12 PM | 03 Nov

SURREALISMO Y VANGUARDIAS

HOMENAJE A EUGENIO FERNÁNDEZ GRANELL

Surrealismo y vanguardias artísticas PEPE GUTIÉRREZ-ÁLVAREZ

Miércoles 30 de octubre de 2013

 

 

La Fundación Andreu Nin (FAN) tenía una deuda con el centenario de Eugenio Fernández Granell (La Coruña, 1912), poumista, surrealista y uno de los fundadores de la FAN. Entendimos que la mejor manera de hacerle un homenaje, era hablando del surrealismo, de la conexión entre las vanguardias y la izquierda revolucionaria. La Biblioteca Andreu Nin del barrio Gótico de Barcelona, era el lugar ideal. Se trata de un espacio que estamos empeñados en convertir en referente de una continuada serie de actividades, encaminadas a recuperar memorias de otros mundos. Anteriormente tuvieron lugar otras jornadas sobre la literatura antiestaliniana de y sobre la URSS en oposición al “canon Soljenitsin” (Panait Istrati, Victor Serge, Vasili Grossman, Eugenia Ginzburg y Varlam Salámov)

En la presentación del ciclo sobre Eugenio Granell (3/10/13) hablamos de su militancia en la ICE y en el POUM (Pelai Pagès), del activismo cultural del POUM (PG-A), y Natalia Segarra, presidenta de la Fundación Granell, nos obsequió con la ayuda de diapositivas, con un análisis detallado del cuadro de su padre, Elegía de Andrés Nin, que figura como estandarte de la FAN desde su creación.

La siguiente conferencia (14-10-13), combinó el análisis de las vanguardias y su desarrollo en Cataluña, que fue uno de los epicentros del surrealismo, con una exposición sobre el significado de éstas. La primera parte corrió a cargo de Ferran Aïsa, sin duda el más minucioso conocedor de la cultura obrera, anarquista y revolucionaria en general, de Cataluña, autor de una extensa obra en la que se incluye Les avantguardes. Surrealisme i revolució (Ed. Base, Barcelona, 2008). Ferran explicó que fue el BLOC el que mostró el mayor interés en conectar con las vanguardias; y también ofreció detalles de la fase izquierdista de Dalí. Marc Casanovas desarrolló un análisis de las lógicas socioculturales del capitalismo y del lugar que ocupa la literatura y el arte en su seno: una actividad escindida y encapsulada por la división del trabajo y la mercantilización del mundo

En las próximas conferencias, se ofrecerán varios “platos fuertes”. Primero (7/11/13), el que escribe tratará de ofrecer un cuadro del encuentro en México entre León Trotsky y André Breton, con Diego Rivera en el papel de anfitrión y firmante del Manifiesto por un arte revolucionario e independiente, sin duda el documento más importante de esta intersección entre las vanguardias artísticas y la política revolucionaria. El encuentro dio lugar a un proyecto que se podría haber llamado “las conversaciones de Patzcuaro”, pero no hubo tiempo para mucho más. Del encuentro entre “el águila y el león” que evoca Gerard Roche en una erudita reconstrucción, hay partes muy reseñables. Trotsky encargó el texto a Breton del que apenas si había leído alguna cosa, pero éste se encontraba sometido a lo que él mismo llamó “el complejo de Cordelia” (la hija devota del Rey Lear shakesperiano), y no le salía ningún texto. Finalmente lo redactaron entre los dos, aunque Rivera suplió a Trotsky en la firma. El complejo llevó a Breton a exceptuar la revolución proletaria de la libertad ilimitada del arte, pero Trotsky, ya de vuelta de amargas excepciones, le corrigió. Este encuentro tuvo un epílogo en la Federación Internacional del Arte Revolucionario Independiente (FIARI), pero el estallido de la II Guerra Mundial se lo llevó todo por delante.

Más adelante, Josep Casals nos hablará de Walter Benjamín y el surrealismo (14/11/13). Los que conocemos el dominio de Josep sobre estas cuestiones, nos frotamos las manos porque tenemos garantizada una sesión de aquellas en las que la sirena de la biblioteca nos obliga a marchar. Seguro que nos detallará sus propias lecturas y nos informará del estudio introductorio de Michael Löwy, a la edición deBenjamín y el surrealismo.

Estamos hablando de actos normalmente reservados a ámbitos universitarios, pero aquí se trata de tender puentes a la gente más variada. Gente que a veces llena los espacios, pero que en otras, deja el acto, y éste no pasa de minoritario. Pero incluso en estos casos vale la pena aprovechar las dos horas permitidas. Un par de detalles para confirmarlo.

 

Primero, en las últimas décadas se había hecho ritual en muchos de los trabajos periodísticos dedicados a personajes como George Bataille o André Breton pasar por alto sus pasiones y militancias políticas. O se mencionaban como excentricidad o les daban un sesgo “anticomunista” (así, por ejemplo, calificaba a Breton alguien con la cultura de Joan de Sagarra).

Segundo, también parecía que las vanguardias ya tenían la estaca en el corazón, y no había más sangre que la del mercado. Así, por citar un ejemplo, una de las “grandes noticias” pictóricas mediática fue el encargo de retrato que Álvarez del Casco hizo al pintor Antonio López. Parece que esto está cambiando, incluso López, un hombre prudente donde los haya, hizo no hace mucho unas declaraciones rotundamente anticapitalistas. La idea de que el capitalismo había reservado un pesebre para cada artista parece que no es cierta, y que, por lo tanto, los artistas tendrán de nuevo que salir a la calle y mojarse el culo.

30/10/2013

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07 PM | 09 Oct

LA HONESTIDAD DE UN GRANDE

La vida que he vivido hasta ahora me ha llevado a conocer a algunos artistas de los que llamamos “grandes”. Probablemente de todos los grandes que he tenido la suerte de cruzarme en el camino, el más descarnadamente honesto ha sido Patrice Chéreau.

Creo que fue en el año 1993 —no tengo tiempo de cerciorarme y tampoco importa demasiado—, aprovechando la tregua bélica de Navidades. Patrice y yo nos fuimos a Sarajevo un 29 de diciembre. Queríamos conocer de cerca esa guerra salvaje que parecía surgir de tiempos arcanos. Queríamos comprender y estar con los habitantes de esa ciudad tan humillada. Habíamos llevado una copia de una película de Disney subtitulada en serbocroata y salíamos de un cine, que se tenía en pie casi por milagro, hasta donde los cascos azules habían llevado grupos de niños que durante un rato, el que duraba la luz del generador militar, podían ser felices y sacarse de encima la inmensa tristeza que respiraban a todas horas. Era casi oscuro, caminábamos cerca de la pared y en zig-zag para evitar el riesgo los francotiradores cuando Patrice se paró, sacó una libreta del bolsillo y empezó a tomar notas. Yo también debería escribir un diario, pensé. Hay cosas, como las caras de felicidad de esos niños, que uno debería no olvidar nunca. Se lo dije. Me miró entre perplejo y culpable: “No tiene nada que ver con esto”, me contestó. “Se me acaba de ocurrir una solución para una escena del Don Giovanni que tengo que reponer este año en Salzburgo. Lo que se me ha ocurrido es más liviano que lo que hice el año pasado, es una solución más ligera y creo que es más mía”.

Seguramente en esa frase, que he recordado y le he recordado muchas veces, hay una síntesis del gran artista que era Patrice Chéreau y de su búsqueda incansable en el momento de contar una historia en el teatro, en la ópera o en el cine, tres disciplinas en las que fue un grande. Búsqueda dolorosa para él y luminosa para todos sus espectadores. Chéreau persiguió toda su vida esa liviandad. Nacido bajo el signo de Tauro, se sabía agarrado a la tierra y buscaba el aire para volar, para que las ideas que surgieran de su extraordinaria inteligencia pudieran circular sin peso, con la libertad que le alejaría de la pedantería y del sectarismo. Hijo de pintores, amaba el aire limpio de Velázquez y de Vermeer, la elegancia y la aparente sencillez de una naturaleza muerta de Juan Gris.

“C’est plus léger”, había dicho esa noche en Sarajevo, pero también “je crois que celà m’appartient plus”. Chéreau, como todos los grandes intérpretes, no explicó nunca nada que no le perteneciera, que no pudiera hacerse íntimamente suyo. Tal vez porque, como decía, “me parece que no sé mentir

”.Patrice y yo fuimos a Sarajevo un 29 de diciembre para conocer la guerra

En cualquier caso sabía desde el principio, porque empezó y brilló desde muy joven, que uno elige este oficio para acercarse un poco más a la verdad y poder contarla. Transitó por todos los caminos por los que transitaron sus personajes. Les acompañó buscando en su propia carne los repliegues más escondidos del ser humano, sus miserias y sus grandezas, iluminando esas zonas ocultas del alma donde todos nos sentimos inseguros, frágiles, pero que forman parte de la raíz de nuestra naturaleza. Se acercó con conocimiento, profundidad y amor a los grandes creadores, Shakespeare, Mozart, Wagner, Genet, Koltès… A todos ellos sirvió de espejo con su carne y con su espíritu. Su timidez, casi enfermiza, la transformó durante toda su vida en coraje y en desafío vehemente cuando se trataba de usar la ficción, es decir la mentira inteligente y consensuada para explicar una verdad más grande, la verdad de cada poeta, de cada creador, esas verdades que casi siempre duelen pero cuyo conocimiento nos hace más ricos y más grandes.

Tuve la suerte de llevarle a Sevilla por primera vez. Se enamoró de la ciudad y de sus gentes y en los últimos tiempos allí pasaba gran parte del año. “Là bas je me sents plus léger”, repetía como un mantra. La última vez que estuvo en Barcelona fue con motivo de las representaciones de La nuit juste avant les forets, de su amigo y cómplice Koltès en el Lliure. Estuvimos juntos unas pocas horas hablando con la paz que proporciona un sentimiento de amistad mutua no empañada ni siquiera por el tiempo.

Me contó su enfermedad. Por la noche, en el ensayo, me di cuenta de que el protagonista de Koltès no estaba en unos baños públicos, lugar donde parece transcurrir la acción, sino en la cama de un hospital. La obra estaba llena de la poesía de Koltès y de la de Patrice, ambas se sumaban para ofrecerle al espectador un pedazo de verdad más verdadero que la propia vida. Le miré con una profunda admiración. Me sonrió con sus hermosos ojos azules y me dijo muy bajito. “No podía mentir, lo entiendes, ¿no? Mientras se me hacía un nudo en la garganta traté de reprimir una lágrima inconveniente acordándome de los versos de otro gran poeta: “Hablo de la muerte, y además me estoy muriendo”. No se puede ser más honesto.

LLUIS PASCUAL

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05 PM | 07 Oct

DE LA COMUNA AL URINARIO

De la comuna al urinario

Xavier Pericay
Lunes, 7 de octubre de 2013 – 07:55

El pasado martes estuve allí. A eso de la una de la tarde pisé por primera vez -y me temo que por última- lo que el comisario Torra denominó hace un año, con manifiesta amoralidad, «la nostra zona zero». Estuve, sí, en el Borne Centro Cultural (BCC). Acaso porque era día laborable, acaso porque la hora no invitaba ya a la visita escolar, en el recinto del viejo mercado barcelonés reconvertido ahora en fireta nacional no había más que jubilados y turistas, aparte de un pequeño grupo de funcionarios o parafuncionarios -entre los que destacaba, por cierto, el propio comisario Torra, que no paraba de dar órdenes a sus hombres, quién sabe si en previsión de un nuevo ataque de las tropas de Felipe V-.

Nada más penetrar en el BCC, un austracista disfrazado de agente de seguridad me indicó amablemente dónde estaba el puesto de venta de entradas. Se lo agradecí, pero, como buen catalán que soy y dado que sólo se requería entrada para las visitas guiadas y un par de exposiciones y el resto podía recorrerse a pie sin gasto alguno, decidí ahorrármela. Al fin y al cabo, si tal era mi entusiasmo al final del recorrido, siempre estaría a tiempo de reconsiderar mi decisión.

El yacimiento tiene un interés indiscutible. Y hasta una cierta belleza. Para entendernos: como la neocueva de Altamira, pero con la ventaja de que aquí las piedras son de verdad y encima uno no debe andar todo el rato torciendo el cuello para contemplar las pinturas del techo. Lástima que lo contenido en los paneles con que el visitante puede orientarse a medida que va circunvalando los restos de la vieja ciudad bombardeada sea, por lo general, tan poco científico.

Lo que no es de recibo es simplificar las cosas hasta el extremo de presentar la Barcelona de comienzos del XVIII como una suerte de Arcadia, de comuna armoniosa que unos villanos -castellanos, para más señas- redujeron a escombros

Comprendo las necesidades de la propaganda -uno, con los años, se hace cargo de todo-. Pero lo que no es de recibo es simplificar las cosas hasta el extremo de presentar la Barcelona de comienzos del XVIII como una suerte de Arcadia, de comuna armoniosa que unos villanos -castellanos, para más señas- redujeron a escombros. En palabras del propio BCC: «La Barcelona de 1700 era una ciudad llena de jardines y huertos, con norias, fuentes, árboles frutales y gran diversidad de flores provenientes de distintas partes del mundo», con una «sociedad conectada con medio mundo gracias a una fuerte actividad comercial, bien alimentada y apasionada por los dulces», pero «los derribos ordenados por Felipe V» convirtieron esa comuna llena de amor y felicidad en una «ciudad mutilada»; «esta es la trágica lección». O sea, tomen nota y aplíquenselo, queridos visitantes y compatriotas todos -o casi todos-, no vayan a tropezar dos veces con la misma piedra, monumental o no.

Por supuesto, después de la experiencia desistí de comprar la entrada. ¿Para qué, si las exposiciones programadas iban a ser más de lo mismo? Eso sí, me acerqué al bar restaurante del recinto a ver qué ofrecían. Algo había leído ya sobre los nombres de los platos y los comentarios del reverso de la carta. No sé si hay que atribuirlos a la inventiva del comisario Torra o si el autor intelectual -perdonen ustedes el adjetivo- es otro, pero no cabe duda de que se trata de una muestra bastante zafia de agitprop. Lo cual no rebaja para nada la calidad de los manjares, por más que los vuelva, para un estómago letrado y no especialmente patriota, un punto indigestos­. En todo caso, me lo tenía merecido. ¿Quién me mandaba meterme allí?

Para terminar, y con el firme propósito de no dejar ningún cabo suelto, me pareció obligado ir al servicio. No sólo por necesidades fisiológicas; también periodísticas. Si el bar restaurante se recreaba en la historia y de qué modo, ¿qué no podía esperarse del retrete? Pues no. O, al menos, no el de caballeros. Y hasta diría que ese fue el único espacio de todo el recinto en que descubrí una novedad, un signo de los tiempos, una aportación al conocimiento y al progreso de la humanidad. Los urinarios, allí donde los varones realizan sus necesidades menores de pie, estaban compartimentados. Quiero decir que cada uno estaba separado del vecino, a derecha e izquierda, mediante un tabique. Como debería ser. Eso sí, junto al urinario no había papel higiénico. Pero todo se andará. Y no descarto, visto lo visto, que ese papel lleve impreso el odiado rostro de Felipe V.

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06 PM | 24 Sep

VACACIONES

 

Siguiendo la costumbre de mi amigo Juan Torres, columnista de VOX POPULI (excelente cada fin de semana) me lleve en mi primer tiempo al Tejado (obligado para ir con la mi suegra) cuatro libros que fui devorando  debajo de una encina: La Dorotea de Lope de Vega  para divertirme con las aventuras de Gerarda,; Las Cenizas de Gramsci … entre esperanza y desconfianza vieja me acerco a ti…Sí, Pasolini, del que hemos puesto este año varias películas suyas, se acercó a la tumba de Gramsci para revelarle su lucha interior moral y política, y nos dejó un estupendo poemario que a mí me hace reflexionar;  me terminé el regalado una amiga: “sonata para violín sin cuerdas”, graciosa novela  de MCewen, que lleva a su protagonista  a liderar una revolución estrafalaria, satirizando la vida moderna y sus absurdos;  por último empecé a esbozar un libro de historia de Joaquín Alvareda, sobre la guerra de sucesión, para estar al día el año 2014 que se nos avecina. Y casi sin darme cuente me encontré en la playa de Oyambre con los nietos, allí solo puede meterle mano al librito de Fernando Aramburu, Años Lentos, una historia sobre el fondo turbio del País Vasco. La peli de Von trota sobre Hannah  Arendt  me ha hecho retomar una biografía de Laure Adler y estudiar el personaje en profundidad para hacer una buena crónica de la misma en filmaffinity, pero eso ha sido en La Cerdanya .

En Siete Picos tuve con Ndendon  un largo debate sobre la enseñanza de la religión en los planes de estudios del PP. Yo defendía que la ponían de forma obligatoria y evaluable .Después de intercambiarnos varios correos, me quería convencer con el argumento de que en realidad es optativa, que es justamente lo que dice la Conferencia Episcopal. En fín, que debido a mi cerrazón me ha puesto la siguiente penitencia:

a) Examen de Conciencia

¿He calumniado yo a algún ministro, poniendo en sus labios o en su ley expresiones tan majaderas que lesionasen su credibilidad y honor, a sabiendas y con ánimo de difamarlo?

b) Dolor de corazón

¿Estoy verdaderamente arrepentido del daño que quise causar? ¿Me avergüenzo de la delectación sentida con la calumnia?

c) Propósito de enmienda

¿Estoy dispuesto a ser ecuánime y veraz en el futuro, a no exagerar y a prescindir de prejuicios –juicios previos- (y no sólo para evitar hacerme tan risible y predecible, sino por mor de lo justo)?

d) Decir los pecados al confesor (sea quien fuere éste)

¿Estoy dispuesto a admitir, a confesar sin recurrir a circunloquios, que he afirmado que cierto ministro había impuesto en una ley la obligación de cursar como obligatoria la asignatura de Religión; y que eso, en esa estricta literalidad, es falso?

e) Cumplir la penitencia

La penitencia (o la punición) es de obligada observancia; es una condición necesaria que se le impone al pecador (o al delincuente –sigo con los maoístas), para la remisión de su culpa (se perdona la culpa, mas no la pena -dice la Teología, y también el Derecho). No es la penitencia algo que pueda el culpable rechazar o aceptar, y menos discutir.

 

Penitencia cumplida…., pero no tengo claro que si un niño es llevado a un cole y en religión ponen nota y en Etica también el niño opte por la ética .A las pruebas me remito.

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09 PM | 08 Sep

LA DERECHA SIN DIOS

Fuera de Italia, Berlusconi ha sido siempre tomado un poco a broma. Pero haríamos mal en desdeñar el impacto de Berlusconi y de lo que representa para otras democracias. Como recuerda Alexander Stille, otros tres fenómenos incubados en Italia también fueron minusvalorados inicialmente. La mafia, el fascismo y el terrorismo de izquierdas (Brigadas Rojas) parecían unas excentricidades italianas, intransferibles a democracias más serias. Sin embargo, esas tres supuestas rarezas se convirtieron, con o sin cambios cosméticos, en pesadillas en muchos otros países. Igualmente, el berlusconismo es exportable y, si nos centramos en sus características centrales, veremos que, de hecho, lleva bastante tiempo entre nosotros.

¿Cuáles son los componentes delberlusconismo? ¿Cuál es la esencia de la superficialidad política? Creo que la clave no son sus aspectos más reconocibles: las velinas, la televisión como espectáculo desinformador, el control casi monopolista de los medios de comunicación para alcanzar el poder. Nos podemos reconfortar con la idea de que el enorme poder político de Berlusconi ha sido el resultado de una persona excepcional (un ciudadano Kane dicharachero) en unas circunstancias extraordinarias (el colapso del sistema de partidos italianos en los noventa). Pero Berlusconi es simplemente la punta visible de un iceberg enorme que se pasea por el Mediterráneo: la derecha sin principios. Una derecha sin Dios, si por Dios entendemos algo que está por encima de nuestro interés egoísta.

Es cierto que es una derecha con Iglesia, pero una Iglesia que ha dejado de lado la promoción de la moral social. Como explicó Miguel Mora para este diario, el apoyo del que ha gozado Berlusconi en la Iglesia se ha basado en la doctrina, inconcebible en otras confesiones cristianas, del pensador católico Vittorio Messori: “Mejor un putero que haga buenas leyes para la Iglesia que uno catoliquísimo que nos perjudique”. La Iglesia, pues, tiene mucho que hacer para convertirse en un faro moral y esperemos que el papa Francisco se ponga a ello rápidamente.

Mientras, la derecha del sur de Europa promueve un laissez faire sin restricciones sobre el comportamiento individual. Casi cualquier cosa vale para enriquecerse o ganar elecciones. Esto se observa en la tolerancia que los partidos de derechas han mostrado ante la proliferación de todo tipo de actividades ilícitas u opacas: desde la manipulación de las estadísticas griegas hasta el entramado Gürtel-Bárcenas, pasando por todos los escándalos alrededor de Berlusconi. Los partidos de izquierda han tragado sus buenas dosis de corrupción también, pero en la derecha no hay visos ni de introspección profunda ni de propuestas de regeneración.

Pero no es en las prácticas ilícitas, sino en las lícitas, donde elsinDiosismo de nuestra derecha se percibe con más claridad. Si miramos a otros países de la OCDE, vemos unos programas políticos de derecha regidos por unos principios, surjan de las universidades (de economistas liberales) o de las Iglesias (de intelectuales luterano-cristiano-demócratas), que aspiran a construir una sociedad más virtuosa y justa. Así, el laissez faire económico queda atemperado por un conservadurismo cívico (en Reino Unido), compasivo (en EE UU) o socialcristiano (en la Europa continental), además de por un ideal de movilidad social.

Tanto Thatcher como Reagan tuvieron una narrativa construida por intelectuales próximos

La altura intelectual de la derecha británica es un ejemplo. El conservadurismo de Cameron parte de un diagnóstico de su país como una sociedad rota y propone, junto a medidas dinamizadoras del mercado, una combinación de principios paternalistas y de devolución de poder a las comunidades locales y barrios que bebe directamente de Edmund Burke, considerado el padre filosófico del conservadurismo occidental moderno. Bueno, del nuestro no, claro, pues Burke dedicó su vida a denunciar el “capitalismo de amiguetes” y el individualismo rampante destructor del tejido social —dos tendencias bien estimuladas en nuestras latitudes—.

Por su parte, el thatcherismo y el reaganismo estaban fundamentados en las ideas de intelectuales —como Milton Friedman, Friedrich Hayek o William Niskanen— que consagraron su vida a pensar cómo podemos tener sociedades mejores. La vida política para muchos conservadores europeos implica un diálogo permanente con intelectuales y, en muchos casos, son los propios políticos quienes escriben panfletos o libros (y no solo esas listas de buenas intenciones llamadas programas electorales) proponiendo una nueva narrativa ideológica. En lugar de ese esfuerzo intelectual creativo, los de aquí suelen entrar en política ganando una oposición y luego a esperar su turno en la cadena ascendente de nombramientos administrativo-políticos. Podemos discutir obviamente qué es lo que entienden otros conservadores europeos por una sociedad más justa y si sus propuestas generan más costes que beneficios. Pero, y aquí radica la cuestión, no podemos discutir con nuestras derechas qué es justicia social —ni tan siquiera cómo activar el ascensor social o la compasión— porque sencillamente son conceptos fuera de su discurso habitual.

Mientras los políticos de derechas continentales y anglosajones buscan inspiración en universidades e iglesias, los nuestros parece que se inspiren en un supermercado. El objetivo no es construir un relato que mezcle individualismo capitalista con unas virtudes morales y sociales. El objetivo del supermercado conservador del sur de Europa es satisfacer las necesidades del mayor número posible de clientes. Así, en una estantería, exhiben leyes al gusto de la jerarquía de la Iglesia, Opus, Legionarios de Cristo y otros grupos católicos. En la de enfrente, pero es que en la mismísima estantería de enfrente, ofrecen Eurovegas y trajes legales a medida para quien traiga negocio al país, aunque sea a costa de fomentar vicios. En la estantería de más allá, metros y trenes para satisfacer el ego de cualquier alcalde o mandamás provincial que se precie. Da igual que endeudemos a las generaciones venideras con proyectos de infraestructuras megalómanos y de dudosa rentabilidad —algo impensable en las derechas del norte de Europa, donde la responsabilidad fiscal se antepone al electoralismo cortoplacista—.

Lo que une a Berlusconi y Rajoy es que ninguno tiene un proyecto para transformar la sociedad

Pero la derecha mediterránea se mueve básicamente para ganar elecciones. No hay proyecto transformativo de la sociedad detrás. Eso une a Berlusconi y a Rajoy, a pesar de que sus estilos sean diametralmente opuestos. Carlos Cué comenzaba uno de sus análisis más recientes sobre nuestro presidente diciendo que “Rajoy suele presumir en privado de su profundo conocimiento de las leyes de la política. En 30 años él ha visto ya de todo, repite. Y esa experiencia y su particular forma de ser casi siempre le dicta que lo mejor es esperar”. Es toda una declaración de intenciones. Para Rajoy, la política no parece que sea una lucha de ideas para transformar el mundo, donde cada segundo cuenta; la política parece más bien una lucha de personas por ocupar puestos y, como en la guerra, la inacción puede ser una gran aliada.

Me diréis que la izquierda también cojea ideológicamente, incapaz de formular un mensaje innovador. Que lleva años inmersa en una larga travesía por el desierto, sin encontrar la ideología prometida. Pero la diferencia es que intelectuales y políticos de izquierda —en el sur como en el norte de Europa— siguen buscando sin cesar. No pasa semana sin que leamos algún artículo con propuestas sobre cómo vigorizar el proyecto socialdemócrata o de izquierdas. Los hay más o menos prometedores, más o menos fundados en trabajos académicos sólidos, más o menos pragmáticos. Pero es indudable que hay una constante lucha intelectual detrás.

La izquierda, pues, sigue caminando, inspirada por unos ideales que trascienden el interés individual (una sociedad sin pobreza, con igualdad de oportunidades); o sea inspirada por su Dios. El desierto es duro, pero Dios da fuerzas para seguir. Nuestra derecha mediterránea, por el contrario, parece como si, renunciando a caminar, hubiera decidido acampar en un confortable supermercado, entregándose a la adoración del becerro de oro, entre casinos, sobres marrones y confetis.

Víctor Lapuente Giné es profesor en el Instituto para la Calidad de Gobierno de la Universidad de Gotemburgo.

 

 

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