Poeta de la visión. Apuntes a la película «El Eclipse»
“Como en poesía, episodios y encuadres se suceden por analogías expresivas más que por concatenaciones dramáticas” Cavallaro
Toda la secuencia de la apertura es como si fuera un Adagio. En un estudio del filósofo Enzo Paci (importante autor del existencialismo) llamaba “cosales” al vagabundeo de Vittoria por la habitación en los primeros planos. Se mueve lentamente por la habitación cambiando objetos de un sitio a otro. Abre una cortina para mostrar el amanecer del barrio donde está la casa de Ricardo, un barrio moderno en el sur de Roma, donde estuvo instalada La exposición Universal de Roma. EUR. Lentamente se nos muestra el tedio de la pareja, mostrándose el aburrimiento de forma clara, en un análisis visual preciso de la condición humana que lleva a la desesperanza. Cuando ella, después de los cosales, le anuncia la decisión de dejarlo, el finge no comprender. Yo quería hacerte feliz, dice Ricardo. Se siente prisionera en el apartamento, en el momento que decide retomar su libertad. La separación al amanecer es de una belleza que solo Antonioni puede crear.
La madre de Vittoria tiene una gran pasión: jugar a la bolsa, y allí acude ella a buscarla para contarle la ruptura con Ricardo. Entra en el templo de la contratación (y la degradación). Un reloj indica que son las 12,30 del 10 de julio. Rostros hipertensos, bocas gritando órdenes, brazos que se agitan, y de pronto un minuto de silencio (como para los futbolistas) por un fallecido del circo bolsístico. Y es ahora cuando se produce uno de los momentos más brillantes de la película. Un gran pilar separa a Vittoria de Piero. Según Pierre Gay se crea el más perturbador de los suspenses metafísicos. Dice Gay: “jamás evocación mas mordiente nos ha sido ofrecida de la nada, de la inmovilidad, en el corazón mismo de la vida mas caótica. Ese vacío que viene a formarse en la vorágine es la presencia misma de la muerte”
Se va con una amiga al mismo continente negro. Vittoria se siente subyugada por el sentido de la libertad, de nobleza, de grandeza sin límites que las reliquias y fotos de Kenia le comunican de un modo primitivo, incontaminado. En un momento dado la vemos, caracterizada de negra, improvisar una danza africana frenética. Cuando sale a buscar el perro de Marta se queda pensativa ante el sonido que produce los tubos metálicos movidos por el viento que baten contra los mástiles de las banderas situadas a un lado de la plaza.
Para alejarse de Ricardo se va con una amiga y su marido, piloto de pruebas, para ver el espectáculo del cielo: “Metámonos en esa nube de ahí.”
Tras la entrada de Piero en escena se produce la crónica de un enamoramiento que no llega a convertirse en amor. La atracción física no se convierte en amor. Después del accidente y la pérdida del coche pasea por caminos del EUR, aparecen ante sus ojos dos muchachos que han hecho novillos. Piero redescubre el papel de no hacer nada. En el momento de separarse en un cruce, que se convertirá en lugar mítico, Vittoria se deja rozar por un beso. Piero en casa de sus padres juega y tiene ganas de hacer el amor (beso a través de los cristales). En un corte muy acertado Piero y Vittoria aparecen tumbados en la hierba de un prado conversando. ¿crees que nos llevaremos bien nosotros dos?
En su sexto encuentro, en la agencia, se divierten como niños repitiendo las posturas de dos enamorados que han sorprendido días antes. Conciertan una hipotética cita: “esta tarde a las 8 donde siempre”. Piero cuelga todos los teléfonos que empiezan a sonar. Apoya la cabeza en el respaldo, y permanece así con los ojos cerrados. No contesta, parece como si la pasión por los valores en bolsa haya desaparecido. Ninguno de los dos va a la cita.
En ausencia de protagonistas, Antonioni filma el lugar del encuentro frustrado, sugiere las ausencias de personas a través de cosas inanimadas, el montaje elíptico es de una audacia sin precedentes. El cruce está como lo han dejado, dentro del bidón flotan la caja de cerillas de Piero y una astilla que dejó Vittoria con gesto distraído. El agua corre lentamente hasta una alcantarilla. ¿El tiempo que huye? ¿el amor que se extingue?
Gente que espera, autobuses que pasan, rostro de un viejo fragmentado… Una original poética sinfónica informal con fragmentos de la realidad que podemos interpretar como una alegoría del vacío, el eclipse de los valores espirituales, la aridez del hombre contemporáneo reducido al estado de objeto. La vida material ha devorado a las personas, incapaces ya de sentimientos. Las grietas del asfalto, los ladrillos apilados de forma que evocan una metrópoli espectral, y un primerísimo plano de una farola encendida que invade la pantalla hasta poner FIN.
Moravia observa: “tenemos aquí un eco, quizás inconsciente, de la imagen bíblica del sol que vuelve negro” Antonioni en estos últimos 7 minutos de la película, que fueron cortados en EEUU parece advertir: “La realidad se volverá a la del eclipse, fría, muda, apagada”,
