“Tu no existes”, le dirá en un momento de esta película un agricultor contracultural a Mona (Sandrine Bonnaire) al ver que no responde a las posibilidades de trabajo y relativa estabilidad que le ha ofrecido. Y es cierto; la protagonista de SANS TOIT NI LOI (1985) -con la que Agnès Varda logró uno de los mayores éxitos de crítica de su trayectoria como realizadora cinematográfica- inicia su presencia en la película apareciendo muerta en una cuneta y totalmente desarrapada.
Es a partir del descubrimiento de su cadáver como una voz en off –presumiblemente la propia realizadora- intenta redescubrir las últimas semanas de existencia de este singular personaje, libre, inconformista y sin ataduras, que en su deambular por un sur de Francia eminentemente rural mostrará su profundo escepticismo ante los personajes que con ella se encuentran, por más que a ellos su presencia si que marque de una u otra forma sus vidas. A partir de esa dicotomía se establece la génesis de una película que deliberadamente carece de conflicto dramático. En todo momento sabemos la conclusión de las andanzas y desde los primeros compases del metraje podemos advertir la verdadera mirada que la veterana realizadora francesa impone a sus fotogramas. Introduciendo actores semiprofesionales, afrontando una impronta visual que capta la sombría tristeza del campo, la psicología de unos personajes que sorprendentemente se entrelazan a partir de su relación con Mona.
Ella es una joven para la que aparentemente no importan los sentimientos, la estabilidad ni vinculo alguno de atadura a lo comúnmente establecido. Vistiendo en todo momento con una ropa gastada, abandonando toda norma de higiene, probando la droga cuando puede o trabajando esporádicamente únicamente para sobrevivir, la joven se pasea con su imperturbable hieratismo –al que la estupenda interpretación de la Bonnaire otorga toda su fuerza y naturalismo-, nuestra protagonista se pasea por antiguas mansiones rurales, contempla árboles enfermos, se hospeda en caravanas u hogares en ruinas, convive con inmigrantes y delincuentes y no deja de impresionar a personas de estabilidad económica y profesional con las que, sin embargo, no querrá transigir.
La cámara de Agnès Varda se ofrece contemplativa, con resonancias bressonianas, utilizando una sencilla planificación con predominio de panorámicas y un cierto regusto al detalle –esa imagen en la que vemos en una cafetería las manos cuidadas de la mujer que la porta en su coche, comparada con las encallecidas y sucias de Mona-. Es evidente que la sobriedad de la configuración de SIN TECHO NI LEY, esa ausencia de toma de postura, esa mirada limpia y sin prejuicios a lugares, personajes y situaciones marginales o poco tratadas en la pantalla, son las que otorgan la fuerza a un film que de una parte ofrece momentos tan sinceros, divertidos y entrañables como la complicidad que –mediante unos coñacs- se ofrece entre Mona y la anciana dueña de la mansión en el campo. Por otra parte, no es menos cierto que aquellos elementos que quizá en su momento pudieron ofrecer más impacto en el momento de estreno de la película –esas intermitentes miradas/confesiones de varios de sus personajes al espectador-, ahora aparezcan un tanto innecesarios.
Película sobria y sin concesiones pero al mismo tiempo concebida como un producto claramente “de prestigio”, es indudable que pese a todo SANS TOIT NI LOI ha logrado sobrellevar con entereza la prueba del paso del tiempo, con una mirada tan triste como verista de un universo rural y frío –en este elemento si que la fisicidad de sus paisajes traspasan la pantalla- y una dirección de actores sincera y creíble en la cual podemos encontrar ecos de ese cinema-verité en el que la realizadora se introdujo como directora muchos años atrás.

Mercedes Arancibia
“” es el título elegido, supongo, por la editorial Lumen para publicar tres novelas –El amor molesto, Los días del abandono y La hija oscura– de la escritora italiana Elena Ferrante; una autora que es también un misterio ya que nunca se ha dejado fotografiar, aunque se han publicado algunas entrevistas, y hay incluso quien asegura que el nombre es un pseudónimo tras el cual podrían ocultarse los escritores Goffredo Fofi o Domenico Starnone, que se habrían inventado esa identidad para tener una segunda vida literaria. No estoy convencida de lo acertado del título, aunque me ha gustado.
A estas alturas, y tras casi treinta años de carrera literaria, parece poco probable la hipótesis. Así que, hasta que se demuestre lo contrario, yo creo que Elena Ferrante es una mujer, que además escribe de mujeres y se detiene a pormenorizar en el destino individual de algunas de ellas.
Desde esta perspectiva, las tres novelas tienen una continuidad narrativa.
Publicada en 1992, la novela “El amor molesto” es una especie de pesadilla, de sueño, de vagabundeo en el que la protagonista está, a la vez, en fuga y buscándose a sí misma, a través de la atormentada relación madre/hija (verdadero leit-motiv de las tres partes que componen el libro). El libro tiene un comienzo que parece un clásico de novela negra: “Mi madre se ahogó la noche del 23 de mayo, día de mi cumpleaños, en el trecho de mar frente a la localidad que llaman Spaccavento…”. El cuerpo desnudo que unos chicos encuentran al día siguiente lleva solo un sujetador, el anillo de compromiso y la alianza, y unos pendientes que le regaló su marido medio siglo antes. Todo hace pensar en un suicidio.
Cuando la hija regresa a Nápoles para los funerales indaga acerca de los últimos días de la vida de la mujer, lo que le lleva a registrar la casa, recordar el pasado de una familia encerrada en un mutismo casi absoluto y reflexionar sobre la vida de ambas y los celos del padre, a veces brutales.
El amor molesto no se refiere solo a esa brutalidad sino también a la forma de amor/odio con que la hija revive las relaciones familiares. ¿La historia de Delia, la protagonista, es la de la Ferrante?, se preguntaba la crítica italiana cuando se publicó el libro hace ya casi veinte años y se estrenó una película, con el mismo título, dirigida por Mario Martone, acogida muy favorablemente por el público femenino. Otra incógnita más que añadir a la misteriosa biografía de la autora.
En 2003 Elena Ferrante publicó “Los días del abandono”, que supuso la confirmación de una escritora y la continuación de una carrera literaria que ya contaba con un primer éxito. De lo que se habla en este segundo libro es de la separación de la pareja. Una tarde, mientras recogen la mesa y los niños juegan, Mario anuncia a Olga que la deja…De repente, sin explicaciones, sin decir a donde, sin despedirse de los niños, se marcha en silencio acabando con veinte años de convivencia.
En suma, que es la tragedia de una crisis conyugal y el pretexto para que la mujer se plantee nuevos interrogantes, con el tiempo como verdadero protagonista: los años que se suceden veloces marcando las estaciones de la vida; los momentos, que pasan lentamente arrastrando evocaciones de la memoria. Todo se confabula para hacer más dolorosos si cabe los días del abandono. En el fondo es una historia conocida: una mujer, un hombre, el final de una historia, el abandono. La mujer no puede con su pesadilla, desaparecen las certezas, hay que aceptar una nueva realidad para convertirla en punto de partida. Alguien ha escrito que “los días del abandono” es un himno a la mujer y, como era alguien italiano, ha dicho que es también un himno a la mamma.
La tercera de las novelas incluidas en el libro, “La hija oscura”, es una historia de emancipación, cumplida ya la mitad de la vida, en la que se repiten los modelos de las anteriores: vuelven a aparecer los fantasmas en femenino, un pasado que se quiere negar y rechazar, las difíciles relaciones con la madre y los hijos y todo lo que nunca se dice, lo que se calla… Una historia que excava en los sentimientos que se establecen entre las generaciones

Las consecuencias del terremoto de Japón -especialmente la actual crisis en la central nuclear de Fukushima- traen recuerdos sombríos para los observadores de la crisis financiera estadounidense que precipitó la Gran Recesión. Ambos acontecimientos ofrecen duras lecciones sobre los riesgos y sobre lo mal que pueden manejarlos los mercados y las sociedades.
Naturalmente, en cierto sentido no hay comparación entre la tragedia provocada por el terremoto -que ha dejado más de 25.000 personas muertas o desaparecidas- y la crisis financiera, a la que no se puede atribuir un sufrimiento físico tan agudo. Pero cuando se trata de la fusión del reactor nuclear en Fukushima, los dos acontecimientos tienen algo en común.
Los expertos tanto de la industria nuclear como de las finanzas nos aseguraron que la nueva tecnología había eliminado prácticamente el riesgo de una catástrofe. Los hechos demostraron que estaban equivocados: no solo existían los riesgos, sino que sus consecuencias fueron tan grandes que eliminaron fácilmente todos los supuestos beneficios de los sistemas que los líderes de la industria promovían.
Antes de la Gran Recesión, los gurús económicos de EE UU -desde el presidente de la Reserva Federal hasta los gigantes de las finanzas- se jactaban de que habíamos aprendido a dominar los riesgos. Mediante instrumentos financieros innovadores, como los derivados y los credit default swaps (seguros contra el impago de la deuda), se había logrado distribuir el riesgo en toda la economía. Ahora sabemos que no solo engañaron al resto de la sociedad, sino que incluso se engañaron a ellos mismos.
Resultó que estos magos de las finanzas no entendieron las complejidades del riesgo, por no hablar de los peligros que plantean las «distribuciones de cola ancha», un término estadístico que se refiere a situaciones raras que tienen consecuencias enormes, y a las que a veces se llama «cisnes negros». Eventos que supuestamente suceden una vez en un siglo -o incluso una vez en la vida del universo- parecían ocurrir cada diez años. Peor aún, no solo se subestimó enormemente la frecuencia de estos acontecimientos, sino también el daño desmesurado que causarían -más o menos como las fusiones que siguen agobiando a la industria nuclear.
Las investigaciones económicas y psicológicas nos ayudan a entender por qué gestionamos tan mal estos riesgos. Tenemos pocas bases empíricas para juzgar los acontecimientos raros, por lo que es difícil hacer cálculos precisos. En tales circunstancias, no solo empezamos a pensar lo que queremos, sino que puede ser que tengamos pocos incentivos para pensar en absoluto. Por el contrario, cuando los demás cargan con los costes de los errores, los incentivos favorecen el autoengaño. Un sistema que socializa las pérdidas y privatiza las ganancias está condenado a gestionar mal el riesgo.
En efecto, todo el sector financiero estaba plagado de problemas con las agencias y las externalidades. Las agencias de calificación tenían incentivos para dar buenas calificaciones a los títulos de alto riesgo que producían los bancos de inversión que les pagaban. Los creadores de las hipotecas no cargaban con las consecuencias de su irresponsabilidad, e incluso quienes se dedicaron a dar préstamos abusivos o crearon y comercializaron valores diseñados para perder, lo hicieron de manera que quedaron protegidos de acusaciones civiles y penales.
Esto nos lleva a la siguiente pregunta: ¿están a punto de aparecer otros «cisnes negros»? Desafortunadamente, es probable que algunos de los riesgos realmente grandes a los que nos enfrentamos hoy día ni siquiera sean eventos raros. Lo bueno es que esos riesgos se pueden controlar con poco o ningún coste. Lo malo es que hay una fuerte oposición política para hacerlo, porque hay personas que se benefician del statu quo.
En los últimos años hemos visto dos de los grandes riesgos, pero hemos hecho poco para controlarlos. Según algunas personas, la forma en que se manejó la última crisis puede haber aumentado el riesgo de un colapso financiero en el futuro.
Los bancos demasiado grandes para quebrar y los mercados en los que participan saben ahora que pueden esperar rescates si tienen problemas. Como resultado de este riesgo moral, esos bancos pueden pedir créditos en condiciones favorables, lo que les da una ventaja competitiva que no se basa en un rendimiento superior, sino en la fuerza política. Si bien se han frenado algunos de los excesos que se cometían al asumir riesgos, los préstamos abusivos y las operaciones no reguladas de oscuros derivados extrabursátiles continúan. Las estructuras de incentivos que fomentan la toma de riesgos excesivos se mantienen prácticamente sin ningún cambio.
De la misma forma, mientras que Alemania ha cerrado sus reactores nucleares más viejos, en EE UU y otros lugares incluso las plantas que tienen los mismos defectos de diseño que la de Fukushima siguen operando. La existencia misma de la industria nuclear depende de subsidios públicos ocultos -los costes que paga la sociedad en caso de desastres nucleares, así como los costes de la eliminación de los residuos radiactivos que aún no se aborda-. ¡Viva el capitalismo sin restricciones!
Para el planeta hay un riesgo adicional que, al igual que los otros dos, es casi una certeza: el calentamiento global y el cambio climático. Si hubiera otros planetas a los que pudiéramos irnos a bajo coste en el caso de que ocurriera el resultado casi seguro que prevén los científicos, se podría argumentar que se trata de un riesgo que vale la pena tomar. Pero no los hay, por lo que no lo es.
Los costes de reducir las emisiones palidecen en comparación con los posibles riesgos a que se enfrenta el mundo. Y eso se aplica incluso si descartamos la opción nuclear (cuyos costes siempre se subestimaron). Ciertamente, las industrias del carbón y del petróleo resultarían perjudicadas, y obviamente los países que son los grandes contaminadores -como EE UU- pagarían un precio más alto que los que tienen un estilo de vida menos derrochador.
A fin de cuentas, quienes apuestan en Las Vegas pierden más de lo que ganan. Como sociedad, estamos apostando -con nuestros grandes bancos, con nuestras instalaciones de energía nuclear, con nuestro planeta-. Al igual que en Las Vegas, los pocos afortunados -los banqueros que ponen en peligro nuestra economía y los propietarios de las empresas de energía que ponen en riesgo nuestro planeta- pueden ganar mucho dinero. Pero en promedio, y casi con seguridad, nosotros como sociedad, al igual que todos los jugadores, vamos a perder.
Por desgracia, esa es una lección que se desprende del desastre de Japón que seguimos ignorando por nuestra cuenta y riesgo.
Joseph E. Stiglitz es catedrático de la Universidad de Columbia y ha sido galardonado con el Premio Nobel de Economía. Traducción de Kena Nequiz

Ayer estuvimos en la sede del Parlamento Europeo en Madrid invitados por Arco Europeo Progresista, para hablar del malestar de la cultura en Europa .En mi mesa el Secretario de Universidad de las Juventudes Socialistas de Madrid realizó una intervención con un lenguaje claramente anticapitalista que contrastaba con la petición de la Fundación Ideas de hacer propuestas de futuro apartándose de lo que denominan “conservadurismo progresista” (el empeño en la defensa de los logros anteriores no solo coloca a los progresistas en el lado equivocado de la dicotomía entre futuro y pasado, sino que agrava la fragmentación del voto progresista….a la larga, los progresistas no tienen mas remedio que presentar un programa nuevo, que tranquilice a los grupos tradicionales y tienda la mano a otros nuevos…) Hablar de Gramsci, de Marx, de Bloch, de Rosa de Luxemburgo.. ¿Se puede considerar conservadurismo progresista?, pues para la Fundación Ideas eso parece, de ahí mi consejo al brillante joven que me precedió en el uso de la palabra para que no se olvide de Zizek, Pettit o Michel Walzer y así completar su discurso sin líneas divisorias, el futuro tiene que hacerse sin olvidar el pasado, que no nos digan que eso es no responder a las aspiraciones de las jóvenes generaciones progresistas de todo el mundo.
Me puse del lado de Pessoa en mi corta intervención y leí lo siguiente del “libro del desasosiego”: “sólo un fin bajo vale la pena, porque sólo un fin bajo puede realizarse por entero .Si quiero emplear mis esfuerzos en conseguir una fortuna, podré de alguna manera conseguirla; el fin es bajo, como todos los fines cuantitativos, y es alcanzable y verificable. ¿Pero cómo he de realizar el intento de ampliar la cultura humana, o mejorar la humanidad?” No estoy seguro de que alguien me entendiera, pero veo mucho mercantilismo a mí alrededor a la hora de confeccionar listas electorales y me salió ese desasosiego, que incluso representé casi de forma teatral.
Las jornadas son siempre interesantes, todos quieren quedar bien y muchos preparan intervenciones que suenan “huecas”, la única que me resultó creíble fue la de Ana que tenía el aroma de una colegiala que quería sacar buena nota. Me resultó creíble su visión de Miguel Hernández.
EL AMANUENSE
Relato del 4/03/11 = Dos, el Padre engendra al hijo, pero aún no alcanza la trinidad, es una dualidad desdoblada, como el que se inventa a si mismo.
Título: Tras el cristal.
Va por ti: Alicia, cercano ya tu ciclo anual.
1.- Esto es lo que da la convocatoria.
Como consecuencia del éxito de la película Pa negre en los Goya, ponemos la Obra de culto del director español Agustí Villaronga. Narra la historia de Klaus (Günter Meisner), un médico que en la II Guerra Mundial realizó experimentos con los niños judíos recluidos en los campos de concentración nazis. Lleno de maldad, disfrutaba viéndolos morir tras inyectarles unas gotas de gasolina en el corazón con una jeringuilla. En realidad, sentía una mezcla de atracción hacia los niños – pedofilia – y unas ansias de jugar a ser Dios.
Los experimentos con jovencitos imberbes se ven interrumpidos cuando, por accidente, Klaus cae de lo alto de la torre de su casa. No muere, pero queda paralítico y además se ve afectado su sistema respiratorio. Así que para respirar, necesita un pulmón de acero, que es una máquina que le ayuda a respirar. Es casi como un ataúd en el que está continuamente. Día a día, le ayuda su mujer Griselda (Marisa Paredes) y su hija Rena (Gisela Echevarría). Los tres viven en una gran mansión en el campo, y sólo tienen contacto con el exterior gracias a la Jornalera (Inma Colomer), que les hace la compra y les cocina.
Griselda, que desconoce la anterior vida de su marido, está realmente harta de cuidar de él, ya que ha tenido que renunciar a su propia vida. Así que decide contratar a una enfermera para que la ayude. Pero se presenta Angelo (David Sust), un guapo jovenzuelo que dice ser enfermero.
En la publicidad se decía lo siguiente: «EL IMPERIO DE LOS SENTIDOS SE QUEDA CASI EN UN ASUNTO DE BEBÉS COMPARADO CON ESTA PELICULA»
2.- Y esto es lo que da el resumen del debate. El relato.
Ruego encarecidamente, querido coordinador, una disculpa al retraso; pero hasta el mismo viernes (11/03/11) no se me han cuajado las meninges. Y fue posible gracias a la Providencia, sí; por eso sabemos que existe; y hemos de elevar nuestros ojos, agradecidos, a los cielos.
En la noche de ese día –once- (fíjate que su valor es dos, igual que la reducción a la unidad del día de proyección) se reunieron, sin ese propósito, ocho quídam (expresión de infinito), y, como por azar, surgió el debate sobre la película, cuyo comentario se hacía preciso.
Y el asunto fue más que lo que le pasó a Sabina, pues nos dieron no sólo la una, y las dos y las tres y hasta las doce de hoy mismo seguimos. Pero resultando excesivo la reproducción total, que luego genera muchas críticas, procede reflejar un breve y conciso resumen, siempre con el riesgo de saltarse lo más sustancioso, lo que dará oportunidad (abierta siempre) a otras intervenciones.
Quídam 1º: Hace un resumen de la cinta, de su dureza y violencia física y moral y sostiene:
“Cuando un director elige un tema como ese y además se abstiene de criticarlo o plantearlo como una condena moral, como un ejemplo para que se sepa que hay transgresiones que no deben superarse es que participa en una u otra forma con la aceptación o disfruta con ese tipo de violencia, no estando muy equilibrado como persona”.
Quídam 2º: “Sin duda participo de tu idea, a mí también me parece enfermizo que alguien se sienta bien no condenando o plantando un dura crítica acerva a una cuestión como la violencia gratuita e infligir un daño que además envilece a quien lo sufre. Es una forma de disfrutar sin someterse a la condena moral del resto.”
Quídam 3º: “Totalmente en contra, ya somos todos mayores y no es preciso que a mí me muestren y me digan lo que es aceptable o no; ya sabré yo distinguirlo. Más aún, cualquier limitación o indicación o condicionante o prohibición resulta ser una limitación a la libertad creadora del arte. El arte no puede reprimirse ni condicionarse, porque constituye una transgresión a la libertad personal. Y a la libertad creadora, necesaria para trasladar algo que de otra forma no podría conocer y prefiero que sea a través de arte que de la realidad, pues ello me obligaría a actuar o a rebelarme”.
Quídam 4º: “No cualquier cosa que esté relacionada con las artes puede merecer el calificativo de tal; y así como hay pintura que resulta una broma escatológica, hay cine que constituye un abuso de la transgresión moral; o al menos una crisis moral personal de algún espectador. La violencia infligida al ser humano como decís que ocurre en esta película no tiene justificación para ser expuesta y menos si no es para expresar el más firme de los rechazos. Lo otro es aceptarlo y probablemente potenciarlo, lo que no se rechaza se propaganda”.
Quídam 5º: “En el arte todo está permitido y no es bueno que nos consideren niños y faltos de criterio, y siempre es preferible a la realidad”.
Quídam 6º: “Pero como se sabe que está trasladando una realidad, nadie la ha visto y lo que resulta evidente que el film se sustenta en una ficción, pues no es real lo que en él se muestra, o sí? El caso es que siendo ficción recrearla para exponerla sin límites éticos, constituye un proselitismo, y en su caso una degeneración”.
Quídam 7º: “Si además de caber dudas sobre lo que es arte, (que hay mucha (discúlpese el término) cagada adorada por enjambres de moscas) se añade que al socaire se platea cualquier transgresión, o toda, de la ética y moral, ha de rechazarse. Porque en todo caso el arte no puede constituir una excepción a los parámetros de comportamiento humano”.
Quídam 8º: “Exacto, muy bien dicho, si al arte (de alcanzar la categoría) se le permite aunque de forma extraordinaria la transgresión, se está justificando cualquier transgresión en cualquier ámbito; por qué no podríamos matar porque resultara artístico el rictus de dolor o la combinación ‘carpachiana’ del rojo de la sangre vertida, con el amarillo lánguido y lívido del rostro del espectador, contemplador en directo.
Lo han dicho muchos, pero lo expreso como nadie Castelio: “Matar bajo el argumento de defender una idea es sólo un asesinato”. Y cabría añadir tal vez más impío que dar muerte bajo otro presupuesto.
Y el hombre no puede prescindir de su concepción equilibrada del universo ni siquiera ante lo que pudiere un concepto elevado como el del arte. Si la defensa de una idea, se supone que superadora y mejoradora de las relaciones sociales, no justifica una muerte: ¿cómo podremos concedérselo al arte?. Si este lo intenta ha de dejado de serlo además de la repugnancia que provoque.