este filme, pues estoy en total desacuerdo con lo que nos comenta el filósofo Zizek que menosprecia y se burla de este viejo hippy cuando lo que yo veo es un hombre íntegro que ha conseguido construir su Arcadia feliz a salvo del violento y criminal mundo exterior, que cuida de su mujer y de quienes requieren auxilio, que cultiva un huerto, con marihuana, si, con la que comercia y consigue salvar vidas. Por lo tanto nada de ingenuo e inútil personaje. Y me parece un acierto emotivo y vibrante, utilizar las canciones de los Rolling (Ruby Tuesday) y el guiño a los Beatles con la marihuana de sabor a fresa strawberry. (Strawberry filds forever). Ambas canciones nos hablan de una evasión vigorosa y consciente, cerrar los ojos para no ver el mal que nos rodea, pero a la vez mantenerlos abiertos para defendernos.
En mi opinión Cuarón localiza la acción del film en Londres como una suerte de justicia poética; quiere que veamos la capital de lo que fue un Gran Imperio, devastada, bombardeada, corroída por la miseria moral y la corrupción. Esa Gran Bretaña que secularmente ha ejercido el dominio absoluto y violento sobre “sus colonias”, apoderándose de los bienes y las riquezas ajenas, saqueando y esclavizando a sus habitantes, robando bienes culturales (magistral la escena del mega rico coleccionista de arte), condecorando caballero a un pirata como Francis Drake, por poner un ejemplo. Pues bien, Londres en 2027 prueba su propia medicina convirtiéndose en una ciudad sin ley, amenazada y destruida por saqueadores de todo pelaje, los mismos musulmanes o pakistaníes a quienes Gran Bretaña sometió en un reciente pasado, tienen ahora en sus manos la “justa” venganza.
Y en lo que se refiere a la metáfora final, el barco “Tomorrow” (“Mañana) tampoco estoy de acuerdo con Zizek cuando habla del desarraigo, de presentar ese barco flotante y viajero como una imagen opuesta a la tierra firme con sus raíces. En absoluto. La imagen del navío, sobre todo en nuestra cultura mediterránea, viene a hablarnos de futuro, de intercambio, de comercio, de conocimiento de otras culturas y otras lenguas. Miles de años de viajes fluviales y marítimos para en ocasiones encontrar otra tierra donde enraizarnos, pero también para regresar a nuestra patria chica. En absoluto es una metáfora del desarraigo sino, más bien al contrario de búsqueda de tierra firme, o de otro mundo mejor que sea posible.
carmen