REGRESAMOS

Bueno, pues después de mi cumpleaños , la jubilación y una llamada de atención de Ati por tener cerrado tanto tiempo éste blog, nos ponemos manos a la obra de nuevo.Estuve con Ignacio haciendo una etapas del Camino de Santiago desde Carrión de Los Condes a León.No soy muy organizado para las cuestiones de mochila y no encontré las botas que me recomienda Ndendon, anduve con zapatos hasta Sahagún, allí me compré unas, pero al no ser de marca me hicieron unas llagas debajo de la uña.Soporté el dolor como un verdadero peregrino hasta Mansilla de las Mulas, donde después de comer un fantástico congrio en casa Marcelo me sometí a las manipulaciones de la hospitalera que me dejó nuevo para seguir hasta León.Coincidimos enfrente de las «carbajalas» con la celebración del uno de mayo por parte de la CNT, las canciones que ponían por los altavoces (si no eran de rock duro) las podía tararear sin ninguna dificultad, me tome una cerveza en un puesto, compré una camiseta y nos fuimos a visitar la Catedral.Encontré en un pequeño frontispicio una figura que me recordaba a Ulises.No me separo del personaje desde hace tiempo.Convencí a unos amigos para compartir la lectura del Ulyses de Joyce, y nada mas llegar tengo una invitación para un «libroforum» en casa de Jorge y Gloria.Yo a Ulises le veo como a un exiliado que anhela su casa, quiere el afecto en lugar de lujo, el encanto le reporta mas felicidad que la belleza.A mi juicio Ulises se cansa del esfuerzo heroico y tiene deseos de volver.Me preparo para leer un fragmento del poema «sobre un verso extranjero» de Yorgos Seferis, y que termina asÍ: «Habla..aún veo sus manos que sabian comprobar si estaba bien tallado, a proa el mascarón/ que me den un sereno mar azul en el corazón de invierno».
Ahora me toca compartir la odisea de Luigi Ferrajoli, a propósito de un debate posterior al cine.Pero eso para otra ocasión
AMOR FOU
Por Francisco Balbuena
En esta perturbadora novela, Amour Fou ─prólogo de Isaac Rosa─, la escritora Marta Sanz ejercita una muestra más de su maestría técnica de hálito lírico en su brillante trayectoria literaria. Para contarnos su historia se sale de los campos tantas veces binados en la novelística y, con base en un bastidor todavía sin cañamazo, renglón a renglón establece un patrón de petit point. A partir de ahí, todo un relato deslumbrante se dibuja en distintas voces que entretejen el paño del mundo, el encaje de varias vidas que muy bien pudieran ser muchas vidas que todos hemos sentido o conocido.
En efecto, como en el arte del bordado a petit point, hay dos hilos conductores del argumento que se cruzan y que van formando un relato de amores perros, de amores perdidos, de amores rencorosos, de amores limpios, de amores sublimes, de amores dudosos, de amores a trasmano y, sobre todo, de amores locos. En realidad hay más de dos hilos, porque esta novela forma un bordado de primor, no un vulgar tejido de aspillera.
El primer hilo corresponde a Lala, profesora de instituto, progresista, rebelde, enfurecida contra las injusticias y los abusos de que ha sido objeto, abusos públicos y abusos íntimos. El segundo es Raymond, un artista en todos los sentidos; un tipo equívoco, presuntuoso, inquietante, un pobre hombre con más peligro que una navaja cabritera y que cuenta su propia versión de su pasada relación sentimental con Lala. También encontramos el hilo de Adrián, el marido de Lala, abogado de pleitos pobres; un sujeto íntegro pero a quien sentimos con puntos débiles o vulnerables. Y está el hilo de Eliza, hija de papá, elitista y demente; circunstancialmente pobre porque le gusta vivir bien, y cocinera de la guía Michelín porque le encanta dar de comer con saña. En el presente Eliza forma pareja con Raymond, pero anteriormente mantuvo un romance con Adrián, y quizá tuvo una hija con él.
Acompañando a estos cuatro hilos de distintos colores, se extienden las hebras del entorno en tonos de tornasol. Pertenecen a otros muchos personajes que en conjunto nos proyectan el tapiz al fresco de una sociedad un tanto dolida, desquiciada, alterada, hosca, desnortada; una sociedad llena de cicatrices, como Sanz muy bien se encarga de que lo notemos con su estilo y su estilete.
El estilo de escritura es fundamental en toda la obra de Marta Sanz; en consecuencia, ningún párrafo suyo de prosa o verso de poema aparece expósito de autor. Que aprendan esas generaciones de yogurines y petitsuisses de la narrativa: como en un Stradivarius, el novelista ha de poseer una pieza que se llama alma. Que aprendan esos editores que piensan que publicar una novela es un mero ejercicio de pederastia con inocentes. Marta Sanz posee la gracia divina de la forma en la palabra, la dureza de la rabia y del dolor; innumerables legiones de otros, tiernos y delicados, en cambio, redactan esaboríos trucos del almendruco. Basta poner la mirada sobre los textos de Sanz para que se la reconozca a veinte mil leguas de viaje literario, y por ello se la disfruta. Su estilo es proteico, poético, procaz, protónico, proterozoico, procreador, profético, promiscuo, profanador y prometeico. Como a quien les habla le gusta escribir con óleo, así Sanz escribe con todos los humores concebibles del cuerpo humano y además con los humores burlones del espíritu.
El estilete de Amor Fou es el instrumento cortante con el que su autora va trazando los hilos de su trama. Son hilos que se perciben rasgados con el filo de una daga a través de las carnes de Lala, de Raymond, de Adrián y de Eliza. Sus relaciones amorosas les han infringido tales heridas. Esta es una historia cruenta y negra, puesto que no hay locura de amor que transcurra entre cincuenta leves sombras grises. Esta es una historia desasosegante para el lector, además de su recompensa liberadora para entender el mundo que se borda en el cañamazo de nuestra actual existencia.
Ese lector puede llegar a la conclusión, por ejemplo, viendo a Lala, a Raymond, a Adrián y a Eliza en su trajín de petit point, que las vidas que se cruzan en una relación sentimental para luego proseguir cada una por su camino se hacen todo el daño posible; del mismo modo que, en sentido contrario, las vidas o hilos que transcurren paralelas salvan su amor. Pero asimismo tal lector puede especular que el otro, el otro hilo que nos acompaña, quien va a nuestra vera y a nuestro par de sentimientos, posee una carga de perturbación que al mínimo roce tangencial en las profundidades de su ser nos producirá un daño insoportable, al igual que nosotros también le heriremos. Tengamos en cuenta que las bordadoras siempre han compuesto sus labores en los planos de una geometría euclidiana. Sin embargo, Marta Sanz con su Amour Fou nos deja entrever, inquietantemente, de acuerdo a la moderna geometría de Bernhard Riemann, que esos hilos paralelos en alguna parte por venir también se cruzan. Nadie está loco sin una ofensa, pero nadie ama a otro sin un destino.
QUE TU VIAJE SEA LARGO
Itaca (Ιθάκη”, Kavafis)
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En la calle Chile, esquina Perú, en San Telmo, en Buenos Aires, apareció este stencil (graffiti realizado con plantilla); ignoro si todavía está ahí. El tema es Odiseo (Ulises), ávido de curiosidad por oír el canto de las sirenas, atado a un mástil para no sucumbir a la seducción. Las sirenas, pájaros con rostros femeninos, cantaban irresistiblemente, llevando a los hombres a la perdición. Los marineros que acompañan a Odiseo tienen los oídos tapados con cera; el héroe se encadena para escuchar, para saber más. Este tema fue retomado por muchos: por Leonardo, quien escribió que la canción de las sirenas era dulce para llamar al sueño, y que luego mataban a los durmientes; por Kafka, quien puso cera en los oídos de Odiseo, y la curiosidad por verlas, en vez de escucharlas (las sirenas de Kafka, en lugar de cantar, callan, terriblemente). También Joyce tomó a las sirenas por mujeres seductoras, y su temática musical domina un capítulo de su Ulysses.

Esta vasija ática del siglo V AC corresponde al diseño del stencil; la línea que lo rubrica (”que tu viaje sea largo”) es una referencia a un poema de otro gran escritor que ha retomado a Odiseo: Kavafis, o Cavafis, o Constantine P. Cavafy, un escritor griego, nacido en Egipto, de principios del siglo XX. El poema referido se llama “Itaca” (Ιθάκη), y habla del prolongado retorno de Odiseo, desde la guerra de Troya a su isla natal, un viaje que duraría veinte años:
| Σα βγεις στον πηγαιμό για την Ιθάκη, να εύχεσαι νάναι μακρύς ο δρόμος, γεμάτος περιπέτειες, γεμάτος γνώσεις. Τους Λαιστρυγόνας και τους Κύκλωπας, τον θυμωμένο Ποσειδώνα μη φοβάσαι, τέτοια στον δρόμο σου ποτέ σου δεν θα βρεις, αν μέν’ η σκέψις σου υψηλή, αν εκλεκτή συγκίνησις το πνεύμα και το σώμα σου αγγίζει. Τους Λαιστρυγόνας και τους Κύκλωπας, τον άγριο Ποσειδώνα δεν θα συναντήσεις, αν δεν τους κουβανείς μες στην ψυχή σου, αν η ψυχή σου δεν τους στήνει εμπρός σου.Να εύχεσαι νάναι μακρύς ο δρόμος. Πολλά τα καλοκαιρινά πρωιά να είναι που με τι ευχαρίστησι, με τι χαρά θα μπαίνεις σε λιμένας πρωτοειδωμένους· να σταματήσεις σ’ εμπορεία Φοινικικά, και τες καλές πραγμάτειες ν’ αποκτήσεις, σεντέφια και κοράλλια, κεχριμπάρια κ’ έβενους, και ηδονικά μυρωδικά κάθε λογής, όσο μπορείς πιο άφθονα ηδονικά μυρωδικά· σε πόλεις Aιγυπτιακές πολλές να πας, να μάθεις και να μάθεις απ’ τους σπουδασμένους.Πάντα στον νου σου νάχεις την Ιθάκη. Το φθάσιμον εκεί είν’ ο προορισμός σου. Aλλά μη βιάζεις το ταξείδι διόλου. Καλλίτερα χρόνια πολλά να διαρκέσει· και γέρος πια ν’ αράξεις στο νησί, πλούσιος με όσα κέρδισες στον δρόμο, μη προσδοκώντας πλούτη να σε δώσει η Ιθάκη.Η Ιθάκη σ’ έδωσε τ’ ωραίο ταξείδι. Χωρίς αυτήν δεν θάβγαινες στον δρόμο. Άλλα δεν έχει να σε δώσει πια.Κι αν πτωχική την βρεις, η Ιθάκη δεν σε γέλασε. Έτσι σοφός που έγινες, με τόση πείρα, ήδη θα το κατάλαβες η Ιθάκες τι σημαίνουν. |
Cuando salgas para Itaca que tu viaje sea largo, lleno de aventura, lleno de descubrimiento, A Lestrigones y Cíclopes, al furioso Poseidón, no les tengas miedo, nunca los vas a encontrar en tu camino si tu pensamiento es elevado, si una especial emoción toca tu espíritu y tu cuerpo. Lestrigones y Cíclopes, el salvaje Poseidón, no vas a encontrarlos a menos que ya estén en tu alma, a menos que tu alma te los ponga delante.Que tu viaje sea largo, que haya muchas mañanas de verano, en las que, con qué placer y con qué alegría, entres en puertos nunca vistos antes. Que pases por los mercados fenicios y compres cosas bellas: madreperla y coral, ámbar y ébano, sensuales perfumes de toda clase, que visites diversas ciudades egipcias, para aprender y aprender de sus maestros.No te olvides nunca de Itaca: llegar a ella es tu último destino, pero no te apures en tu viaje, es mejor que se alargue por años, y que seas viejo para cuando amarres en la isla, enriquecido con todo lo que ganaste en el camino, sin esperar riquezas de Itaca.Itaca es quien te dio ese viaje maravilloso, sin ella nunca hubieras partido, y ahora ya no tiene nada para darte.Y si ahora la encontrás pobre, no es que te haya engañado: con la sabiduría y experiencia que ganaste, ya entenderás de sobra qué significan todas estas Itacas. |
BAJO EL VOLCAN

Esta semana se han cumplido 50 años de la aparición en castellano de una de las novelas más singulares y fascinantes de la literatura del siglo que dejamos atrás. Bajo el volcán, de Malcolm Lowry, uno de esos británicos con culo de mal asiento que al final uno no sabe si lo nacieron en un pueblo de Cheshire o deberíamos colocarlo en lugares voluntarios: Estados Unidos, Canadá, Sicilia, Francia, España –a sus protagonistas los hace casarse en Granada–, o en el México que le dio la mala vida y la gloria. Acabó enterrado en un pueblo anodino de Sussex, en el país que le vio nacer, lugar de su última y letal borrachera.
Tenía 47 años y estábamos en 1957. Malcolm Lowry, estudiante en Cambridge, es un decir, porque si hubo persona poco dada a la seriedad académica y a la literatura convencional, fue él. Pero los británicos tienen eso, ¿qué más da que no termines nada si en todo lo que iniciaste has dejado huella de carácter y talento? Se metió en la carrera diplomática siguiendo el dicho, tantas veces confirmado por la realidad, de que es la única profesión que te permite unos fondos saneados y mucho tiempo libre. Dadas las peculiaridades de su personalidad le mandaron a Cuernavaca, México, y por esos privilegios que otorga la literatura cuando se escribe en superlativo, pasaría a la historia como el cónsul Geoffrey Firmin, protagonista indiscutible de su única novela, ¡para qué más!, Bajo el volcán.
Es verdad que antes había escrito Ultramarina, una novela para hacer dedos, que dirían los pianistas, y luego de su espectacular Bajo el volcán intentó un poco de todo, poesía, relatos, y hasta adaptaciones cinematográficas. ¿Qué tipo de novela es Bajo el volcán? Empezó a escribir la primera versión en 1936 y pasito a pasito, aunque mejor sería decir botella a botella, alcanzó la cuarta versión, la definitiva, en 1944. La historia de un cónsul de Su Majestad británica en Cuernavaca durante una jornada –el 1 de noviembre de 1938, día de Difuntos–, una fecha muy especial para cualquiera que conozca un poco el inconmensurable mundo mexicano, ese mundo que atrapó a Lowry durante muchos años y del que acabaría expulsado por dos razones: conducta absolutamente desordenada –era una bebedor compulsivo y agresivo– y su manifiesta incompetencia, nacida probablemente en Cambridge, para lo que un mexicano de la clase que sea denomina mordida, el sobre de la corrupción.
Pero tratándose de un hombre de cultura antigua y bien asentada, Malcolm Lowry desarrolla su relato en un día, ese de Difuntos, pero transcurre con vueltas y revueltas a su torturada memoria durante 12 horas y tiene 12 capítulos. Conocía la Cábala, el ocultismo, la Biblia, las singularidades numéricas creadas en los años oscuros, medievales y modernos, y todo eso hace de su relato una pieza de relojería donde todo encaja. Las peleas con sus dos editores, el gringo y el británico, fueron históricas. ¡Un texto demasiado largo! Le sobraban palabras, como habían dicho al joven Mozart con sus notas. Y sobre todo, ese primer capítulo, en apariencia confuso y sin el cual la pirámide invertida del relato tendría dificultades para sostenerse. El gran editor Jonathan Cape se quedó alelado cuando el autor le envió una carta de 31 páginas, inefables, donde explicaba con brillantez cómo encajaba ese primer capítulo y su sentido.
Consiguió publicarla en 1947, tras tres años de pelea editorial. Apareció en Nueva York y Londres. La edición francesa apenas si tardó dos años, con un hermoso prólogo del autor. Nosotros no tuvimos traducción al castellano hasta 1964, por Ediciones Era (México), y eso que abundan las frases y los modismos mexicanos, y referencias constantes a la guerra civil española y, en concreto, a “la Batalla del Ebro que se está perdiendo”. No olvidemos que el texto se sitúa en 1938. Pero lo que más llama la atención es el escaso eco de este texto entre la literatura de la época y la posterior. Es verdad que estábamos en pleno franquismo, en año tan agresivo como 1964 (los XXV años de Paz), pero resulta difícil de entender.
La simplificación de una novela como Bajo el volcán, como ya había ocurrido con el Ulyses de Joyce, del que es deudor –Lowry es un joyceano confeso–, se limitaría a cuatro personajes que se van cruzando en Cuernavaca bajo el poderoso influjo del volcán Popocatepetl, el guerrero que fuma, acompañado de su pareja volcánica Iztaccíhuatl; “el matrimonio perfecto” en palabras de Lowry.
¿En qué sentido estamos ante una obra de gran literatura? Porque la simplificación se limitaría a contar cómo el cónsul británico Geoffrey Firmin va trasegando bebidas alcohólicas de alto voltaje, desde el común whisky, pasando por el mezcal, la tequila, la ginebra, la cerveza, y hasta las lociones para el cabello o la estricnina licuada. Un cruce de tan sólo cuatro personajes principales: su esposa, su hermano, un peculiar cineasta francés varado en la derrota permanente y el autor protagonista. Una prosa deslumbrante.
¿Pero cómo este libro que lleva entre nosotros 50 años apenas tiene el reconocimiento de otros textos consagrados de la literatura? Quizá por el tema, el alcoholismo en grado superlativo. Lo cual tiene dos ángulos, uno que no alcanza a las pretensiones de este artículo y que consiste en marcar lo que significa para un creador, caso Lowry, la obligatoriedad de beber hasta el límite, para poder crear hasta el límite. Pero la otra es más compleja de explicar.
¿Cómo una generación de dipsómanos españoles dedicados a la literatura apenas se detienen en este libro que supera con mucho las boberías académicas que se han escrito sobre Rimbaud y Baudelaire? En nuestra intelectualidad republicana, al menos hasta la derrota de 1939, es raro encontrar escritores inclinados vorazmente hacia el alcohol, fuera de algunos casos marginales. Baroja era abstemio, Ortega y Gasset también, e incluso Unamuno se consideraba militante de la liga antialcohólica. Sólo el marginal Pérez de Ayala bebió por todos ellos.
Pero esa tendencia se rompe con la dictadura de Franco. Las generaciones de poetas y escritores que dominan los años sesenta tendrán dificultades para sobrevivir, pero no para producir una obra importante en un mundo dominado por la represión y la grisura ambiental, pero anegado en alcohol. El poeta más notable, tan ninguneado hoy, Claudio Rodríguez, consigue la gloria –la modesta fama de los degustadores de poesía– con un libro que lo dice todo, Don de ebriedad (1953)– y no dejó de beber en exceso hasta la muerte. Como Ángel González –me acuerdo de su dilema metafísico: si no tomo varios whiskies no puedo subir a recitar, y si los tomo se notará que estoy borracho–. ¡Qué decir de Luis Marín Santos o Juan Benet, bebedores ansiosos y agresivos! “¿Ha bebido usted en su vida?”, le preguntó el médico a Benet, que según la leyenda respondió: “Media Escocia”. La lista se haría terminable pero llamativa: Gil de Biedma, la entrañable Ana María Moix, y el desmedido Carlos Barral, por citar los más sobresalientes. Incluso gente generacionalmente mayor como Leopoldo Panero o Luis Rosales, a quien nunca conocí sobrio.
¿A dónde voy? Quizá había un cierto rubor social al considerar al cónsul Firmin de Bajo el volcán como una delación de sus inclinaciones y eso limitó su prestigio en la clandestinidad de los bebedores apasionados. Han pasado 50 años. Quizá convendría volver a leer esta obra maestra de la literatura como lo que es: el ejercicio de una autor capaz de compaginar la Divina Comedia de Dante, la Biblia, la miseria amenazante de 1938 en vísperas de la Gran Matanza, y el jazz singular de Joe Venuti, el introductor del violín en el jazz, un italiano que nació en el barco que llevaba a sus padres emigrantes a los EE.UU., y al que homenajea con dos palabras gloriosas: “jubilosa alondra”.
Ocurre con los grandes libros. No admiten simplificaciones. Bajo el volcán lo es. Por lo demás, no me hubiera gustado conocer a Malcolm Lowry. Era un hijo de perra, con momentos sublimes.
GREGORIO MORAN

