
Siguiendo la costumbre de mi amigo Juan Torres, columnista de VOX POPULI (excelente cada fin de semana) me lleve en mi primer tiempo al Tejado (obligado para ir con la mi suegra) cuatro libros que fui devorando debajo de una encina: La Dorotea de Lope de Vega para divertirme con las aventuras de Gerarda,; Las Cenizas de Gramsci … entre esperanza y desconfianza vieja me acerco a ti…Sí, Pasolini, del que hemos puesto este año varias películas suyas, se acercó a la tumba de Gramsci para revelarle su lucha interior moral y política, y nos dejó un estupendo poemario que a mí me hace reflexionar; me terminé el regalado una amiga: “sonata para violín sin cuerdas”, graciosa novela de MCewen, que lleva a su protagonista a liderar una revolución estrafalaria, satirizando la vida moderna y sus absurdos; por último empecé a esbozar un libro de historia de Joaquín Alvareda, sobre la guerra de sucesión, para estar al día el año 2014 que se nos avecina. Y casi sin darme cuente me encontré en la playa de Oyambre con los nietos, allí solo puede meterle mano al librito de Fernando Aramburu, Años Lentos, una historia sobre el fondo turbio del País Vasco. La peli de Von trota sobre Hannah Arendt me ha hecho retomar una biografía de Laure Adler y estudiar el personaje en profundidad para hacer una buena crónica de la misma en filmaffinity, pero eso ha sido en La Cerdanya .
En Siete Picos tuve con Ndendon un largo debate sobre la enseñanza de la religión en los planes de estudios del PP. Yo defendía que la ponían de forma obligatoria y evaluable .Después de intercambiarnos varios correos, me quería convencer con el argumento de que en realidad es optativa, que es justamente lo que dice la Conferencia Episcopal. En fín, que debido a mi cerrazón me ha puesto la siguiente penitencia:
a) Examen de Conciencia
¿He calumniado yo a algún ministro, poniendo en sus labios o en su ley expresiones tan majaderas que lesionasen su credibilidad y honor, a sabiendas y con ánimo de difamarlo?
b) Dolor de corazón
¿Estoy verdaderamente arrepentido del daño que quise causar? ¿Me avergüenzo de la delectación sentida con la calumnia?
c) Propósito de enmienda
¿Estoy dispuesto a ser ecuánime y veraz en el futuro, a no exagerar y a prescindir de prejuicios –juicios previos- (y no sólo para evitar hacerme tan risible y predecible, sino por mor de lo justo)?
d) Decir los pecados al confesor (sea quien fuere éste)
¿Estoy dispuesto a admitir, a confesar sin recurrir a circunloquios, que he afirmado que cierto ministro había impuesto en una ley la obligación de cursar como obligatoria la asignatura de Religión; y que eso, en esa estricta literalidad, es falso?
e) Cumplir la penitencia
La penitencia (o la punición) es de obligada observancia; es una condición necesaria que se le impone al pecador (o al delincuente –sigo con los maoístas), para la remisión de su culpa (se perdona la culpa, mas no la pena -dice la Teología, y también el Derecho). No es la penitencia algo que pueda el culpable rechazar o aceptar, y menos discutir.
Penitencia cumplida…., pero no tengo claro que si un niño es llevado a un cole y en religión ponen nota y en Etica también el niño opte por la ética .A las pruebas me remito.
Cuando en 1961 se celebró en Jerusalén el juicio del líder nazi Adolf Eichmann, la revista The New Yorkerescogió como enviada especial a Hannah Arendt, una filósofa judía de origen alemán exiliada en Estados Unidos. Arendt, que se había dado a conocer con su libro Los orígenes del totalitarismo, era una de las personas más adecuadas para escribir un reportaje sobre el juicio al miembro de las SS responsable de la solución final. Los artículos que la filósofa redactó acerca del juicio despertaron admiración en algunos (tanto el poeta estadounidense Robert Lowell como el filósofo alemán Karl Jaspers afirmaron que eran una obra maestra), mientras que en muchos más provocaron animadversión e ira. Cuando Arendt publicó esos reportajes en forma de libro con el título Eichmann en Jerusalén y lo subtituló Sobre la banalidad del mal, el resentimiento no tardó en desatar una caza de brujas, organizada por varias asociaciones judías estadounidenses e israelíes.
Tres fueron los temas de su ensayo que indignaron a los lectores. El primero, el concepto de la “banalidad del mal”. Mientras que el fiscal en Jerusalén, de acuerdo con la opinión pública, retrató a Eichmann como a un monstruo al servicio de un régimen criminal, como a un hombre que odiaba a los judíos de forma patológica y que fríamente organizó su aniquilación, para Arendt Eichmann no era un demonio, sino un hombre normal con un desarrollado sentido del orden que había hecho suya la ideología nazi, que no se entendía sin el antisemitismo, y, orgulloso, la puso en práctica. Arendt insinuó que Eichmann era un hombre como tantos, un disciplinado, aplicado y ambicioso burócrata: no un Satanás, sino una persona “terriblemente y temiblemente normal”; un producto de su tiempo y del régimen que le tocó vivir.
Lo que dio aun más motivos de indignación fue la crítica que Arendt dispensó a los líderes de algunas asociaciones judías. Según las investigaciones de la filósofa, habrían muerto considerablemente menos judíos en la guerra si no fuera por la pusilanimidad de los encargados de dichas asociaciones que, para salvar su propia piel, entregaron a los nazis inventarios de sus congregaciones y colaboraron de esta forma en la deportación masiva. El tercer motivo de reproches fueron las dudas que la filósofa planteó acerca de la legalidad jurídica de Israel a la hora de juzgar a Eichmann.
De modo que lo que esencialmente provocó las críticas fue la insumisión: en vez de defender como buena judía la causa de su pueblo de manera incondicional, Arendt se puso a reflexionar, investigar y debatir. Sus lectores habían esperado de ella un apoyo surgido del sentimiento de la identidad nacional judía y de la adhesión a una causa común, y lo que recibieron fue una respuesta racional de alguien que no da nada por sentado. En palabras de Aristóteles, en vez de limitarse a ser una “historiadora”, Arendt se convirtió en “poeta”.
Sus adversarios llegaron a ser muchos; el filósofo Isaiah Berlin no quería ni oír hablar de ella, y el novelista judío Saul Bellow afirmó que Arendt era “una mujer vanidosa, rígida y dura, cuya comprensión de lo humano resulta limitadísima”, aunque otra conocida escritora, Mary McCarthy, publicó en Partisan Review un largo ensayo en apoyo de Eichmann en Jerusalén. Así, el libro de Arendt generó en los sesenta toda una guerra civil entre la intelectualidad neoyorkina y europea.
En vez de defender incondicionalmente, como buena judía, la causa de su pueblo, debatió, investigó, reflexionó
Ahora, medio siglo después de la primera polémica, la realizadora alemana Margarethe von Trotta ha ofrecido al público su películaHannah Arendt, que ha despertado una nueva ola de reacciones contra el tratado de la filósofa. Lejos de ser un documental sobre Arendt, esta “película de ideas”, que se estrenó en mayo en Estados Unidos y en junio en España, enfoca el caso Eichmann sirviéndose de escenas de su juicio en Jerusalén, extraídas de los archivos. Otra vez en Estados Unidos y en Europa se ha despertado una polémica, aunque más respetuosa con la filósofa, la cual, a lo largo de las décadas, ha ido cobrando peso.
La mayoría de los participantes en el debate actual sostienen que, en la “banalidad del mal”, Arendt descubrió un concepto importante: muchos malhechores son personas normales. En cambio, según ellos, Arendt no supo aplicar adecuadamente ese concepto. Según lo expresó Christopher Browning en New York Review of Books: “Arendt encontró un concepto importante pero no un ejemplo válido”. Elke Schmitter argumenta en el semanario alemán Der Spiegel que “la actuación en Jerusalén fue un exitoso engaño”, y que Arendt no llegó a entender al verdadero Eichmann, un fanático antisemita. Alfred Kaplan ha escrito enThe New York Times que “Arendt malinterpretó a Eichmann, aunque sí descubrió un gran tema: cómo las personas comunes se convierten en brutales asesinos”. Todos los críticos —y hay muchos más que los citados— invocan los documentos hallados sobre Eichmann tras la publicación de Eichmann en Jerusalén y las investigaciones posteriores, y afirman que Arendt en su época los ignoraba y debido a ello malinterpretó a Eichmann.
El problema es que —y aquí subyace el primer malentendido— Arendt sí conocía, al menos parcialmente, esos materiales, y su tratado los tuvo muy en cuenta. Dichos documentos provienen de la estancia del jerarca nazi en Argentina, antes de que allí le capturaran los servicios secretos israelíes: se trata de sus memorias y apuntes, además de una entrevista. A partir de esos materiales, diversos estudiosos han publicado en los últimos años nuevos ensayos sobre Eichmann y, por lo general, le dan la razón a Arendt en el hecho de que Eichmann no era un maniático que odiaba a los judíos, sino un hombre común. En cambio, esos historiadores le echan en cara a Arendt su idea de que Eichmann meramente obedecía órdenes.
Logró poner de manifiesto que el mal puede ser obra de gente corriente, de las personas que renuncian a pensar
Y aquí está el segundo malentendido: la filósofa nunca sostuvo que Eichmann se limitara a obedecer órdenes. En su libro, Arendt resaltó la rebelión de Eichmann contra las órdenes de Himmler quien, al aproximarse la derrota, recomendó un mejor trato a los judíos, mientras que Eichmann “se esforzó por hacer que la solución final lo fuera realmente”, escribió Arendt. La filósofa dibujó un minucioso retrato de Eichmann como un burgués solitario cuya vida estaba desprovista del sentido de la trascendencia, y cuya tendencia a refugiarse en las ideologías le llevó a preferir la ideología nacionalsocialista y a aplicarla hasta el final. “Lo que quedó en las mentes de personas como Eichmann”, dice Arendt, “no era una ideología racional o coherente, sino simplemente la noción de participar en algo histórico, grandioso, único”. El Eichmann de Arendt es un hombre que, engañándose y convenciéndose a sí mismo, está persuadido de que sus sangrientas acciones manifiestan su virtud.
Muchos ensayistas y comentaristas no han entendido y siguen sin entender las ideas de Arendt porque no han leído su libro, o lo han leído bajo la influencia de los comentarios anteriores. Por eso el malentendido sobre Eichmann en Jerusalén no acaba de disiparse y Hannah Arendt se ha convertido en una autora de la que se habla mucho, pero a quien leen pocos.
Sus ideas siguen molestando hoy como lo hicieron hace cincuenta años. Nada en la historia es blanco y negro, y los análisis de Arendt despiertan la animadversión de los que prefieren explicárselo todo con esquemas simples que no permitan la duda ni obliguen a reflexionar sin fin. Por ello es más preciso que nunca ir a la fuente y leer a Hannah Arendt, porque ella puso de manifiesto que el mal puede ser obra de la gente común, de aquellas personas que renuncian a pensar para abandonarse a la corriente de su tiempo. Y eso es válido también para los tiempos que vivimos.
Monika Zgustova es escritora. Su última novela es La noche de Valia (Destino).
¿Quién ha podido olvidar las primeras escenas del comienzo de “Les mistons”, una sucesión de travelling con Bernadette Lafont, en la flor se su belleza, pedaleando descalza en bicicleta, con su blusa blanca sin cubrir el vientre, sus cabellos cortos, y un muslo evidente bajo la falda que flamea el viento? No la olvidaremos, como tampoco lo hicimos de Truffaut.
Han terminado los cursos de verano y, como siempre su Rector nos habló claro .Durante el homenaje que la Universidad dedicó a Francisco Brines, y en algún descanso para tomar café he podido comprobar cómo funcionan los palmeros y aduladores de los políticos al uso, no es de extrañar la desafección que paulatinamente sufren.
Junto con Carlos Marzal, Almodaina, Siles, Díaz de Castro, no podía faltar el representante por excelencia de la poesía de la experiencia, quien además de analizar a la generación de los 50 en una estupenda conferencia, pudimos comprobar el afecto que le tenían los estudiantes por sus intervenciones en el programa Hora 25.
José Saborit, presente en el homenaje como diseñador, ha publicado un libro de poemas con el título “La eternidad y un día” haciendo referencia a una película de Angelopoulos, ya lo tengo pedido a mi librero. No me puedo reprimir.
Juan Torres en su página semanal en el diario Voz Pópuli hace un gran artículo dedicado a Alberto Descorial, bajo cuyo pseudónimo se encuentra Alberto Martínez, que fue secretario de nuestro Ayuntamiento, Concejal del PSOE, y vecino destacado. No digo más, creo que se me entiende, no era un palmero al uso. Cierro con el mismo soneto que introduce Juan en su artículo. http://www.vozpopuli.com/blogs/2900-juan-torres-instrucciones-para-escribir-un-soneto
Es indudable otoño en sus señales
de glaucas tenues luces vespertinas,
desgritadas de voz, y de neblinas
que divinizan a los robledales.
Seria como el fulgor de los puñales
la tarde reverbera en las encinas.
Borroso el bosque, enteras las ruinas
donde asientan las dalias sus reales.
Una dulce tristeza de la herida
que la playa recibe por el sable
de la ola llegando ya vencida,
deshojada de modo insoslayable,
en cada embate dando algo de vida,
Octubre, cada vez más indudable.